Se ha puesto de moda últimamente el escribir relatos policíacos en los que el criminal, perpetrado su condenable acto, burla a la ley y sale impune. En el microcosmos narrativo de mi factura, por el contrario, la fórmula se apega casi invariablemente al axioma clásico, desde los tiempos de Dupin y Sherlock: El crimen no paga. No obstante, como toda regla reconoce su excepción, alguna que otra vez he transigido con la trasgresión, como en el relato que sigue. Pero ha de tenerse en cuenta que precisamente por serlo, la excepción no hace más que afianzar la norma. En general, soy conservador en ese sentido. Como dato adicional podría añadir que el “triángulo” que protagoniza la trama reconoce su inspiración en personas reales, que compartieron una situación análoga, según consta al autor de estas líneas. Pero como la vida, si bien en ciertas ocasiones puede llegar a ser “más extraña que la ficción”, es mayoritariamente menos dramática, debo decir que no se registró homicidio alguno en la versión “palpable” de este conflicto pasional.             

Carlos M. Federici

 

El día de Gloria

Los guantes negros volaban siniestros y determinados como vampiros, rápidos y ágiles como oscuras mariposas de la noche... Ciñeron las relucientes tijeras: ris-ras, ris-ras, y un abigarrado abecé de tipografías nació entre ambos filos. Los guantes revolotearon un instante apenas sobre el pote de goma, dispusieron las recortadas letras, de contrastados estilos, según la previa planificación, y por fin —con la inquietante gracia de flores negras arrastradas por el viento de la madrugada— plegaron la cuartilla de las frases anónimas y la introdujeron en el sobre.

El filete engomado fue humedecido, la carta estuvo lista.

Y fue sólo entonces que vibraron, estremeciendo el aire, aquellos silbos triunfales... La tonada de los primeros versos de “La Marsellesa”:

Allons, enfants de la Patrie,

le jour de gloire est arrivé...

 

 

 Robles se miró al espejo, atusándose el rubio cabello con ademán enérgico. ¡Hombre! Nadie le daría más de

 

treinta y ocho... Se pegó una palmada restallante en el centro de la camiseta. Chato. Completamente chato.

   Se mantenía bien en forma, pensó. Siempre listo.

Gloria... y una sonrisa dura rebotó contra el azogue.

 Parecía increíble... Pero no dejaba de ser bien cierto, se afirmó en seguida. Aquellos diecinueve años rebosantes de... todo, eran suyos, incluidas redondeces y tibiezas varias.

Suspiró. Únicamente en horario de oficina, recordó. Sólo de nueve a doce y de quince a dieciocho. Si hubiera algún modo de...

—¡Céeesar!

El baldazo frío, pensó Robles. Ella.

Claro que, además de su fastidiosa melosidad y sus piernas inútiles, Hortensia había aportado a la sociedad matrimonial una respetable renta... Y había aportado asimismo, como contrapartida a la vitalidad     de él, un corazón delicado y frágil como burbuja. Según el médico advirtiera, una sola impresión fuerte y... ¡pop!

Robles torció la boca. ¿Por qué diablos tenían que vivir en un vecindario tan tranquilo?

—¡Céeesar! ¡Por favor, querido, vení un minuto!

Se sacó la rabia haciendo un ademán obsce­no ante el espejo. Luego suspiró y dispuso los músculos de la boca para que modularan “el tono”:

—Voy, mi amor... ¡Me falta el nudo de la corbata!

Se metió dentro de la camisa y oprimió vigorosamente su nervudo cuello con el lazo escarla­ta. Pasó los brazos a través de los sucesivos túneles de tweed, se arregló el pañuelo del bolsillito alto y, ya          compuesto, acudió al cuarto contiguo.

—César... —lloriqueó su esposa, desde su nido de sábanas y cojines—. Cuando vuelvas del trabajo quiero que me traigas revistas... ¡Me aburro tanto, sola la tarde entera!...

Así reventases, pensó Robles. Y dijo:

—Sin falta, mi amor. —Consultó el reloj de pulsera—. ¡Qué hora se hizo!...

