El asesino no las quiere rubias

            1. PIEZAS DE UN PUZZLE

HAY UN estremecimiento repentino en la nuca de la víctima en potencia. Como si una entidad incorpórea proyectase un

 

tentáculo más sutil que el hilo de una araña, uniendo, a través del aire, la punta enhiesta del cuchillo con los sensibles vértices de los cabellos más bajos. Como si un suspiro helado recorriese la espalda del elegido, desde la cintura hasta la cerviz... 
El subconsciente se anticipa al testimonio de los sentidos. Sin necesidad del más leve rumor premonitorio, el condenado adivina su fatal destino..., tan aterradoramente próximo ya.
Se vuelve entonces, en impulso irrefrenable; su mirada incrédula se estrella contra los ojos de acero del asesino. Separa los labios para dejar escapar el clamor de su angustia y de su miedo..., y en ese mismo instante el filo inclemente completa su parábola de muerte..., una vez más.
¡Sangrientos crímenes de una serie macabra, originados en algún designio que ha de arraigar más allá de cualquier razonamiento cuerdo! ¿Qué cronista sabrá hallar los términos precisos para relatar una historia así? ¿Qué mentalidad podría identificarse con esa madeja de retorcidos sentimientos? 
(Quizás me corresponda hacerlo a mí. ¿Y por qué no?...)


EL COMISARIO (R.) Dorteros suspiró. Con leve meneo de cabeza se recostó en la silla, tras depositar el pliego

 

mecanografiado sobre el escritorio. Allí estaba, desparramado, todo el material relativo al caso en cuestión..., más o menos, se dijo, como las piezas de un puzzle.
—¡Flor de compromiso me eché encima! —masculló—. ¡Y para colmo habla de una “serie de crímenes”..., en plural, como si estuviese enterado de que habrá más de uno!
Afuera, expiraba la tarde. Las sombras del ocaso empezaron a infiltrarse en el despacho, difuminando colores y formas. Dorteros oprimió el botón de la portátil. Una gama de tonos más intensos y duros estalló en el ambiente.
Los rectángulos de las ventanas se convirtieron en espejos negros, constelados de reflejos; las imágenes apenas se perfilaban en ellos con sus brillantes ribetes. A fin de corregir la dicotomía, el ex criminalista corrió las cortinas. La intimidad resultante le hizo sentirse más a gusto. Invitaba a la concentración, y desde luego que concentrarse era lo que él estaba necesitando.

AQUELLA oficinita le recordaba, curiosamente, la de su propio padre, allá por 1931, o quizás 1933... Algunas

 

veces, el viejo le permitía que se quedara a acompañarlo, cuando trabajaba fuera del horario regular; y hasta se le daba autorización para entretenerse con los enormes sellos de goma articulados y la vetusta Underwood, de estruendoso tecleo. Incluso, evocó, podía manipular los divertidos sacapuntas a manivela. ¡Pero jamás acercarse a las plumas ni al tintero, porque no había ni que pensar en una mancha sobre la carpeta inmaculada o el pulido roble del escritorio!... El primer Dorteros había sido bastante estricto en cuanto a orden y aseo: todo en su sitio y en forma, para que se le pudiese utilizar en cualquier momento. Entre paréntesis, era ésta una práctica que el antiguo investigador llevaba en sus genes, y de la que se había servido con buen éxito en su propia labor criminalista.
—Pero, a lo que parece, la tercera generación nos rompe el molde... —meditó, con una sonrisa.
El estado del archivero, en un rincón, proclamaba el caos, con sus cajones mal cerrados, de los que asomaban cordilleras de expedientes, insertados a viva fuerza en sitios erróneos. Del perchero, al fondo y a la izquierda, pendían una maltratada campera de cuero y una horrenda corbata; en un nivel más bajo, el bohemio gallardete de un blue-jean muy usado decoraba el respaldo de una silla. También había notas pegadas con cinta adhesiva en las paredes, y la papelera, según comprobó Dorteros, no se había vaciado en días.
—¡Este Juan Carlos!...
Aunque, por cierto, se dijo Dorteros, precisamente en esos momentos Juan Carlos debía ser la viva imagen de la formalidad, ataviado con sus mejores y más conservadoras galas... ¡Todo para impresionar a Virginia, la agraciada psicóloga que lo tenía embobado!

