Última noche roja

CAPITULO II

-¡QUIETOS! -ordenó Jorgensen-. ¡Es inofensivo, idiotas!
-¡Pero qué adefesio de bestia! -exclamó Lopescu-. ¡Nos van a dar pesadillas!
-Interesante -comentó Jorgensen, en tono abstraído-. Mezcla de miriápodo con marsupial... ¡Aunque por la forma de gritar habría jurado que sería una especie de búho, o cosa por el estilo! -Meneó la cabeza-. Está visto que uno nunca puede estar seguro, con estas exovidas...
-¡El tipo aquél dijo bien claro que no vamos a encontrarnos con ninguna fiera! -insistió Sotelo-. ¡Y las ruinas ésas deben tener milenios! Nos podríamos hacer ricos con lo que recojamos... ¿Y un animalucho repulsivo nos va a parar? ¡Les garantizo que a mí no, por lo menos!
Los milenios habían dejado, en efecto, su impronta sobre los oscuros restos arquitectónicos. En la exótica atmósfera del planeta, la pátina del tiempo adquiría matices rojizos, invistiendo a los remanentes de bajorrelieves y esculturas con una indeterminada sugestión de Averno.
-¡Fíjense en esos dibujos! -Sotelo los bañó con la luminosidad azulina de su Portalite-. Bastante realistas, ¿no?
Jorgensen se acuclilló para estudiar el material con su lente de aumento. Guiñaba un ojo mientras emitía su informe preliminar:
-Mmm... Humanoides, sin duda. ¡Y hay mucho! ¡El Instituto de Exoarqueología nos lo va a arrancar de las manos! Lástima no disponer de un equipo como la gente...
-Sí -dijo Sotelo-. Si tuviéramos motoexcavadora...
-Puede haber algún testimonio escrito -observó Jorgensen-; grabaciones, qué sé yo... Pero, bueno..., ¡con esto tenemos para empezar!
Sotelo rebuscó en su mochila. En contados instantes se alistó para tomar las holofotos que Jorgensen iba indicándole, con entusiasmo creciente a medida que se internaban entre las ruinas. Aun Lopescu parecía radiante... ¡Por fin hallaban la mina de oro que tanto les eludiera! Diligente, sostenía un diminuto lápiz grabador, en el que Jorgensen vertía sus doctos comentarios, complemento de las tomas de vídeo que él mismo obtenía mediante una unidad de bolsillo.
-...perfectamente posible formarse una idea bastante acabada de la historia de esta singular exocultura -recitaba el rubio-, extinguida por causas aún no determinadas. 
"Resulta fascinante la amalgama entre un estilo de vida evidentemente naturista y cierta sofisticación tecnológica, fielmente registrada en los bajorrelieves. Debe anotarse, entre paréntesis, que la elocuencia de las imágenes es tal, que casi no se extraña la ausencia de textos escritos, por cuanto la sola lectura de los iconemas permite captar a la perfección el significado de cada escena representada, como asimismo la progresión cronológica expresada en sucesivas hileras de dibujos...
Sotelo disparaba sin pausa destello tras destello de la holocámara, atinando invariablemente con el ángulo de toma más apropiado. El ensamblaje de los tres socios, duchos en el trabajo de equipo, hablaba a las claras de su competencia profesional.
Absortos por completo en su labor, ninguno levantó la vista por encima del nivel de las derruidas edificaciones.

FLOTANDO en las alturas, la fosca silueta de Drak UL se cernía sobre las activas figuras humanas. Un antiguo anhelo lo estremecía; pero él retardaba deliberadamente su descenso, a fin de acrecentar su goce inminente con la anticipación del mismo.
-Volver a cumplir con mi destino... -se decía, extático-. De nuevo..., después de tantas y tantas noches, después de tan largo vacío...
El terceto de satélites escarlatas presidía aquel instante mágico. Inaudible, aunque percibida por los nervios y la epidermis, la Música de las Esferas preludiaba la ejecución de un acto surgido en los íntimos arcanos del Universo.
Drak UL era lo que era; esos hombres venidos de la Tierra habían cruzado miles de años-luz para encontrarse justamente allí, en aquella noche rojo-sangre, bajo las tres lunas; y sin que ni ellos ni Drak UL tuvieran conciencia de uno u otro factor, el inescrutable Drama Cósmico determinaba un acto trágico, que habría de consumarse inapelablemente.
Con diestros vaivenes de las amplias alas, Drak UL inició su espiral descendente.

