MEMORIAS DEL OTRO SIGLO

¡Sólo en Punta del Este!

 Capítulo4

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Resumen de lo publicado: Un asesinato, insólito suceso que viene a perturbar inopinadamente la sofisticada existencia de Punta del Este, pro­voca diversos grados de conmoción en el ambiente. Quien narra este verídico relato —reputado escritor de temas policíacos, y experto, según presunción pública, en crímenes misteriosos— emprende una pesquisa sui géneris, al margen de la investigación oficial…¿Quién ha podido ma­tar al viejo Brunswick, acaudalado residente de origen europeo? ¿Qué ocultos motivos provocarían el sórdido hecho?... Otros personajes hacen su aparición: el ubicuo judío Simón, fuente inagotable de informaciones; Goyo Labat, animador del certamen de belleza “Reina de Punta del Este”, profundamente resentido con el occiso; la bella Verónica Vallejo, firme candidata a la corona de Reina... ¿Qué nuevas revelaciones seguirán? ¿Cabrá —¡Dios no lo quiera! — la infausta posibilidad... de una segunda muerte?

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H

 abía llegado el momento.

En los jardines del Country, animadora y animador de turno jugaban al pueril “suspense” que debe preceder a la lectura del fallo de los jueces. El público moscardoneaba en torno… ¡probablemente les encantaba aquello! Para mí era la primera coronación de Reina de Punta del Este en vivo y en directo. No se me escapaba un elemento singular: parecía que imperaba una marcada uniformidad de criterios entre los circunstantes, en lo que concernía al resultado final.

En primera fila, un jovencito de ojos afiebrados se retorcía las manos, intentaba morderse los muñones de las roídas uñas y sudaba a chorros bajo el ardor de los reflectores. Simón me lo había señalado: era Quique Vázquez Sierra, el “novio oficial” de la favorita del certamen.

Hacía un calor considerable. El espectáculo, precariamente organizado, como de costumbre, avanzaba a tropezones, repartiéndose entre gratos desfiles de bellezas en reveladores atuendos, e irritantes intermedios a cargo de “grupos” melódicos de dudosa idoneidad... Creo que dormité por algunos minutos, de forma que me perdí las nomina­ciones de “misses”, princesas y vicerreina. Me despejé a tiempo, sin embargo, para presenciar el ápice del evento.

 

-Y

 ahora —anunció la acaramelada voz del locutor (un suplente de Labat, quien al parecer no estaba aún visible)— llega el momento que todos hemos estado anticipando. ¿Quién será la Reina de Punta del Este?... Tengo conmigo el veredicto de los señores del Jurado, un veredicto que sin duda ha debido emitirse con gran dificultad. ¡Porque todas las señoritas merecían la corona, habida cuenta de sus múltiples virtudes! Pero sólo una ha de ser electa, y es así que, por unanimidad y tras ardua labor de los señores del Jurado, queda coronada Reina de Punta del Este 1988...

Una pausa, risas nerviosas entre el público, un nene que corría sorteando mesas, silbidos de “acople” en el equipo sonoro, salto en el monitor de TV.

—...acreedora a los fabulosos premios que se ofrecen a la triunfadora... una montevideana... (aplausos, aclamaciones un poco vacilantes toda­vía), de la zona de Pocitos... que lleva el número 13...

Ya segura, la ovación invadió el ámbito, ahogando virtualmente la voz del locutor, que pegó la boca al micrófono para anunciar:

—...¡Verónica Vallejo!

Y se adelantó la muchacha, resplandeciente en la gloria de su juventud, enfundada en esa aureola de preconcebida pureza que emana de los pocos años y la buena salud. Realmente se veía como una reina, por encima de nuestras embelesadas miradas, radiante, soberbia...

 

E

n ese instante crucial advertí dos cosas: la primera, el boyfriend había desaparecido de su sitio, con seguridad debido a una crisis nerviosa; la segunda —y más directamente conectada conmigo y mis intereses inmediatos—, la llave que aún conservaba en el bolsillo del pantalón (mis dedos tropezaron con ella al buscar un pañuelo), persistía en su secreto, impermeable a mis elucubraciones...

Alguien me tocó en el hombro. Volviéndome, me hallé frente a la cara de Simón, que por rara excepción no sonreía.

—¿Podría venir un momento conmigo? —inquirió.

 

…D

onde fuimos estaba fresco, oscuro. Me costó habituar los ojos, tras el deslumbramiento de las luces del Country Club.

—¡Comisario! —me asombré.

Él me saludó con una inclinación de cabeza. Ahora estaba vestido con pantalón largo, aunque el planchado dejaba bastante que desear...

A su lado, Simón se frotaba las manos. Sus ojillos relumbraban en la penumbra, pero sus dientes no se distinguían. Seguía serio, a lo que podía verse.

Se repitió —dijo Noriega, brevemente.

—¿A quién mata...? —musité azorado.

—No, nada de eso —Noriega hizo un ademán impaciente—. Evite dramatizar, ¿quiere? ¡Éste se suicidó!

—¿Y le parece que puede existir conexión con...?

—¡Por favor!... —Era evidente que el comisario no había podido perdonarme mi negativa a cooperar—. ¡Esto es la vida real, no un libro de los suyos!

 

(Continua)

 

¿QUIÉN ES EL SEGUNDO MUERTO DE PUNTA DEL ESTE? ¿EXISTIRÁ ALGUNA VINCULACIÓN ENTRE LOS DOS LUCTUOSOS SUCESOS?... ¿SERÁ DE CONFIAR LA INTUICIÓN DE NUESTRO ESCRITOR/PESQUISA, QUIEN YA A ESTAS ALTURAS CONTARÁ SIN DUDA CON ALGUNA OSADA HIPÓTESIS elaborada por su fértil intelecto detectivesco? ¿quÉ roles desem­peñan en el drama los personajes ya conocidos? ¿surgirán nuevos elementos de información? ¿dÓnde se ASIENTAN LAS RAÍCES MÁS PROFUNDAS DE LOS TRÁGICOS HECHOS? ¿EN CIRCUNSTANCIAS DE ACTUALIDAD, O ACASO EN ACONTECIMIENTOS OCURRIDOS EN UN PASADO QUE TODAVÍA DEBE REVELÁRSENOS?... Y LE SORPRENDERÁN LOS CAPÍTULOS QUE SIGUEN! ¡NO SE PIERDA NINGUNO..., PORQUE LA VERDAD HA DE SURGIR EN FORMA PAULATINA…, Y CADA LÍNEA PUEDE CONTENER LA CLAVE QUE LA DESNUDARÁ!

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