TRIBUNAL MILITAR

(Segunda Parte)

NO PUDE calcular el tiempo que transcurrió. Le estuve dando vueltas a las frases de Tommy, pensé en varias

 

cosas, me acordé de otras muchas, y por fin oí la voz del sargento Figg: 
—¡Pueden sentarse!... Parece que nos dan un respiro.
Roce de telas bastas contra el barro, chirrido de acero hiriendo alguna arista rocosa, suspiros y gemidos en sordina.
—¿Algún herido? —Reconocí el tono calmo del capitán Ashworth.
Se pasó lista. Algunos muchachos no contestaron, y vi cómo se plegaba el entrecejo del oficial. El sargento Figg, echando humo por la nariz, evolucionó entre la tropa como un tábano fornido. Pronto nos acomodó en varios grupos, cubriendo todos los frentes. Noté que llevaba un vendaje alrededor de la cabeza, lo cual me intrigó por un momento. Luego pensé que él mismo debió de haberse practicado la cura. No creo que ninguno de los demás, con excepción quizá del capitán, le habría resultado de utilidad, visto el estado de estupor en que todos vadeábamos.
Tommy Simms y yo habíamos quedado en un recodo, algo aparte del resto.
—¿Por qué? —oí musitar al chico de repente.
—¿Eh? —dije.
—¿Por qué tenemos que estar acá?
Lo miré. Había hablado en un susurro, pero el efecto resultó más intenso que si hubiese aullado. Le vi humedad en la frente y al borde de los párpados. Era un día nublado, y en nuestra actitud de ratas encuevadas teníamos las caras pobladas de tortuosas sombras. Sentí el frío del cañón del rifle anidado en mi mano. No pude emitir una sola palabra.
—¿Por qué nos robaron el derecho a vivir como Dios manda? —barbotó Tommy—. ¡No debíamos estar aquí, Pat! ¡Ni tú ni yo..., ni nadie!
Miré a lo lejos, todavía sin decir nada. Tocones humeantes, muñones patéticos..., columnas de humo sucio, llagas oscuras en la tierra...; un cielo opaco, encima. Me dije que Tommy tenía razón: no debíamos estar allí. Nadie se merecía esto. ¿Pero a quién apelar? ¡No nos correspondía a nosotros dar las cartas en aquel juego!
—Yo... yo tendría que estar ahora en nuestra granjita de Chippewa, con los viejos... ¿Cómo van a arreglárselas solos para hacer todo el trabajo? Las vacas... Te conté, ¿no, Patrick?
—Sí, algunas veces...
—¡Ya habrán nacido los terneros! Y aquellas espigas, Pat... Son como un mar amarillo, te descansan los ojos al mirarlas. Ahora estarán... ¡Oh, Dios!
Ocultó la cara. Me volví por un instante hacia el horizonte, donde por supuesto todo seguía igual que antes: gris, sucio.
—Perdón, Pat. No quisiera que pienses que aflojo, pero a veces...
—No te preocupes, Tommy. ¡Si vieras cómo te entiendo! ¿Te imaginas que yo no extraño también lo mío? —Sonreí un poco, sin poder remediarlo—. ¡Ni en cien mil años habría creído que podría decir esto, pero...!
—¿Qué?
—¡Añoro hasta el maldito
papel carbónico! ¿No es idiota? 
Se encogió de hombros, serio. Continué:
—Daría lo que no tengo por estar allá, a estas horas... En mi pocilga del Bronx, dale que te dale a las teclas... ¡Ahora lo veo como un paraíso terrenal! ¡Y pensar que había días en que me la pasaba rezongando!...
[¿Qué es lo que le parece aquello aquí, ahora, Patrick? ¿Qué le parece todo, el mundo, la vida con y sin guerra, la gente..., cuando es muy posible que pierda el conjunto de un solo golpe? Usted —o algo en su interior..., algo travieso y terriblemente inoportuno— casi se siente inclinado a reírse entre dientes. ¡
Menuda interrogante para la Novela del Año! ¡Vaya una tesis para optar al Pulitzer!...]

NOS DIMOS vuelta al oír el llamado.
 

Pero ya desde unos quince segundos antes, fuimos conscientes de esa presencia que se aproximaba, merced al fétido sine qua non que lo precedía constantemente, como los titulares de prensa a una vedette.
—¡Eh! ¡Ustedes dos, vagos!
Las leyes naturales volvían por sus fueros. El mundo giraba otra vez regularmente, dado que el cigarro de Figg seguía en su puesto de costumbre.
—¿Sargento...?
—¿Señor? —Tommy se cuadró, con un salto de su nuez.
—El capitán pregunta por ustedes,
caballeros. —Un grueso pulgar ofició de improvisado cicerone—. Si tienen la gentileza...
Nos dejamos arrastrar por su efluvio.
En el lugar mejor protegido de las recién erigidas fortificaciones, el capitán Ashworth había reunido a todo el batallón. Tommy se puso como un tomate. ¡De veras que nos habíamos apartado del mundanal ruido, nosotros dos!
Figg nos lanzó una mirada deletérea. Luego disparó un ademán de saludo hacia el oficial.
—Ya están todos, señor —y el retintín de la tercera palabra nos individualizó con mayor eficacia que un baño de pintura amarilla.
—Lamento la demora, mi capitán —aventuré.
—Los caballeros intercambiaban opiniones, señor —ironizó Figg—. Sabe usted, capitán, se trata de
intelectuales, así que... 
—Suficiente, sargento.
—¡
Sísseñor! —Figg se clavó en un exagerado “firmes”, elevando su tagarnina a un ángulo de 30 grados.
—Bien. Caballeros —y en boca del capitán ese término adquiría un significado muy especial, que todos sabíamos apreciar—: a estas alturas estoy completamente seguro de que a nadie se le escapará lo sumamente crítico de nuestra presente situación.
Hizo una pausa. Se habría oído hasta un chocar de párpados. Su firme mirada pasó por sobre nuestras cabezas. Tuvo el suficiente tacto como para no enfrentar específicamente los ojos de ninguno...; todavía no.
—No obstante —continuó—, podría existir una posibilidad a nuestro favor; una posibilidad nada despreciable. En concreto: un voluntario debe salir a reconocer los alrededores. Si logra avistar el emplazamiento de la batería enemiga, estará en posición de transmitir su ubicación a nuestra artillería, y entonces podremos esperar un importante apoyo.
(—¡
Acabando con los malditos morteros!...) —fue el callado pensamiento unánime. El aire empezó a circular con mayor facilidad a través de las narices. Incluso apareció una lucecita en todos los ojos, una lucecita que hacía rato no se veía. No podíamos evitarlo. Estaba en nuestra naturaleza aferrarnos a la primer rama que se nos tendía.
—Sin embargo —siguió diciendo Ashworth—, es justo que sepan a lo que tendrán que enfrentarse quienes se ofrezcan.
Sopló una ráfaga helada. Me estremecí dentro de mi grueso uniforme invernal.
—Hay una ametralladora muy bien ubicada —informó nuestro capitán—. Han de estar esperando precisamente a que alguno salga.... Un buen corredor, no obstante, la puede rebasar. Ésta, escuetamente, es la situación que encaramos. ¿Algún voluntario?