VIRGINIA Linares. De vuelta en su asiento, el ex policía cerró los ojos, con la nuca reposando sobre sus manos

 

enlazadas.
Le gustaba el ejercicio intelectual de representarse a los involucrados en cada caso que investigaba, e imaginar a su
capricho el carácter, las reacciones, las ocultas tendencias de cada uno de ellos..., e inclusive sus más guardados secretos. Desde luego que lo hacía basándose en una lógica rigurosa, cimentada en su experiencia de varias décadas. Por eso no vacilaba en confiar en su método.
Recordó el aspecto de la tal Virginia Linares, a quien le habían presentado en oportunidad. Con sus cabellos cortitos y sus grandes ojos claros, aparentaba menos de treinta, y se esforzaba en conducirse como si fuese más joven todavía. ¡Seguro que lo haría por no desentonar con su clientela habitual de inimputables en agraz y chiquilinas bulímicas!
A Juan Carlos le había caído bien desde el comienzo, obviamente. A él mismo no dejaba de agradarle, concedió, porque pese a mostrarse de vez en cuando demasiado “cerebral”, tenía una sonrisa de lo más cautivadora. Sin embargo —y se trataba de una sutilísima impresión, que el ex criminalista no podía, en rigor, fundamentar—, por alguna causa indefinible, la joven le intrigaba un poco también. Llegó a ocurrírsele que ella escondía alguna turbulencia bajo la tersa superficie. Nadie es tan sencillo de caracterizar como aparenta al principio, sentenció mentalmente, y esta chica no era ni más ni menos que un ejemplo de la máxima en cuestión.
Ya en su salsa, Dorteros se inclinó sobre el escritorio y desplegó una serie de fotografías que Juan Carlos, vaya uno a saber cómo, se las había ingeniado para procurarse. Saltaba a la vista entre todas, enseguida, la de Esmeralda Capurro: una toma de estudio, muy profesional, que realzaba mediante un contraluz el esplendor dorado de su cabellera.
Dorteros podía imaginarse el efecto que una mujer como ésa tendría que provocar, por fuerza, en el mundillo de la oficina pública donde los Hados la colocaran: un trocito de estrella, caído entre el polvo de los legajos... Damas de ese tipo suelen convertirse en el centro de un remolino, cuyas ondas más de una vez llegan a rozar orillas de tragedia.

UNA VIEJA imagen afloró repentinamente, con perfiles cortantes: Esther, la rompecorazones de Punta Azul...,

 

casi veinte años atrás. Tan exquisita, tan voluptuosa, tan vulnerable. Tan muerta.
La palma de Dorteros se aplastó sobre el retrato de Esmeralda.
—¡Viejo chocho! —se autofustigó, risueñamente.
Mucho tiempo hacía de todo aquello. En algún rincón de la memoria persistían los grandes titulares en primera plana, el acoso periodístico, los encomios de la superioridad... También el sagaz pesquisante, robusto y elegantón, se esfumaba en el recuerdo. En su lugar, herencia inevitable, este veterano nostálgico, cuya rodilla izquierda le daba la lata en días húmedos. También necesitaba anteojos, aunque un vestigio de trasnochada coquetería le hacía obstinarse en no usarlos.
Esmeralda Capurro. Veintiún años, soltera, Oficial Especializada en el Sector Archivos del Ministerio de Obras Públicas (para su crasa subsistencia); modelo fotográfica bastante requerida, fuera del horario burocrático. Sus dotes eran visibles. Sin llegar a ser un dechado de perfecciones físicas —como aquella Esther de indeleble memoria—, poseía ese “no sé qué” que polariza la atención masculina. La cámara, por su parte, la adoraba, según podía constatarse en la imagen que Dorteros tenía delante. Daba gusto contemplarla, se dijo.
Igual que Esther... Igual que ella, también, perturbaba el ambiente circundante, catalizadora inconsciente de pasiones, temores y añoranzas. Y acaso de... violencia.
—De acuerdo a esa lógica —musitó el ex comisario—, debió ser Esmeralda Capurro la víctima del asesino. ¡Pertenece a la misma clase que Esther!
La vida, sin embargo, se obstina en ignorar los sistemas lógicos.
Fue a Lucy García a quien se encontró muerta. Lucy García, una muchacha insignificante, deslucida y sin gracia, aunque llena de sangre tan roja como la de la otra. Sangre que manara de la profunda cuchillada de su cuello, hasta formar un pequeño lago luctuoso sobre la madera del escritorio en que yacía, entre dos pilas de expedientes sin revisar.

