Betty Alter

POLONIA, 1941

 

En un pueblo llamado Dunskavola vivía un joven matrimonio que tenían un hijo llamado Julito. Tenían muchas carencias económicas y de todo tipo por la guerra que asolaba Europa.
Cada día tenían más miedo, el niño tenía apenas 18 meses y por la radio se escuchaba que los alemanes estaban entrando en todos los pueblos de Polonia y se llevaban a los niños y ancianos en trenes.
Aron y Celia decidieron, pensando en salvar la vida de su pequeño Julio, dejarlo con una familia católica muy amiga de ellos, Ludmila y Stanislao. Les dejaban en sus manos lo que más querían en esta vida, a su hijo, a estos amigos, ya que pensaban que los alemanes iban a matarlos.
Esta familia se hizo cargo del niño, Aron y Celia fueron llevados al campo de Bergen Belsen, a los 2 días en que entregaron al niño. Al menos estaban convencidos que Julito se salvaría.
Pasaron 3 años de penurias en el campo de concentración pero pensando en recuperar a su hijo, sacaron fuerzas de donde no las tenían.
La vida quiso que los dos quedaran vivos, y en 1946 volvieron al pueblo a buscar a su hijo, pero esta familia no estaba.
No sabían si los mataron, si desaparecieron o qué pasó con ellos. Buscaron por todos los pueblos aledaños, pusieron en los diarios sus nombres, pero nada nunca aparecieron.
Aron y Celia decidieron salir de Europa que estaba devastada por la guerra, no había trabajo y todo era difícil. Sus parientes la mayoría habían muerto en los campos de concentración y sólo un tío estaba en Río de Janeiro, éste se había ido antes de empezar la guerra. Hacia allí se dirigieron a comenzar una nueva vida, el sufrimiento de ambos era mucho, y al no encontrar al hijo, se apoyaron más uno en el otro.
Al llegar a Río, Celia estaba embarazada y a los 6 meses, dio a luz otro varón que le puso Ricardo. Allí pudieron establecerse rápidamente con la ayuda del tío y pusieron una fábrica de ropa interior de mujer.
En esos años, proliferaba la llegada masiva de todos los que salían de Europa, y no tardaron en prosperar económica.
Después tuvieron una niña, y así los años pasaron, nunca olvidaron a su pequeño Julio. Cuando era la fecha en que cumpliría años, siempre brindaban por él, por si estuviera vivo, le deseaban lo mejor del mundo.

