TRIBUNAL MILITAR

(Primera Parte)


AQUÍ, AHORA:

 

Cuartel General de las Fuerzas Norteamericanas de Ocupación. Italia, abril de 1944.
Se celebra Consejo de Guerra: el Ejército de los Estados Unidos de América contra el soldado Patrick Finnegan Stewart, de Nueva York. Cargos: alta traición en forma de agresión directa contra uno de sus compañeros, en momentos de hallarse frente al enemigo. Pena solicitada por la parte acusadora: la máxima prescrita por los códigos militares vigentes.

...¿Qué siente el acusado, en el instante crucial..., cuando el veredicto aflora en las gargantas rodeadas por cuellos galoneados de los jueces?
¿Qué siente usted, Patrick Stewart..., hombre? 
No hay miedo.
Ante su propia sorpresa, comprueba que la sensación predominante es de laxitud..., una casi gelatinosa placidez que lo anestesia contra las punzadas de la amenaza envolvente.
¿Paz? No ignora usted que todo el testimonio humano está en su contra. No desconoce tampoco la apariencia condenatoria de los mismos hechos, que...
Flash-back: Tommy, alzando los brazos, de espaldas a usted, una silueta en la distancia borroneada de polvo...
Usted aprieta los párpados: simple reflejo. Su razón le indica que se trata de un acto inútil. Las imágenes moran en el lado interno..., y allí se quedarán por mucho tiempo; tanto, por lo menos, como le reste a usted.
Flash-back: el capitán Ashworth (uno de los dos hombres que usted ha considerado dignos de admirarse)..., el capitán Ashworth, volando en trozos sanguinolentos por el aire...
Suspira usted, Patrick. Sus mandíbulas se relajan, y advierte el dolor de los músculos tras la crispación. Un ramalazo de angustia hiende la beatitud de unos momentos antes. El pasado sigue vivo, piensa usted; y duele, tanto como dolió en su momento.
Flash-back: el sargento Figg, vociferándoles. El sargento Figg (cincuenta por ciento de alivio, cincuenta por ciento de temor para ustedes), y su cigarro. El cigarro de Figg.
A su pesar, Patrick, se le escapa media sonrisa. E1 sector analítico de su cerebro no puede evitar detenerse en esa extraña cualidad ubicua del cigarro de Figg, del humo del cigarro de Figg, que se las arreglaba infaliblemente para imponerse tanto al olor punzante de la cordita, como a la fetidez del revoltijo de sangre y barro agusanado..., y que ahora también se abre camino..., a tiempo traviesa.

ALLÁ, ENTONCES:

