MEMORIAS DEL OTRO SIGLO


¡Sólo en Punta del Este!

 

Capítulo 6

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Resumen de lo publicado: Un misterioso homicidio ha venido a perturbar, inopinadamente, la sofisticada existencia de los veraneantes puntaesteños. El narrador del presente relato, reputado novelista policial, experto en crímenes (literarios) de difícil esclarecimiento, resuelve emprender una investigación por su cuenta, al margen de la pesquisa oficial. Cuando, en trágica secuela del crimen, ocurre un suicidio en el balneario, el comisario Noriega, jefe local de las fuerzas del orden, busca la colaboración de nuestro protagonista, presunto testigo. Pero la única clave de que éste dispone es una pequeña llave, que encontrara por casualidad junto a la victima del asesinato... Para hallar su sentido en la trama, el autonombrado escritor-detective depende, a su vez, de los oficiosos informes de Simón, un locuaz camarero del Country… 

 

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-¿P

 

ero quién era, qué fue lo que...?

Los ojos de Simón, aproximándose a los míos, eran como discos de fuego.

—¡Brunswick fue el peor de todos! ¡El Mal encarnado! El ideó las soluciones más eficientes para resolver “rápido y con limpieza” el “problema judío”... Fue él quien concibió a Dachau, a Treblinka, a Auschwitz..., las cámaras de gas colectivas, los experimentos genéticos...

”Eichmann, Himmler y Bormann llegaron incluso a convencerse a sí mismos de haber sido los gestores de la infamia..., pero en honor a la verdad ese... mérito le pertenece a Brunswick, el cuasi anónimo, el desconocido…

”¡Y lo más repugnante de todo es la frialdad absoluta con que perpetró sus atrocidades! Era obvio que para él no representaba sino un trabajo, cuyo buen desempeño había de granjearle pingües beneficios. Ni siquiera odiaba a nuestra raza. Por eso, me imagino, no tuvo reparos en convivir con nosotros cuando así le convino...

Silencio. El hálito perfumado a pinares y a sal jugó en nuestras narices, y a los oídos nos llegaba, envuelto en el rumor perenne de las olas que lamían la arena, el apagado murmullo de los locales de expansión nocturna, el bramar sordo de los motores, bocinazos junto a carcajadas lejanas, voces sin nombre.

—Entonces —murmuré—, se hizo... justicia.

 

L

 os dedos de Simón, como alambres estremecidos de energía, se cerraron en torno a mi muñeca. Sentí seca la boca y no me atreví a persistir en mi indagación.

—Así debió haber ocurrido, sin duda —susurró Simón—. Quedaría bonito como final de una de sus novelas, ¿verdad?

Carraspeé, incómodo.

—¿Y no fue el caso?

Él sacudió la cabeza.

—No lo hizo ninguno de los de mi organización: le doy mi palabra. Nosotros no buscamos sangre. Es distinto nuestro objetivo: que los culpables vayan a juicio, que el mundo se entere de quiénes fueron y de los crímenes que cometieron. Eso es justicia.

—Ya veo.

—Lo otro... quizás les resulte hasta demasiado fácil.

Vibró en su tono una nota ronca, un matiz de furia vengativa (a pesar de sus palabras) que no me corresponde condenar; sólo he cumplido en registrarlo.

Todo aquello me hacía sentir desorientado. Entonces volví a recordar la llave..., el probable jirón de evidencia concreta que aún reposaba en mi bolsillo.

En repentino impulso, se la tendí a Simón.

Si él no sabe explicarme el significado, me dije, pues entonces habrá llegado el momento de abandonarlo todo.

—Encontré esto cerca del cuerpo de Brunswick, entre la arena.

 

L

a tomó. Estuvo observándola por unos minutos bajo la luz de los focos de alumbrado público...; de golpe, ante mi sobresalto, bajó la cabeza y emitió varios sonidos cuya afinidad con la risa o el llanto no logré discernir de forma concluyente.

—¡Oh, Dios! —masculló—. ¡Oh, Jehová! Sólo aquí... ¡Sólo en Punta del Este...!

Me atreví a tomarlo por los hombros. Admito que me había alarmado.

—¿Qué es, Simón? ¿Qué pasa, eh?

—Esta llave... —su voz sonó sarcástica—. A ver, ¿cómo la catalogaría usted, con esa mentalidad suya de... novelista?

—Bueno... Si se tratara de un elemento dramático, gravitante en el desarrollo de una de mis tramas, yo diría que esta llavecita correspondería a la caja sellada de algún banco, digamos, donde Brunswick ocultaba la evidencia de su pasado culpable. Más precisamente, determinada documentación escrita o gráfica, que probaría sin lugar a dudas su vinculación con la execrable...

Me interrumpí. El se había puesto a reír..., una risita ahogada y cloqueante, que parecía pugnar por estallar en carcajada.

—¡Frío, frío! —murmuró, y me quedé mirándolo sin entender...    

 

                                                                                                                                  (Concluye en el próximo episodio)

 

¿CUÁL ES LA CAUSA DE LA SARCÁSTICA RISA DE SIMÓN..., EL SÁBELOTODO? ¿TENDRÁ ÉL LA RESPUESTA DEFINITIVA A TODAS LAS INCÓGNITAS? ¿SE SABRÁ FINALMENTE EL VERDA­DERO SIGNIFICADO DE LA MISTERIOSA LLAVE QUE NUESTRO ESCRITOR-DETECTIVE HALLARA JUNTO AL CADÁVER DE BRUNSWICK?... ¿EN QUÉ MEDIDA HABRÁN SIGNADO LA VENGANZA Y EL ANSIA DE JUSTICIA EL SANGRIENTO DESTINO DE ESTE HOMBRE DE VERGONZANTE PASADO? ¿PAGARÍA SUS CRÍMENES, COMETIDOS TANTOS AñOS ATRÁS, BAJO LA MANO DE UN DESCONOCIDO JUSTICIERO?... ¡EN LA CONCLUSIÓN DE ESTE DRAMA DE MUERTE Y ENIGMAS, TODOS LOS VELOS QUEDARAN CORRIDOS... Y LA LUZ DE LA VERDAD SE ABRIRÁ PASO, ENVUELTA EN UNA TREMENDA E INESPERADA IRONÍA!... ¡NO SE PIERDA EL ULTIMO EPISODIO!


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