LA SEGUNDA CONFESIÓN


EL PADRE Artigas notó de inmediato que Mincho había leído en su expresión las malas noticias. Sacudidos por un diminuto sismo personal, los rasgos del muchacho se desencajaron. Su faz, color ceniza, absorbió ávidamente las sombras de la celda, fundiéndose en el fondo de franjas verticales que la luz exterior proyectaba sobre el muro.
—¡El ministro se lo negó! ¿No es cierto, padre? ¡Dios, me van a colgar!
El religioso vaciló, recorrido por un ramalazo de congoja. Parecía que tan sólo hubiera sido ayer cuando aquel chiquilín de aguzadas facciones y mirar desafiante había consentido por fin en confesarse..., por una sola y única vez. Y ahora...
—Se le había otorgado la amnistía, padre... Por obra de la merced del General, y a ruego de usted, padre. ¡Y así paga la benevolencia de nuestro líder! Comprenderá que es preciso dar un escarmiento... La opinión pública... En este ambiente tenso de hoy... Con la sedición al acecho...
...Cuando se enteró de que Mincho se había juntado con Irene, la “Mellada”, como la motejaba la crueldad popular, el padre Artigas (ignorando por el momento la precariedad de aquella unión sin votos) se permitió abrigar la esperanza de que tal relativa estabilidad calmaría en parte los desordenados ímpetus del joven. 
Pero muy pronto debió rendirse a la evidencia: la mala índole de Mincho se descargaba en la infortunada, víctima constante de maltratos e insultos. Todas las buenas intenciones del sacerdote para mediar en el conflicto se estrellaban invariablemente contra el ocluido corazón de Mincho.
Y ahora el mazazo final: la acusación de asesinato.

AL CURA le habían mostrado las fotos de la occisa. Aquella cara, destrozada por el disparo, tan sólo un enorme agujero sangriento... ¡Se negaba a creer que el chico hubiese podido llegar a eso! Prepotencias..., golpes, inclusive, sí; pero... ¿una monstruosidad semejante?...
—¡Yo no fui, padre! ¡Soy inocente! —Se había sentado en el camastro, casi invisibles las facciones en la semipenumbra—. ¡Y me van a colgar injustamente, y usted los deja! ¡Todo porque soy un huérfano miserable del arrabal, que nunca va a sus misas!
Inocente. Inocente. Inocente. El sacerdote apretó los grandes puños. 
—¡Guardia! —llamó.
Acudió un policía moreno, de acusado perfil aindiado. Fulminó a Mincho con la mirada y llevó la mano al revólver.
—¿Algún problema, padre? ¡Si ese bicho se le insolentó...!
—¡No, no, no! —Los ojos del cura, cándidos como los de un bebé, en la cima de su corpachón de atleta, irradiaron serenidad—. ¡Él no hizo nada malo! Lo llamé solamente para mostrarle una cosa, García... ¡Andá, Mincho, salí del catre!
Con la cara fruncida por la perplejidad, el recluso se levantó en silencio. El padre Artigas asió gentilmente el brazo del carcelero para conducirlo a un ángulo del recinto.
—Ahí, abajo del catre... Mire, García, mire.
El policía se inclinó. Mincho, pasmado, vio cómo la nervuda mano del religioso se ceñía sobre la nuca del otro. En un suspiro, García quedó tendido sobre el catre de lona sucia, igual a un muñeco de trapo.
—¿Qué m...? —Mincho tenía los ojos como platos vacíos.
—¡Rápido! —ordenó el padre, en imperioso tableteo—. ¡Cambiá de ropas con él! ¡Ya! No, tu camisa dámela a mí... ¡Rápido, muchacho!

