TRIBUNAL MILITAR

(Tercera Parte)

 

TEMBLÓ el planeta bajo mi barriga helada. Me ardían las narices con la acritud de la pólvora, y mi saliva se

 

mezclaba con el barro... Agonía tras agonía, y más agonía después. La cara del Jinete Número 2. ¡Linda cara!
Volaron al capitán, sonó dentro de mí, como un eco. Me había recordado tanto a mi padre... Aunque el viejo fue siempre un pacifista declarado, y odiaba los uniformes, en un punto él y el capitán se parecían: creyó siempre en darle la cara a las cosas, por difícil que le resultara a uno. Yo era de otra laya: muchas veces elegía mirar para otro lado, levantar los hombros, contemporizar... Y ahora habían volado al capitán Ashworth. Quedábamos los demás, claro. ¿Pero de qué valíamos?
(¿Podía seguir llamándosele “humanidad” a aquel racimo lastimoso que sobrevivió al desastre?... Aun aquí, ahora, Patrick, la imagen que consigue conjurar es la de un montón de roedores, de flancos temblorosos, cavando febrilmente escondrijos subterráneos ... Todavía estaban con vida, sí; pero no sabían hasta cuándo les iba a durar.)
—¡Párense, hatajo de inútiles!
El bramido obró directamente sobre los centros musculares. Poco a poco, y sin intentar explicarme el mecanismo, comprobé que las articulaciones funcionaban y los tendones hacían lo suyo, de manera que cuando me quise acordar me encontré de pie, en relativa semiformación junto al resto del rebaño.
—¡Todavía son soldados, maldita sea! ¡En firmes!
Y de algún modo fui impulsado a cuadrarme, y los otros igual. Figg expelió una nube maloliente.
—Uno..., dos..., tres..., cuatro... ¡Por lo visto algún ángel tuerto protege a los inservibles! O puede ser que cuenten con grandes aptitudes para esconderse... Pero, ¡óiganme bien!
El cigarro nos apuntó como el cañón de un tanque.
—Óiganme bien: ¡se van a arrepentir de no haber saltado por el aire! ¡Por la maldita cobardía de ustedes acaba de morir el mejor oficial que conocí en mi vida! ¡Él valía mil millones de veces más que todos nosotros juntos! —Nos recorrió con ojos rebosantes de desprecio—. ¡Vaya un paquete! ¡Por Cristo, que les voy a arrancar la piel a tiras si antes de medio segundo alguno no demuestra que le corre algo más que agua por las venas!
Se detuvo para resollar. Después nos escupió:
—¡Hay que salir de la cueva, zorrinos! 
[Solo en su asiento de reo, Patrick, usted recuerda casi palabra por palabra aquella arenga seca, dura, y desprovista de toda gentileza. Siente la tentación de incorporarse un poco, retorcer el cuello y buscar al sargento, que sin duda ha de estar en la sala... Pero desiste. No serviría de nada. Usted siempre ha sido un extraño para él, un excluido del universo de estructuras simples y fuertemente contrastadas por donde él discurría. Con mayor razón aquí, ahora, en su aislante condición de presunto culpable... No, Figg jamás podría entenderse con usted. A pesar de que usted cree poder interpretarlo a él: lo ve como una fuerza, una energía inexorable, orientada en una única dirección. La dirección podrá no ser la correcta, Patrick, pero al menos las botas del sargento, allá en el infierno, se hundían profundamente a cada paso que daba. Y eso, Patrick, resulta envidiable en cualquier mundo que sea.]
—¿Será posible que esté rodeado de gallinas? ¿Tendré...?
—Yo... ¡Yo..., sargento!
—¿Eh?
¡No,Tommy!, exclamé en mi interior, ¡no, Tommy, no!

EL GRITO se detuvo en el comienzo de mi garganta. Murió allí mismo; y allí se pudrió... dolorosamente.

