Última noche roja

Este es un cuento de ciencia ficción, extraído de mi libro "Llegar a Khordoora" (Montevideo, 1994, que hoy por hoy está agotado). Esta publicación va dedicada a la memoria de Ruben Hugo Bresciano que fue un buen amigo mío, partícipe de muchas de mis inquietudes a lo largo de los años de nuestra amistad en el Servicio de Prensa de la IMM. 

                   Carlos M. Federici


        CAPITULO I

 

POCO DESPUÉS de oírse el ulular tristón del abulí -repique redundante de una inalterada soledad-, Drak Ul abandonó el abrigo de su caverna y se impulsó hacia lo alto mediante vigorosos movimientos de alas.
Noche a noche sucedía igual, y aunque Drak Ul no medía el tiempo según criterios cronológicos, el peso de la reiteración acumulada comenzaba a agobiarlo, cual miríada de diminutos parásitos que se adhiriesen a su cuerpo velludo, ágil y dotado de cierta oscura belleza.
En un ritual que acaso proviniera de la más honda Raíz Universal, Drak Ul describía graciosas parábolas e intrincados arabescos, confundiéndose con el fondo negro del firmamento. Algunas veces interceptaba la roja luz que emanaba de las tres lunas, y entonces se podían distinguir sus discos, como espectros difusos y tenues, a través de la sutil membrana de las alas desplegadas. 
Planeaba con ancestral destreza, sin que el más leve rumor turbara la calma del aire nocturno; durante prolongado lapso se obstinaba en aquel vuelo, que obedecía a una compulsión tan antigua y medular que ni siquiera concebía contradicción.
-Quizás sea esta noche -musitó, en su lenguaje de ultrasonidos.
Mucho más arriba, las luminarias sempiternas parpadeaban como de costumbre, transitando sus rutas respectivas, mientras las tinieblas iban diluyéndose en pos de la fatalidad de un nuevo amanecer... De súbito, un punto incandescente se destacó entre los demás: las pupilas carmesíes de Drak Ul reflejaron su insólito resplandor creciente.
El aluvión emocional estuvo a punto de asfixiarlo. Sobrecogido de repentina debilidad, no pudo mantener abiertas las alas, de manera que se posó en un risco, sin apartar los ojos de aquel móvil fulgor.
Una secreción espesa le colmó las fauces, rebasando el dique de los colmillos.
-¿Será que al fin llegaron? -jadeó, entre crispaciones de todo el cuerpo-. ¿Se calmará mi sed?...

-LO TENGO en pantalla -informó Sotelo-. ¡Menos de tres minutos!
Pocas veces se molestaba en consultar los indicadores: todo lo confiaba a su veteranía de espaciero curtido. En cien planetizajes, seguramente no se equivocaría más de dos o tres veces, y eso por fracciones de segundo.
-No me gusta nada esa pelota roja... -opinó, desde el techo al que se mantenía adherido, el Gordo Lopescu.
Huraño y cabeza dura como buen mecánico electrónico, si alguna vez llegaba a hacer cualquier comentario favorable, en la situación que fuese, sus dos compañeros se quedaban mirándolo de hito en hito, boquiabiertos. Pero, por otro lado, no fallaban jamás en llevarle a su vez la contraria.
Era una de las tácitas bases de su sociedad, establecida desde que compraran entre todos aquella espacionave modelo T-005 y se lanzaran a la caza de fortuna por las innúmeras rutas del cosmos. "Una microempresa privada, compacta y confiable", según rezaba su publicidad. Llevaban bastante tiempo juntos los tres responsables de "JORSOLO, Inc.", pero la Fortuna con "F" mayúscula se empecinaba en eludirlos sistemáticamente.
-Cuando le aplaudas a algo, Gordo -retrucó Sotelo-, ahí habrá que cuidarse.
Siguieron cambiando pullas hasta que la seca voz de Jorgensen les puso el alto. Este Jorgensen (primera sílaba de la razón social) era un rubio flaco y huesudo, algo más joven que los otros dos, con aire de estar perpetuamente famélico. 
No se afeitaba tan a menudo como hubiese sido de desear, y la combinación agua/jabón no congeniaba demasiado con su carácter. Pero se le respetaba por ser el único integrante de la firma que podía jactarse de un adiestramiento científico formal. Sotelo se manejaba a base de instinto e insolencia, más toneladas de suerte, y el Gordo era un buen técnico; pero ahí paraba todo.
El abultado cráneo dolicocéfalo de Jorgensen (doctorado en Ciencias Físicas por la Universidad del Suroeste) era el receptáculo de la información "sofisticada". Nadie pensaba en discutirle sus opciones en los momentos de apuro.
Ahora, sin embargo, se trataba sólo de un planetizaje de rutina, si bien iban a ello sin haberse molestado en recabar el correspondiente permiso de la Federación. En rigor, y ninguno lo ignoraba, no era lícito acercarse a mundos o sistemas no registrados en la Guía General; pero desde luego que los "independientes", como ellos, solían transgredir la ordenanza. De no hacerlo así, las poderosas Multigalácticas los ahogarían sin remedio.

