Cuentos de Cedeca

EL PINO Y LA HIEDRA

 

  En el centro de la monótona inmensidad del campo amarillento, se erguía incólume y solo,... el Pino. 
Su porte de obelisco, alto, muy alto, rozaba las nubes haciéndoles cosquillas con el pincel de su copete al ritmo variado de la brisa y, desde su asombrosa altura oteaba el horizonte y mecía su flexible estructura saludando a los pájaros viajeros que surca ban el cielo. Aunque solitario, era feliz. 
Allá abajo, arrastrando su vientre de maraña, una Hiedra envidiosa, vanidosa y ambiciosa, cubría día a día el sucio y polvoriento suelo con su acolchado verde y lustroso; y lento pero firme, acercábase al pino. 
Una tarde, cuando el eterno Astro Rey, fue entrecerrando sus ojos, bajó por la pen diente y echóse a dormir detrás de la colina, la hiedra tocó con sus guías exploradoras el tronco áspero y gris del único árbol a su vista. 
Un estremecimiento recorrió la manta verde que llegaba a su meta y su alegría con trastó con el cambio de colores que se daba en esos momentos. 
Primero, las enanas hierbas y arbustillos, mudaron sus luminosos colores, por opa cos y pardos tonos, mechados ya con negros agujeros que agrandaban su cuerpo, os cureciendo todo a su paso. 
También la arrogante hiedra perdió su verde lima para transformar su montón de hojarasca en múltiples negras alas que mecidas por la brisa del ocaso, semejaban miles de pizarrientos murciélagos. 
  
El silencio mortecino del atardecer, acompañó la trepada del oscuro telón que rápidamente subió por el árbol cambiando también sus brillantes colores, por grisá seos y negros velos, hasta llegar a cubrir la cima del añoso árbol. 
Como si fuera una obra ensayada, al mismo tiempo el cielo se fue haciendo gris y luego llegó nuevamente el negro, pero vino acompañado de rutilantes chispitas de plata, y así se formó la noche, sin luna, silenciosa y oscura. ........ 
El alba somnolienta comenzó a pintar el amanecer del cielo con pinceladas naranjas-rojizas y lentamente el redondo espejo refulgente y brillante, asomó tímidamente primero, y firme después por detrás de su almohada,... la loma. 
Cuando el alba terminó su obra, el cielo lucía azul brillante y todo recuperó los tonos alegres vivos y luminosos de la anterior jornada. Nacía un nuevo día. 
La hiedra también despertó de su nocturno letargo y comenzó a trepar por el rús tico tronco. Trepó y trepó; enredó sus guías, y subió, tapizando el follaje pinudo con su red. De lejos parecía que el recto y alto ejemplar arbóreo cambiaba su vieja camiseta verde oscuro, por la veraniega camisa verde limón, liviana y fresca. 
Poco a poco la endiablada hiedra fue cubriendo todo el follaje pinar, hasta llegar justo hasta su cúspide, donde en un abrazo contornearte ofídico y sofocante, asfixió letalmente la vida, hasta hace poco feliz, del árbol solo. 
El pino tiene un nuevo cambio; trocó el elástico movimiento de sus ramas verdes de junco, por el tétrico esqueleto pardo rígido y vidrioso de la muerte. El pino solo, alto, grácil y feliz ha muerto. 
Aquellos tentáculos verdes derrotaron al otrora orgulloso poste y, triunfante , sa cude su melena al viento apretando aún más su abrazo mortal. 
Hasta que un día gris, y frío comenzó a soplar el viento con su aliento fuerte de casi ciclón. El pino, seca ya su estructura, entregó su esqueleto a la fuerza eólica y se quebró por la mitad, estallando su antes fibroso y resistente tronco en mil pedazos y llevando de tiro la vida entera de su asesina. 
Cayó el seco tronco lejos de su pie, entre un revuelo de gajos y ramas secas, confundiéndose con las vivas hojas de la hiedra, que por sus incontables guías mutila das, lloraba su ambiciosa labor, al final improductiva, la que nunca podría repetir.

 

   MORALEJA: La ambición del Hombre por el poder, derribando al semejante para lograrlo, se vuelve en contra, cayendo todo el peso de la  Justicia Divina sobre él.

                                                                                                      Cedeca 2/10/2000