MEMORIAS DEL OTRO SIGLO


              ¡Sólo en Punta del Este!
                                                                                                                                  Capítulo1

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S

egún el folleto turístico, recordé, en sus comienzos “la Punta” había sido una isla, a lo que parece “favorita” de los indios de la región. Paulatinamente, sin embargo, los médanos habían completado su obra, uniendo la ínsula al continente, con el resultado de contaminarla sin remedio con la virosis del tiempo “futurizado”...

  ¿Usted fue el que lo encontró?

Asentí con la cabeza. Para mis adentros taché a Noriega de impertinente. ¡Un comisario de los de mi cosecha jamás habría pecado de tal imperdonable inoportunidad! ¿Qué pretendía con eso de interrumpir mis reflexiones?... En fin, yo había escrito Marea carmesí varios años atrás y me había tomado cuantas libertades se me antojaron en la pintura del ambiente. Este Punta del Este real y concreto, que tan sólo ahora

  y gracias a un par de jugosos contratos de edición negociables en dólares   venía a conocer in vivo, por cierto que no se parecía gran cosa al de mi novela.

Lo cual, después de todo, era de esperarse, me dije.

  ¡Mire qué casualidad ésta, eh!   Noriega quiso mostrarse ocurrente. Me encogí de hombros. ¡Dios mío! ¿Alguna vez iban a aprender estos policías a conducirse como lo mandaban las reglas de la literatura?

La Mansa estaba dócil nuevamente, pese a que durante todo el día anterior el tiempo de la península se había mostrado desapacible, al grado de desalentar a los playeros más pertinaces. Salvo excepciones, apunté; y ahora admiré mi propio sentido de la ironía, sutil y refinado como correspondería a cualquier investigador privado de alta escuela.

 

E

n segundo plano, un dúo de severos agentes uniformados contenía al reducido coro de curiosos. Las olas acudían al encuentro de la playa en cauta sucesión, y el yerto cuerpo del viejo Brunswick obstruía su líquido albedrío con la tensa pasividad propia de su condición. Sin duda una amenaza al fluir ecológico, pensé.

Noriega resopló. Estaba ridículo: todo un comisario, con pantalones de baño fantasía y el ensortijado vello de los muslos al aire. Sentí pena por él. Se encontraría metido en una verdadera trampa, ya que desde luego no cabía pensar en suicidio ni accidente, habida cuenta del orificio rojinegro que se apreciaba en el pecho del cadáver...

¡y sin la más ligera traza de arma homicida en las inmediaciones!

Yo tampoco estaba cómodo. Por un lado, tenía los zapatos llenos de arena; por el otro, algo contenía aquella situación que tenía la virtud de acongojarme de forma singular.

Sorprendí el súbito fulgor en los pardos ojos de Noriega y me pareció que el Universo cedía bajo mis plantas. ¡Lo que estaba temiéndome!

  ¡Oiga, viejo!... Sé que no me asiste ningún derecho a molestarlo con esto, pero... Dado que de alguna manera ya está involucrado, ¿no podría usted...?

  ¡Bueno, yo no sé si...!   jadeé.

  ¡Leí todos sus libros! ¿Sabía que tengo la colección completa de sus novelas..., encuadernadas y con letras de oro? ¡Vamos, si cada vez que las releo me admiro más de...!

  ¡Me confunde con su amabilidad, comisario!

  ¡No estoy diciendo más que la verdad, lisa y llana! ¿O acaso no coinciden los críticos y los lectores, en cuanto a que usted tiene la mente más aguda que se ha visto en varias décadas? Su rigurosidad es...

  Cuentos, comisario. Son solamente caprichos de mi imaginación. ¡No se deje engañar por la envoltura!

  —Pero Marea carmesí... ¡Si creí estarla viviendo! Cuando aparece el cadáver de la chica en la orilla, al amanecer, y el poeta la encuentra y...

  Convencionalismo puro. Soy un profesional del convencionalismo, comisario Noriega. ¡Trabajo con frases prefabricadas! Fíjese: jamás había puesto un pie en estas costas, antes de esta semana. Para mi novela no hice más que “tocar de oído”, como vulgarmente se dice. ¿Qué opina de eso?

Redondeó los ojos. Era evidente que mi sinceridad lo había desarmado. Aproveché su guardia momentáneamente baja y procedí a emplear la artillería pesada. Tras doce minutos de mi mejor elocuencia, pude permitirme un recatado suspiro… Me había autoexonerado del engorroso compromiso.

  ¡Lástima!   Noriega meneó la cabeza, al alejarse, y en voz progresivamente menos distinta le oí murmurar  : Conan Doyle al menos lo intentó con lo del “Mary Celeste”... (*)

 

A

quello debió hacer “clic” en mi ego. O posiblemente el clima alocado de la Punta se me había pegado. El caso es que ahí mismo, ipso facto, decidí emular al Gran Maestro.

Sólo que yo iba a ser más cauto que él...: trabajaría en absoluta reserva, por si acaso.

Me aparté para que los de la Técnica hicieran su labor. Supongo que debí haber puesto mis cinco sentidos en lo que estaba ocurriendo, ya que cuando menos me habría servido de fuente documental para eventuales relatos a escribirse; pero en aquel instante mi atención se vio captada por algo diferente.

La suela de uno de mis zapatos acababa de tropezar con cierto objeto, pequeño y duro, semienterrado en la arena.

De improviso, sucumbí a un ataque de estornudos. Saqué mi pañuelo con tal descuido, en apariencia, que tuve que inclinarme a recogerlo del suelo. Cuando retornó al bolsillo, albergaba en el seno de sus dobleces una menuda llave chata que ¡lo proclamaba mi bendita intuición!  dispensaría sin duda el acceso a la Verdad Total.

Ahora empezaba el trabajo de rutina.

Yo había conocido algo al viejo Brunswick, el occiso, si bien no al grado que habría sido de desear. Pero con seguridad existiría quien estuviese algo más familiarizado con él…

Todo se reducía a ubicar a los involucrados: ni más ni menos que en mis tramas.
                                                                                                                                                                    (Continua)


¡CRIMEN EN PUNTA DEL ESTE! ¡LA SOFISTICADA EXISTENCIA DEL FAMOSO BALNEARIO SE VE SACUDIDA POR LA TRAGEDIA... Y EL MISTERIO! ¿QUÉ SECRETOS SE ESCONDEN TRAS LA FRIVOLIDAD Y LA ALEGRÍA DE LOS VERANEANTES? ¿QUIÉN SERÁ REALMENTE EL HOMBRE ASESINADO? ¿QUÉ SIGNIFICA LA LLAVE QUE NUESTRO PROTAGONISTA HA ENCONTRADO JUNTO AL CADÁVER? ¿LLEVARÁ A CABO SU PROPÓSITO DE DESCIFRAR EL ENIGMA, EN SAGAZ PESQUISA AL MARGEN DE LA LEY ORDINARIA?... ¡EL REPUTADO AUTOR DE TANTAS TRAMAS POLICÍACAS, A PUNTO DE AVENTURARSE EN UN MISTERIO DE LA VIDA REAL! ¿CONSEGUIRÁ DESCIFRARLO?...

¡NO SE PIERDA LOS PRÓXIMOS CAPÍTULOS!

(*) Velero hallado al garete, sin un alma a bordo, en las inmediaciones del fatídico “Triángulo de las Bermudas”. Fue a fines del siglo XIX, y en circunstancias tan misteriosas que ni siquiera el célebre creador de Sherlock Holmes logró desentrañarlas.



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