Mis queridos ciberlectores: 

Les presento aquí un nuevo relato, ahora en el ámbito de uno de mis géneros predilectos, la ciencia ficción o -como también se ha dado en llamarlo- narrativa de anticipación. 
Sobre la huella fecunda de la pléyade de magníficos autores que a lo largo del pasado siglo prestigiaran esta modalidad literaria, pongo a su consideración esta historia, donde se ha intentado conjugar, en la dinámica de una aventura heroica, partes complementarias de fantasía y nostalgia. 
Un sentido homenaje al cine del Hollywood de los años dorados -la "Fábrica de Sueños", que dijera Hortense Powdermaker- se funde con la peripecia del osado piloto espacial independiente, "Coop" Córdoba, reencarnación futura del inolvidable Gary Cooper. Este "duro" conquistador de los espacios siderales, a horcajadas de su nave High Noon, ve temblar la sólida estructura de su personalidad de "macho" al viejo estilo cuando se confronta con la "remake" cibernética de la diosa de la pantalla, Rita Hayworth. Hay conflicto de emociones, claro. 
Y, si me permiten, una advertencia: este relato, difiriendo de las características que son norma dentro la mayoría de mi producción, tiene un final que considero apto sólo para adultos. Por descontado, sin rebasar en ningún momento las coordenadas de buen gusto y respeto por el lector que invariablemente me he trazado, con carácter sine qua non, para la elaboración de mis textos. 
Con ustedes, pues, Llegar a Khordoora.
Espero que lo disfruten. 

-Carlos M. Federici

 

LLEGAR A KHORDOORA 
La “remake” Hayworth 

Dedicada a la memoria de mis amigos Raquel, Ruben Hugo 
y Alberto, locos por “el otro” cine, igual que yo, y también 
a Rita-l, que de alguna manera la inspiró. 
Y con un especial abrazo para Eduardo D’Angelo, paladín de las 
las viejas “matinées”, y para Ernie Figueroa, un californiano
por adopción que “se las vio todas”.

 

CÓRDOBA rozó la tecla roja. Una suave chicharra confirmó el pronóstico de la compradar-3. En la pantalla, tres

 

líneas fluorescentes convergían en un punto luminoso, de frenética titilación. 
—Parece que es una fija, ¿eh, Fierros? —bromeó Córdoba (manía de espaciero solitario) con el robot de la consola.
Coordenadas Tridi AZ8-Hd15-Cx03 —informó el Compiloto—. Velocidad estimada, según...
El hombre adelantó una de las nervudas manazas, abanicando el aire. 
—¡Déjate de tecnicismos, idiota! —refunfuñó—. ¿Cuánto tiempo hay? 
En unidades cronogalácticas quedan... 
—¡En minutos de Terrasolar, viejo, en minutos de Terrasolar!... 
Dieciséis punto cinco terraminutos—. El Compiloto pareció captar la urgencia de la situación, y optó por un laconismo estrictamente funcional—. Con un margen de error de cero, coma, ocho microsegundos —precisó, sin embargo, vasallo de su escrupulosidad cibernética. 
El hombre asintió con lentitud. Poseía una cara larga y melancólica, iluminada simpáticamente por un par de ojos a la vez vivaces y cansinos. La boca complementaba el juego a la perfección: parecía tan bien dotada para sonreír con cálido humanismo como para expresar una muy especial comprensión del Universo, no carente de su pulgarada de experiente cinismo. Casi ciento cincuenta años antes, un rostro de idénticas características había hecho suspirar a dos generaciones de terráqueas, en la penumbra cómplice de las salas cinematográficas. Respondía al apodo de “Coop”, si bien ignoraba las verdaderas raíces del mote en cuestión. 
—No hay forma de esquivarlos, ¿no es así? —era una consulta hecha únicamente por reflejo, con una sola respuesta posible. 
Los energohaces están ensamblados —contestó el Compiloto (¿había un matiz de resignación en la voz mecánica, o era tan sólo imaginación suya?, se preguntó Córdoba) —. Nos han copado todas las vías de acceso al hiperesp. 

