Delmira Agustini

MIS ÍDOLOS

En el templo colmado de adoraciones graves,
Entre largos silencios y penumbras muy suaves,
Se alzaban revistiendo majestades supremas;
Eran muchos y varios, y a todos yo adoraba
Por igual y a sus pies yo las horas dejaba
Pasar, mudas y lentas, dibujando zalemas
Y deshojando orquídeas, entre olores complejos
De maderas de Arabia y de pétalos viejos.

Mi fe era inconmovible, pintorescos mis ritos;
Prestigiados mis ídolos por los más bellos mitos,
Me llegaban de tierras no vistas, de muy lejos,
Menudos y enigmáticos, en estuches preciosos,
Y los amé por raros, pulidos y pomposos.

Y los había bellos hasta el dolor, y feos
Hasta la risa; irónicos, con afilados dientes
Que desgarran sonriendo; rostros de camafeos
Engarzados en cuerpos dúctiles de serpientes;
Monstruos dioses con gestos indecisos y varios,
- Miradas de demonios sobre sonrisas santas -
Y en todos el gran sello de raro que a sus plantas
Hacía arder mis pupilas como dos incensarios.

Y era tal mi piedad, y era tal mi cariño
Que a sus pies todo de ellos mi corazón dormía,
Como un vaso sellado que amenaza de lleno,
O el gran capullo, hinchado, de un gran lirio de armiño.
Y mi vida en un éxtasis dulcemente yacía
Como un gran lago límpido que reflejara el cielo.

Así bajo los rastros sombríos y risueños
Yo viví sin vivir, largo tiempo, rezando
O en la rueca tranquila de las horas hilando
Los copos impecables de una seda de ensueños.

Cuando a través del tiempo se abrió la inmensa puerta,
Rechinaron cruelmente los goznes enmohecidos,
Y yo cerré a la luz mis ojos entumidos...
Luego en la gloria de oro de la luz viva y cierta,
Entre un perfume alegre de flores campesinas,
Que sacudió mi espesa borrachera de incienso,

Surgió un ídolo nuevo, palpitante e inmenso!
Y eran sus divinas pupilas casi humanas
Y sus divinos labios reían a la vida.
Yo miré largamente la gran figura erguida
Sin descubrir las viejas frialdades sobrehumanas,
Y comparé mis ídolos imperiosos, irguiendo
Fieramente sus frágiles monstruosidades, y este
Dios que a la vida exhibe como una flor, sonriendo
Los sellos indelebles de una estirpe celeste...
Y escuché en mí una extraña discusión de mil voces...
Súbito una alocada racha de primavera
Jugueteó entre mis ídolos... vacilaron... cayeron...

Y hubo un gran ruido alegre de porcelana huera!
Yo reí y en mí, fiera, noblemente, surgieron
En unísono coro las misteriosas voces,
Cantando las eternas victorias de la vida!

Luego con los brillantes escombros formé un claro
Altar para el dios nuevo que reinó, simple y fuerte,
En la belleza austera del templo de lo raro
Donde todo vivía como herido de muerte.

Y quité el polvo viejo, las corolas marchitas,
Y traje de los campos alegres margaritas
De vívidas corolas y de perfume santo.
Y ofrendé al nuevo dios mi corazón que abría
Como una flor de sangre, de amor y de armonía.

Y le adoré con ansias y le adoré con llanto!