 
(AHORA, en la sala de jurados, usted evoca aquel instante: las bocas apretadas de los hombres, las miradas

 

huidizas, los dedos crispados en torno a los fusiles, algún botín dibujando evasivos surcos en la tierra. Ninguno de ustedes era lo que se dice un bisoño, Patrick. Habían engullido una buena tajada de La Guerra...: más que suficiente. El miedo, crudo y simple —se le ocurre ahora—, puede resultar el antídoto más eficaz contra la vergüenza.]
En el seno de aquel silencio, embarazante como una nube viscosa de “babas del Diablo”, y bajo la mirada del capitán Ashworth, que nos ceñía como arenas movedizas, una aguda sensación de malestar me aporreó la boca del estómago. Miré enseguida a Tommy... y ahí estaba eso. ¡Justo lo que había rogado y suplicado que no apareciese en sus ojos! Casi podía oírlo pensar...
Desde los siete años que había dejado de elevar preces. Sin embargo, ahora apreté los dientes y los párpados y cerré los puños en torno del rifle y, con todas las fuerzas que pude extraer de mi vacío interior, lo intenté... Aunque muy bien sabía que, de existir algún Dios, debía estar allá en lo alto, mientras que yo y Tommy y los otros chapaleábamos aquí abajo, en una infame poza de miedo y vileza; pero de todos modos traté.
Desde algún sitio me llegó el eco de una voz:
—Está bien, capitán. ¡Ya veo que me toca a mí!
Abrí los ojos. El capitán se volvía hacia alguien.
—¿Usted?
—¡Ya que ninguna de esas
señoritas mueve un dedo...! —una bocanada de humo pestilente subrayó la mofa.
El capitán Ashworth miró a Figg gravemente. Todos los demás conteníamos el aliento. Cabía en lo posible, me atreví a suponer, que las cosas se encarrilasen, si...
—Tenía la impresión de que no iba a ser necesario discutir ese punto con usted, sargento —dijo Ashworth—. ¡Sabe perfectamente que su rodilla no está en buenas condiciones! Aprecio mucho su ofrecimiento, pero me veo en la obligación de rechazárselo. ¡Para esta operación se necesita un buen corredor!
—¡Pero la herida ya no me molesta más, señor!...
—Le suplico que me deje esas decisiones a mí, sargento. 
El filo de la diestra de Figg chocó contra su sien. 
—¡¡Sísseñorr!!
El capitán Ashworth consultó el reloj pulsera. 
—Voy a esperar un minuto más —anunció.

...¿CUÁNTAS eternidades pueden caber en un minuto de ésos? Sentí algo caliente que me resbalaba por

 

la barbilla. Me froté con el dorso de la mano y me quedé atónito al retirarlo manchado de rojo... Debí morderme el labio sin darme cuenta.
—Tommy... —musité—. ¡No vayas a...!
—¿Y bien? —inquirió el capitán.
Silencio. Culpa. Y una opresión tremenda abarcándome por completo, ahogándome, más y más estrujante, hasta que...
—¡Perfectamente! 
Jamás cinco simples sílabas pesaron más... ¡
Pero Tommy seguía callado! Aun cuando las palabras, o el grito, pugnaran por escaparse por entre sus labios trémulos, Tommy no se había ofrecido aún ...; y eso, por el momento, era lo que me importaba. 
—¡Perfectamente! —repitió Ashworth, sin asomo de intención en la voz, porque era demasiado hombre como para eso—. Me corresponde a mí encargarme del trabajo, entonces.
—¡Pero, señor! ¡Usted no puede...!
—Es deber inherente a mi rango, sargento, el llevar a cabo todas aquellas misiones que mis hombres no sean capaces de cumplir. ¡Supongo que no me discutirá la verdad de esta afirmación! 
—Perdone, señor capitán, ¡pero se la discuto! 
Las mandíbulas del oficial se endurecieron. 
—¡Sargento Figg! ¡Se ha excedido!
—Sí..., señor —y los dientes se clavaron airadamente en el puro.
Entonces vomitó el cielo.
Otra vez la pesadilla de aullidos y de estruendos; nuevamente la palma de Gargantúa aplastándonos contra el suelo. Alcancé a oír un grito:
—¡Volaron al capitán! ¡Zambúllanse, idiotas!