Betty Alter

UNA HISTORIA QUE MERECE SER CONTADA

Era una fría mañana de invierno. Teresa apresuraba el paso por la calle, casi desierta, por Corrientes y Tucumán. Vio un café a mitad de cuadra y entró rápidamente, frotándose las manos. Su mirada buscó un rinconcito dónde poder tomar un café bien caliente, que pidió apenas la moza se acercó a su mesa.
Desde otro lugar del local, un muchacho que había estado leyendo al abrirse la puerta, levantó la vista para observarla. 
Teresa sintió esa mirada y, por un instante, sus ojos se cruzaron con los de él, penetrantes, de un azul intenso. Rápidamente, desvió la vista, azorada, pero pudo ver, de reojo, que él se levantaba de su mesa, acercándose con su taza de té entre las manos.
--Disculpe el atrevimiento, señorita, pero me ha impresionado la ternura que emana de sus ojos... ¿Me permite?
Teresa asintió, colorada como un tomate, sintiéndose descolocada frente a ese joven. Le pareció más hermoso aún que cuando lo vio de lejos. Antes de darse cuenta, habían pasado dos horas de deliciosa conversación.
Roberto, así se llamaba, lucía galante, seguro de sí mismo; para Teresa, que nunca había tenido novio, a pesar de sus veinticuatro años, atareada como vivía por sus estudios de medicina, esta repentina aparición en su vida fue como tocar el cielo con las manos. Entró en él, sedienta de afecto y de amor.
Se empezaron a ver en los fines de semana. Su corazón palpitaba, alocado, cuando se encontraban y él, con un encanto especial, la tomaba en sus brazos y la besaba, con fuerza y ternura al mismo tiempo.
Seis meses después de aquel primer encuentro, Teresa se graduó con honores en la especialidad de Pediatría. Fue entonces cuando Roberto le propuso matrimonio. 
Teresa no podía creer en tanta felicidad. La tomó de sorpresa, además, cuando él le mostró el enorme apartamento que había comprado para ellos; incluso se había preocupado por decorarlo, con exquisito gusto. Cada detalle era impecable... Se sintió como una princesa entrando en su palacio.
Dos meses después, se casaron. Fue una fiesta a todo lujo. Roberto no escatimó nada para que todo fuera perfecto. El vestido se lo eligió él mismo y por cierto, era un elegante modelo que le quedó como pintado, pese a algunos "kilitos" de más.
La luna de miel fue también espléndida, ella se dejaba llevar por ese amor que crecía cada vez más. Adoraba a Roberto.
Menos de un año después, él le hizo una proposición:
--Teresa, debo hacer un viaje a Brasil, a entrevistar unos clientes. ¿No querrías venir conmigo? Es cuestión de unos diez días, no más...
--Ay, querido, no va a poder ser, aún no me corresponde tomar licencia en el Hospital. Además, esos niños me necesitan...
Pasaron los diez días. Roberto la llamó, para avisarle que las cosas se habían complicado, que tenía que quedarse en San Pablo unos días más. Con tristeza, Teresa trató de entender y lo siguió esperando, ansiosa. ¡Cómo lo extrañaba! Le hacía falta su presencia. Su palacio parecía vacío sin él.
Pasó casi un mes antes de que él volviera, con muchos regalos. Sólo que algo había cambiado en él; ¿qué? No podía decirlo. De pronto, sus besos se habían vuelto fríos; apenas si la tocaba. Pensó que pudo haber conocido a otra mujer, más vivaracha que ella, más bonita.
Se sometió a una dieta estricta para adelgazar, compró vestidos a la moda, cambió su peinado y se hizo claritos... sin resultado. La indiferencia de Roberto era tremenda, la asustaba.
--Vendrán a cenar unos amigos --le dijo él una tarde--. Los conocí en Brasil.
--Qué bien... ¿Cuántos son?
-Sólo tres, te van a encantar.
Teresa se esmeró en preparar la cena y decorar la mesa, como a él le gustaba. No sabía aún que, esa noche, su corazón se rompería en pedazos.
No era muy conocedora del mundo y de los hombres, pero no pudo ignorar las miradas cómplices entre Roberto y uno de aquellos hombres.
Su mente se nubló, negándose a admitir lo obvio. 