“COOP” deslizó su silueta larguirucha fuera del asiento de mando. Con soltura hija de un largo hábito, flotó en la

 

cabina desgravitada, impulsándose expertamente mediante calculados movimientos de piernas y brazos y asiéndose, según la necesidad, de los ganchos instalados al efecto en distintos puntos de techo y paredes. La High Noon estaba provista de unidades de gravedad artificial en todos sus ambientes, pero él no las usaba en la cabina de mandos, por considerarlo un lujo innecesario. Atravesó una reducida puerta, cuya hoja se corrió sin ruido al interrumpir el cuerpo de Córdoba un haz-portero electrónico. Instantáneamente, su masa adquirió peso y se vio precipitado hacia el suelo, donde se posó con la sutileza de una pluma de ganso. Hizo dos o tres flexiones, para habituarse a la sensación de pesantez en los músculos, y de inmediato se dirigió al objeto de su interés. 
En el centro del recinto, alumbrado por el tenue fulgor molecular que llevaba implantado de fabricación la estructura básica de las paredes, una esbelta figura descansaba, tendida de espaldas, sobre el cómodo e impalpable “colchón” que proporcionaban ochenta haces levitantes convenientemente dispuestos. 
—Hola, tesoro —musitó Córdoba, sin sombra de humorismo. 

SABÍA bien que no le oiría ni le vería; ni siquiera tendría la más mínima conciencia de la existencia de él (como

 

tampoco de la de ella misma), en tanto no se la conectase... Pero se complacía en imaginar que tan solo dormía, que las cosas no eran como en realidad eran. 
Lo invadió un escalofrío. Se dio cuenta de que estaba pálido y sin saliva en la boca. 
Resultaba... sublime. 
Las formas, modeladas con primor incluso más exquisito que aquel del que podría jactarse la Naturaleza misma, se fundían entre sí con tal armonía que casi causaban vértigo. La cabellera formaba un pequeño incendio. Había rojo-fuego en ella, rojo-sangre, tornasolados y ocres profundos como hojas otoñales heridas por la luz del ocaso en un mundo terroide. Aun en el obligado reposo de la desconexión, aquellas olas escarlatas contenían una poderosa sugestión de vida..., vida cálida y bullente, pronta a derramarse como lava volcánica cuando ella se animara por fin. 
Experimentó la misma confusión de siempre en el momento de introducir una mano sudorosa por debajo de la trusa de ella, para pulsar el contacto: apenas un leve abultamiento, del tamaño de una pastilla nutritiva, disimulado bajo tersa piel, en la base de la columna vertebral. No le gustaba hacer eso, porque le parecía que profanaba alguna cosa intima entre los dos; pero no ignoraba que era inevitable. 
Retrocedió. Los zapatones le pesaban toneladas, y jadeaba con una agitación punto menos que dolorosa, mientras transcurrían los segundos necesarios. 
Tras una eternidad, comenzó. 
Ella estaba “respirando”. El aire (sólo para efectos de realismo, por supuesto, y sin utilidad funcional alguna) estremecía las gráciles líneas del busto, hinchándolo una y otra vez bajo los seudotules del corpiño. 
Córdoba contuvo a duras penas el impulso de precipitarse hacia ella, para sorprender a quemarropa el mágico instante en que los párpados se abrían y dejaban libre el límpido verdeazul de los iris...
La contempló erguirse. Sin duda alguna era una obra maestra. No había nada de rígido ni de mecánico en la sucesión de pequeños movimientos con que completó el proceso de incorporarse. La cabellera fluyó en derredor del torso como animada de voluntad propia. 
Los dientes del hombre presionaron su labio inferior... Ella volvió la cara y lo miró. Una sonrisa bermellón terminó de deslumbrarlo. 
Trémulo, consiguió emitir la orden: 
—Canta..., ¡canta! 
El mecerse de la hermosa cabeza azuzó a la cabellera. Un par de hombros alabastrinos se insinuaron por entre la exuberancia carmesí. Dejó el “colchón”, sosteniéndose en la dupla de piernas más perfecta del Cosmos, y cantó. No había necesidad de acompañamiento: la voz contenía su. propia música. 

