En vista de que mi propuesta anterior ha recibido una acogida sorprendentemente favorable (según informes de una fuente de confianza) he optado por reincidir, por esta vez, y traerles otro cuento relacionado con nuestro vecino cósmico, el planeta Marte. Sin embargo, el vuelo poético que quise conferir a aquella historia se halla ausente por completo de esta de hoy, dejando lugar a una mirada más ácida y descarnada y a un asunto menos edificante. En resumen, la ciencia y la tecnología podrán generar muchos cambios, algunos sumamente positivos; pero la naturaleza humana no variaría gran cosa de un milenio al otro, al menos en lo que a mejorar se refiere.
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EXPEDICIÓN CERO


EL TELEMURO que Paxton tenía instalado en su monoblock de las Bahamas era de modelo antiguo. Sólo 3D color, sin

 

efectos holográficos.
—¡Ese TM ha de ser prehistórico! —gruñó White—. ¡Viejo tacaño!
—¡A callar! —cortó Scott—. ¡Ya hay imagen del WSC!
En la pantalla mural era febril la actividad. El Cuerpo Técnico del World Space Center en pleno se encargaba del control de la misión: era como estar viendo una inmensa colmena de abejas tecnológicas... White, al fondo de la salita, se distrajo contemplando las siluetas de los otros dos, recortadas sobre el fluctuante resplandor. 
Dale al Padre Tiempo sesenta y cinco años, pensó, y de seguro hará un trabajo primoroso con quien sea, por mucho que gaste en cirugía reconstituyente...
...Medio siglo y pico atrás, sus reuniones no habían sido tan mustias como ésta. Aventajados estudiantes de Ciencias Físicas, miembros del Sigma Chi, aparte de estrellas del equipo de fútbol, desbordaban vida por todos los poros. Las ideas más audaces modulaban su incesante charla, mientras la risa de Paxton restallaba como jocunda metralleta. 
Y en cada par de ojos, la imagen de una estrella reflejada. Una muy especial, roja.
—¡Alerta, mundo! —exclamó la voz de un locutor invisible—. ¡Ha llegado por fin el Gran Momento! ¡Nos hallamos al borde de culminar la hazaña humana más portentosa de los últimos seis siglos!... Ésta es una transmisión en cadena del WSC para, todos los rincones del planeta, Lunabase y Spaceplace... 
”¡Armstrong, Collins, Aldrin: aquí estamos! ¡Viejo Cristóbal Colón..., acabamos de superarte!
White se agitó en su asiento neumático. Oyó que Scott maldecía la cháchara del locutor; a su izquierda, la seca tos de Paxton colgó un tableteo enfermizo sobre sus cabezas. Con seguridad que ambos estarían pensando en Viñales, igual que el propio White...

...
ROLLIZO y anteojudo hasta la obscenidad, el Genio miraba a todo el mundo por encima del hombro, recordó

 

White. Sin exceptuarlos a ellos, e ignorando olímpicamente su condición de simple extranjero frente a tres cabales exponentes de la mejor sangre norteamericana.
—¡Von Braun y sus cohortes están haciéndolo todo al revés! —había pontificado, ya en su primer encuentro—. ¡Cohetes! ¡Puajj!... ¡Pero vaya uno a razonar con políticos y generales!
—¿Y qué solución propondría usted, vamos a ver —Scott, presidente del “Club de Amigos de la Ciencia Ficción” de Princeton, se había amoscado ante el descaro del sudamericano— para vencer la atracción gravitatoria, eh?
Viñales agitó las manos gordezuelas.
—¡Vencer! ¡Vencer!... ¡Son tan... agresivos, ustedes los yanquis! No es el caso de oponerse a las fuerzas cósmicas, sino de usarlas.
Fue escandaloso... Poco tiempo más tarde, sin embargo, Viñales los había convertido. Se constituyó en abrupto Mesías del descabellado sueño que los tres amigos compartían desde la temprana adolescencia, alimentado con sabrosas sopas de Bradbury y ricas ensaladas de Heinlein y Clarke. Las credenciales de Viñales deslumbraban: un grado universitario, obtenido a los doce años en su tierra natal, casi perdida entre las moles de Argentina y Brasil; la beca en Princeton a los dieciséis y su actual status de catedrático summa cum laude al filo de los veinte. Por otra parte, su tesis —nunca presentada— quitaba el aliento, a causa de la increíble audacia de sus conceptos. Podía no resultarles simpático, pero era innegable que caminaba junto a Einstein, si no un paso delante de éste... Comenzaron a respetarlo.
Siete años después de conocerse, compartían un brindis jubiloso.
—¡Por los canales de Schiaparelli! —exclamó Paxton.
—¡Por el Picnic de Un Millón de Años! —secundó Scott.
—¡Por la posibilidad de Lo Imposible! —remataron a coro, aunque Viñales, que era abstemio, no bebió.
Habían logrado mantenerlo todo en secreto. De haber proclamado sus intenciones, el mundo entero habría estallado en una carcajada incrédula. ¡Nadie debía enterarse de lo que sucedería al alba de aquel 25 de octubre de 1962, sino hasta después de consumado el hecho!...

