CONFESIONES DEL OTRO SIGLO: MI VETA “ROMÁNTICA”

La singularidad de este relato estriba en que básicamente se originó en un sueño que tuve muchos años atrás. Recuerdo con claridad que me asombró la inusual coherencia de los hechos oníricamente imaginados y evalué de inmediato sus posibilidades de convertirse en un aceptable texto, una vez practicados los ajustes necesarios. El resultado no dejó de satisfacerme, y se dio la afortunada coincidencia de que algún seleccionador de la revista argentina mencionada en el proemio del relato anterior debió pensar lo mismo y lo aceptó. Pero no todas fueron rosas: de alguna parte —el celo excesivo de cierto corrector, quizás, o bien determinada opinión oficiosa, de esas que no suelen faltar en el medio— surgió la inexplicable iniciativa de sustituir, dentro de la primera línea del cuento, la frase “a veces pienso” por la palabra “Montevideo”, cayendo así en la incongruencia de pretender relacionar un escenario absolutamente imaginario, de obvia referencia emblemática a la famosa novela de “Gabo” García Márquez (ver los nombres que se dan a los dos sectores de la ficticia ciudad del relato) con la llana cotidianeidad de nuestra “Tacita de Plata”. Nunca lo entendí. Quizás llegue a perdonárselo algún día.
 

Carlos M. Federici

 

Guardián

 

NUESTRA ciudad —a veces pienso— está situada en un plano intemporal, una especie de punto impreciso entre el

 

 no-transcurrir y el no-devenir.
Fue en Ondo, la parte alta de la ciudad (reflejos duros en aristas de vidrio y paredes metálicas, agresiva policromía que el blando mecer del Ondomac mitiga en sus reflejos), donde la encontré.
Así la vi: un tableteo de franjas verdes y negras, labios cuidadosamente delineados, manos perfectas y anteojos redondos para sol. Su falda anaranjada apenas sobresalía por debajo del ancho cinturón.
Recuerdo que me quedé inmóvil mirándola. Ella estaba del otro lado de la vidriera de un bazar, con una pequeña cerámica en forma de pera entre los dedos. De pronto levantó la mirada y encontró la mía (lo sentí, aunque las gafas oscuras le ocultaban los ojos, que sin ningún motivo en especial supuse verdes) y se sonrió un poco. Yo no supe qué hacer (aunque parezca tonto); luego el flujo de viandantes se interpuso y ya no la vi más. Seguí caminando lentamente por la avenida, golpeándome contra hombros anónimos y murmurando “permisos”. Fue mucho después, ya tarde en la noche, que la volví a encontrar.
Como de costumbre, regresaba a mi pieza de Mac, los suburbios de la ciudad, con la mente ocupada solamente por ideas difusas que no significaban nada en concreto. Las aguas del canal despiden un olor desagradable a esa altura de su curso; y son turbias. No hay mucha luz por ahí.
Ella estaba parada junto a una de las escasas columnas de alumbrado. Su piel parecía amoratada bajo la luminosidad violácea del gas de mercurio. Llevaba el rostro desnudo de maquillaje, una sencilla blusa y una pollera marrón; y, sin embargo, por alguna razón inexplicable, me resultaba mucho más turbadora que cuando la viera antes.
La miré al pasar. La expresión de ella no cambió, aunque noté que me reconocía. No sé hasta hoy cómo fue que volví sobre mis pasos y me detuve frente a ella.
—Usted —dije.

 

NO CONTESTÓ. No hizo sino mirarme, sin parpadear, sin sonreír.
 