A los pocos días, Roberto se fue al otro dormitorio. Quiso hablar con su marido, pero él se excusó, diciendo que últimamente había dormido mal, quizás por culpa del calor.
Presa de una profunda depresión, decidió comentar lo que le sucedía con una psiquiatra.
-Teresa, le dijo ésta, al cabo de unas pocas sesiones: Usted no es culpable del problema. Es hora de que enfrente la realidad. Roberto es, efectivamente homosexual y nada que pueda hacer usted podrá cambiar eso. 
La respuesta le heló definitivamente la sangre. Su marido, el amor de su vida... ¿Dónde habían ido a parar sus sueños?
Esa noche lo esperó y con una firmeza desconocida para ella, lo obligó a quedarse en el comedor, para hablar. Con un desparpajo increíble, él le dijo:
-Tú no quisiste acompañarme a Brasil y allí encontré mejor compañía. Así son las cosas, Teresa. Quiero que te vayas, porque desde mañana, él vendrá a vivir conmigo.
Anonadada, se dio cuenta, de pronto, que ese ser que amó y que había estado viviendo todo ese tiempo con ella, era un perfecto desconocido.
No lo podía digerir. La casa era de él, todo era de él. Se dio cuenta de que estaba sola y desnuda en la vida. Unos meses antes de que Roberto se cruzara en su camino, su familia se había radicado en España y ella había quedado en Buenos Aires, para terminar su carrera.
Tomó unas pocas ropas, sólo lo que era suyo: algunas joyas y sus documentos. Era casi la medianoche cuando llamó a Miriam, una médica amiga y le explicó lo sucedido.
Cuando Miriam le abrió la puerta, tuvo que sostener a Teresa que, tambaleante, casi cayó en sus brazos. La acostó en su cama. Su amiga tenía los ojos abiertos, pero era incapaz de fijar la vista. Temblaba, como afiebrada. "Estado de shock", decidió Miriam. Le inyectó un sedante y la abrigó. Comprobó que se había quedado dormida y llamó a un colega del departamento de Clínica Médica, quien aprobó el diagnóstico.
-Es posible que tarde unos días en recuperarse. Por cualquier novedad, me llamas, ¿estamos? 
En efecto, pasaron tres días antes de que Teresa reaccionara, sentándose en la cama y pidiendo de comer.
Miriam la puso al tanto de los días en que sólo se levantaba para ir al baño... a veces ni llegaba.
Pero otra Teresa era la que había despertado; no volvería a ser la misma, un ser humano dolorido, cortado en su profundidad, en su alma, tratando de entender qué le había pasado.
En sus charlas con Miriam, que tanto la habían ayudado, ella le hizo un comentario acerca de un grupo de médicos que iban a integrarse a una misión de la Cruz Roja, en una aldea del norte de la India. Pasarían allí dos años, colaborando en un proyecto de ayuda internacional.
Un lugar perdido en el mundo... Era lo que ella necesitaba, perderse, huir, no quedarse en Buenos Aires; no quería volver a cruzarse con él: todavía no lo podía creer, había sido tan viril con ella y ahora... ¿Cómo no se había dado cuenta nunca? Así, comenzó a recordar cosas que había pasado por alto. Su exquisita sensibilidad para los detalles, el gusto con que elegía la ropa. Tantas cosas que recién ahora le venían a la mente.
Llegaron. Un grupo de quince médicos y enfermeras, viajando en tren y en un ómnibus que se caía a pedazos. Lo primero que vio fue un grupo de cabañas. Sobre la mayor, ondeaba la bandera de la Cruz Roja.
Los dividieron en cuatro cabañas. Apenas tenían lo imprescindible, camas limpias, un baño para las cuatro y un pequeño roperito individual.
Al otro día, a las seis de la mañana, los despertaron para asignarles su tarea. Eran increíbles las colas de mujeres, niños y ancianos que esperaban para ser atendidos.
Teresa se abocó con todo su ser a la atención de esa gente pobre y casi sin instrucción, que llegaban a pie desde lugares muy lejanos, para hacer atender a sus hijos.
Durante meses, trabajó y trabajó, sin pensar en sus recuerdos, como si su pasado no hubiera existido.