EN LAS Bahamas, la pantalla mostraba una inmensa panorámica de Marte, obtenida desde alguna de las ventanas de

 

la Columbus II. El rugido de los motores de estabilización, en Ultradolby-5, derretía los tímpanos. Olas encrespadas de polvo rojizo se arremolinaban en torno al incontenible invasor. 
Violan a Marte, se dijo White. Por segunda vez.
—¡Dios! —susurró Scott—. ¡Creo que van a bajar justo donde...!
Labyrinthis Noctis, cerca del Ecuador marciano. Allí habían apuntado ellos también, cuando la sola idea no parecía otra cosa que una broma grotesca... JFK acababa de prometer la Luna antes de que finalizase la década; ellos, a horcajadas de un sueño, miraban mucho más arriba.
...Viñales obtuvo fondos para un proyecto centrado, según se dijo, en “las respuestas del organismo humano a condiciones ambientales extremas”. Paxton y Scott, provistos del noventa por ciento del capital, se escurrieron hacia Las Vegas. Sigilosos y deliberados como hienas megalómanas, hicieron saltar seis bancas en cuatro noches delirantes, gracias a un infalible método que concibiera el privilegiado intelecto de Viñales. Pronto se abrieron varias cuentas "fantasmas", a las que Paxton, un mago para las finanzas, supo sacarles suculento jugo.
Bien pertrechados, pudieron agenciarse los servicios de un puñado de empresas, líderes en sus ramos respectivos. Cada una ignoraba el trabajo de sus competidoras; nadie tuvo una visión global del proyecto... Así, enfundado en el más espeso misterio, dentro de un rancho perdido en las inmediaciones de los Apalaches, el Ray Bradbury fue materializándose.
Parecía una especie de batiscafo enano (no había por qué hacerlo aerodinámico, enfatizó Viñales), en cuyo interior se apretujarían cuatro hombres, maquinaria, raciones alimenticias, reservas de agua reciclable y dispositivos atmosféricos. Con Viñales a bordo, por otro lado, no iba a hacerles falta computadora, que de cualquier modo les habría robado una barbaridad de espacio.
White soñó profusamente la noche previa a la partida.
Los canales turquesa, coruscantes bajo la luz melliza de las lunas. Las silenciosas, muertas ciudades, de mosaicos polícromos y gráciles chapiteles. Las reliquias de nobles culturas extintas..., aguardándoles.
Saltó de la cama al rayar el día, pero Viñales ya estaba dentro del vehículo, atareado con diales y perillas. Seguramente había pernoctado allí, supuso White, como era de esperarse... Los otros acudieron enseguida, aturdidos, hablando y riéndose en tonos demasiado agudos. Todos temblaban, aunque el clima era bastante templado para la estación...

