El relato que sigue obtuvo un primer premio en un certamen literario cuyo lema era “Cuentos para el siglo XXI”… Me ha parecido adecuado trasladar su escenario una centuria más adelante. Porque, lamentablemente, el siglo XXI ha dejado de ser ambiente propicio para la ciencia ficción. Hoy día no es sino acuciante actualidad. Para los de mi generación, resulta anonadante...

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Christine, segunda opción

Cual leve tapiz de casto dibujo, 
a tus pies deposito mi anhelo; 
tu soberbia figura de hielo
me tiene cautivo en su místico embrujo. 

—Del Salmo 22 a Christine (c.2145)

ALLÍ TENDIDA, con los ojos todavía cerrados y los brazos en cruz, me parece casi desamparada... El efecto

 

magnificador de la cubierta que la rodea permite distinguir, aun desde la relativa distancia a que me encuentro, inclusive la sutil sombra de cada pestaña sobre la mejilla. Tan hermosa como siempre lo ha sido, desde luego; pero... entregada, cual si finalmente hubiese llegado el momento de la consumación.
Carraspeo sin alarde. Me siento un poco incómodo entre tanto cociente intelectual privilegiado. No ignoro que, en rigor, no me correspondería presenciar el acontecimiento (oficialmente, no soy nadie); pero como jamás habría aceptado la idea de estar ausente, en su momento moví literalmente cielo y tierra, rogué, mentí, incurrí en las más vergonzantes ruindades a escala menuda, todo con tal de obtener el imprescindible Permiso de Asistencia, reservado tan sólo a los Notables.
Pocos instantes más, me digo, y ha de caer el velo... Siento verdadero pánico, lo confieso, de lo que pueda resultar; pero a pesar de que los clamores del instinto me impelen a escapar de allí, sé que me resultaría imposible pretender eludir mi destino. Posiblemente, pienso, el avatar entero de mi pobre existencia se haya planificado en algún sitio, alguna vez, con el exclusivo propósito de desembocar en esto...
Palidezco. ¿No han temblado las pestañas de oro? ¿Será ya el momento de ...?
—Inminente, señores —anuncia la voz engolada de Luthers.

UNA NUBE de murmullo la rubrica, como cauda consistorial. Luthers semeja un fugitivo de la venganza judía, una

 

verdadera caricatura de nazi estilo Hollywood, pero no por eso deja de ser el psiconeurólogo más célebre de la actualidad. Hay otros famosos junto a él: Mac Foxx, que representara al Pueblo en el sonado caso del asesinato de Emmanuelle; la Papisa Lucía I, llegada especialmente de Rome-sur-la-Seine para asistir al evento, y Calvin Gerbhart, el Presidente de la Confederación Noroccidental. Tan sólo falta Kung Eurinov, Premier del Bloque Sudoriental: corre el rumor de que el trasbordador en que viajaba habría sido desviado a Counterfeit, el mundo artificial, nido de terroristas y piratas.
Por lo demás, una pequeña multitud rodea el cubículo de magniplast donde ella yace, a punto de salir de su sopor quirúrgico. Acaso pase de un par de cientos el número de los presentes. Pero, por cierto, me digo, ¿qué es eso, comparado a la ingente muchedumbre que aclamara a Christine en el instante apoteótico de su entrada triunfal a París?
(¿Cuánto tiempo, me pregunto amargamente, cuánto tiempo hace de todo esto? ¿Centurias, quizás? No, apenas algo menos de un año. Y ahora... )

YO LA CONOCÍ cuando aún era Emmanuelle.
 

Trabajábamos en la misma oficina, una filial de la Universal Press, encargada de mantener al día en cuanto a noticias mundiales a los colonos de Marsópolis y también a los de la Base Sincrónica. Me cautivó desde el preciso momento en que su imagen capturó mis pupilas.
He sido durante años un anacronismo: pienso como romántico. En estos tiempos de ambigüedad sexual..., ¡Emmanuelle lucía tan definidamente femenina! Incluso la curva del filo de cada una de sus uñas de nácar sugería exquisiteces a mi fantasía. Ella... se clavó en mí, frágil y pálida.
El desencanto, empero, llegó a través de mis oídos.
La escuché responder a los insaciables avances de la jauría que permanentemente la rodeaba: su lenguaje era de tal vulgaridad, que simplemente marchitó sin remedio los tiernos brotes de mi ensueño.
Me asaltaron impulsos suicidas (en pleno Siglo Vital, este lírico empedernido aún alienta tales arcaicas necrofilias); más tarde, sin embargo, atemperadas mis hieles, caí en la fría reflexión:
—Ella conmueve demasiado la atmósfera circundante... ¡Va a terminar arrastrándola su propio vendaval!
Y tuve razón: un exaltado psicópata la asesinó.
Así empezó.

EMMANUELLE dejó de existir (si bien su cuerpo fue mantenido en funcionamiento mediante la batería de instrumentos

 

de fantástica tecnología siglo XXII de que dispone el Centro Médico Universal); al cabo de tres días de su asesinato, surgió Christine en este mundo.
La Era de la Segunda Opción había comenzado, aunque el portento no fue advertido de inmediato. La atención pública, por entonces, estaba engolfada en el más extraordinario caso criminal de la Historia: el homicidio (?) de Emmanuelle.