-A TU LUGAR, Gordo, que entramos en el Campo -ordenó Jorgensen-. ¡Y este nene es bastante más denso que la Madre! Ge y media, por lo menos... ¡Vas a llegar a los doscientos cinco, "beibi"!
Refunfuñando por principio, Lopescu "bajó" hasta su asiento, ubicado detrás del de sus socios. Se ató los cinturones y cerró los ojos.
-¿Otra vez con lo mismo? -lo pinchó Sotelo.
-¡Cábala, viejo, cábala! -repuso el Gordo, apretando una patita de conejo entre dedos rollizos-. ¡Me defeco en tus risitas sobradoras! Lo que me interesa es asegurarme de que no nos estrelles... ¡Menos que nunca contra esa bola sanguinolenta de allí abajo!
Con toda deliberación, Sotelo imprimió un brusco impulso a los controles. Sabía que la crasa humanidad de su compañero resentiría el manotazo de la inercia, y esa idea lo divertía extraordinariamente.
-¡Bestia! -resolló el Gordo-. ¿Querés hacernos papilla?
-No te angusties. ¡Aun con 2 G rebotás en cualquier terreno, gordito!
-¡Pedazo de un... negro subdesarrollado! ¡En cuanto toquemos suelo firme te voy a...! ¡Ghhh! -el estómago del Gordo le saltó al cuello.
Jorgensen estiró un brazo anguloso para aplicar una sonora palmada a la cabeza del piloto.
-¡Un poco de seriedad, hijos de... la Madre Tierra!
No eran lo que podría llamarse buenos amigos, después de seis terraciclos de vagabundeo espacial. No obstante, un lazo común los hermanaba: todos provenían de la excelsa Madre, tercera fila en el corro del Viejo Amarillo.
La situación se había agravado un poco cuando dejaron la espacionave para encaminarse en dirección de un conjunto de enigmáticas estructuras negras que mostraban claros signos de haber sido erigidas artificialmente... Lopescu, agraviado en su dignidad, se desquitó acomodándole un regio izquierdazo en pleno hígado al negro Sotelo; de no haber intervenido Jorgensen, a empujón riguroso, la cosa habría degenerado en pugilato.
Pero el camino era largo, y con G y media el peso de los equipos les doblaba las espaldas. No era cosa de despilfarrar energías; pero no eso no impedía que los dardos verbales arreciasen. 
Tras denigrarle a conciencia toda la legión de familiares y ancestros, Lopescu arremetió contra el factor étnicosocial de Sotelo:
-¡Negro y sudaca tenías que ser!
-¡Preferible a vivir manoseando amuletos, gordo supersticioso!... ¡Noo! -Sotelo hizo aspavientos de fingido terror-. ¡Por favor no vayas a echarme una de esas maldiciones rumanas tuyas, te lo imploro!
-¡Maldito el día en que me asocié con dos sudacas infradotados! -rezongó el Gordo, con la mofletuda faz más roja que las lunas de aquel mundo sin nombre.
Las salpicaduras habían alcanzado al retraído Jorgensen.
-Subdesarrollados y todo -dijo, sarcástico-, ¡bien que supiste venirte para la Surfe cuando en Eurasia llovieron misiles! Y bastante bien que se te recibió, me parece, ¿no?
-Perdón, Jorgensen -se excusó Lopescu-. No lo dije por ofender... ¡Pero es que este negro sinvergüenza saca de las casillas a cualquiera!
-¡Lo que pasa es que los gordos son muy susceptibles! -lanzó Sotelo.
-¿Y los negros? ¿Me vas a negar que viven a la defensiva, como si todos les...?
Jorgensen resopló, dirigiéndose a las deidades: 
-¿Por qué? Cielos, ¿por qué? ¿Qué hice yo para merecerme a este dúo de inútiles?
Sus voces destempladas irrumpían en el hueco del silencio reinante, como piedras arrojadas a un estanque en calma, en círculos crecientes. De pronto sonó el grito de un abulí, y los tres se quedaron helados en medio del camino.

-¿QUÉ FUE ESO? -Lopescu estaba pálido y le brillaban los ojos oscilantes.
-Algún bicho... -dijo Sotelo, en tono indiferente-. ¿Y qué importa? ¡El fobiano nos dio palabra de que no nos íbamos a topar con ninguna exovida agresiva! ¿No se acuerdan?
-¡Ese fobiano quería encajarnos la concesión a toda costa! -terció Jorgensen-. No tenemos por qué fiarnos de todo lo que nos prometió... ¡Andaba muy apurado de capital, no se olviden! Vos, Sotelo, ¿trajiste el láser?
-Ajá. Y con esto encima, no le tengo miedo a nada -se jactó el moreno-. Claro que -añadió-, yo no cargo con el fardo folclórico de mitos y leyendas que algunos...
La réplica airada de Lopescu no pasó del borde de la garganta. Porque en ese instante ululó otra vez el abulí, muy cerca..., y enseguida lo vieron.
-¡Cara...! -Sotelo empuñó el láser.
-¡Ehhh! -El Gordo pegó un salto ante la brusca aparición de la criatura, que cruzó frente al trío como una flecha sonora.
-¡Abulí, abulí, abulí! -profirió, en tanto sus veinticuatro patas articuladas levantaban frenéticas oleadas de polvo... 

¿QUÉ EXTRAñO SER ENFRENTARAN LOS VIAJEROS DEL ESPACIO? ¿POR QUÉ LA MISTERIOSA CRIATURA ALADA LOS VIGILA DESDE QUE SU NAVE SE POSÓ EN EL PLANETA? ¡NO SE PIERDAN LOS SIGUIENTES CAPÍTULOS DE ESTA FANTÁSTICA HISTORIA CÓSMICA... QUE LOS MANTENDRÁ AL BORDE DE SU ASIENTO Y CON LOS OJOS PEGADOS A LA PANTALLA! ¡LO QUE VIENE... ES MUCHO MÁS DE LO QUE PODRÍAN IMAGINAR EN SUS DELIRIOS MÁS ATREVIDOS! ¡SIGAN EN SINTONÍA..., QUE ESTO SÓLO ACABA DE EMPEZAR!