Me gustan las historias de detectives privados, con los “tics” característicos de los “hardboiled guys” y la consabida narración en primera persona, plagada de observaciones sarcásticas a cargo del protagonista. Sin embargo, a toda esa gama de convencionalismos —muy válidos para obtener la complicidad del lector adicto— siempre se le puede encontrar un nuevo sesgo que permita enfocar el relato desde un punto de vista completamente inesperado. Si no, vean este cuento que comienza a lo Chandler y se resuelve en una “mezcla rara” de Mickey Spillane y Sigmund Freud...
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ASI SOMOS LOS “DUROS”

ilustración: SAM CHERRY

 

-¿ASÍ QUE la rubia le pidió... ayuda? —inquirió el pequeño Stanislavsky, con ávido agitar de párpados tras lentes

 

de gran aumento. Y sin darme tiempo a abrir la boca, añadió—: Un boccato, ella, supongo.
—¿Tiene un cigarrillo? —le lancé, ignorando sus apremios.
Él se recostó en su butaca (una monstruosidad de cuero negro, parecida al asiento de un piloto de B-29) y esbozó una breve sonrisa.
—Ya sabe que aquí no fumamos —pontificó.
Me encogí de hombros y seguí con la vista el rayo de sol quo se colaba por entre las cortinas para ir a posarse precisamente sobre el calendario colgado en la pared. El sutil emisario lumínico confería efímero fulgor prestado a los números rojos y negros. Una vez que hube apoyado los codos sobre la cubierta del escritorio ubicado entre ambos, señalé con el pulgar.
—¿Ese almanaque suyo es de chiste?
Él aventó la cuestión mediante un movimiento de la diestra. Tenía manos más bien frágiles, observé, pero las podía manejar con bastante agilidad. Fijó en mí sus ojuelos penetrantes.
—Lo acosan constantemente, ¿no es así? —persistió—. Las rubias, digo.
Hice caso omiso del sarcasmo. Una amargura como ésa era comprensible en un semicalvo cincuentón. ¿Cuántas oportunidades tendría?...
—Como le venía diciendo —continué—, la rubia ésta tenía un problema. Recién casadita, ella, ¡y ya sin marido!
—¿Baleado? —Stanislavsky hizo una mueca.
—Degollado —le informé—. De oreja a oreja. ¡Y los imbéciles de la policía sospechando de ese ángel ojiceleste! ¿Concibe tal barbaridad? 
—De modo que usted decidió aclarar las cosas, ¿cierto, López? 
Usé el índice erecto para echarme hacia atrás el sombrero. 
—Se confunde —advertí—. El nombre es Flynn.
—¡No me diga! De acuerdo a la ficha...
—¡Fichas! ¡Basura! —Enderecé mi corpachón de metro noventa, y los ochenta y siete kilos que llevo entre piel y osamenta arrancaron lastimero gemido a mi silla—. Michael Flynn, servidor, igual que mi viejo, ¡bendito irlandés borrachín! Pero puede llamarme Mike.
—Como sea —cortó Stanislavsky—, me parece que esta vez se metió en camisa de once varas. ¡La gente que anda por ahí cortando pescuezos puede ser muy peligrosa!

ALCÉ un hombro, en tanto un ángulo de mi boca se torcía hacia abajo. Con la mano derecha (simbólicamente), arrojé

 