LA NOCHE invitaba a soñar. Una temperatura de veintidós grados, apenas la brisa suficiente para alborotarle

 

con gracia la melenita teñida..., y la agradable presencia de Juan Carlos, escoltándola.
—¿Caminamos un poco? —propuso Virginia.
—Claro, por qué no... Luego volvemos a buscar el auto, ¿te parece?
Se prendió de su brazo. El leve estremecimiento que captó en el varón la satisfizo íntimamente.
¡Si no fuera tan remiso en tomar la iniciativa!... Iba a correr por cuenta de ella, se dijo, encarrilar las cosas como correspondía.
—¿Te gustó la película, detective?
—Pasable... ¡Aunque me parece demasiado fantasiosa!
—No está entre las obras mayores de Hitchcock —observó ella—. ¡Pero usó con mucha eficacia el recurso del “falso racconto”, aun violando todos los convencionalismos de la época!
El sacudió una mano, sin aminorar el tranco de sus largas piernas. La muchacha se veía obligada a marchar al trotecito, pero ni soñaba en protestar por tan poca cosa.
—Lo que viola esa película, si me dejás que te diga, es el sentido común... —afirmó Juan Carlos—.¡La realidad tiene muy poco que ver con esa “Desesperación”..., o como sea que se llame!
—¿Es más... prosaica la realidad? —adherida a él, lo siguió en el esquive de un transeúnte que venía como buldozer en dirección contraria.
—Menos complicada, por cierto. ¡Ese tipo de casualidades, que tan bien les caen a los detectives de película, no se da en la vida real! ¡Ojalá tuviésemos tanta suerte!

VIRGINIA Linares lo observó de soslayo. Rasgos interesantes, sin duda. Nariz bien moldeada, corta; mandíbula

 