—¡Bravo, chico! ¡Ya me parecía que alguno iba a demostrar que tenía al menos un riñón! ¡A ver esas piernas, muchacho!
—Eh... Yo.. .
¿Pero Figg era ciego?, me pregunté, estremecido de cólera. ¡Si Tommy temblaba como una caña al viento! ¿No lo notaba el sargento?..
. ¡Tommy, botarate! ¿Por qué tuviste que hablar?... Un punto incandescente empezó a girar entre las capas de bruma cremosa que entorpecían mis ideas, bregando con desesperación por alumbrar un medio de evitar la fatalidad inminente.
—¡Espere..., sargento!
—¿Qué quiere, Stewart?
Avancé. Figg se erguía formidable frente a mí, sobrepasándome en altura, en anchura, en vigor, en energía, en determinación. Tenía que elegir con mucho cuidado las palabras, me dije; como cuando, en mis novelas, llegaba a los párrafos importantes.
—El chico no le va a servir, sargento —afirmé—. Será mejor que vaya yo. ¿Qué opina, eh?

LOS OJOS azules se entornaron. Una columnilla gris acero subió perezosa desde el rojo extremo de su puro,

 

 velándole parcialmente la pupila derecha.
—¡Bueno, bueno...! ¡El heroísmo se contagia, parece!
Levanté un hombro, medio en son de excusa.
—¡No, gracias, Stewart! —dijo Figg—. Usted no está para esos trotes... Si no tiene inconveniente, me quedo con el jovencito éste. Vuelva a las filas..., vaya.
Aquel tono no admitía discusión; pero me obligué a ignorarlo. Di un par de pasos más, hasta que el calor de la punta ardiente del tabaco me pellizcó casi la nariz.
—¡Me extraña, sargento! —exclamé suavemente—. Dada su experiencia, sargento, no veo cómo no le resulta evidente... ¡La juventud de Simms no compensa su falta de fogueo! ¡Está más verde que una cotorra, sargento!
Figg chupó el cigarro. Sus ojos se entornaron.
—¿Le parece, Stewart? —dijo con peligrosa amabilidad.
—¡Ése se va a perder! ¡Apostaría el fusil a que se pierde, sargento! No tiene el menor sentido de orientación...
—¡Bueno, no tanto, Pat! —protestó Tommy, enrojeciendo—. Yo...
—Cierra el pico —le corté—. ¡Si lo sabré yo, sargento, que a cada momento lo tengo que ayudar a encontrar al pelotón!... Y nada de ofenderte, Tommy —añadí, sin mirarlo—. Acá las susceptibilidades hay que dejarlas a un lado. Estamos en un juego demasiado bravo como para pararnos en esas nimiedades! ¿No es así, sargento?
Figg encogió los macizos hombros. Se frotó la nuca con la mano, mientras dejaba escapar humo por las fosas nasales.
—¿Y usted se orientaría mejor que él, no es eso? —me lanzó por el costado de la boca.
—Yo puedo llegar a la colina en menos de diez minutos —aseguré.

FIGG se estrujó la cara, y oí con toda claridad el riss-rass de los duros pelos rojizos de su barba al doblarse

 