No le dije nada más. De repente, algo extraño le oscureció las pupilas (que, después de todo, no eran verdes sino pardas) y miró ansiosamente hacia todos lados, aun por sobre mi cabeza. Se oyeron pasos desde la oscuridad de un callejón cercano.
—¡Viene Otto! —dijo—. ¡Váyase, por favor, váyase!...
Sentí su ruego como dedos sobre la piel. Me fui.
—Otto… me cuida —explicó, días más tarde, sentada frente a mí.
Nos habíamos vuelto a ver. Unas veces en Ondo, y ella era la elegante señora que discurría con la gracia de una corriente fresca entre las luces de colores y el apuro impersonal de la multitud urbana. Otras veces en Mac, y entonces ella era la cuasi-mujerzuela de vida incierta cuyo secreto no acertaba a penetrar. Pero ambas facetas se tocaban en una misma arista sombría: Otto.
—No sé lo que sería de mí sin Otto —añadió ella, sonriendo con una ternura que me dolió.
—¿Siempre fue así? —le pregunté—. ¿Otto cuidándote siempre?
Me miró por sobre el alto vaso de té helado que sostenía. Tocó el borde con los labios y después lo depositó sobre la mesita. Noté las huellas de sus dedos sobre el vidrio empañado.
—Siempre —me respondió—. Y siempre será igual.
Adelanté el torso hacia ella, en equilibrio sobre dos patas de la sillita metálica del bar. Me ardían los ojos.
—¿Por qué? —exclamé.
Se quitó las gafas oscuras y me miró de frente. Vi que algo opaco flotaba detrás de sus pupilas.
—Porque…
De súbito surgió la alarma en sus ojos, se movió inquieta, se retorció las manos y el color de su cara se esfumó.
—¡Viene Otto! ¡Tienes que irte!
—No lo veo —protesté, volviendo la cara a todas partes.
—¡Viene, te digo! —Sus manos tensas me estrujaron un brazo—. ¡Vete, por favor, por favor, vete!
Le vi lágrimas de angustia al borde de los ojos. Me levanté y me fui sin mirar para atrás.
 

DESPUÉS, mientras erraba por la ciudad, esperando que la tarde se impregnara de noche por completo, pensé en ella.

 

Ahora nos veíamos casi a diario. Nos sentábamos a una de las mesitas del bar “Kanal”, con las aguas golpeando blandamente a nuestros pies, mientras bebíamos té frío muy despacito. Y en Mac, a veces, de noche, nos reuníamos junto a la margen del Ondomac y caminábamos durante horas, siguiendo la línea quebrada de sus orillas de piedra, uno al lado del otro, sin hablar ni tocarnos.
El final era siempre el mismo. Ella presentía la llegada de Otto, me urgía casi con desesperación para que la dejase y, tras obedecerla, no hacía yo sino imaginar el momento de volver a encontrarla. Nunca me atreví a mirar atrás, cuando yo me alejaba y venía Otto.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. La imagen misteriosa de Otto me obsesionaba, aterradora como una silueta entrevista detrás de un vidrio esmerilado… Soñaba con él, vistiéndolo con rasgos ora infernales, ora diluidos como el humo.
Todo quedaba relegado, sin embargo (terrores y fantasías), cuando ella y yo estábamos juntos. Sentía entonces como una plácida somnolencia, un embotamiento vago en el que los deseos y aun las mismas ideas se licuaban y se difuminaban hasta desaparecer; y hubiese podido permanecer a su lado…, sólo permanecer a su lado, aun sin mirarla siquiera, por el resto de mis días.
Pero, en esa época, el Ondomac se encabritó. Hinchado por lluvias remotas, saltó de su cauce de granito como una bestia elástica. Un azote gigantesco sacudió a la ciudad.
El súbito golpe líquido me arrancó de mis sueños. Ya no tenia techo sobre mí; sólo un cielo color ceniza. El agua me envolvía, helada, hasta la altura del cuello. Algo forzó a mis músculos a salir de su entumecimiento, y nadé hasta el precario islote que formaba sobre la superficie de las aguas rabiosas el techo de una casa.
Intenté abrigarme, ciñéndome el cuerpo con ambos brazos. Gotas frígidas me resbalaban por la piel y formaban glóbulos cristalinos en las puntas del vello de mis piernas. Había rugidos en torno mío; alguien gritó una vez. Pero no pude ver a nadie. Solamente el monstruo desbocado, lanzando coces húmedas en todas direcciones, y algunos restos indefinibles a la deriva. De pronto resbalé, sentí un golpe en la sien y ya no supe más.