un poco pronunciada; boca amplia y de sonrisa fácil... Y los anteojos le sentaban bien. Llevaba el cabello prolijamente recortado en nuca y patillas, aunque no conseguía dominarlo del todo con el peine, ya que era muy abundante. Sólo le faltaba una de esas pipas rectas, tan elegantes... Pero era un no-fumador empedernido.
—¿Y cómo investigan ustedes, en la realidad? —se interesó ella.
—Todo es a fuerza de paciencia y constancia. ¡Hay que revisar carradas de documentos, tragar polvo y más polvo de archivos judiciales, recabar antecedentes, interrogar testigos y saber convencerlos para que cooperen!...
Se detuvieron ante un semáforo. Al pasar un automóvil, zumbando, demasiado cerca del cordón de la vereda, Juan Carlos tiró instintivamente del brazo de Virginia, atrayéndola hacia sí, con plena cooperación de la chica. 
—¿Y abundan los éxitos? —preguntó ella.
—Bueno... No sé si corresponde que opine sobre eso. ¡Todavía soy bastante novato!
—¿Es cierto que empezaste por pura casualidad?
—No lo diría con esas palabras —corrigió Juan Carlos—. Yo era socio de un tipo, en una pequeña empresa de importación... Ropa “casual” traída del Brasil, accesorios, qué sé yo, animalitos de peluche..., cosas por el estilo, ¿sabés?
—¿Y sacaban ganancia?
—Parecía un buen negocio, sí, en tanto no pretendiéramos demasiado. Pero de repente, al hombre le hicieron el cuento del tío..., o él me lo hizo a mí, jamás lo supe ni me interesa. Hubo una pérdida importante, y quebramos.
—¡Ay, qué lástima, Juan Carlos!
—Yo me empeñé en llevar el asunto a la Justicia. ¡No iba a dejar las cosas así!
—¡Claro! ¿Y tuviste suerte!
—Un poco: me correspondió indemnización, y finalmente transamos en que me quedaría con el activo de la otra parte. Y eso consistía, ni más ni menos, que en esta bendita agencia de investigaciones particulares... En un principio tuve la idea de vender, o liquidar, y convertir todo en dólares, pero después...
Virginia sonrió, apuntándole con el dedo.
—¡La herencia paterna pudo más!
—¿Lo decís porque el viejo fue comisario? ¡No, nada que ver!... Mirá: ya está la verde. ¡Crucemos!
Enfrente había una cafetería, de aspecto tranquilo y acogedor. Nada más natural que ocupar una de las mesitas, junto a la ventana. Virginia se alegró de aquella oportunidad de estudiar a placer la fisonomía de Juan Carlos Dorteros. Había mucho del padre en la forma de mirar, y la sonrisa era prácticamente la misma, si bien el hijo parecía más pródigo que su progenitor en el gesto.
—¿Un café? ¿Algo para picotear?
—Un cortadito, nada más —repuso ella—. Mucha hambre no tengo...
No era conveniente pasar por angurrienta, se dijo. Ni tampoco demostrar afición a las bebidas espirituosas, de las que él no era partidario en absoluto... ¡Todo en pro de la armonía, aunque el costado feminista rechinase un poco!
Para cuando llegaron los pocillos humeantes, flanqueados por la insulsa guardia de corps de los altos vasos, ya la conversación había derivado hacia el mayor de los Dorteros.
—Así que no saliste a él, ¿eh?
—No..., no me parece. Acá donde me ves, yo soy mucho más pragmático que el viejo. ¡El padece un romanticismo trasnochado!
—¡Quién lo diría!
—Y empeora a medida que se va internando en los meandros de la Tercera Edad... —Juan Carlos sonrió con afecto—. ¡Si me oye, me estrangula!... No, en serio: es un gran tipo, Virginia. En realidad..., lo admiro bastante, ¿sabés?
Ella apoyó el bonito mentón en el hueco de una mano.
—Sí, me impresionó muy bien, tu papá... ¿Es cierto que lo condecoraron?
—No fue lo que se dice una condecoración —aclaró el joven—; más bien un testimonio oficial.
—¿Por el famoso caso de Punta Azul, ¿no?
—Ajá... Algunos diarios lo titulaban “La Orilla Roja”. ¡Hizo época!
—Algo recuerdo de eso... ¿No mataron a varias modelos?

–EN REALIDAD fueron tres crímenes —le explicó él—. Una conocida modelo publicitaria, un joven de familia

 

