Permítaseme una concesión a la nostalgia. (Luego de más de cuatro decenios en la brega, creo que me asiste cierto derecho a ello). Este es uno de mis cuentos más antiguos, aquel que me facilitó el salto, allá por los setenta, de las aldeanas páginas de Mundo Uruguayo a la internacional Para Ti, de editorial Atlántida, que por entonces era aún una revista “familiar” y de considerable prestigio en las dos orillas del Plata.
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HUELLAS SOBRE LA ARENA

 

ESTOY tendido sobre la arena, a la sombra de una caseta, y me siento como el diablo.
 

Porque detesto la playa.
No es que deje de reconocer todas sus cacareadas virtudes en cuanto a salubridad, reposo físico y mental, tonificación y otras yerbas; incluso, desde ese punto de vista, hasta me inclinaría a considerar a la playa como un sitio muy recomendable. Lo haría, sí, a no ser por un par de detalles de lo más molesto que, de estar en mis manos, con gran placer suprimiría: la ubicua y fastidiosa arena y la apretujada humanidad.
A pesar de todo, estoy tendido sobre la susodicha arena, contemplando el mar y barajando ociosas reflexiones acerca del panorama circundante, en tanto aguardo el regreso de mi señor hermano, el magnate..., único responsable, por otro lado, de que yo me encuentre aquí ahora, gracias a una invitación suya que no podía permitirme desatender.
Miro a las olas. Ese azul zafiro...: una ficción ilusoria, bien lo sé, En verdad, sólo con aproximarme lo suficiente estaría en posición de apreciar la realidad. Un matiz verdusco sucio, moteado por las manchas coloridas de las mallas, a más de la colección de objetos que oscilan sobre los espumosos lomos: cáscaras de frutas, vasitos de cartón arrugados, taruguitos de madera y alguno que otro espécimen bastante menos casto.
En cuanto a la arena...
Un resplandor cromático captura mi mirada. Enfoco: el rosa detonante de una encantadora toalla se extiende frente a mí. Y una hilera de huellas de plantas desnudas —¡tan pequeñas!— desemboca en sus vecindades.
Con eso basta. Mi desbocada fantasía de novelista esboza en cuestión de segundos el retrato de mi supuesta vecina. Pues de seguro que ha de tratarse de una mujer, según lo indican esas huellas tan menudas, a más del gusto obviamente femenino del matiz de la toalla. Una mujer bonita, sin duda; de lo contrario todo el asunto carecería de interés.
¿Rubia? ¿Morocha? ¿Pelirroja, tal vez?... Tengo una marcada predilección por las rubias, lo confieso, a pesar de a que dos de ésas en particular debo agradecerles mis últimas noches de conteo de ovejitas... Sí, positivamente ha de ser una hermosa rubia mi hipotética compañera de las arenas.
Ahora es otro el interés con que mis ojos se fijan en el concurrido mar. Trato de adivinar 
cuál de las nadadoras podrá ser la dueña de la llamativa toalla y de los piececitos leves, que tan adorables huellas saben imprimir.
Y, de pronto, brota de las aguas una visión alucinante.

RUBIA, en efecto. Rubia platino. Un cuerpo dorado e incitante como durazno en sazón..., e igual de mórbido. Un breve

 

pretexto de malla color blanco. Y unos pies diminutos que la están trayendo —¡loado sea Dios!— directamente hacia la toalla que tengo tan cerca de mí.
Se sienta, la rubia, y se frota la dorada y húmeda piel con seductora suavidad, usando la esponjosa toalla. Se tiende. Se estira... Suspiro.
Ahora mi problema cambia. No se centra más en el quién sino en el cómo.
¿Cómo entablar conversación con la adorable desconocida?
Porque ya mi ardiente imaginación ha decidido que la tal preciosidad y yo estamos destinados a relacionarnos..., una relación íntima, claro. ¿Por qué, si no, vamos a ver, yo —que abomino de la playa, como todo el mundo sabe— estoy aquí, sobre esta arena urticante, justamente en el mismo momento y lugar en que la chica —la chica de mis sueños, vaya de una vez para siempre— exhibe su belleza tremebunda sobre la rosácea toalla?... ¡Imposible dudarlo! Algo, alguien, enormemente sabio y previsor, nos ha reunido hoy, aquí, ahora, para compensarme por fin de esa amarga soledad en la que he vegetado durante tantos años.
Sólo que..., ¿cómo iniciarlo? ¡He aquí el dilema!
—¿Tendrías fuego, por favor?
En un principio me rehúso a creerlo. Pero finalmente debo rendirme a la evidencia indubitable de mis sentidos. En mí se fijan los cegadores ojos verdes, para mí suena la sedosa voz..., y termino por ser yo mismo el que, con mano temblorosa, enciende el cigarrillo que sostienen los afilados dedos de mi beldad playera.
¡Ella se ha encargado de romper el hielo!... El resto debería ser pan comido. Se trata, en definitiva, de elegir las palabras adecuadas y ¿acaso no vivo yo de eso? 
—Ehh... Ahh...
—¡Qué preciosa cigarrera! —se admira ella.
—Eh... Sí. Es de...
Voy a decir “de mi hermano” (como el idiota que soy), pero a tiempo me contengo. 
—Es un... recuerdo de familia —improviso—. Oro incrustado. ¿Le agrada? 
—Mucho —y agita, sonriendo, la platinada masa de pelo.
—Bonita —digo, a mi vez (¡bendito ingenio mío!) señalando la toalla. 
Ella ríe. Yo la imito.