—Aahh-maaah-doh mee-ooh..., 
love me for ever...
And let forever
begin tonight!...

“Coop” Córdoba, sin despegar la vista de ella, caminó hacia atrás hasta alcanzar un asiento. Allí se arrellanó, todo ojos, oídos, sensibilidad. Rita-2 cantaba Amado Mío..., para él. 
—El mejor uso para mis dieciséis terraminutos de gracia —murmuró; y todo, salvo ella y su canción, huyó de él... Inclusive la forma en que se había iniciado el embrollo, allá en Puerto Lix, cuando él había aceptado transportar aquella carga sellada (¡demonios, que pagaban bien!) y se dejó vencer por su maldita curiosidad. 

PRIMERA ETAPA: 

PARA Córdoba, el origen del conflicto había surgido efectivamente en Puerto Lix, cruce de rutas intergalácticas, “nudo

 

de tensiones, antro de iniquidad (como decía el santón de Roturia-4) en medio de las soledades del Cosmos infinito”... Pero, en rigor, todo había principiado mucho antes, sin que el limitado alcance de las proyecciones racionales de “Coop” —nada más que un desarraigado espaciero terrasudamericano de segunda .generación— le consintiese llegar a concebir el germen real de su brete actual. 
...En el ámbito de la Asamblea Total de Cosmoplanificación (la versión más aproximada, en lengua inteligible, de la verdadera denominación de esa inmensa entidad intergaláctica, regidora de mundos y culturas), Choxho Vull, Planificador Subplenipotenciario. Grado 165, exponía su tesis. 
Las enormes pantallas de asesoramiento subliminal, en tanto, coadyuvaban con oportunas citas aportadas por el archivo de la Computadora General. Los diversos textos se proyectaban en código especial, y los decodificadores individuales se encargaban de verterlos en cada uno de los setecientos veinte lenguajes oficiales; permanecían visibles tan sólo el tiempo necesario para acceder a niveles infraconscientes. 
En aquel momento, precisamente, se reproducía el famoso Párrafo de Garah Tzanti, que servía de colofón a su magna obra Noveno Ciclo

“Y DADO QUE EL ABSTRACTO CULTURAL, EN UN UNIVERSO PERPETUAMENTE FLUIDO, HA DE ADAPTARSE A LA MALEABILIDAD INFINITA DE LOS INFINITOS ESQUEMAS DE MODOS Y COSTUMBRES, Y DE TABÚES Y MITOLOGÍAS; Y EN VISTA, TAMBIÉN, DE QUE LA DIMENSIÓN TIEMPO CONSTITUYE POR DEFINICIÓN UN MARCO DE COORDENADAS INESTABLES, RESULTA OCIOSO PRETENDER INTERPRETAR, EN UN MOMENTO Y LUGAR DADOS DE LA HISTORIA GENERAL DEL COSMOS, LOS SENTIMIENTOS Y/O REACCIONES DE CUALQUIER CICLO SITUADO EN UN CONTINUUM DIVERSO, SEA TEMPORAL O ESPACIAL. POR TAL RAZÓN, ACASO NO LLEGAREMOS JAMÁS A EXPLICARNOS DETERMINADA REACCIÓN, DETERMINADO EFECTO, DETERMINADO PROCESO LÓGICO...” 