OBEDECIÓ el chico, moviéndose como sonámbulo. En cuanto el padre recibió la camisa, sus fuertes dedos la rasgaron en tiras. Acto seguido, llegó junto a Mincho, quien ya se abotonaba la chaqueta azul. 
—Quieto, que te vendo la cabeza.
No se veía a nadie en el pasillo. La celda de los condenados quedaba en un rincón muy apartado del penal, y el padre bendijo al Cielo por esa circunstancia. Calculaba toparse cuando mucho con un par de vigilantes; de seguro viejos conocidos suyos, que aceptarían sus afirmaciones como a los Evangelios. Dejó la celda, aferrando a Mincho por la cintura.
Los pasos de ambos profanaron el amplio ámbito vacío. El padre Artigas acercó la boca al oído de su compañero y le susurró con frialdad, a través del vendaje improvisado:
—Lo que viste ahí adentro fue una toma de judo. Tenela bien presente si se te llegan a ocurrir ideas raras. ¿Está claro?...
—¡Eh, padre Artigas! ¿Qué pasó?
Se volvió el sacerdote, contraídas las mandíbulas para dominar el sobresalto. Su brazo se tensó en torno a la espalda de Mincho.
—¡Nada grave, nada grave! —Raspó en lo más profundo de su temple, a fin de extraer un tono de voz bien casual—. ¡García, que se dio un golpe en la cabeza de la manera más boba!... Lo llevo a que lo vea el doctor.
Su interlocutor, un cabo alto y macizo a quien conocía muy bien, empezó a caminar hacia ellos. El religioso le hizo un ademán con el brazo libre.
—¡No, no te molestes, Quadri! ¡Me las arreglo solo! ¡Ah! Y no te ocupes de Mincho, que queda bien encerrado... ¡Mirá que no tuvo nada que ver con esto, eh! ¡Fue después de salir de la celda que García se cayó!
El aire, largo rato contenido, siseó tenuemente al escapar por la boca entreabierta del cura. Oyó alejarse al cabo Quadri en el instante en que alzaba la mano para llamar a la puerta de la enfermería de emergencia.

ASOMÓ la calva del doctor Lagarte, brillosa y amarilla como yema de huevo. Sagaces ojuelos miopes parpadearon tras gruesas antiparras.
—Ah... El padre Artigas. ¡Epa! ¿Qué es lo que me trae ahí?
—Un leve accidente... 
El sacerdote se introdujo en el cubículo, firmemente asido a su presa. Luego cerró la puerta tras ambos y pasó el cerrojo.
—¡Pruebas! ¡Pruebas! ¡Es mi mala suerte y nada más, padre! ¡Si toda mi vida estuve pagando por culpas ajenas! ¡Sí, yo dejé huellas en el revólver! ¡Porque lo recogí del suelo! ¿Y quién no hubiese hecho lo mismo, eh? ¡Pero ella ya estaba muerta! ¡La encontré así, muerta! ¡Se lo juro por Dios!...
—Pero ¿quién es éste, padre?... —El doctor se erguía sorprendido, con un trozo de paño blanco colgándole del puño—. No es García, ni...
Los dedos del cura asieron el arma que Mincho llevaba al cinto. Un fulmíneo envión dirigió el caño hacia el pecho del médico.
—Créame que no quería llegar a esto, doctor. Pero él no es culpable y no puedo permitir que se le ejecute... Por favor no me obligue a usar la fuerza, amigo mío —rogó el padre—. Permítame llegar a la ambulancia y quédese callado diez minutos. No le pido más... ¡Vamos, Mincho!
Lagarte retrocedió hasta pegarse a una de las paredes. Respiraba con fuerza, y las pupilas le bailoteaban en el centro de los lentes.
—¡No pensará dejarlo así nomás, padre! —Mincho se prendió de un brazo del religioso. Tenía los ojos desorbitados y el rostro bañado en sudor—. ¡Va a gritar! ¡Nos delatará! ¡Hágale la toma, como a García, o dele con el revólver en la nuca! ¡Traiga, déjeme que...! —y manoteó para apoderarse del arma.
—¡Por lo más sagrado, padre! ¡No peleamos ese. día! ¡Irene no pensaba dejarme por nadie!. ¡Si nos escribíamos seguido, y ella siempre repetía que me iba a esperar! ¡Ella me quería, me quería, incluso se puso bonita para mí!... Se había arreglado los dientes, ¿sabe? ¡Para darme una sorpresa cuando yo llegara! ¡Fue algún otro el que la baleó! ¡Yo la quería, padre! ¡Jamás le habría hecho daño, se lo juro!
Las miradas de ambos, en mitad de la pugna por el revólver, se encontraron de súbito, y el padre leyó hondo en la de Mincho... Mediante un supremo esfuerzo, desprendió la muñeca de la tenaza de los flacos dedos. Un arco metálico se dibujó en el aire, y el caño de acero laceró la sien del reo, enviándolo al suelo entre gemidos.
—¡No trates de pararte o te va a ir mal! —avisó el padre Artigas. Sin apartar la vista del caído, se dirigió al doctor Lagarte—. ¡Llame al cabo Quadri, doctor! ¡Este pájaro vuelve a la jaula!

