MEMORIAS DEL OTRO SIGLO


              ¡Sólo en Punta del Este!

Capítulo 3  (Retrospectivo)________________________________________________________________

                                             

                               

 Resumen de lo publicado: En el paradisíaco Punta del Este, un luctuoso suceso turba inesperadamente la atmósfera frívola del balneario. Brunswick, un residente de origen europeo, aparece asesinado en la orilla del mar. El narrador del presente relato, reputado novelista —y presuntamente experto en temas policíacos—, vinculado en forma casual al homicidio, decide investigar por su cuenta, al margen de la pesquisa oficial, que lleva —en apariencia con escasa eficacia— el comisario Noriega… ¡Presa de comprensible sorpresa, nuestro escritor advierte ciertos elementos misteriosos, que parecen complicar el caso, retrotrayéndolo a un pasado de enigmáticas características! ¿Quién era realmente la victima del crimen? ¿Por qué se le ultimó? Tomándose una licencia literaria, el autor fantasea en tomo a estos interrogantes...

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-¿Y


QUÉ opina el novio?

Sonrió la chica, al tiempo que se echaba el pelo para atrás con mimoso ademán. Labat suspiró interiormente, aunque la estereo­tipada sonrisa disfrazó, como era de práctica, el colosal aburrimiento que lo embargaba.

 

—Bueno... —contestó la aspirante a Reina, no sin la más encantadora vacilación que pudo instilar a su bocadillo—, al principio Quique no estaba lo que se dice contento con la idea, viste... ¡Pero ahora ya lo convencí, y es mi “hincha” número uno!...

 

—jMuy bien por Quique y por su estu­penda comprensión! —Labat enfrentó a la cámara, fingiendo un entusiasmo rayano en el delirio—. Verónica Vallejo..., rubia, ojos verde mar, diecinueve años plenos de belleza, de juventud, de vida... ¡Una candidata a Reina que sin lugar a dudas hará honor al certamen!... Desde los hermosos jardines del Cantegril Country

 

Club, este canal continúa entrevistando para ustedes a las agraciadas chicas que habrán de competir por el tan codiciado cetro de Soberana absoluta de este balneario de fama internacional…

 

Hubo varias más, luego de Verónica Vallejo; las suficientes como para que Goyo Labat lamentase haber nacido. Pero el suplicio terminó por fin, y él se vio en libertad de salir disparado hacia su hotel.

 

La cita con “el austríaco” era a las veintiuna en punto; probablemente el viejo carcamal detes­taría verlo llegar tarde... ¡Oh, diablos! ¡Si se le dieran bien los dados! De lograr echarle mano al suculento capital del veterano…

Money, money, money...! —canturreó, al salir de la ducha.

 

Se vistió en un par de minutos: slip, camisa, pantalón y mocasines livianos. Le dio el toque de gracia a su peinada y luego apagó las luces de la habitación.

 

En el bolsillo de la camisa, su carta ganadora: la foto.

 

—Si fuera yanqui, cruzaría los dedos —murmuró, tras cerrar la puerta a sus espaldas— ¡Pero siendo de acá, me encomiendo a Santa Rita!

 

E

ra una miseria humana cuando volvió, pasadas ya las diez. Había salido eufórico, bara­jando de antemano los proyectos más atrevidos; inclusive surgieron por algún recoveco de su mente imágenes de Labat, realizador de filmes comerciales, “Spotlight Producciones” (marca registrada), alguno que otro mediometraje con veleida­des de festival europeo-tercermundista, el adiós final a la guaranguería televisiva, y...

El espejo del cuarto de baño devolvió un rostro lacio, cuya boca se hundía en las comisuras.
—¡Qué dolor de cabeza!.. —murmuró Labat a su lúgubre imagen.

Abrió el botiquín, con lo que el fantasma de sus rasgos osciló, desapareció de la vista y retornó después con idéntica expresión de desengaño. Una pastilla blanca se disolvió silenciosamente en un vaso de agua.
 

—¡Fui un idiota!... —dijo Labat en alta voz, mientras contemplaba el devastador e irreversible proceso de desintegración.