Una noche, se sintió muy afiebrada y, después de desvanecerse, abrió sus ojos en una camilla del sanatorio. La habitación estaba cerrada por unas cortinas. A su lado había un hombre, un médico a quien, en algún momento, había conocido de vista. Ahora, dormitaba sobre una silla, con una toalla húmeda en las manos.
-Oh, discúlpame- dijo, en un inglés imperfecto, apenas despertó. Malaria... estuviste muy mal y te estaba poniendo paños fríos, para bajar la fiebre.
Ella agradeció con una voz suave y él le puso la mano en la frente.
Sintió, por un instante, una extraña vibración en su cuerpo, cuando él la tocó
-¿Cómo te llamas?
-Eduardo -contestó-. Un nombre europeo, pero éste es mi país. Soy indio, médico como tú y también destinado por dos años en este pueblito que ni siquiera figura en un mapa. Y tú, ¿cómo te sientes aquí?
-De algún modo... también ésta es mi tierra- contestó ella, no queriendo aún comprometerse en una conversación.
Eduardo, comprensivo, no insistió. La hizo levantarse, pues ya no tenía fiebre. Era apenas un poco más alto que ella; tenía unos enormes ojos negros, con unas pestañas tan tupidas que parecían artificiales.
Ayudada por Eduardo, salieron de la cabaña y ella pudo disfrutar, al fin, del aire fresco de la tarde.
-Aún necesitarás cuidados especiales. No volverás a tus tareas habituales hasta que yo lo autorice- le dijo, con firmeza. Su voz era profunda, como si saliera de su alma, llegando extrañamente a la suya.
Todos los días, venía a verla. Al auscultarla, ella notaba que las manos de él temblaban, al tiempo que a ella la invadía un raro hormigueo, algo que nunca había sentido, aun en su pasado, cuando creía estar enamorada de Roberto.
La recuperación fue rápida. A los pocos días él le dio el alta y ella empezó a trabajar. Concentrada en sus pacientes, apenas advertía a nadie más en torno a ella... o no quería darse por enterada de la constante proximidad de Eduardo.
Salió una noche, a tomar aire. En esos recreos que se tomaba, solía caminar por un sendero próximo a un arroyuelo. La luna llena alumbraba cada lugar por donde ella pisaba. De pronto, alguien le salió al paso, la tomó en sus brazos y la besó con infinita ternura. Besos de miel, que lentamente se convirtieron en fuertes y voraces, haciéndola vibrar de la cabeza a los pies.
¿Qué le pasaba? Nunca había sentido nada igual. Quiso apartarlo y lo único que logró fue levantar los brazos y apretarlo con todo su ser, a ese hombre que la acariciaba de una forma desconocida para ella.
Era Eduardo, no le cabía la menor duda: su olor, su virilidad, todo era diferente con él. En un impulso, él la alzó en sus brazos y la llevó cerca del arroyo, recostándola sobre la gramilla. Su apasionamiento era ahora correspondido por Teresa, que en su subconsciente se daba cuenta de lo que ocurría, pero sus volcánicas sensaciones anulaban cualquier voluntad de impedirlo.
No podía creer que la pasión pudiera ser tan desmesurada; apenas atinaba a abrir los ojos cuando él con sus labios se los cerraba, dulcemente, para ir después a su boca, a su cuerpo, a su intimidad.
La pasión de Eduardo, por momentos contenida, luego desenfrenada, se reflejaba en Teresa, una Teresa azorada por lo que su cuerpo le demostraba que podía sentir.
El silencio era absoluto, sólo compartido por la luna llena, que iluminaba sus cuerpos desnudos.
Eduardo, con una mano la sostenía y con la otra le acariciaba la cabeza, hablándole en su pobre inglés.
-Te quiero, te quiero más que a mi vida. Hace meses que te observo y tú, ni reparabas en mí. Meses en los que quise cruzar tu mirada y no lo conseguía... estuve tres días a tu lado y, mientras trataba de bajar tu fiebre, te besaba y acariciaba sin que lo notaras.
Anonadada por tanta efusión, le dio un beso. Él quiso abrazarla, retenerla junto a sí, pero ella lo rechazó suavemente, volviendo a vestir su túnica sin mangas.
-Quédate aquí, por favor. Quiero volver a mi cabaña sola.
Con una gran tristeza en sus ojos, pero respetando su pedido, la dejó ir.