Era el año 1960, y Aron con Celia decidieron hacer un viaje por Europa, tocar diferentes países entre los cuales estaba Italia, España, Francia e Inglaterra. Emprendieron el lujoso viaje. La estaban pasando muy bien junto a sus dos hijos. Pero al llegar a pisar Francia, tantos recuerdos se acumularon en sus mentes. La partida, el viaje de Polonia a Paris y luego al puerto para irse a Río de Janeiro. No querían opacar su viaje y hacerle sentir a sus hijos que todavía estaba dentro de ellos su adorado Julito.
Ricardo tenía 12 años y su hermana Dora tenía 10. Los dos eran chicos preciosos, Ricardo con los ojos verdes de su madre.
El último lugar en visitar de su viaje fue Italia.
A todos les gustaba la música, y decidieron ir a un concierto de Piano y Violín en un lugar pequeño cerca de una plaza. Decían que el violinista era un joven de 20 años, y el que estaba en el piano tendría 21. Los dos tocaban maravillosamente, el violinista hacía temblar al público de la emoción que ponía al tocar y transmitía a todos su música que salía del alma, lo aplaudían, pidiendo bis. El pianista también lo acompañaba de maravillas y tocaba a la par de bien.
Cuando terminaron el primer tiempo, todos salieron afuera menos Celia, que se quedó sola adentro, pensando que los chicos tenían la edad de su hijo Julito. Con las cortinas cerradas en el intervalo, se escuchaba la práctica en el piano y en el violín antes de empezar el segundo tiempo.
Esas sensaciones extrañas que uno tiene, la llevó a Celia a que subiera la pequeña escalinata que había por el costado y querer observar de cerca a los dos jóvenes. El violinista le sonrió amablemente, haciendo con un gesto de aprobación para que pasara. Cuando se acercó más, el joven pianista se dio vuelta y éste la miró con una sonrisa diáfana. Su mirada, esa mirada tierna dulce y esos ojos tan verdes, la conmovieron profundamente. Se acercó más y los jóvenes dejaron de tocar sus prácticas. Y Celia se puso a llorar, los dos se acercaron y en un perfecto italiano le preguntaron qué le pasaba. Celia les preguntó si hablaban portugués o inglés, a lo que los dos respondieron que entendían inglés muy bien.
Ella les contó su historia, y a la vez, los chicos le contaron que ellos eran hermanos que vivían en un pueblito cerca de donde estaban, con su mamá, ya que su papá había muerto en la guerra en Polonia, de donde eran oriundos.
¿De donde? preguntó Celia; de Kalish, respondió el mayor, que parecía el más desenvuelto.
¡Qué cerca de mi pueblo!, les contestó.
No paraba de mirar al Pianista, los dos parecían dos espejos que se miraban profundamente, que color de ojos más iguales.
Celia estaba como atontada, algo le decía que ese pianista era su pequeño Julito. Celia estaba maravillada y preguntó si aceptaban de una turista y su familia ir a cenar después de la función.
Los dos hermanos   conmovidos aceptaron. Esperándolos que terminara la segunda función. Celia ya le había contado a Aron lo que sentía, y todos estaban nerviosos. No podía ser, Celia en el ansia de sus recuerdos veía visiones. Los esperaron y cuando salieron, se los presentó a Aron, éste se quedó mirándolo a Sergio y un frío cruzó su rostro haciéndolo palidecer, había un parecido con su Ricardo.
No dijeron nada y se fueron a un lujoso restaurante.
Allí los dos les contaron su vida de sacrificios de su madre que había quedado sola con los dos hijos y decidió irse a Italia donde estaban vecinos que ella conocía que también se habían escapado de Polonia.
Todos quisieron conocer a la mamma, a esa diosa que con su trabajo y sacrificio había sacado un violinista y un pianista.
El violín Humberto lo tocaba desde muy chico, y Sergio se dio cuenta que también le gustaba la música y empezó a estudiar piano, los dos tocaban tan bien que pronto pudieron empezar a dar conciertos juntos y tenían bastante éxito.
Salieron del restaurante e insistieron en acompañarlos para conocer a su madre. Al llegar, gritó uno de los muchachos, Mammmammmma, tenemos visitas, en italiano.
Una mujer grande rubia con ojos celestes salió a la puerta saludando con alegría. Cuando las dos mujeres se encontraron, enmudecieron, 20 años habían pasado, pero sus rostros eran los mismos.
Un silencio absoluto por unos minutos y el grito siguió al abrazo grande entre las dos. Celia gritaba, ¡Encontramos a nuestro hijo! en portugués, los niños miraban y no entendían nada, el padre abrazaba a los dos muchachos, todo era una alegría inmensa.
Nadie entendía nada, pero todos pasaron adentro. Sorprendidos, todos escucharon que los mayores hablaban polaco y ellos entendían todo.
Celia se dirigió a Sergio, su hijo, su Julito adorado, lo miró a los ojos, le estiró los brazos y se fundieron en un abrazo fuerte interminable desesperado, lleno de ansias, recuerdos, de felicidad.
Sergio siempre supo que era adoptado, su mamá se lo contó pero ellos tuvieron que huir de los alemanes, en la huida su esposo fue muerto a tiros porque pensaron que era judío. Los tres escaparon y fueron ayudados por vecinos cristianos amigos, sólo que les dijo a los chicos que venían de Kalish, un pueblito muy cerca de donde eran oriundos, Dunskavola.
En Italia los acosó la pobreza, sola, con dos chicos, sin dinero, qué podía hacer, adoraba a Sergio al igual que a su hijo. Los dos fueron el motivo de seguir viviendo y trabajando para sobrevivir, le explicó lo que pasó, pero que en Italia no tenía ni forma ni medios para buscar a sus padres y estaba segura que habían muerto en el campo de Bergen Belsen.
Todo era un empezar de nuevo, un mirarse, un reconocerse, con sus padres, con sus hermanos, y volvía a abrazar a su madre de crianza, a la cual amaba como a su otro hermano.
Esta mujer hizo mucho por sacar adelante a estos hijos, que crecieron en la pobreza, ahora lograban ganar haciendo pequeños conciertos.
Celia y Aron inmediatamente les informaron que ellos eran gente muy rica y que estaban dispuestos a darle a los tres la mejor vida del mundo pero que querían llevarlos a vivir a Río con ellos.