MÁS TARDE, sentados frente a frente galeno y sacerdote, hubo lugar a aclaraciones,
—Fue en el instante de disputarnos el arma, que él sin duda pensaba usar contra usted, doctor... Vi el mal en sus ojos, y se descorrió el velo.
”He conocido infinidad de parejas como ésa en el barrio... Dos personas que siguen juntas en su mini-infierno compartido, atadas por una especie de inercia aplastante, semimasoquista... Irene, con sus dientes rotos, no era nada atractiva, pobrecita, aunque tenía buenos sentimientos. Y soportó con bastante estoicismo las maldades de Mincho. Pero cuando él fue preso, al parecer por largo tiempo, ella debe haber visto la posibilidad de liberarse. Posiblemente encontrase a algún otro...
—O a algunos otros —apuntó Lagarte, cínico.
—Como fuese. Pero la dichosa amnistía hizo salir prematuramente a Mincho... La encontró muy distinta a la Irene que había dejado: ahora ella contaba con medios propios, no dependería más de sus caprichos... Aquello debió... cegarlo.
—Y la mató con el revólver que le proporcionó un contacto suyo del bajo mundo —dijo el médico—. Muy bien, pero... Eso de “ver el mal en sus ojos”... Soy hombre positivista, padre. Hay algo más que no me dijo, ¿cierto?
—Es usted un ateo recalcitrante, Lagarte; pero no pierdo las esperanzas de volverlo algún día al redil... Sí, es cierto que hubo algo más —admitió el cura—. Sabe, yo vi las fotos de la víctima. ¡No quedaban trazas de rostro humano, mucho menos de dientes, arreglados o no!... De manera que si Mincho estaba enterado de que los dientes se habían compuesto (como efectivamente lo confirmó el odontólogo que hizo el trabajo), fue porque Mincho había visto la cara de la pobre Irene antes de que el tiro se la deshiciese. O sea que encontró a la muchacha con vida y no ya muerta, como afirmara tantas veces..., falsamente.

EL MÉDICO apoyó la barbilla en un puño, mirando al varón de Dios.
—De cualquier manera, padre, usted se ha puesto en una situación de lo más crítica con nuestro bondadoso líder, el General... ¡Adiós sus privilegios! ¿Le parece que valió la pena meterse en un lío así..., por ese muchacho?
Con suave sonrisa, repuso el padre Artigas:
—¿Sabe una cosa, doctor? Hace un rato, Mincho me hizo llamar a la celda. ¡Porque quería confesarse! Y lo hizo, y vi en sus ojos (sí, doctor..., a pesar de su escepticismo lo vi, y con una luz aún más fuerte que la del mal de antes), vi en sus ojos, digo, que estaba arrepentido de lo hecho.
”¿Se da cuenta, Lagarte? ¡Ésta fue por fin su segunda confesión, la que esperé durante quince años! ¡Claro que valió la pena..., aunque signifique el exilio o la reclusión perpetua!
El médico se quitó las gafas y estuvo algunos minutos limpiándolas con su arrugado pañuelo. Luego miró al sacerdote sin valerse de lente alguna.
—Lo vamos a extrañar, padre. Antes de que se vaya..., ¿no me hablaría un poco más acerca del bien y del mal? Es una asignatura que no me enseñaron en la Facultad, y creo que no me vendrían mal unas cuantas lecciones...