acomodada, y una chica muy bonita, que andaba en relaciones poco claras con cierto magnate... Parecería un caso de tantos; pero lo que lo hizo destacarse fue el diabólico plan que urdió el asesino... ¡Poco menos que el Crimen Perfecto, con mayúsculas!
—Poco menos... ¿Así que hubo una falla en el plan?
El asintió. Sin darse cuenta, se quitó los anteojos y empezó a sacudirlos de un lado a otro para vigorizar sus frases.
—¡Una falla prácticamente indetectable! —aseguró—. Si no hubiese sido por el veterano...
—¡Ya veo! —Virginia sonrió, sin visible ironía—. El “Sherlock Criollo”... ¿Y seguís afirmando que no te inspira para nada?
—¡Mujeres! —soltó Juan Carlos, con cómico enfado—. ¡Todo lo tienen que interpretar a su bendito gusto! Oíme: cuando decidí asumir la dirección de la agencia, el rubro principal eran los casos de adulterio...
—¿Sorprender a los pecadores “in fraganti”? —Ella meneó la cabeza en son de reproche—. ¡Tch, tch, tch! Fotos comprometedoras, tomadas desde sórdidos escondrijos... ¡No muy digno que digamos, señor detective!
—Ahí va: ¡ya estás tomándome otra vez el pelo! ¿Me quejaba de las mujeres? ¡Pues peor todavía si encima son psicólogas!
—¡Perdóneme, usía! —rió ella—. ¡No hubo intención de ofender!
—¡No, claro!... Escuchá: lo que hacía era seguir a los implicados, tomar nota de sus idas y venidas, sus hábitos, etcétera. ¡Hasta que se les sorprendía con la persona sospechada de infidelidad!... Pero nada de fotografiarlos en posturas comprometidas, ni ligeros de ropa. ¡Eso se ve sólo en el cine! Lo nuestro es pura rutina... ¡Dejate de soñar, nena!
—Así que... más bien te aburrís, ¿eh?
—¡Me aburría! Gozaba del más sano tedio, hasta que apareció cierta psicóloga de ojos hechiceros, y me metió hasta las orejas y sin decir “agua va” en un caso de homicidio! ¡Que le corresponde investigar a la po-li-cí-a, por si no lo tenés claro!
Virginia se aprovechó de la instancia. It’s now or never... Posó la mano sobre la de él, en actitud conciliadora y al mismo tiempo sugerente de posteriores derivaciones algo más carnales en la mutua relación.

–NO QUERÍA perturbarte la vida. —Ahora lo miraba directamente a los ojos, lo más “hechicera” posible—. Esa

 

chica, Lucy García, fue mi paciente, como bien sabés... ¡Y ahora está en alguna morgue fría, con la garganta cortada de lado a lado! —Sus finos dedos aprisionaron el puño del joven—. Le debo algo: fue por eso que te pedí ayuda. ¿Tanto te molestó?
El ya estaba blando como crema. Sacudió la cabeza y dejó salir la mitad de una sonrisa.
—¡Con vos no se puede! —Alzó la mano libre para tironearle del flequillo—. ¡Psicóloga!... 
Acaban de cruzar su Rubicón sentimental. Ese nuevo capítulo de su vinculación los embargaba con su latencia de promesas: ¡les quedaba tanto por explorarse mutuamente!... Así que el resto del universo se salió del foco de los ojos de ambos.
Fue por ese motivo que, a pesar de que los dos vieron a la persona que pasó junto a ellos, y ninguno dejó de reconocerla, se limitaron a un saludo casual, borrándola de inmediato de su pensamiento. Ni siquiera les pasó por la cabeza la posibilidad de que estuviese allí con el propósito deliberado de espiarlos...
¡No podían saber que se trataba de un asesino!

 

¡YA ESTÁ ARMADA LA TRAMA! UNA JOVEN ASESINADA…, VARIOS INVOLUCRADOS… UN SAGAZ PESQUISANTE A LA BÚSQUEDA DE INDICIOS REVELADORES… ¡EL BRÍO JUVENIL DE JUAN CARLOS DORTEROS, NOVEL DETECTIVE PRIVADO, APOYADO POR LA EXPERIENCIA DE SU PROGENITOR, EN CUYA CARRERA ABUNDARON LOS ÉXITOS! ¿PODRÁN DESENTRAñAR EL ENIGMA PLANTEADO POR EL MISTERIOSO ASESINO?¡VUELVAN EL DOMINGO PARA ENTERARSE! 

YA  FINALIZÓ LA SERIE PERO SI A TI TE INTERESA SOLICÍTALE LOS CAPÍTULOS  AL AUTOR QUE EL GUSTOSAMENTE TE LOS ENVIARÁ  cmfederici@hotmail.com