Choxho Vull (o acaso solamente su imagen holográfica, bien que un elemental sentido del pudor vedara a cualquiera de los presentes el especular sobre el asunto), alto y centelleante, coronado con una diadema de azul esplendor, evolucionó entre las espiraladas volutas traslúcidas que componían a un tiempo la decoración y el mobiliario del recinto. 
Hablaba con acento resonante, reforzado por los Micromagnavoxes que formaban parte de su laringe Cyborg desde la época en que asumiera su profesión. Llegaba al punto culminante del discurso. y alentaba el propósito de inclinar la balanza en favor suyo de una vez por todas. 
—Es indudable —dijo (y los Servolinguaxes distribuidos entre el público tradujeron automáticamente, según la naturaleza del oído en que estuviesen implantados)— que dentro de la concepción global del utilitarismo cooperativo cada uno de los engranajes, o epi- centros culturales, debe funcionar en perfecto acuerdo con el resto, a fin de evitar un fatal deterioro en el ciclo de producción. 
Sonrió profesionalmente, con lo que sacó buen partido del brillo de su seudo dentadura, y se disculpo: 
—Lamento valerme de expresiones tan arcaicas, pero el vigor de las mismas justifica, creo, mi aparente incorrección... En verdad, debo hacerme perdonar por la mayor parte de mi exposición: es tan solo el lastre de una completa consagración al estudio de la Totocultura, la cual implica buceos tan profundos como la indagación de Historias Precósmicas de varios mundos. 
”Traigo esto a colación —y me apresuro a confesarlo—, no únicamente en carácter de excusa, sino también por ser pertinente a mis palabras. 
En las pantallas volvieron a surgir enormes caracteres detonantes: 

“NOCIONES COMO ‘PRESENTE’ Y ‘PASADO’ PIERDEN SU FUNCIONALIDAD EN EL ÁMBITO CÓSMICO... EL VIAJE A VELOCIDADES HIPERLUMÍNICAS, EL TELETRANSPORTE INSTANTÁNEO A CUALQUIER REGIÓN DEL DOMO UNIVERSAL, LOS REITERADOS CONTACTOS ENTRE SUPER Y SUBClVILIZACIONES, TORNAN FÚTIL LA DISTINCIÓN ENTRE ‘MODERNO’ Y ‘OBSOLETO’, ENTRE ‘AVANZADO’ Y ‘RETRÓGRADO’, ENTRE ‘DECADENTE’ Y ‘PUJANTE’..., COMO CON TANTO ACIERTO DICTAMINA LA AUTORIZADA OPINIÓN DE HWA-HWA-GEEN...”

