CONFESIONES DEL OTRO SIGLO: MI VETA “ROMÁNTICA”

Aquí les ofrezco, mis queridos amigos lectores —y quede constancia de  mi indeclinable fe en su existencia— dos muestras de mi incursión en temas que se ha dado en llamar “románticos”, desde luego que en el sentido convencional que suele adjudicársele al vocablo, relacionándolo con historias de enamorados. En lo personal favorezco el significado real de dicho término, o sea: la represen­tación del mundo y de la vida como deberían ser y no como son; pero opto en esta oportunidad por la acepción vulgar en beneficio del buen entendimiento. Pese a que mis preferencias autorales se han ubicado mayoritariamente en los ámbitos que dignificaran las firmas de Conan Doyle, John Dickson Carr, Ray Bradbury y H. P. Lovecraft (es decir, el crimen, el misterio, la fantasía y la ciencia ficción), supe también tener mis devaneos dentro de este otro subgénero más cándido en mis comienzos, casi medio siglo atrás, en páginas de la mítica Mundo Uruguayo, con la ambi­ción de saltar, eventualmente, las márgenes del Plata y plantar mis letras en las revistas bonaerenses, de mayor prestigio y tiraje. Lo conseguí sin demasiado esfuerzo, aunque a la postre haya sido efímero el logro. Como detalles anecdóticos acerca de los cuentos que se leerán a continua­ción (y que figuraron en el sumario de sendos números de una popular publicación, hoy día extinta, según creo), puedo mencionar, en relación al primero de ellos, que no tengo la menor idea del porqué escogí la temática y la época en que se desarrolla la trama, de no ser por haber visto entonces —aunque no podría asegurar la certeza del aserto— la adaptación fílmica de El negro que tenía el alma blanca, protagonizada por Hugo del Carril; en la pequeña pantalla, desde luego, y pasadas más de dos décadas de su estreno en salas. Me referiré al segundo relato en su propia página. Las ilustraciones que jerarquizan uno y otro cuento las tomé en préstamo virtual del gran artista John Williams Waterhouse.

 Carlos M. Federici

 

Drama de Amor

PERDONE, amigo Vernet. Acaba usted de expresar un juicio equivocado.

 

Por favor, no piense que quiero desautorizarlo. Sabe usted bien có­mo aprecio su labor de crítico y estudioso de nuestro teatro. Pero es que para juzgar a Armando Vila y a Felipe Mistral con toda propiedad hace falta tener conocimiento de ciertos hechos que nadie que no los haya tratado íntimamente podría llegar a adivinar.
Tuve el placer y el honor de ser muy amigo, casi desde los tiempos de la escuela, de Vila y de Mistral. Éramos un trío inseparable.
—¡Como los tres mosqueteros! —decía Felipe—. Todos para uno…
Pero cuando llegó, la gloria fue casi toda para él. Los otros no nos quejamos, porque sin duda se lo merecía. A partir de su primera obra, Máscara de la vida, puesta en escena cuando escasamente contaba diecinueve años, su éxito fue arrollador. Lo tenía todo: sentido de lo dramático, profundidad, amenidad, vigor en los caracteres, mensaje…
Y como persona no desmerecía Mistral su calidad de autor. Triunfaba por igual en los salones y en los cenáculos literarios. Supo ganarse un sitial entre los inmortales, como decía usted muy bien hace un momento; eso ni por asomo se lo voy a discutir.
Pero si fue justo en su apreciación, amigo Vernet, debo decirle que, en cambio, no lo fue en su comparación. Armando Vila, a quien se refirió usted un tanto despectivamente como “un buen autor ligero, que es a Felipe Mistral lo que un gato es a un tigre”, no merece ese juicio. ¡Le juro que no!
Claro está que usted se basa en la obra conocida de Vila: tres comedias brillantes y un par de sainetes. Y, por otro lado, no se puede negar que, junto al esplendor del semidiós Mistral, la silueta de Armando Vila se difumina y se opaca hasta perderse en el olvido. Sólo unos pocos conocimos la grandeza que llevaba adentro. Quizás hoy día sea yo el único que ha quedado en esta tierra entre todos aquéllos.
Se trata de una verdadera historia de amor. O, mejor, voy a llamarlo un drama de amor, porque sus protagonistas fueron gente de teatro, y todo pasó hace casi un siglo, cuando el teatro era el espectáculo por excelencia y no el simple “divertimento” para eruditos en que se ha convertido en estos días.