Ludmila, que era una mujer excelente, les dijo cuando todo estuvo más en calma que los dejaran esa noche, que ella hablaría con los hijos y que al otro día les daría una respuesta.
Esa noche nadie durmió, ni en casa de Ludmila ni en el hotel donde estaba toda la familia de Celia.
Ludmila le ofreció a Sergio irse con sus padres y ella quedarse con su único hijo. Le dejaba el campo libre para vivir con sus hermanos y padres verdaderos. Sergio se negó rotundamente, para él eran desconocidos todos, su madre y su hermano eran Ludmila y su hijo. O se iban todos del país o se quedaba con ellos.
Al otro día les explicaron todo a Aron y su familia. Acordaron que arreglarían para poder irse en un mes y que él le enviaba los pasajes y dinero para que no tuvieran ningún tipo de problemas.
Aron y Celia vivían un sueño inimaginable, ese viaje que de pronto se les ocurrió hacer porque no querían volver a Europa y por eso tardaron tantos años en hacerlo.
Les brindó el sueño mayor de sus vidas encontrar a Julito.
Así lo hicieron ellos, partieron con abrazos, besos y la esperanza de darles a estos tres seres la mejor de las vidas en el futuro por todo el sufrimiento que tuvieron, mientras crecían en soledad con esa madraza que era Ludmila.
Llegaron a Río, les contaron a familiares y amigos, compraron un departamento a nombre de Ludmila, hermoso con luz y vista al mar, lo amueblaron con todo lo mejor.
Todos ayudaban, porque a sus hijos Ricardo y Dora les había caído dos hermanos y una tía llamada Ludmila. 45 días después, llegaban al puerto de Río de Janeiro. Todos los esperaban, más los amigos que habían hecho en estos años. Fue maravilloso el reencuentro. Sergio tenía dos mamás, mamma y mae como se decía en Río.
Después de instalarse, de festejar la llegada y descansar, Ludmila se quedó con Celia y los chicos se fueron con Aron. Para su sorpresa, Aron les puso oficinas a los dos y fueron tratados como hijos por igual.
No insistieron en que fuera Sergio a vivir con ellos, entendían que Ludmila era su madre de toda la vida, que lo demás vendría con el tiempo. Pero Sergio nunca volvió con sus padres, se visitaban diariamente, pero se quedó a vivir con su hermano y su mamma.
Como económicamente no tenían necesidad de hacer conciertos porque Aron era muy rico, sólo tocaban en fiestas por hobby y porque les encantaban. Pero se dedicaron a los negocios como Aron les iba enseñando. Sergio fue educado en el catolicismo por Ludmila y sus padres y hermanos eran judíos.
Pero cuando hay amor en este mundo, todo se consigue.
Pudieron vivir cada uno su vida sin molestar al otro, Aron y Celia con tal de estar cerca de Julito al que ahora llamaban Sergio.
No se metieron en ese terreno y festejaban todo, año nuevo judío y cristiano, navidad, y el día del perdón, y todo lo que pudiera hacer que estuvieran juntos todos.
Ludmila, devota católica, no se sintió apenada cuando supo que sus dos hijos andaban con dos chicas judías, ella era una mujer maravillosa, y sus dos amores, entraron de pronto por la puerta grande de una colectividad que los esperaba con los brazos abiertos y más las jóvenes que veían dos hermosos muchachos libres.
Ludmila y Celia se pasaban juntas tardes enteras.
Celia quería saber todo lo más que podía de su Julio; cómo fueron sus primeras palabras, sus pasitos, sus estudios, cómo empezó a tocar piano, todo lo que Ludmila vivió con su hijo.
La llevaba a la rambla que era preciosa, comían juntas se convirtieron en dos grandes amigas, continuando la vieja amistad que un día las unió.
La vida siguió para estas dos familias, los dos muchachos se casaron y convirtieron a Ludmila. Celia y Aron en abuelos chochos, los nietos todos fueron de todos.
Vidas e historias que suceden. Esta fue una muy triste en su comienzo pero tuvo increíblemente un final feliz .                                       

                                                                                                                          Betty Alter