—¿Ya tenés que irte? —la voz debilucha se licuó en quejido plañidero—. ¡No te demores en volver, de noche! Ya sabés cómo me inquieto cuando no...

¿Te inquietás, dulce, amada, idiota mujer mía? ¿Te inquietarías un poquito más si conocieses a la señorita Gloria..., la del teléfono, estúpido bien mío?

—¡Céeesar!...

—¿Qué, mi cielo?

—¡No trabajes mucho, querido! Tenés cara de cansado.

Robles exhibió casi todos sus fuertes dientes amarillentos.

—No te preocupes, linda... No pienso excederme.

 

 -¡No!

 

La exclamación había trascendido los límites del recato, y Gloria miró en torno, recelosa de la curiosidad de las mesas vecinas.

—¡Hablá más bajo! —susurró con aspereza—. ¡Hasta del mostrador nos miran! ¿Querés hacer un papelón? ¡Si sabía que ibas a ponerte así, no te contaba nada!...

El hombre pálido que la acompañaba la miró por sobre restos de té y sándwiches.

Si no fuera tan hermosa, se dijo. Si tan sólo...

—No entiendo tu reacción —continuó ella, en alto el precioso mentón, helado el tono—. Al fin y al cabo, no creo haberte alentado en ninguna forma para...

El inclinó la frente.

—Por supuesto. ¡Ya sé la canción!

Ella frunció las cejas.

—¿Canción?...

—“Fuimos amigos, solamente amigos...” Etcétera. ¿Eh?

Gloria hizo un mohín de disgusto. Estaba arrepintiéndose de la cita, sin duda... Sin saber cómo, la mano del hombre saltó hacia la de ella, apresándola en ingrato cepo.

—¡No creas que ignoro lo que pensás de mí! Que soy un don nadie, un pobre desgraciado sin porvenir... Ya sé, ya sé; y a lo mejor tenés razón. ¡Pero puedo cambiar! Dios, con sólo que me dijeras que...

Las verdes pupilas de Gloria resbalaron por él: su barbilla débil, su nariz anodina, su porte insignificante...

—Quedamos en que no iba a haber dramas. ¡Te ponés en ridículo, Julio! Y soltame la mano, que nos siguen mirando.

El movió por un instante los dedos vacíos. Se sentía como una cáscara, sin contenido alguno debajo de la piel.

—¡Y tan luego... por ese tipo! —masculló. Vio cómo los encantos de ella se recubrían con una capa dura y le dolió el corazón.

—No tenés por qué opinar de él —dijo Gloria, secamente—. Es todo un hombre, ¿sabés?

—Claro. —Su amargura estalló de súbito, como vómito moral largo tiempo contenido—. ¡Un hombre muy hombre, impetuoso, vital!... ¡Vaya, si hasta te muestra su... cuarenta y cinco cada vez que lo visitás! ¡Linda técnica para conquistarse a las muchachas! “¿Sabe, preciosura? ¡Donde pongo el ojo pongo la bala!” ¡Flor de macho! ¡Flor de... puerco!

Ella se recostó en su silla, lo más apartada posible de la exaltación de Julio.

—Estúpido —las palabras se mellaban entre el filo de los blancos dientes—. ¡Estúpido infeliz!...

 

-¿Cómo dijo?

 

Robles parpadeó. ¡Sin duda le habrían engañado los oídos! Vio que el otro sonreía, sin embargo, y enrojeció de cólera naciente. Julio, entre tanto, experimentaba una extraña sensación: como si un baño de yeso, sobre todo su ser, estuviera endureciéndose.

—Dije “puerco” —su tono brotaba calmo y deliberado—. Con todas las letras, ¿oyó bien ahora?..., y con toda la porquería también.

Parecía que una flama de acetileno golpeara directamente la barbilla de Robles. La luz del sol poniente proyectaba sobre su rostro duro las sombras de las letras pintadas en el cristal de la ventana:

C-­E-S-A-R-R-O-B-L-E-S-A-G-E-N-T-E-D-E-B-O-L-S-A...­ Una “S” se retorcía como cicatriz oscura sobre la frente de Robles, resbalando hacia la prominente mandíbula.