 

En aquellos tiempos dichosos, todo el mundo hablaba de teatro (el cine era apenas una curiosidad) y los avatares de las

 

estrellas de las tablas circulaban de boca en boca.
Creo que no habrá ninguno de los sobrevivientes de esa época que no recuerde el ruido que hizo la boda del celebérrimo Felipe Mistral con Carmen Caballero. Una pareja      ideal: el más brillante unido a la mas hermosa. Carmen era una de las mujeres de belleza más perfecta que pisara los escenarios de entonces. Todo el público masculino la adoraba. Hubo un lagrimeo general cuando ella por fin entregó su corazón a Mistral; pero todos tuvimos que admitir que no era sino lo que correspondía.
Después de casados, ella dejó el teatro —en el cual, fuerza es reconocerlo, no tenía gran porvenir— y se consagró por entero a aquel hombre que idolatraba con la intensidad más conmovedora. Yo, que tuve el privilegio de tratarlos con confianza, recuerdo siempre ese matrimonio como el más admirable que jamás conocí, aun comparándolo con los que creaban los dramaturgos para sus obras. Eso lo supo todo el mundo.
Lo que nadie llegó a saber jamás (tal vez yo fuese el único enterado de ello) fue que Armando Vila, el callado Armando Vila, había estado silenciosamente, dolorosamente enamo­rado de Carmen Caballero, desde que la vio encarnar a una malísima Nora en Casa de Muñecas
Vila era extremadamente sensible a la belleza, y la de Carmen, estéticamente considerada, era impresionante de veras. La mirada se perdía en la perfección de sus líneas, sin hallar ningún defecto que rompiese la armonía tibiamente escultural del conjunto… Disculpe. Confieso que yo también estuve un poco enamorado de ella, a mi modo. Todavía me emociona recordarla.

 

Nadie podría imaginar cuánto sufrimiento debió haber soportado el circunspecto Vila cuando circuló la noticia de la

 

boda de ella con Felipe Mistral… Demasiado sufrimiento, sin duda, pues fue entonces que se quebró el dique de su habitual reserva y él se me confió. Jamás lo vi probar una gota de alcohol: puedo asegurar que las lágrimas que se le escaparon eran verdaderamente zumo de dolor. Lo consolé como mejor pude, y él me dijo:
—No creas que estoy triste del todo. Ella y él son felices y yo me siento muy contento por los dos. ¡Haría cualquier cosa por ellos!
En ese momento no interpreté el sentido de su última frase; posteriormente se me aclararía. He dicho ya muchas veces que Carmen era hermosísima; pero no agregué nada. Y si no lo hice fue por que no había nada que agregar. Era hermosísima. Punto.
—¡Pero me siento tan torpe! ¡Tan sin color, al lado de él! Ay, Armando, querido amigo, a veces tengo tanto miedo… No podría soportar perderlo. Y cuando pase el encanto de la luna de miel, él va a empezar a ver las cosas como son y...
—¡Te prohíbo que hables así! —la voz de él sonaba baja y vehemente.
Quizá no debí haber escuchado esa conversación, que sorprendí por casualidad a través de los decorados de un escenario que suponía desierto; pero hoy por hoy me alegro de mi indiscreción. Me iluminó.
Unos días después, fue el mismo Felipe quien me confesó sus dudas, casi sin darse cuenta, en una conversación intrascendente.
—No sé… —me dijo—. A veces Carmen me desconcierta… De pronto le hablo en serio, de algún tema profundo, y ella me sale con cualquier frivolidad. Otras veces insinúa una ignorancia… casi grosera… Tal vez…
—¡Coqueterías de jovencita! —le respondí para tranquilizarlo.
—Sí —dijo en voz baja, como para sí mismo—. Es tan joven… Luego nos besamos y me olvido de todo. —Me miró de pronto, sonriendo feliz—. ¡Es tan hermosa! ¡Nunca vi otra mujer como ella! Todas tienen algún defecto: el cutis, las manos, los dientes. Pero Carmen… ¡La adoro!
—Felicidades, entonces —le dije; aunque yo mismo empezaba a dudar.