Tendido en la cama del dormitorio, minutos más tarde, se puso a mirar el retrato de Verónica.
—¡Mi póliza de seguros! —...y rió con amargura.

Brunswick había hecho polvo en minutos todos los sueños de tantos años... El maldito viejo había resultado un verdadero diablo: tenía los cuatro ases en la manga, por así decirlo, aparte del comodín.

No era justo, pensó Labat. ¡Tan asquerosamente rico y tan egoísta!
—¡Carcamal del demonio! ¡Un tiro sería poco para él!
 

S

imón era el judío más simpático de cuantos conociera…Tenía el hábito de caminar algo inclinado hacia adelante, con lo que su medio siglo se acentuaba visiblemente, pero nunca dejaba de mirarlo a uno a la cara ni borraba aquella afable sonrisa de su boca.

 

No demostraba esa suerte de… impersonalidad en sus servicios, que era característica de la mayoría de los camareros del Country: se las arreglaba, en cambio, para hacerle sentir a uno que su obsequiosidad era, además de sincera, exclusiva. Pocos dejaban de agradecérselo.

 

Por otro lado, sin embargo, Simón distaba de ser perfecto: le encantaba la chismografía y su ganchuda nariz era especialista en olfatear escándalos, que desde luego no perdía tiempo en divulgar...

Claro que el mirar de sus ojos era tan cándido que uno no llegaba a detestarlo por su vicio. Y después de todo (como alguna vez él mismo opinara, en tren de confidencia) a esta altura del Destape Total, ¿a quién le preocupaban las reputaciones?

A través de tal fuente nutrí mi acervo de informaciones. Fue así como supe de la vinculación de Goyo Labat, notorio locutor y animador de televisión, con el difunto Brunswick..., situación en torno a la cual, y un poco a la manera de Herodoto, me he permitido fantasear en páginas precedentes. (*)

—¿Y sólo porque Brunswick no le facilitara los fondos que necesitaba —reflexioné en voz alta— Labat pudo llegar al extremo de...?

Simón dejó fluir una de sus típicas risitas “Iddish”. Me puso la mano en el hueco del codo, no sin afecto y observó:

—Labat se marchó de Punta del Este hace día y medio... ¡Y los médicos opinan que Brunswick murió hace menos de seis horas!

—¿Cómo sabe usted eso? —gruñí.

—De la mejor fuente: Mecha, la criada, que anda con el ayudante del comisario de jueves a domingo... ¡Puede fiarse del dato!

—Coartada perfecta, ¿eh?

Se alzó de hombros, observándome con ojuelos relucientes.

—¡Habrá que seguir buscando sospechosos!

 

   (Continua)

 

¡EMPIEZA A DESVELARSE EL MISTERIO! ¿O ACASO SE ENREDA TODAVÍA MÁS QUE AL COMIENZO?... ¿QUÉ PAPEL JUEGAN EN LA TRAMA EL RESENTIDO GOYO LABAT Y EL UBICUO JUDÍO SIMÓN? ¿ARROJARÁN ALGUNA LUZ SOBRE EL TURBIO ASUNTO LAS INFORMACIONES SEMICONFIDENCIALES CON QUE EL OFICIOSO CAMARERO AMETRALLA A NUESTRO NOVELISTA/DETECTIVE? ¿PUEDE UNA FRUSTRACIÓN COMO LA SUFRIDA POR LABAT IMPULSAR AL ASESINATO? ¿HABRÁ MERECIDO BRUNSWICK —POR LA RAZÓN QUE FUESE— SU TRÁGICO DESTINO?... ¡NO DEJE DE SEGUIR CON TODA SU ATENCIÓN ESTOS CAPÍTULOS!...

 

(*) Además del Padre de la Historia, otro ilustre practicante de esta tendencia a la omnisciencia narrativa fue Herman Melville: más de un setenta por ciento del relato que hace su personaje Ismael en Moby Dick consiste en escenas que nunca presenció, en conversaciones que no tuvo forma de escuchar y en pensamientos íntimos sobre cuya naturaleza sólo pudo especular. ¡Pero el recurso ha demostrado su eficacia!



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