al aire cualquier vestigio de precauciones. 
—Estoy acostumbrado a los riesgos... Como detective privado, “el peligro es mi negocio”... Pero esto ya lo dijeron muchos, ¿no? 
—No tendrá ocasión de aburrirse, entonces...
—¡Qué va! He frenado más de un plomo en estos años, y no sé cuántos huesos me rompieron... En cuanto a hembras, bueno: no me puedo quejar. ¡Apostaría a que me recorrí toda la gama!
—Aunque siempre con predominio de las rubias, ¿no? —sonrió él— ¿Y a qué atribuye esa... bonanza femenil? —y se atusó el bigotillo. 
—Subproducto de la guerra —repuse—. Los que vuelven del frente se encuentran con más de una sorpresa... a los lados de la frente, ¿capta? Y en cuanto a las viuditas, anhelan un poco de protección masculina. Así que menudean los contratos... y “lo otro” también, ¿ve?
La boca de Stanislavsky hizo una "O" bajo el pequeño bigote.
—¡Vaya, vaya! —musitó—. Estoy un poco confuso... ¿Esa guerra que dice no terminó hace cuarenta y nueve años?
Me envaró. Nunca había podido entender qué perseguía el hombrecito con bromas como aquélla; y esos ojitos de ratón que me taladraban... Sentí que se me erizaba el pelo de la nuca.
En realidad no me encontraba nada a gusto en ese estudio suyo, lleno de muebles ultramodernos y provisto de un televisor con la pantalla más enorme y más chata que jamás viera. Desde luego que, de haber podido escoger, habría preferido jugar en mi propia cancha; sólo que jamás logré engatusarlo para que celebrásemos las consultas en mi oficina de la Tercera Avenida. ¡Está uno tan bien ahí, arrullado por el rezongo del elevado, al par que se regala la vista con las “pin-ups” escogidas que tengo enchinchadas en los muros!... Pero, nada, al parecer había que conformarse así.
De cualquier modo, si él esperaba alguna reacción de mi parte ante su disparate, podía seguir sentado como estaba. Seguí hablándole como si nada:
—Uno se hace a esto. Claro que al principio puede arruinársenos la digestión por eso de andar abriéndole ventilación extra a uno que otro tipo, por más que se trate de sabandijas y gusanos en la mayoría de los casos... Pero a medida que se repite el trance, uno acaba por no parpadear siquiera.
—Ya veo —Stanislavsky se inclinó hacia mí; su retraída barbilla anidó en el hueco de la mano—. Estoy tratando con un individuo “duro”, ¿eh?
—Bueno, es una forma de vivir —me defendí—. ¡Podría ser peor!
—Rutina diaria, ¿eh? —y me estremecí a mi pesar, bajo sus ojos. 
—Ajá —convine, sin demostrar, no obstante, ninguna inquietud. Me palpé con disimulo el costado izquierdo del saco; para mi estupor, la .45 no estaba en su sitio. Logré ocultarle también aquel desconcierto, sirviéndome de mi “cara de poker”, y continué diciéndole, con toda calma—: A estas alturas me imagino que debo haber adquirido cierto oficio; sin olvidar, claro, que el “training” de Guadalcanal ayudó bastante.

STANISLAVSKY suspiró. ¡Demonios! Nunca habría creído que se pudiera meter tanto ruido solamente suspirando;

 

pero así mismo fue. Se levantó de repente y pegó con las palmas sobre el escritorio. Lo hizo bastante fuerte, al punto que el pequeño busto de Freud que estaba junto al tintero se tambaleó sobre su base de bronce.
—Muy bien —declaró en tono seco—. ¡Perfecto!... Así que habrá que ir a lo drástico, ¿verdad? ¡Levántese de ahí! —me ordenó.
Mientras le hacía el gusto (¡de haberse tratado de cualquier otro, no se escapaba con la cabeza intacta!), él se abalanzó hacia la ventana. Uno de los delgados pero fuertes brazos descorrió de un tirón la cortina.
—¡Mire! —exclamó—. ¿Qué es lo que ve ahí? ¿El Empire State? ¿El Chrysler? ¿Times Square? ¿El Puente de Brooklyn?
Mi larga mandíbula irlandesa descendió casi medio decímetro. Ante mis ojos alelados, el romo perfil de una metrópoli subdesarrollada se silueteaba sobre los granates y lilas del atardecer. Y aquel edificio grandote, de ladrillos rojos... ¡No era mi Nueva York!
Ese maldito Stanislavsky... Lo miró por entre párpados casi cerrados: dos hendeduras rezumantes de resentimiento mortal.
—Ya conozco esa clase de trucos —le escupí—. ¿Qué me inyectó, eh? 
—¿Inyectarle? —profirió él—. ¿Inyectarle, dice?
Se le había empurpurado el semblante, y una gruesa vena violácea le latía en la sien izquierda. Tragué saliva. Creí que empezaría a los gritos, pero en vez de eso me habló en tono muy controlado:
—Así que lo inyecté, ¿verdad? ¡Y mientras estaba inconsciente lo saqué de Manhattan, claro! ¿Eso es lo que supone?
Iba a asentir, pero él ya estaba lanzándose a través de la pieza para encender las luces, cuyo brillo me hizo pestañear. Bruscamente se apoderó de mí (yo estaba algo atontado, supongo que por efectos de la maldita inyección ésa) y me arrastró ante un espejo en el que no me había fijado antes.
—¡Mírese! —conminó—. ¡Mírese bien!

