UN RELATO INCREIBLE

NEUROCOMICS

TIENES QUE DESHACERLO, tecleé en la computadora. DEBES VOLVER LAS COSAS A SU ESTADO NATURAL. YA SABES LO QUE TE ESPERA SI TE NIEGAS. Aún tenía arrestos para desafiarme, desde la pantalla:

NO QUIERO. AHORA QUE LOGRE DARLES LA VIDA, SE QUEDARAN PARA SIEMPRE. USTED NO SE ATREVERIA A TORTURARME. SU MALDITO JURAMENTO HIPOCRATICO SE LO IMPIDE, DOC.

Yo estaba empapado de sudor. Posé unos dedos temblorosos sobre el teclado. ¡Se había terminado el tiempo de advertir! El no lo ignoraba, por supuesto: estaba en mis manos someterlo a los tormentos infernales, sólo con alterar en forma ínfima la programación... Rechiné los dientes. Haría lo preciso. Por fortuna, me dije, el desdichado no podría siquiera quejarse.

¿E L COMIENZO de la pesadilla? ¡Apenas dieciséis horas atrás!

Al doblar una esquina me vi envuelto en el pandemonio. Era una avenida céntrica: el tránsito estaba embotellado sin remedio. Las bocinas ensordecían con su clamor colectivo, y los cuellos de la gente se estiraban hacia lo alto.

—¿Es un pájaro?

—¿Es un avión?

Palidecí hasta los tobillos. Era absurdo, ilógico..., no podía aceptarlo la mente racional. ¡Pero ahí estaba! He sido fanático de los cómics durante décadas, de manera que no había forma de que me confundiese. Yo conocía bien aquella rauda forma tricolor que surcara el cielo de la ciudad. Por fantástico, inconcebible, grotesco que pareciese…

...¡Superman volaba sobre nuestras cabezas!

SEGÚN transcurrieron las horas, tuve algunos encuentros más por el estilo. Vi al solemne Rip Kirby atravesar la calle, seguido por la rubia Honey Dorian, que apenas podía seguirle el paso. Ya sobre el mediodía, pasó, en veloz carrera, el mismísimo Batman, que casi se lleva por delante a Mandrake y su hueste de conejos blancos... Sir Valiente deThule blandía la Espada Cantora y clamaba a gritos por Merlín... A las quince y treinta,  Casey Ruggles fue detenido, en plena Plaza Mayor, por el porte ilegal de dos monumentales Colt .45; y, media hora más tarde, la familia Marvel en pleno dejaba boquiabiertos a los curiosos con sus alardes de acrobacia.

¡Se había materializado lo imposible: los héroes del cómic convivían, quién sabe por qué portento, con los seres humanos ordinarios! ¡Hasta podría estrechárseles la mano! O conversar con ellos…

Confieso que me sentí invadir por la euforia. Era "el sueño del pibe" hecho realidad... Soy todo un Premio Nobel, y he dictado conferencias en Harvard, Oxford y La Sorbona; pero el deleite de la hora arrasó con todos mis escrúpulos de adulto...

...Pero el encanto habría de disiparse. De repente, se ensombreció la tarde. Una monstruosa armazón metálica se tendió por sobre las azoteas de los rascacielos, aprisionándonos sin piedad... Dos niños, que hasta hacía poco gozaban de lo lindo, se apretaron contra mí, aterrorizados.

—¿Qué es eso, señor? —lloriquearon—. ¿Qué está pasando! ¡Tenemos mucho miedo!

No les contesté. Pero se me hizo un gran nudo en la garganta. ¡Porque sabía bien la causa de aquel desastre! No me sorprendió cuando la voz malévola resonó a través del magnetófono:

—-¡LA CIUDAD ESTA A MI MERCED! ¡TODOS SON MIS PRISIONEROS! ¡EXIJO DOS BILLONES DE DOLARES COMO RESCATE!

Cundió el pánico; yo me estremecí violentamente.

—¡Santo Dios! —gemí—. ¡Es Lex Luthor, el genio criminal! ¡Se me olvidaban los villanos! ¡Si han cobrado vida también,  podrían  acabar con nuestro mundo!

Comprendí entonces que aquella anomalía tendría que cesar. Una legión de seres superdotados, desde sobrehumanos paladines y hembras de belleza enloquecedora, hasta engendros de indecible aberración, codo a codo con el vulgo... ¡No sobreviviríamos a eso!

Pero yo estaba seguro de conocer al responsable... Y bien sabía que nadie, sino yo mismo, estaba en condiciones de obligarle a volver las cosas a su cauce normal.

SEIS AñOS atrás, con el Nobel fresco en mi currículo, mi creciente fama trascendió fronteras. La fabulosa Fundación Vanderhoot me contrató de por vida, siete cifras "verdes" mediante.

Mi cometido era concreto: mantener con vida al heredero, Bobby Vanderhoot, destinatario de la mayor fortuna de la historia, pero víctima, a la vez, de una misteriosa dolencia que lo habría acabado a los doce años y medio, de no haber sido por el andamiaje clínico que yo le diseñé. Gracias a tal dispositivo, Bobby recibiría alimentación directamente en el torrente sanguíneo, en tanto un pulmón mecánico respiraba por él, y el resto de las demás funciones corporales se operaba artificialmente. Su comunicación con el mundo exterior se realizaba por medio de un sofisticado programa informático; las palabras (que le resultaba imposible vocalizar), aparecían en la pantalla; nuestras respuestas, tecleadas, iban al cerebro mismo.

Una vez se me ocurrió la idea (¡minuto fatal!) de hacerle más llevadero su calvario cotidiano: alimenté los circuitos con algunas de mis viejas revistas de cómics... Ahora advertía la magnitud del error cometido. Bobby absorbió el material suminstrado con fruición de adicto; por fin -de algún modo inconcebible para mí-, su energía cerebral, acumulada durante años y años de inactividad física, consiguió proyectar a la dimensión real aquellas criaturas de la imaginación. ¡Insensato prodigio!

Así que me vi compelido a apelar a recursos extremos. Ya no se borrará jamás de mis recuerdos esa infamia mía, perpetrada en perjuicio de un inválido total; pero, mordiéndome los labios hasta sangrar, me forcé a forzarlo y conseguí mi propósito.

Su clamor cibernético flameó:

¡BASTA! ¡BASTA! ¡LO HARE! ¡¡PERO DEJE DE MARTIRIZARME ASIIII!...

Se arqueó su pobre cuerpo, entre la maraña de tubos y cables; alguna conexión saltó, y la pantalla se pobló de alucinantes arabescos.

Me di cuenta de que me había excedido... Pero ya era tarde para detenerlo.

La reacción de Bobby surgió desmesurada, torrencial..., incontenible.

¿CÓMO EXPLICAR lo que sucedió entonces? Creo que es tarea imposible. No existen palabras, de lengua humana alguna, que puedan expresar, en su cabal sentido, lo que representa para cada uno de nosotros el haber quedado reducido para siempre a ser...  

                                                                                                                                                                            por Carlos M. Federici