bajo la presión de los dedos. No cometí el error de apresurarlo.
—Charla bien, Stewart —admitió por fin.
—Mi intención es presentar las cosas como son —dije—. En su aspecto real.
—“En su aspecto real”... Sí, claro —Me apuntó de golpe con el cigarro—. ¡
Real, Stewart! ¿Se da cuenta? ¡No se trata de una de esas novelas suyas, eh!
—¿Por casualidad leyó alguna? —se me escapó. 
Figg hizo un ademán desdeñoso.
—¡Ni falta que me hace!... Entérese, Stewart: acá a uno lo agujerean en serio. ¿Se da cuenta de lo qué significa eso?
—Conozco los riesgos, sargento. No se olvide de que llevo... cierto tiempo aquí... Y acuérdese de que no nos sobra el tiempo para discutir... En cualquier momento nos empiezan a dar de nuevo, y...
Hablé durante unos momentos más, espatulando con el mayor esmero la arcilla psíquica de Figg, hasta que al fin cedió.
—Pensándolo bien —dijo—, no deja de tener cierta razón... Está bien, le voy a dar el gusto, Stewart. Puede ir con el chico. 
—¿Ir los dos? ¿Que vayamos ambos, dice?
—La gran pareja, ¿no cree?
Tuve que conformarme con esa victoria a medias. Fingí acuerdo absoluto y atendí a las instrucciones. Ya me las compondría para encontrar alguna solución, sobre la marcha.
Alguna... solución. Me recorrió un escalofrío. ¡Quizás...!
—¡Eh, Stewart! ¿Está dormido?
—¡Uh! Perdone, sargento. Yo...
—¡Le dije que repitiera el plan!
—No se preocupe, señor. Me sé bien la letra: corremos hasta el recodo, descansamos, Tommy sale a campo abierto, con el
walkie-talkie a cuestas. Yo lo cubro...
—¿Y usted, Simms?
El chico tragó saliva.
—Yo... Corro hacia la colina..., agachado, tratando de eludir a.., la ametralladora. Cuando llego a la colina, busco desde arriba el lugar donde tienen emplazados los morteros...
—¡Y se lo pasas como un rayo a nuestra artillería! —bramó Figg.
Adelanté precavidamente la barbilla.
—Ahora que lo pienso —dije—, no veo muy bien que se exponga él solo...
—¡Y no se va a exponer solo! —el sargento me sonrió ácidamente—. Usted también va a ir a la colina tras él, Stewart. Sólo por si sucediese algo... ¿No quería ser héroe, Stewart? ¡Pues va a salirse con la suya! 
—No me estoy quejando —repuse—, a pesar de que no se ha pensado en cubrirme a
. ¿Salimos ya?
—¡Revisen las radios antes de irse! —gruñó Figg.
Tommy y yo nos ayudamos mutuamente a verificar el funcionamiento de los
walkie-talkies. Enseguida, el control final de rutina, previo a cualquier salida. Fusiles, cuchillos, etcétera... Todo O. K., al parecer.
Lancé un ademán hacia el sargento, y empujé a Tommy por delante de mí.
—¡A ver cómo te portas con las piernas!... —le susurré.

DOBLADOS por la cintura, gastamos casi siete octavos de nuestra respectiva dosis de aliento antes de llegar

 

al recodo. Llegado el momento, no se necesitó de seña alguna. Como si fuésemos uno, ambos nos tendimos a descansar. Cada cual se concentró en si mismo, sin hablar. En tales momentos, los pulmones son los que mandan.
De súbito percibí que el jadeo de Tommy se aceleraba. 
—¡Empiezan... de nuevo, Pat! —barbotó.
—¡Mejor así! —resollé.
Me miró como si me hubiera vuelto loco de repente. Tuve que emplear algo de mis preciosas reservas de aliento para explicarle:
—Esta vez... el fuego de morteros... nos conviene... Puede... ser que se... descuiden los de la ametralla... dora...
¡Ahora! —disparé—. ¡Prepárate a correr!
—¿Te... te parece que es el momento?
“Para mí”, pensé, “es el momento justo.”
—¡Vamos, campeón! —exclamé—. ¡A mover las rodillas!
Tommy vaciló, en una posición inmediata al salto. 
—Antes me gustaría...
—¿Ahora qué te pica? —inquirí, con fingida impaciencia.
—¡Tú fuiste el mejor amigo que nunca tuve, Pat! ¡Esto te lo tenía que decir ahora! Lástima que nos hayamos conocido en medio de esta porquería de guerra... Pero quiero que sepas que tú me lo hiciste todo... más fácil, Pat.
—No desperdicies tu resuello. —Lo golpeé en el casco, empujándolo hacia afuera—. Hasta pronto, chico. ¡Dentro de diez minutos nos vemos en la colina! ¡Suerte!
—Hasta... pronto, Pat.
Y se lanzó hacia campo abierto, con el fusil listo. A nuestro alrededor detonaban los obuses, y era como si algún gigante se entretuviese en lanzar bocanadas de humo y puñados de tierra por doquier.
Está a medio camino, pensé. Hay rocas cerca... ¡Tiene que ser ahora!...