DEPOSITO la cigarrera junto a las otras cosas de mi hermano —el reloj “análogo” suizo, la remera Cardin, el

 

walkman estéreo, el celular, el pantalón color arena— y me apoyo sobre el codo derecho, para parecer más “canchero”... Y seguimos con lo de las sonrisas.
Quince minutos después, charlamos igual que antiguos condiscípulos. El sitio que compartimos, algo apartado de la multitud, favorece el clima de intimidad que ha surgido entre ambos.
Acaba de confiarme que se llama Nora y que tiene veinte años.
Yo le he dicho mi nombre, mi apellido, mi dirección, mi teléfono, mi currículo profesional; le he contado también sobre mis estudios, mi trabajo actual, mis gustos y aversiones, mi pasado, mis secretas tragedias, mis ocultos temores, mis ilusiones más acariciadas. Incluso, ¡vaya!..., le he insinuado mi admiración creciente hacia ella.
¡Hay que ver las ironías que tiene el destino! Hacía lustros que no me ensuciaba los pies con arena de playa, porque a la playa nunca pude soportarla..., y hete aquí que nada menos que en una playa me vengo a encontrar con la mujer soñada.
Y es evidente que congeniamos... Noto que me observa con ternura, sin demostrar aversión ante los miembros pálidos y flacos que emergen de mi short y de mi camisa blanca: es claro que se interesa más en lo que llevo dentro que en esta desgarbada apariencia mía.
En poco tiempo más (me atrevo a pensar), acaso...

–¡CHE, PREMIO Nobel! ¡Vení!
 

Me llaman desde una sombrilla, a veinte o treinta metros de distancia. Mi hermano magnate y su séquito de amigos. Ahora recuerdo que había alguno de ellos que se interesaba en conocerme, pues había leído un par de libros míos. Suspiro. Sería una descortesía muy notoria el no ir a saludar, por lo menos... Hay veces en que la fama pesa. 
—¿No me disculparías un segundo, Nora? Unos amigos quieren... 
Su sonrisa me afloja las rodillas. ¡Es tan tierna y comprensiva!
—¡Pero cómo no! Atendé, nomás, que aquí te espero...
Y los ojos verdemar sellan la promesa con un brillo especial. Acudo.
Estrecho alguna mano. Digo un par de insulseces. Oigo, sin escuchar, las palabras de no sé quién. Río, porque me parece que los demás se están riendo. Después me pongo serio de nuevo. En verdad, mi mente está en otro sitio... Por fin hallo la forma de excusarme. Me despido.
Corro..., vuelo, más bien.
Llego. Y tengo que mirar durante un buen rato antes de aceptarlo. 
Ella se ha ido. Para siempre: lo sé.
Porque con ella —con el hechizo de su piel de durazno, la magia de sus pies menudos, la morbidez de su toalla y los resplandores de su pelo de plata— se han ido también la cigarrera, el reloj suizo, el walkman estéreo, el celular y las ropas de mi bendito hermano magnate. Lo único que queda son las huellas.
Durante un largo instante permanezco inmóvil. Luego doblo las rodillas y las hundo en el suelo ardiente e, inclinándome, revuelvo la arena con las dos manos hasta que desaparece toda señal de las huellas. Los granos diminutos e hirientes vuelan por el aire y se me meten en los ojos, arrancándome lágrimas.
Odio la playa.
¿No lo dije al principio?

FIN