 

DESPERTÉ oprimido por la calma. La ausencia del caos resultaba más horrible, en cierto modo, que el caos en si

 

mismo. Me dolía el frío en todo el cuerpo.
Refugio, retumbó en mi mente, muy adentro. Tengo que buscar algún refugio.
La mitad de la luna brillaba en el cielo, negro, con pocas estrellas. Debajo, una lámina oscura apenas interrumpida aquí y allá por bultos irregulares. No se oía otro ruido que el de mi sangre golpeándome dentro de los oídos. Tenía los dientes fuertemente apretados para evitar que castañeteasen. Todos los músculos me temblaban; habían desaparecido mis manos y mis pies.
Pero me podía mover. Comencé a saltar de uno a otro de los bultos semisumergidos, como hacen los osos, polares sobre las cimas de los icebergs.
Ondo, pensé. Si pudiera llegar a los edificios más altos…
Mi sentido de orientación debía hallarse trastornado, pero era lo único con que contaba. Seguí brincando en dirección de la luna.
E1 ejercicio me cansaba, aunque no me producía nada de calor. Por fin divisé una prominencia negruzca delante de mí.
Aquello me proporcionó nuevas fuerzas. Obligué a mis piernas a dar saltos más largos.
Cuando estuve a su lado reconocí lo que era: el piso superior del edificio de la Central Eléctrica, una inmensa estructura de vidrio, metal y cemento armado, con más de ochenta plantas. No estaba en Ondo, al fin y al cabo, pero para mis propósitos servía.
Las ventanas me cerraron el paso con su macizo de oscuridad. De pronto tuve miedo. Las nubes (¿de dónde habrían venido?) cubrieron la luna. Me mordió una ráfaga de aire glacial. No me podía quedar a la intemperie, pensé; y no me quedé, aunque me sacudía una sensación casi de náusea física al introducirme por el agujero de un cristal.
Pisé sobre agua. Aquello me hizo estremecer.
Gradualmente, mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra. Era una amplia habitación vacía. E1 suelo estaba completamente inundado, hasta media pantorrilla. Había un gran mueble-archivo de metal que ocupaba toda una pared, y nada más.
Moví el agua con un chapoteo denso al caminar hacia el negro hueco de una puerta. Quizá la habitación vecina estuviese seca. Necesitaba abrigo, comida, calor…
El agua parecía retenerme por los tobillos; y, en ese momento, se agudizó hasta lo intolerable la sensación de miedo informe que me oprimía. Sin embargo, supe que tendría que entrar. No podía retroceder.
Las nubes debieron abrirse, porque, de súbito, una luz azulosa se coló por algún hueco y me reveló la escena.

 

ME DETUVE. El agua se movía lentamente, en olitas minúsculas producidas por alguna corriente de aire, y lamía con

 

sonido apagado los costados de un bloque de piedra, en el centro de la habitación. Varias ramas verdes, de laurel quizás, colgaban de la piedra y rozaban el agua con las puntas. Olí flores.
Se me secó la boca. Había una forma blancuzca extendida sobre el bloque, inmóvil. Sin necesidad de acercarme más, supe quién era; y adiviné que no tenía vida.
De pronto, me encontré a su lado. Mi mano se ahuecó sobre el cabello mojado, que manaba hacia los lados y desaparecía por sobre las aristas del bloque; pero no lo toqué. Aun así me transmitió su frío, distinto al de las aguas y el viento y al de mi propia carne.
Mis dedos resbalaron por sobre la piedra y palpé un relieve de contornos familiares.
La luna brilló más fuerte (las últimas nubes se habrían ido), y así vi la inscripción, trazada en forma grosera con algún instrumento inadecuado:

DESCANSA EN PAZ

     Y más abajo:

. . .La había cuidado siempre. Aun después de muerta.

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