 

Yo estaba junto a la novia el día de la boda, mientras Felipe, embobado como buen recién casado, la asistía en la

 

delicada operación de cortar la torta. Armando Vila (a quien no había visto en la iglesia) se acercó para saludar a Carmen. Mistral se había apartado un poco en ese momento, abrumado por las constrictoras efusiones de una actriz madura que lo felicitaba, y fue entonces que Armando se inclinó hacia Carmen como para be­arla en la mejilla y le susurró: “Yo me encargo de todo. No te preocupes”.
Yo lo oí, y no supe qué pensar de ello.
Con el correr de los años, la fama y el aplauso crecieron como la espuma para Felipe Mistral. No parecía envejecer como autor. Vila, a su sombra, se borroneaba cada día más. Ya casi no escribía para el teatro, y apenas se le oía cuando hablaba. Era visita frecuente en el hogar de Carmen y Felipe, y también lo era yo. Allí he pasado las veladas más agradables de mi vida. Felipe mostraba el encanto y el ingenio que lo caracterizaban; Vila, su cándida bondad; y Carmen… era otra.
La muchacha torpe había florecido en una espléndida mujer, tan elegante como discreta. ¡Era asombroso! Todo cuanto decía era indefectiblemente lo atinado. Felipe estaba arrobado; y Vila…, Vila parecía más feliz, si cabe, que cualquiera de nosotros.

 

El destino tiene bromas trágicas. La muerte de Felipe Mistral, ocurrida en el séptimo año de su dichoso matrimonio, hallándose en la cúspide de su celebridad, sacudió dolorosamente al público. Fue un accidente tan absurdo como horrible, de esos que no tendrían que producirse.
En el automóvil donde viajaba Mistral, para asistir a una cena en su honor, iba también su amigo Vila. Un enorme camión, guiado por un conductor ebrio, los embistió. Mistral murió instantáneamente. Vila alcanzó a llegar al hospital, pero no había esperanzas de salvarlo.
Yo acudí tan pronto como me dieron la terrible noticia. Vila intentó sonreír al verme, y me apretó la mano. Se me saltaban las lágrimas. ¡Lo apreciaba tanto al pobre!... Carmen llegó enseguida. Estaba muy pálida (sabía ya lo de su esposo), pero no lloraba. Se acercó al lecho y le tomó a Armando la otra mano. El la miró con una mirada que nunca podré olvidar. Allí estaba todo lo que callara durante tantos años.
—¿Hice… un buen… trabajo? —consiguió articular, penosamente.
—Si —dijo ella, con voz conmovida—. Gracias, querido amigo.
Y lo besó en la boca; pero ya era la boca de un cadáver.
Entonces se volvió hacia mí, vio que mi pena era tan grande como la de ella y se echó en mis brazos, sollozando. Luego se separó un poco, para mirarme entre lágrimas, y me dijo:
—¿Sabe lo que hizo este hombre? Este hombre grande, bueno, este gran autor dramático…, hizo mi matrimonio, mi felicidad entera… Me consagró la vida, el alma, el inmenso talento que poseía… ¡Me escribió palabra por palabra el diálogo que le correspondía a la esposa de Felipe Mistral! Conociéndome como me conocía, sabiendo muy bien cómo era Felipe y lo qué esperaba de mí…, ¡me preparaba día a día y me entregaba escritas, para que las aprendiera, las frases que yo debía pronunciar… para dejar de ser una mujer vacía y tonta, y representar dignamente el papel de esposa de Felipe Mistral..., la que él merecía!... Felipe jamás lo supo, ¡y fuimos tan felices!
Ni Felipe ni nadie. Y ahora yo le pregunto, joven Vernet: ¿quién de los dos fue más grande, Mistral o Vila? ¡Hay una sola respuesta!  

                                                                                                                             (Ir al segundo relato)