MEMORIAS DEL OTRO SIGLO


¡Sólo en Punta del Este!

 

Capítulo 7 (Final)

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Resumen de lo publicado: Un misterioso crimen ha perturbado la sofisticada existencia de los veraneantes puntaesteños. El narrador de este relato, novelista policial de cierta notoriedad, decide emprender una investigación privada, al margen de la pesquisa oficial. Una llavecita, que halla por casualidad junto al cadáver, más las oficiosas informaciones que le proporciona el locuaz Simón, camarero del Country, han de servirle para llegar a la solución, que acaso no alcance mediante el simple ejercicio de sus dotes detectivescoliterarias... ¡Brunswick, el occiso, ocultaba un negro pasado de crímenes..., pero también en el presente pudo haber quien desease su muerte!

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-¡N

 

o, no, no! —Simón desgranó un risueño gorgoteo.

—¿N-ooo?

—Frío —dictaminó él— ¿Sabe qué es en realdad esta llave? ¡Un duplicado de la de una de las habitaciones del hotel “InnTime”! ¡Totalmente funcional..., como las demás!

Demostré estar totalmente en ayunas.

—¡Vamos! —restalló Simón—. ¿Así que de veras es usted tan verde como aparenta? ¿Y su madurez de autor? ¿No se fijó en el corazoncito diminuto que tiene grabado la llave?

—No le presté atención. No pensé que...

—¿Cómo piensa entonces que se reúnen las parejas que desean evitar un exceso de publicidad para su “affaire”? ¡“InnTime”es el sitio apropiado! Las señoritas que ahí se hospedan mandan hacer duplicados de sus llaves, en el mismo hotel —todas con su primoroso corazoncito estampado—, a fin de que sus amigos puedan visitarlas sin problemas a la hora más conveniente. ¿Lo ve?

—Sí. Sí, claro, pero...

Me di una palmada en la frente.

—¡Ya sé de qué pieza es la llave! —proferí—. ¡Ya sé quién para ahí!

 

S

 imón asintió.Verónica Vallejo..., la flamante Reina. Yo sabía un montón de chismes relativos a ella. Por ejemplo, que aunque posaba como novia más o menos “formal” del atontado Quiquito Vázquez, se veía mucho con Goyo Labat, el de la TV... Claro que éste la quería más que nada para que le sirviese de… artículo de persuasión, digamos. Como dulce mediadora, ¿me comprende?, en procura del favor de los poderosos... ¡De esa forma creyó que podía ganarse al viejo Brunswick!

—¡Todo un rico tipo!

—Ella no estaba desconforme con el arreglo —Simón alzó los hombros, sacando el labio inferior—, siempre y cuando, desde luego, se la compensara como correspondía... ¡Vivimos una época muy... particular, hoy día!

—Me imagino lo que habrá sentido Labat —observé—, cuando le fue a ofrecer la chica a Brunswick..., ¡y se enteró de que el viejo ya había andado recogiendo las rosas de ese jardín, por cuenta suya! Supongo —añadí— que los “auspicios” del viejo, le habrán ayudado bastante a la bella Verónica en el concurso...

—Yo estaba al corriente de la situación —dijo Simón—, porque Labat, medio bebido, se me confió, antes de volverse a Montevideo con los sueños deshechos... ¡El que andaba ajeno a todo, en cambio, pobrecito, era precisamente Quique Vázquez..., hasta que la verdad llegó a sus oídos, quizás por boca de la misma Verónica!

 

E

lla habrá querido sacudirse un estorbo —medité—, ¡y sólo consiguió que el desgraciado se pegara un tiro!

—No sólo eso: ¡primero Quique, enfermo de celos, mató a Brunswick! Luego no pudo con la carga de esa culpa, sumada a su horrible frustración sentimental, y...

Callamos. Simón me había devuelto la llave, pero ya no sabía qué hacer con ella.

—Posiblemente sea esta llave la única prueba palpable de todo el drama —murmuré. Y elevando la vista hacia Simón—: ¿Por qué no fue más franco con el comisario Noriega, Simón? ¡Si lo hubiese orientado un poco en lo relativo a la verdadera personalidad de Brunswick, o le hubiera comunicado algo de su vinculación con Labat y Verónica, al menos él no habría andado tan a ciegas!

—No es santo de mi devoción, el tal Noriega —repuso él, con desusada sequedad—. ¡Jamás colaboró con nuestra causa! No la considera... relevante.

—De cualquier manera —razoné—, es cuestión de tiempo solamente. Muy pronto la pericia balística va a indicar que el arma del crimen y la del suicidio son la misma… ¡No creo que Quique Vázquez haya usado dos! Obró bajo un impulso pasional, y en tales casos no se reflexiona mucho...

 

S

 imón me dedicó una sonrisa.

—Bien distinto a sus relatos, ¿eh?

—Completamente. Mis tramas se nutren en el Lugar Común... ¡todo lo contrario de lo que sucede en Punta del Este! Bueno, tenga en cuenta que cuando escribí Marea Carmesí yo no conocía esto... —Me puse a reír entre dientes, hablando más conmigo mismo que con Simón—. Escapar a la venganza de todo un pueblo enardecido..., evadir durante décadas la sed justiciera de la humanidad..., ¡para terminar bajo la bala de un jovenzuelo celoso! ¡Qué ironía!

—Sólo en Punta del Este ocurren así las cosas —sonrió Simón.

—¡Sólo en Punta del Este! —convine, enfurruñado—. ¡Parece que por acá son alérgicos al convencionalismo literario!

———————————  F I N de “SÓLO EN PUNTA DEL ESTE”   ———————————


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