—¿Me está haciendo alguna broma, jovencito? ¡Si es así, termínela ya, para que podamos festejarla juntos!

Julio se inclinó hacia él, por encima del escritorio que los separaba.

—¿Broma, dice? Sí, pensándolo bien, podría mirarse así... ¡Porque todo el asunto es ridículo a más no poder!

—¿Qué diablos intenta...?

—Había una vez un puerco solitario —dijo Julio, abstraídamente mordaz—, un puerco algo romántico, ¿sabe?, que se aburría de revolcarse solo en el barro. Así que salió del chiquero, dejando a su puerca dormitando al sol, para buscarse una gacela blanca, e iniciarla en las delicias del porcino retozo... ¡Y hete aquí que la incauta gacelita del cuento cae sin vacilaciones entre las patas del cerdo! Enton­ces...

La violenta palmada de Robles derribó el tintero. Una mancha azulosa reptó sobre la pulida superficie del escritorio, contaminando lentamente un rosado papel secante.

—¡Salga inmediatamente de aquí! —rugió Robles.

Julio retrocedió. Sus movimientos parecían originados en muelles y engranajes, en vez de carne y músculo.

—Saldré, saldré, don Puerco... Lo dejo a solas con su gacelita, que debe estar al llegar. Felices reto...

Las últimas letras saltaron en revoltillo. De haber sido el bofetón un poco más fuerte, habrían volado también algunas piezas dentales.

Sin intentar siquiera reaccionar, blanco como vientre de sapo, Julio se palpó la mejilla. Después giró en redondo y dejó la oficina.

Robles, hirviendo de ira, se desplomó en su butaca. Los dedos de su mano izquierda oprimían cruelmente los de la derecha, y un torrente de sordas imprecaciones brotaba de su garganta.

Se sobresaltó al oír que la puerta se abría. Alzó la vista.

—¡Usted otra vez! ¡Si está buscando...!

Julio levantó una mano. El sector izquierdo de su cara palpitaba y ardía; rojas venillas le estriaban los ojos.

—¡Vengo a retirar algo que dejé! ¡Tengo derecho! —señaló con trémulo ademán—. ¡Esos papeles son míos..., ahí, en la mesa!

Robles se los tendió, con ademán brutal.

—¡Y ahora váyase, infeliz! ¡Y si lo vuelvo a ver, le juro que lo parto en dos!

Julio se fue.

...Minutos más tarde resonaba un airoso taconeo en el pasillo. La vida, el ardor, la lozanía... que eran de Robles en horario administrativo.

Gloria, Gloria, clamó interiormente, en tanto la estrujaba feroz, tienes que ser mía permanentemente, los mil cuatrocientos cuarenta minutos del día, siete días semanales... Tengo que hacer algo, idear alguna cosa para que seas mía del todo sin que nadie se interponga...

Y una oleada caliente anegó al resto del mundo..., hasta las seis.

 

Juan Poggio nunca había estado preso. Jamás se le acusó de cometer siquiera la más leve infracción a las leyes

 

vigentes; en cuanto a permitirse la menor deslealtad en su trabajo de repartidor de correspondencia, una noción así habría resultado del todo incompatible con su mentali­dad conservadora.

Sin embargo, fue el cartero Juan Poggio quien causó la muerte de Hortensia Shaw de Robles: igual hubiese sido que le disparase con una Magnum .44 a quemarropa. Desde luego, el acto fue por completo inconsciente... Sólo mucho después se vino a enterar de su involuntario homicidio. 

 

El sereno aire del atardecer septembrino se hendió ante la sonora intromisión de la sirena policial... Una paloma

 

voló, escandalizada, abando­nando el bocadillo de miga que picoteaba. Dentro del coche patrulla, bólido lanzado arteramente por la avenida, el comisario Santoro imponía a un inspector de los fundamentos del caso:—Aparentemente fue muerte natural... La mujer estaba muy delicada del corazón; prácticamen­te una inválida. Casi no salía de la cama... Como usted ve, no parece haber nada de extraño. Sin embargo, ¿cómo le diría?, ciertos puntos... oscuros, me preocupan. El marido...