SE ME saltaron los ojos del cráneo, mientras me recorría un frío glacial por todo el cuerpo, sin perdonar siquiera a los

 

deditos de los pies. Quise hablar, pero no logré formar ni una sola sílaba.
Encarándome, estaba un sujeto rechoncho, de testa ovalada y boca temblona, cuya coronilla no levantaría más de metro sesenta del suelo. Y aquel sombrero tan grande, que le aplastaba ridículamente las orejas... Retrocedí. 
Empecé a sacudir con violencia la cabeza y me di una docena de golpes con la mano abierta en plena frente. ¡No lo iba a dejar hacerme eso! Me dolían los párpados de apretarlos así, pero me rehusaba a abrirlos y hacerle el juego a Stanislavsky.
—¡Vamos, compórtese! —la orden restalló como fustazo en mis oídos—. ¡Todavía le quedan por ver unas cuántas cosas más antes de que terminemos!
Me empujó de nuevo frente al escritorio. De la gaveta central sacó tres objetos que arrojó ante mi vista.
—La cédula de identidad de Marcelino López, ¡nacido en 1952! —silabeó—; su carné de funcionario del Municipio (¡ese feo edificio rojo que vio por la ventana!), donde trabajó 30 tediosos años, y... —hizo una pausa deliberada—, ¡una de esas antiguas revistas de Mike Flynn, detective privado, con cuya personalidad eligió identificarse, a fin de evadirse de la frustrante realidad de una irremisible rutina! ¡Vamos, mire! ¡No dé vuelta la cara, maldita sea! ¡Vea la realidad!
Timbre de alarma. ¡Ya sé lo que trama el maldito! Como buena rata del Kremlin que es, intenta aplicarme sus diabólicas tácticas de lavado cerebral... ¡Pero no pienso permitírselo!
¡Ya verás, perro bolchevique!

UNA NUBE roja me enturbia la visión. Embisto igual que un toro enfurecido, decidido a acabarlo... Pero de pronto me

 

encuentro inmovilizado, los brazos a la espalda, el torso ceñido como salamín. ¿De dónde salieron esos tipos de blanco? ¡Traición!
—¿Está bien, doctor? —oigo decir a uno.
—No fue nada. —Stanislavsky se arregla la ropa—. Confieso que no esperaba que el shock terapéutico le afectase así. Estos sujetos suelen ser pasivos... Claro que posiblemente haya influido la tendencia anticomunista que campea en esos relatos de la era macartista,.., como los de Mike Flynn. En fin, por el momento devuélvanlo a su cuarto y... dóblenle la medicación, ¿eh?
Sus palabras carecen de sentido para mí. ¡Sé bien quiénes son y lo qué se proponen! Creen tenerme a su merced, ¡sólo que no saben con quién se han metido esta vez!
¡Me les escaparé! Y terminaré haciéndolos trizas, igual que a todos los infelices desgraciados que se han cruzado en mi camino.
Yo respiro peligro mezclado con el aire. ¡Así somos los “duros”! 
...¡Pobres de ellos!

FIN