—Consideremos el conjunto del Ramal B-766, Sector IV, Región 53AA... La computadora detecta una falla en el sistema... ¡Alarma! Los circuitos de Cosmoplanificación pasan el dato a la Central Comp, se procesa la información, y aparece la causa del trastorno... ¡Hoop-la! —y, tras el hábil arcaísmo, Choxho Vull chasqueó los dedos. 
Como en respuesta, una triple imagen holográfica cobró forma frente a los circunstantes, de manera que todo el mundo pudo apreciarla en detalle. 
Se produjo un murmullo azorado... Choxho Vull contuvo una sonrisa de suficiencia: como Planificador fogueado no se inmutaba fácilmente; pero desde luego debía ser distinto para quienes no estaban habituados a lo exótico. 
Había cielo en la imagen, azul grisáceo y nubes; eso era reconocible para cualquiera, sin mayor esfuerzo. Pero lo sucio del aire, la polución del ambiente, lo apretujado del cuadro en general, casi producía náuseas en los más sensibles. 
—Esos bloques oscuros, con hoyos rectangulares dispuestos en forma relativamente sistemática, son edificios —explicó Choxho Vull—. Casas. Hogares. 
”El material que los compone es ultraprimitivo: no cambia su polaridad, es permanentemente opaco —de ahí los hoyos— y casi absolutamente sólido. De romperse resulta irrecuperable, y está sujeto a un fatal proceso de “fatiga”... Sólo mediante un esfuerzo casi mórbido de la imaginación, puede concebirse la existencia en tales ambientes. No puedo esperar, por cierto, que nadie que no cuente con el entrenamiento psicoformativo de un Planificador sea capaz de un alarde de adaptabilidad cultural como el que exigiría admitir sin violencia conceptos tales... 
”Fijemos la atención, ahora, en los seres que habitan esas moradas. ¡Allí sí que el primitivismo aterra! Lo basto de la materia básica de sus psicoestructuras pertenece a una escala subcero de cociente cultural. Pero Hwa-Hwa-Geen no está desacertada: resulta vano emplear, según la moderna concepción de la Historia General, el término “atrasados”. 
Son, eso es todo... Si algo aprende el planificador, es a aceptar lo que surge en el Universo, tal y como se presenta en estado natural... Siempre y cuando, naturalmente, la aberración del caso específico no comprometa la armonía general del Plan. 
La imagen tridimensional, casi tangible en su impresionante realismo, se detenía con sañuda crudeza en detalles de expresiones, de actitudes... Se desnudaba, impúdicamente, una cultura monstruosamente abortada. 
En tanto sus suelas levitantes lo sostenían, flotando, delante de la colosal holografía, Vull continuaba: 
—Este mundo, Kurro-64, que contemplamos en toda su ofensiva deformidad cultural, entorpece el normal desarrollo de nuestro Programa. La fluidez del ciclo se ve perturbada por cierto rasgo de morboso decadentismo que infecta la psicología gestalt de esa subraza..., de forma que, según datos de la computadora afectada al caso, acabarán autoexterminándose infaliblemente, porque no son capaces de concebir un futuro fuera de su progresivo trauma maníaco-depresivo... Nunca manejaron la noción de “esperanza”. 
Otras imágenes iban sucediéndose. Núcleos poblados, gigantescos unos, más reducidos otros..., todos sin excepción bajo el signo nefasto del irremisible y negro desencanto que los aplastaba. 
—¡Mírenlos! —exclamó Vull, con voz potente, y algunos de los circunstantes respingaron—. ¡Seres grises, vestidos de gris, entre muros grises, caminando sobre piedras asimismo grises...! ¿Elevan la vista al cielo? ¡El azul está emponzoñado por el smog de sus residuos industriales! Se les antoja que siempre fue así... El azar de la evolución no fue piadoso con ellos: les puso en las manos un arma de dos filos, cuando aún no se encontraban lo suficientemente maduros como para manejarla sin perjudicarse. Lo precoz de su avance tecnológico los condujo a la ruina..., víctimas de su propio sistema. 
”¡Mírenlos! —repitió—. ¿Se puede vislumbrar siquiera algún destello de esperanza en su porvenir? 
Calló abruptamente, en un tempo calculado a la perfección (el chip anexado a su lóbulo frontal se encargaba de tales menesteres), y disfrutó con el sólido bloque de silencio que rubricó sus palabras. 
Ahora le era factible manipular a su placer el curso de las reflexiones de la asamblea: era cuestión de considerarlos como a un único organismo pensante..., por disímiles que pudieran aparecer a una visión somera los hirsutos Ortianos de los casi incorpóreos Fajooters, para citar casos extremos. Choxho Vull sabía que, habiéndoseles escogido para formar parte de la Asamblea Total de Cosmoplanificación, sus diseños psíquicos no podían sino ser semejantes: razonarían prácticamente al unísono. 
—El problema es grave, sin lugar a dudas —continuó, tras la pausa—. Necesitamos a Kurro-64. Es un elemento imprescindible dentro de nuestro esquema económicosocial. No podemos permitir que se autoeliminen, pues les tenemos designado un papel clave. Deben consumir
”Existe un remedio, me apresuro a declararlo. Tranquilícense ustedes: existe. Nos toca proporcionarles el elemento básico de que carecen. Debemos brindarles lo que su propia naturaleza les negó: esperanza. 
”La esperanza, a través de una ineluctable alquimia psíquica, se convertirá inevitablemente en fe. Y la fe será la fuente de su futura tenacidad vital. 
Las pantallas subliminales volvieron a poblarse de signos decodificables: 

“¿DÓNDE COMIENZA LA FE? ¿DE DÓNDE BROTA LA CIEGA OBSTINACIÓN QUE IMPULSA AL SER PENSANTE A CONTINUAR LA LUCHA SIN TÉRMINO CONTRA LA INCOMPRENSIBLE ADVERSIDAD CÓSMICA? ¿DÓNDE RESIDE EL GERMEN DE LA ESPERANZA? 

¡¡EN LA CAPACIDAD DE SOÑAR!!”

 

—Ellos no poseen sueños —dijo Choxho Vull—. ¡Se los fabricaremos, entonces!

 

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