—¿Devaneos?... —sonrió el inspector.

El comisario se encogió de hombros.

—Un tipo vigoroso... Cincuentón casi, pero pasaría por mucho menos. En fin... ¡Y alguien mandó un anónimo!

—“Su amante marido...”, etcétera, ¿no? ¡Lo de siempre!

—Hay un bombón de secretaria metida en el lío... Nada nuevo. Pero recuerde lo del mal cardía­co... ¡Y todos afirman que la víctima era apegada al marido..., casi patológicamente celosa de él! Sume esos datos, y...

—Ya veo. Es decir que el anónimo de marras...

—...puede haber sustituido con ventaja a un proyectil del .45. Sí, Guzmán...: quedan varios puntos por aclarar.

 

Un anónimo puede sustituir a una bala homicida, claro..., en ciertos casos. Por ejemplo, cuando la víctima en

 

potencia es proclive a los ataques cardíacos y está, como suele decirse, con un pie en la sepultura. Como la esposa de Robles.Ahora que, tratándose de Robles mismo, la cosa variaba. Robles frisaba en la cincuentena, sí; pero carecía por completo de achaques de cualquier naturaleza y su modo de vida era sano en lo funda­mental. El último chequeo médico había sorprendido agradablemente a su facultativo, quien no pudo sino felicitar a Robles por su excelente estado.

De modo que, en el caso de Robles, la situación era de una claridad meridiana. Ningún papel con letras pegoteadas sería eficaz para cortar el impetuoso chorro de vida que lo alimentaba; nadie, en su juicio, imaginaría tal absurdo.

Y, sin duda en base a esas consideraciones, la muerte de Robles fue obra de un trozo de plomo caliente, disparado en plena sien derecha por la correspondiente arma del .38, que su crispada mano aferraba con la tiesura definitiva del rigor mortis.

—¿Suicidio?... —interrogó el inspector Guzmán, sin dirigirse a nadie en particular.

El comisario Santoro se acarició el mentón.

—Mmm... S-sí —aseveró, al cabo de un instante—. Sí, me parece un caso claro. Teniendo en cuenta los datos del laboratorio, en relación con... Cuenta justa, inspector: ¡me jugaría el cargo!...

 

Ildefonso Valdez no conocía a Juan Poggio. No era vecino suyo, ni estaba emparentado con él, ni se lo había

 

encontrado jamás, siquiera en forma casual... En verdad, jamás había oído hablar de él. Otro cartero repartía su correspondencia. Sin embargo, Ildefonso Valdez tenía en común con Juan Poggio mucho más de lo que pudiera imaginar. Valdez era técnico en dactiloscopia en Jefatura de Policía; al que sí trataba con frecuencia, de hecho, era al comisario Santoro.

—¿Sabe una cosa, Valdez? —le dijo aquél cierto día en tono ligero—. ¡Usted acaba de matar a una persona!

Valdez no entendía gran cosa de bromas. A lo sumo se sonreía, en ocasiones, frente a las extrañas sinuosidades que adquirían determinados surcos digitales de prontuariados. Por esa razón el ex abrupto de Santoro, en un primer momento, lo dejó sin habla. Luego captó la dosis de ironía instilada en el tono de su superior jerárquico, y sus ojuelos enviaron airados fulgores de reproche a través de las gafas.

—¡Si no se explica!... —refunfuñó.

Santoro, riéndose francamente, le palmeó la espalda.

—¡No se me asuste, viejo! En realidad se trata de un suicidio.

—¿Suicidio? ¿Y quién...?

—César Robles. ¡Ese tipo al que le tomó las huellas hace un par de días!

—Robles, Robles... ¡Ah, sí, sí! El del pulgar anómalo. ¿No fue el que le mandó ese anónimo a la esposa para...?

El comisario Santoro meneó la cabeza.

—La conciencia culpable, Valdez... ¡La conciencia culpable!

 

 -¡No!

 

 —Vamos, vamos, Gloria... ¡Si sabía que lo ibas a tomar así, creéme que no te decía nada...

—¡Pero es que me parece mentira! —sollozaba ella—. ¡No puedo concebir que César...!