EN LO DE Paxton, 65 años más tarde, Scott soltaba un murmullo estrangulado:
 

—¡Es el mismo lugar, les digo!
—¡Cállate! —rezongaron los otros.
...Bien callados estuvieron, por cierto, al encontrarse por primera vez huérfanos de la Tierra. En gravedad cero, demasiado enfermos para prorrumpir en exclamaciones de pasmo o de placer, sucumbieron al pánico y volvieron los estómagos, agitándose indefensos en el vacío... Más adelante, sin embargo, los juveniles organismos se habituaron al ambiente, aun en medio del implacable bombardeo de los rayos cósmicos, que terminarían por dejarlos estériles a todos, aunque esto sólo lo comprobaron algún tiempo después. 
El principio de la navegación resultó relativamente sencillo —al menos por entonces, cuando las mentes no estaban llenas de confusión y olvidos—, y pronto fue viable establecer turnos en el comando, mientras el Genio (reservándose para la teoría) calculaba, medía, anotaba y registraba con creciente frenesí.
Seis meses después, semiprotegidos por sus trajes especiales (de diseño propio), pisaban suelo marciano. 
Y les mordía el frío indescriptible, y les daba vueltas la cabeza, en tanto los pulmones gemían agónicamente por falta de aire vital... Lograron mantenerse erguidos, pese a todo, contraídas las facciones en proceso de congelación, sin lágrimas ni ayes inútiles.
Aun cuando sus sueños estaban hechos trizas.
Porque no hallaron sino soledad, silencio, y yermas llanuras rociadas de rocas y acribilladas de cráteres. Miles y miles de ellos, de todo tamaño, como bocas resecas, desdentadas, como señales de alguna plaga cósmica... Fue demasiado para asumirlo de una sola vez, pero llegaron a hacerlo por etapas, dolorosamente.
Tras escapar por milagro de que los enterrase una tormenta de polvo (durante una de las incursiones que intentaron, en su desesperanza), debieron convencerse de lo obvio: Marte los rechazaba. 
Y aún hubo algo más, un golpe traicionero que casi los abate. Viñales confesó haber cometido un error de estimación.
—Marte es... imprevisible —admitió—. ¡No habrá energía suficiente para llevarnos a todos de vuelta, compañeros!

ACUDIERON, por fin, al recurso extremo. White se encargó de garrapatear nombres en trozos de papel, que echaron

 

dentro de una lata. El azar dictaría el veredicto.
Y, al parecer, el destino sopesó correctamente la balanza, pues Viñales acabó pagando por su propio error. 
Partir sin él fue el caos. Grotescos en la caída libre, Scott, Paxton y White tropezaban entre sí, cubriéndose mutuamente de insultos y maldiciones.
—¡No te salgas de curso, desgraciado!
—¡Cuidado el entrar en la atmósfera, mal nacidos!
El beso con que los acogió la Madre Tierra, de regreso, los derribó inconscientes. Caídos en el flanco de una montaña nevada, apenas menos hostil que los remotos yermos de Marte, estuvieron a punto de terminar allí. Pero se rebelaron. ¡No era justo aquello!...
Una avalancha súbita engulló al Ray Bradbury, y aunque ellos salieron con vida de aquel trance, el precio fue callarse para siempre. Sin el vehículo, sepultado bajo toneladas de nieve, y sin Viñales, ¿quién iba a creerles que habían consumado el proyecto irrealizable?... Cuando se les halló, ya tenían convenido su cuento: “venían de un avión caído en las montañas”...
Ahora, a más de medio siglo de la odisea, los sobrecogía una espantosa visión, desde la enorme pantalla del TM... ¡Las cámaras enfocaban los restos de un cadáver congelado! 
El locutor tartamudeaba, se confundía, perdía la voz...
White se dobló de súbito, estrujándose la cara reconstituida entre dedos nudosos, que no pudieron contener el torrente de sus lágrimas. Recordó el cruce de miradas, la comprensión tácita surgida entre los tres americanos en el instante crítico. ¡Debían mantenerse unidos!
—¡Éramos tan jóvenes! —sollozó—. ¡Dios, no supimos lo que hacíamos!
Había escrito “Viñales” en todos los papeles...

FIN