Italia, febrero de 1944. "Algún lugar" en uno de los tantos frentes de batalla en las inmediaciones de Anzio.
Vale decir, así le llamarán en el sobrio lenguaje de los textos históricos del porvenir. Yo le reservaba otro nombre, menos educado si se quiere, pero infinitamente más expresivo: el Último Infierno.
(Usted mira alrededor, aquí, ahora. La calma entretejida de severidad que envuelve a la sala de tribunales. Las partículas de polvo meciéndose en impalpables cunas de sol vespertino. El humo de cigarrillos —una vez que la Corte entra en sesión, fumar es interdicto; pero ninguna ley humana puede eliminar de golpe la azulada nube que se obstina en apelotonarse contra el techo, vestigio de pitillos febrilmente consumidos en los postreros minutos pre-prohibición—, las toses apagadas cuyo origen no es posible determinar... Lo “otro” parece un sueño, ahora.)
Por cierto que no pensé que iba a ser así de veras. Yo vivía de las palabras. Me jactaba de poder arreglármelas para describir con precisión cualquier sensación humana... Y es posible que, después de todo, no me engañara: los críticos decían que mis novelas valían sobre todo por su “palpitante humanidad”, Pero el caso es que en esta guerra había algo especial: era fundamentalmente inhumana.
¿Qué desbocada imaginación podía sustituir el horror de estar ahí? ¿Qué hombre, qué escritor, sería capaz de prever cuáles habrían de ser sus reacciones al entrar en contacto con la versión ’44 de Gehenna?
Rugido del sargento Figg, oloroso a tabaco: 
—¡Cochinos "krauts"!
Y fuego de morteros..., particular y malévolamente dirigido a cada uno de nosotros. ¿Pensaba uno ahí? ¿Razonaba? ¡No diría que sí! Un temor de ésos no arraiga en las circunvoluciones cerebrales. Se nutre en simas más profundas y oscuras: los mismos núcleos celulares, la cripta ancestral de los terrores primigenios, nacidos con el protozoario ciego y vacilante, con el protoplasma desnudo...
—Apresure a los cavadores, sargento —oí ordenar a la voz tranquila del capitán Ashworth.
Pausa en el fuego. Sumido en mi embotamiento, me pasmó, igual que siempre, ver al capitán y al sargento automáticamente convertidos en precisos mecanismos bélicos. Todos esperamos, listos a seguir los carriles que su indiscutible aptitud de supervivencia nos tendiera. Nadie soñaba en otra alternativa.
Figg, erguido, las botas enclavadas en el cieno, el infaltable puro entre las poderosas mandíbulas, disparaba órdenes sin tregua:
—¡Vamos, ahí! ¡Moverse, moverse!
—¡Agáchense, los demás! ¿O les molesta ensuciarse el esmoquin?
—¡La zanja, flojos! ¡Zanja, dije! ¡Nada de castillitos de arena, nenes! ¡Ésas son palas, no mondadientes!
Al sargento le corría un chorro de sangre, cara abajo, hasta colársele por entre el cuello de la guerrera. Alguna esquirla, o un trozo de roca, durante el reciente ataque... Me extrañó —de esa manera neblinosa con que todas mis sensaciones se confundían en una opacidad común— que él pudiera sostenerse tan firme sobre los pies. Porque a mí me temblaban las rodillas y la cabeza me giraba un poco, a pesar de que ni un grano de tierra me había ensuciado el uniforme.
El mundo se desplazaba hacia uno y otro lado, el centro de gravedad me hacía muecas burlonas y el suelo me reclamaba... Pero me entró por la nariz el hedor del cigarro de Figg, y, no sé cómo, me las compuse para reordenar mis trastornadas facultades.

–¡“KRAUTS” del demonio! —mordió el sargento.


El capitán Colin Ashworth le tocó el hombro, alcanzándole el casco, que le había sido arrebatado poco antes.
—Ordene correrse, sargento —dispuso—. Acá no podemos seguir. 
—Sí, señor.
Figg aflojó los puños, y su vigoroso rencor se canalizó hacia una robusta actividad. Ignorando las abolladuras, tomó el casco que le tendía el capitán y se lo ajustó sobre el ardor del tajo aún palpitante de su frente.
El horror recomenzaba. Tembló la tierra, volaron fragmentos de roca y de arbustos. Una compulsión incontenible nos atraía hacia la seguridad del suelo... Pero ahí estaba siempre Figg.
—¡A volverse por donde vinimos! ¡Muévanse, inútiles!
Su energía nos rodeó como un enorme arnés y nos arrastró en una sucesión de impulsos espasmódicos e irresistibles. Como fuese, avanzamos.
—¡Rápido, hato de ovejas, o nos fríen a todos!
(Suspira usted, Patrick, en la sala de justicia. ¿Cómo revivir tales momentos? Si tuviese que escribir sobre ello, vacilaría. Un puñado de hombres, triste apelmazamiento de nervios, carne y sangre..., ¿moviéndose por entre un diluvio de plomo y acero incandescente? ¡Demasiado increíble! No importaba, para el caso, que alguna vez hubiese sido un hecho real: la literatura no lo podría admitir, so pena de renegar de sus cánones.)
Estaba vagamente consciente de trotar entre los demás; aquí y allí advertía sus borrosas presencias..., un jadeo, un sollozo, el ruido de suelas claveteadas golpeando contra el barro... ¿Dije acaso que uno discurre allí? ¿Caben pensamientos en la médula de la demencia? ¿Caben siquiera oraciones?
—¡Al suelo! ¡Descanso! —gritó Figg.
Nos tiramos de bruces, indiferentes al golpe. Sabíamos íntimamente que esa seguridad era ilusoria, pero nos aferrábamos a lo único que teníamos para conservar un resto de razón. Cuerpo a tierra..., ¡cuerpo a tierra!
—¿No se podrá hacer nada, Pat?
Lo miré. Los húmedos ojos azules parecían inmensos en su cara brillante de miedo. Todo él era tan frágil, debajo de las absurdas ropas militares... Su miedo y su desesperación volvieron a clavárseme en la carne. Y otra cosa me dolía más aún: su confianza en mí. Su fútil confianza. ¿Qué podría esperar cualquiera de nosotros de cualquiera de los demás?
—¿Nos van a matar a todos, entonces, Pat?