Julio le tendió un pañuelo.

—No debés mortificarte así por él, Gloria. ¡No lo merece!

—¡Es que siento que... que yo tengo la culpa de todo! ¡Yo!

Julio se acercó más a la muchacha. Ya en el extremo del sofá, su brazo se dobló en torno a los hombros de ella y la estrechó con gentileza.

—No, no —le aseguró—. Tú no tenés la culpa de nada... ¡Es inútil que sigas torturándote!

—Pe... pero es que me cuesta aceptarlo. ¡Qué César haya sido capaz de una cosa como ésa!... No puedo...

El le alzó la barbilla, obligándola a enfren­tar su mirada.

—No sabés cuánto siento que haya sido así, Gloria. Pero tarde o temprano te tenías que enterar de la verdadera índole de ese hombre, nena. Es mejor de este modo, y no cuando ya fuese irreme­diable para ti.

Gloria sacudió la cabeza contra el pecho de él, sollozando.

—Robles la mató, Gloria —dijo Julio—. Mató a su esposa igual que si la hubiese apuñalado... Y te usó a ti como arma, Gloria. Fue ese anónimo lo que la mató; y Robles lo escribió y se lo hizo llegar, para que el corazón enfermo de la mujer estallase.

—César... Un... asesino —musitó ella, contra la solapa de Julio—. Me parece una pesadilla... Un mal sueño que...

—Un hombre muy hombre, impetuoso, vital... —dijo él con suavidad—. ¡Ay, Gloria! Eso te atraía de él, ¿verdad? Nada le detenía cuando algo le obsesionaba..., ni siquiera el crimen. Sólo que se descuidó, y la policía encontró huellas digitales suyas en el anónimo asesino. Ya estaban a punto de detenerlo... El debió enterarse de algún modo, y prefirió el infierno a la prisión... Decisión suya. El sabría.

Las sombras se abatieron sobre la habita­ción... Los brazos de Julio se unieron alrededor de Gloria, y el dorado cabello de la joven quemó la mejilla enjuta del hombre pálido y delgado.

 

De madrugada, bajo el cielo encapotado, las calles se extendían como pequeños yermos artificia­les, flanqueados

 

por oscuras moles de cemento y cristal ennegrecido por la noche. Los pasos del hombre abrían sucesivos orificios en el silencio; una caricatura grotesca de sus formas se reflejaba en la húmeda calzada.

“No fue tan difícil, al fin y al cabo”, se decía él. “Una vez que superé el escrúpulo inicial... Probablemente el padre Hilario me pronosticaría los novenos infiernos, si se enterase; pero hasta eso lo sufriré con gusto. Gloria. Gloria. Gloria. Un manojo de ti para llenar mis días, el sabor de tu carne y el calor de tu sangre... ¡Qué importa lo demás! Nunca sentí la euforia ésta, nunca...

”¡Qué fue aguantar alguna bofetada, insul­tos, desprecio! Todo por ti, Gloria... Enfrentándome a ese hombre pude obtener sus huellas en un pa­pel..., como era necesario.

”Y maté dos veces. ¡Yo, maté...; yo! ¿Y qué? ¡Fue para poder tenerte, Gloria..., para que fueses mía! No me arrepiento. El hombre era un puerco libidinoso y ella..., ella vivía prácticamente en cama. ¡Para vivir así más le vale estar muerta!... No me arrepiento.

”Porque lo hice por ti, Gloria. Por ti le robé a ese hombre la pistola que guardaba en el escritorio, según me contaste, y lo maté con ella. Sabía que pasaría por suicidio..., suicidio plausible, en cuanto la policía comprobase que las huellas del anónimo eran las de César Robles..., quien al saberse descubierto se habría autoeliminado, para eludir a la justicia.

”Todo lo hice por ti, Gloria, porque para mí tú estás por encima de todo, infierno y cielo incluidos... ¡Por ti, Gloria!”

Y sobre el tap-tap de los zapatos se impuso otro sonido, marcial, vibrante: silbidos.

Los dos primeros versos de “La Marsellesa”.

El Día de Gloria.

F  I  N

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