JORGENSEN se permitió algo de disertación académica:
-Si el Hombre es, como se ha sostenido, la suma de sus conocimientos, sin duda el Hombre crecerá en cuanto asimile el conjunto de estos testimonios. La socorrida tesis de un Cosmos despoblado, erróneamente sustentada por mentalidades de magra proyección, se basa en la esterilidad de los ocho planetas solares que acompañan a la Tierra, más la carencia de vida inteligente en los mundos que han venido explorándose desde el inicio de la Era Sideral. 
"Tal presunción está siendo irremisiblemente abatida ante la afluencia de pruebas como las que presentamos. No es prudente, en efecto, teorizar acerca de un Cosmos del cual no se conoce sino una ínfima fracción..., incluso en tiempos de velocidades ultralumínicas.
Con los ojos chispeantes, hizo una pausa para tomar aliento.
-El Hombre es, también -remató enseguida ante el micro-, la suma de sus ideas preconcebidas y de sus prejuicios. Si hemos de encontrarnos eventualmente con una exocultura...
-¡¡Cuidado!!
El aullido de Lopescu los paralizó. El pequeño lápiz grabador repiqueteó contra las gastadas losas del pavimento, y el microflash de Sotelo eyectó un espasmo luminoso. 
Sin el más mínimo rumor premonitorio, la velluda forma de Drak UL se había posado a espaldas de los tres aventureros, siendo casualmente sorprendida por el rumano.
-¡Virgen Santísima! -A Sotelo se le saltaban los ojos.
-¡El Diablo! ¡Es el Diablo! -En el paroxismo del terror, el grueso Lopescu empezó a persignarse una y otra vez, interminablemente.
Jorgensen intervino, con voz tensa:
-¡Quietos los dos! ¡A lo mejor no es peligroso!
Pero cada una de sus células, depositarias de atávicos temores, contradecía a sus razonamientos... Un sudor helado le consteló la frente, se le secó la boca, y el regusto acre de la adrenalina le anegó el paladar.
Calma, pensó. ¡Aún no ha mostrado signos de agresividad!

PERO LAS imágenes de los bajorrelieves, nítidas en su memoria, le repetían sin cesar un llamado de alerta. Un ser como aquél aparecía entre las figuras, y las actitudes en que se le había representado provocaban los más inquietantes pronósticos.
La criatura, vagamente humanoide, aunque provista de seis miembros (dos de los cuales consistían en amplias alas membranosas, similares a las de los quirópteros de la Tierra), avanzó cautelosa hacia los hombres, enfocándoles constantemente con sus ojos carmesíes. Abrió la boca, y el helado lustre de los colmillos precipitó a Lopescu hacia un paroxismo de terror.
Jorgensen, cuyo intelecto le dotaba de mayor frialdad, notó que la ancha boca se abría y se cerraba según patrones definidos. ¿Articularía el ser algún tipo de lenguaje? Nada se escuchaba, sin embargo, fuera del acezar de los hombres y una que otra ahogada exclamación de miedo.
De súbito brotó un sonido de aquella garganta inhumana:
-¡Drak UL! ¡Drak UL! -y ya prácticamente lo tenían encima.
Lopescu cayó de hinojos, sollozando: "¡El Maldito! ¡El chupasangre! ¡Vrolok! ¡Vrolok!"; el moreno latinoamericano, más práctico, escapó a la carrera, con la intención de parapetarse entre las ruinas.
Una mano abierta de Jorgensen, que a duras penas contenía el temblor, se tendió a modo de simbólica barrera ante el alienígena.
-¡P-paz! -barbotó el rubio-. ¡Venimos en paz!
-¡Drak UL! ¡Drak UL!
Se enfrentaban, clavado cada cual en su sitio, a contados centímetros uno del otro. Ramalazos de irreprimible repulsión sacudían a Jorgensen, quien temía enloquecer en cualquier instante. ¡Seguramente "eso" debía ser maligno! No lograba advertir la menor traza de humanidad en los ojos alucinantes, y la expresión de aquel rostro -si así cabía llamársele-quedaba oculta tras una impenetrable cortina de vello negriazul.
Sin embargo, ¡y era lo más espantoso de todo!, de alguna forma, algo muy peculiar emanaba del ser: una sensación casi pringosamente tangible de satisfacción de un tipo indescriptible... Jorgensen se esforzó con denuedo para alejar de su mente las horrendas visiones que le asaltaron.
A través de un oscuro instinto, percibió un movimiento a sus espaldas. Sin volverse, gritó, casi en falsete:
-¡No, Sotelo! ¡No tires! ¡No hay motivo todavía!
En una violación deliberada de sus escrúpulos más arraigados, se empeñó en encontrar con sus ojos azules las pupilas siniestras del ente... Hondo, muy hondo, proyectó su sondeo. Y entonces sucedió.

UN EXTRAñO mecanismo obró en el cerebro de Jorgensen. 
Se le antojó que los movimientos del alienígena, al echársele éste encima, fluían con ritmo exageradamente pausado, como en los holofilmes de entrenamiento para espaciopilotos, en que se reproducían las acciones con meticulosa parsimonia, a fin de que se las pudiese apreciar hasta en sus menores detalles. Al mismo tiempo, los pensamientos del terrícola comenzaron a sucederse con vertiginosa rapidez.
Oh, Dios, ¡no! Se me viene encima..., tal como aparece en los dibujos de los bajorrelieves. ¡Y es real! Pero estas ruinas datan de edades pretéritas... ¡Nada de lo representado aquí puede seguir hoy con vida! A pesar de eso, la abominación se mueve y me echa en la cara su aliento fétido y, ¡oh, Cielos!, en cuestión de segundos su boca buscará mi garganta y sus colmillos... ¡Ahhh! ¡Viejo Lovecraft! ¡Tus antiguas profecías van a materializarse... en mí! 

¿PERECERÁN JORGENSEN Y SUS COMPAñEROS BAJO EL ATAQUE DE LA CRIATURA ALIENÍGENA? ¿SE TRATA EN VERDAD DE UN HORRIBLE VAMPIRO ESPACIAL? ¿O LA REALIDAD TERMINARÁ POR REVELÁRSELES COMO ALGO INCLUSO MÁS HORRENDO QUE ESO? ¡N ¡LES SORPRENDERÁ, LES DOY MI PALABRA!