(TOMMY Simms. Al principio había sido nada más que un nombre en una lista, luego... Aquí, ahora, usted aún trata

 

de definir aquello, sin conseguirlo tampoco. ¿Cuántas cosas..., cosas perdidas, y de súbito vueltas a vislumbrar..., cuántas gotas de sangre..., cuánto, significaba el muchacho para usted? ¿Influyó el clima anormal, de muerte y de violencia generalizadas? ¿Fue parte de ello aquel viejo dolor, debido a la pérdida de Buddy, el hermano casi niño que desapareció dentro de una mole de acero, en el fondo del Pacífico?... Quizá fue la suma de todo, quizá algo distinto y mucho más hondo. El hecho fue que, de pronto, en mitad del infierno, sólo Tommy Simms, el de las pecas y los ojos celestes llenos de absurda confianza en usted, resultó importante, Patrick. El resto..., se redujo tan sólo a retazos de una especie de pesadilla grotesca.) 

Procuré confortarlo lo mejor posible. Rebusqué en lo profundo algún resto de fe, pero no encontré nada. Por fin opté por apretarle un hombro, y me pareció que me lo agradecía. Durante unos momentos, Furias y Arpías de factura humana se ocuparon de zarandearnos. Luego nos aplastó una pausa asfixiante de tensión.
—¡Patrick!
Me volví. Su voz había salido estrangulada. (Alguien se estaba quejando, por ahí cerca, pero eso ahora quedaba relegado a un segundo plano desenfocado.)
—¿Estás bien, Tommy? —apremié.
Lo oí tragar saliva. Mi posición no me permitía mirarle la cara, y no me atrevía a incorporarme, porque el sargento me habría volteado de un sopapo.
—Sí, estoy... bien, Pat. No... tengo nada —murmuró, ante mi alivio—. Solamente quería preguntarte...
—¿Qué, muchacho?
—¿Por qué no nos apoya le artillería? ¡Ellos nos podrían sacar de ésta! Otras veces...
—¡Cuidado!
Nueva rociada. Vuelta a la agonía de estrujarse contra la tierra, clavándole las uñas como un amante sádico, mientras el mundo pugnaba por escurrirse de uno... Luego:
—¿Y la artillería, Pat..., la artillería? ¿Qué hacen que no...?
Era el plañido de un niño vapuleado. Me exprimió el corazón como si fuese la mitad de una naranja, porque iba dirigido a mí, a falta de alguien mejor.
—No sé, Tommy —me forcé a contestarle—. De esto no entiendo gran cosa. Pero me parece que no pueden apoyarnos mientras no se averigüe desde dónde nos están tirando los morteros.
—¿Y por qué? —Rezumaba algo así como rabia el miedo del chico—. ¿Por no desperdiciar cañonazos?