MAC FOXX, fiscal del pueblo, lanzó en público su revolucionaria aseveración, y su tonante voz buriló la arcilla de la

 

Eternidad:
—¡Existió crimen! ¡El pueblo exige la máxima pena para el asesino! ¡Cegado por el turbión incontenible de sus exacerbadas pasiones, ese ser desnaturalizado se arrastró en la noche, como alimaña predadora, y causó a la víctima tantas y tales heridas que a la postre determinaron su deceso! ¡Debe recibir su castigo por matar!
”¡Sí, señores del jurado! He dicho: matar. ¡Y no me retracto un ápice de lo afirmado! ¡Emmanuelle Du Barry ha sido destruida..., quedando tan sólo su cuerpo delicado como prueba fehaciente del execrable delito perpetrado!
”No importa que ahora contempléis ante vosotros ere mismo cuerpo, pulsante y hermoso, desbordante de vida y de fulgor... ¡¡Ese cuerpo, señores, ya no pertenece a Emmanuelle Du Barry!! ¡¡No restan trazas de ésta por debajo de ese cutis traslúcido!! Emmanuelle Du Barry murió, literalmente, en el quirófano: su persona individual desapareció para siempre. ¡Sí, sí, lo sé: sé que el informe patológico reza “amnesia permanente, inducida por shock traumático” ¡Lo sé! ¡Pero ésos, señores, no son sino términos médicos..., y en esta corte nos concierne única y exclusivamente el lenguaje legal! Nosotros, El Pueblo, proclamamos: “¡Homicidio!”
”¿Y qué es el homicidio, señores del jurado, sino la más grave ofensa al Código Legal, precisamente por su carácter de irreversibilidad? ¡Yo afirmo que Emmanuelle Du Barry ha muerto, vilmente asesinada, y nunca más volverá a estar entre nosotros como entidad integral! ¡Sin duda es éste el crimen más inusitado de todos los tiempos..., pero no por ello menos merecedor de la sanción que impone la justicia!"
Aquello fue miel para las moscas de la prensa sensacionalista... Yo mismo estuve envuelto en ello, debido a mi trabajo: pero me limité a cumplir con éste como formalidad laboral, sin la morbosa delectación que me parecía captar en todos mis colegas. Cada vez que los veía atropellarse, para llegar a los fonovisores antes que los demás, sentía que me enfermaba.
—¡Cerdos! ¡Igual que cerdos zambulléndose en el barro!
Debí reconocer, no obstante, que no dejaba de ser humano todo esto. Así es la gente en estos tiempos, admití. ¡Lejos de mí estaba por entonces el predecir la tremenda revelación que aún se avecinaba!
¡El advenimiento de la Segunda Opción... y de Christine!

NO PODRÍA rastrear con exactitud los orígenes. Ignoro en verdad cuándo empezó efectivamente. Pero, al igual que

 

alguna fantástica especie de hiedra conceptual, fue propagándose con voracidad creciente..., hasta que el mundo entero proclamó a Christine.
Yo soy la Segunda Opción —predicaba ella con delicadas inflexiones—. Acérquense a mí, sientan mi toque, y vivirán por siempre en la bienaventuranza. Se les ha dicho: al cabo de la Historia, el Hijo del Hombre volverá para hacerlos salvos. Pero yo les digo: los tiempos han cambiado, y el Padre me creó, impoluta, para traerles esta nueva luz...
Fue algo sublime y aterrador a un tiempo. Legiones inmensas, conglomerados gigantescos donde se confundían razas, lenguas y costumbres de las más diversas naturalezas, la siguieron. Flotaba un aura peculiar en torno de ella, tan resplandeciente como las doradas ondas de su cabello (“¡La que no nació de carne, no es esclava de la carne!”), y el solo roce de sus dedos afilados operaba prodigios en los hombres.
Yo lo sentí.
Fue como si un rezumo inefable de dulzor y sosiego se me derramase encima; al momento, todas mis potencialidades, sin excluir las más oscuras, se recanalizaron en mí, nuevos significados sustituyeron a las obsoletas nociones de mi herencia secular, y fui otro nuevo. Más allá de vulgares apetencias, por encima de legamosos horizontes. Nada se perdió; todo se transformó para bien. Mi... Segunda Opción. Christine.

EINNUMERABLES seres fueron tocados también por aquella Gracia diferente; el movimiento, aparentemente

 

incontenible, alcanzó las orillas del planeta.
Fue entonces que atacó la Reacción. Una corriente luminosa como aquélla, inevitablemente habría de lesionar sórdidos intereses. Nivel sobre nivel, los arteros golpes sucediéronse... Como cronista oficial de Christine (así me gustaba considerarme, al menos) registré todo el lamentable proceso de aquella infamia.
Y aquí me encuentro ahora, al filo del acto final.
(Incompetente, se han atrevido a declararla. Un típico caso de personalidad esquizoide, con perniciosa derivación a lo místico y a lo megalomaníaco. ¡No era posible consentir que la humana estolidez sancionara aquel formidable fraude en masa! Y se impusieron mezquinas influencias, ruines poderes ejercieron su juego, y así ella, martirizada por la inhumana neurocirugía laser de Luthers, yace en su cubículo magnificador ¡para que nadie se pierda un detalle!, a punto de despertar a su naturaleza real.)

–¡Ya se mueve!
 

-¡Miren, está abriendo los ojos!
¡Dios! Esa especie de sombra en las pupilas.. ¿Será que...?
De súbito me sacude la náusea, no puedo evitar que el cuerpo se me doble por la cintura, y el ácido hedor de mi vómito invada mis narices. ¡Oh, Dios!.. Mis ojos, vueltos hacia el suelo, no pueden observar lo que ocurre en el cubículo...
¡Un tumulto! Exclamaciones. Rugidos. Alguien me empuja; caigo bajo la irresistible presión de la multitud...
No conseguiré levantarme... Ya insensible al dolor, bajo un implacable ejército de pies que me hace pulpa, me siento hundir irremisiblemente en una oscuridad sin fondo..., aunque la radiante imagen de Christine, crucificada, tarda en desvanecerse.