Teresa había tenido relaciones que creyó perfectas con Roberto. ¡Cuán equivocada estaba, cuánto desconocía de los hombres! Esta relación la había descolocado totalmente... su sexo estaba en llamas. Hubiera aceptado todo de Roberto, pero en realidad no lo había amado. Se había sentido atraída, deslumbrada por él, pero no había sentido amor, el que ella entendía ahora que debió haber sentido.
Eduardo la buscaba, pero ella le rehuía y, tímidamente, él no la apremió. Se hablaban, pero sólo lo médicamente necesario.
Un mes después, asustada, Teresa observó que su menstruación se había atrasado cinco días y... ella era muy puntual. Alarmada, se hizo un análisis de orina. No cabía duda: ¡estaba embarazada!
-Dios mío-, se lamentó- sola aquí, en este lugar tan alejado de los míos, embarazada... ¡y de alguien a quien apenas conozco!
Los primeros meses ocultó su embarazo, pero le pasaba algo extraño. A pesar de la distancia que ella misma había impuesto, le molestaba que Eduardo no la buscara. Comenzó a sentir la necesidad de que la mirara, pero eso no sucedía. Hasta que, una mañana, tuvo un desmayo que alarmó a sus colegas. No tardó, uno de ellos, en encontrar la razón.
De inmediato, Eduardo fue a hablar con ella.
-Sé que no me quieres; no debo forzarte, pero te ofrezco tomarte en matrimonio, para darle mi nombre a tu hijo que, estoy seguro, es también mío. Por favor, Teresa... cásate conmigo.
-Eduardo- tenía un nudo en la garganta y la palabra surgió sola- ¡Acepto! 
Se echó a llorar... lloró como nunca, por su pasado, por las complicaciones, por su miedo al embarazo y por su vida, tan diferente a la de las que habían sido sus compañeras.
Él la tomó en sus brazos, le enjugó las lagrimas y la sostuvo hasta que, en un momento, la besó con infinita ternura. Instintivamente, ella se abrazó a él.
Se casaron, una semana después, cuando el cura que venía todos los meses apareció en la aldea.
Él no se arriesgó a volver a tocarla, aunque se habían ido a vivir juntos. Teresa aprendió a conocer en él a un hombre distinto, atento a cada una de sus inquietudes, compañero y amigo; comenzó a aprender su idioma, su cultura.
Pasaban horas charlando. Ella tenía miedo al futuro... le contó todo lo que había pasado con Roberto. Finalmente, Eduardo comenzó a comprender el por qué de tanto rechazo por parte de ella.
Una madrugada, luego de una noche calurosa, Eduardo la asistió en el parto. Un hermoso varón, de casi cuatro kilos.
Alguien hubiera debido filmar a ese indio, a ese médico rural... la emoción y ternura con que recibió a ese hijo suyo, de las entrañas de la mujer que tanto amaba.
Inmediatamente, el bebé lloró con fuerza, como diciendo ¡aquí estoy yo! Fue el grito de la vida que sintió Teresa y cuando Eduardo le puso el bebé en su regazo, lo amó profundamente. Con ternura lo abrazó. Era su hijo. Acaso no fue fruto del amor, en su momento-; ella había estado muy confundida por entonces-, pero sentía que, al amar profundamente a su bebé, podía llegar a amar del mismo modo a su padre.
Los tres formaban un cuadro que Gauguin se hubiera sentido dichoso de plasmar en un cuadro.
-Te quiero, esposo mío, aunque siento aún tantas cosas desconocidas acerca de ti. Pero sé que no podría vivir un momento si no estuvieras. Te necesito, los necesito a los dos... Mira, ya siento sus labios sobre mis pezones ¡es la vida misma la que nos ha reunido!
A Eduardo se le caían las lágrimas de felicidad ¡por fin, algo que pensaba que nunca iba a sucederle, se le daba!
Decidieron, juntos, dar a ese pueblito, que vio nacer a su hijo, todo cuanto pudieran de su profesión. Arreglaron una casa mejor y se quedaron allí tres años más, ayudando a esa gente. Pobre gente, olvidada por el mundo, pero quizás por eso mismo, amable y agradecida; ella y su marido estaban allí... y allí se quedaron.

                                                                                                                          Betty Alter