TRIBUNAL MILITAR

(Final)

YEN UN instante quedó hecho... El olor de la pólvora detonada me cosquilleaba en la nariz, el caño

del arma me quemaba el hueco de la mano, y Tommy, allá, unos cuantos metros delante de mí, había dejado de correr.
Me pasé la manga por los ojos.
—Era... la única manera —musité.
Y me puse en movimiento. De pronto el aire hirvió en torno a mí, hubo silbidos brutales rozándome la cabeza.
—¡Me vieron!
Un arrancón ardiente en la mejilla, y comenzó a sangrarme. No me le di importancia. Sólo atendía a la ligereza de los pies. En tres saltos más alcancé las rocas.
Me apreté contra ellas. Ahora todo era cuestión de aguantar, y...
Pausa.
...Me abalancé sobre el cuerpo yacente de Tommy, lo aferré en una presa inflexible y lo atraje conmigo, de vuelta al reparo de las rocas.
La sangre me resbalaba por el pescuezo, pero le hice el mismo caso que a un soplo de viento. Mi atención se concentraba en Tommy. Lo examiné rápidamente.
—¡Menos mal!
No era nada serio, según me pareció. Abrió los ojos y, tras moverlos desatinadamente unos segundos, los enfocó en mi. Su frente pecosa se arrugó.
—¿Pat?... —gimió— ¿Qué...?
—¡Shh! ¡Tranquilo, compañero! ¡Descansa!... Yo me encargo de todo. En un par de minutos vuelvo a recogerte... 
Volvió a desmayarse.
—Mejor para él —murmuré.
De los próximos minutos iba a depender todo. Calculé la distancia que me separaba de la colina. No era mucha, aunque la ametralladora me iba a dar bastante baile todavía. ¡Pero ya vería cómo me las arreglaba con eso!
Miré a Tommy, tan tranquilo... Para él se había terminado la guerra.
Herido en combate: ¡ahora lo tendrían que mandar de vuelta a casa!... Eso era lo que contaba para mí.
Inspiré con fuerza, me así al fusil y me lancé...
[Aquí, ahora, usted reflexiona —quizás tardíamente— en la extraña cualidad de los imprevistos. Su precaución era contra la ametralladora. No tomó en cuenta a los morteros. No se le ocurrió que los observadores, así como habían avistado todos los desplazamientos de su pelotón, también podrían ubicarlo a usted... Ahora, muy lejos de todo aquello, le parece ver a los otros actores de la pesadilla: hombres rubios enfundados en chaquetas color aceituna, afanándose alrededor de las candentes piezas de artillería ligera. Alguna voz debió haber gritado una orden, en el restallante silabeo teutónico... Y la suerte fue echada.]
...y fue tan súbito que ni llegué a sentir nada. Como si algún humorista hubiese desconectado el día para mí.

UN PUNTO de dolor —el ápice incandescente de una sañuda aguja— me trajo de vuelta al tormento

de la conciencia y del martirio de la carne magullada.
—Oh... ¡Unnhh!
Por entre los dedos con que me apretaba el cráneo se colaba un ardiente flujo de vida, para mí únicamente un estorbo obnubilante y pegajoso. Me limpié con la manga, sacudiendo una cabeza rellena de plomo puro.
—Me... pescaron... bien.
Ocultos resortes se pusieron en funcionamiento; ruedecitas dentadas y ejes y palancas que debí de tener en reserva sin sospecharlo. El resultado fue que conseguí incorporarme. Sentía que cada trozo de mí rechinaba y gemía, pero el caso era que los movimientos iban sucediéndose uno al otro según se requerían.
—Debo de haber dormido un rato —razoné—. Pero creo que todavía puedo correr... ¡
Otra vez! ¡Les están dando otra vez! —Más estallidos hacían retemblar las inmediaciones—. ¡Me tengo que apurar!
Y la asombrosa máquina [ni aun aquí y ahora, Patrick, halla expresión más apropiada para algo que no ha logrado explicarse] hizo su trabajo y en un momento dado me encontré en la cima de la colina y ubiqué la batería enemiga con una facilidad que no me habría atrevido a soñar.
Como un improvisado Kean interpretando el diálogo de Hamlet, entré en contacto radial con nuestra artillería, transmití las coordenadas y obtuve el resultado apetecido.
Minutos más tarde, detuve la mirada en la gruesa columna de humo negruzco que adulteraba la atmósfera con una mezcla de hedores, elevándose hacia el achaparrado disco solar..., sorprendentemente pegado al horizonte.
Me sacudió una tremenda realidad.
—¡Casi se puso el sol! Entonces...
Debí haber estado desmayado más tiempo del que pensé. ¡Tal vez más de dos horas!
—¡Tommy! ¡Oh, Dios!
Corrí, olvidándome de que estaba medio muerto. 

NO PUDE sorprenderme extraordinariamente cuando llegué. Era lógico y razonable... Las fibras de

sentido común que se entrecruzaban en la trama de mi mente, me lo dictaban sin lugar a dudas. Como dije, no me sorprendió. Pero me hirió como una bayoneta hundida en el bajo vientre.
—Oh, Tommy...
Un hilito de sangre había escapado por entre los labios amoratados, corriéndole por la curva del pequeño mentón, y después unos cuantos centímetros sobre el suelo, antes de que la tierra lo absorbiera. Tenía el tono oscuro de la coagulación... Oí zumbar moscas.
Todo se enturbió delante de mis ojos. ¿Cómo
podía haber previsto aquellas dos horas de inconsciencia?... Abandonado, se había desangrado irremediablemente. Traté de convencerme de que debió ocurrir sin que él se diera cuenta de nada.
...El crepúsculo tendió una inmensa bandera de cinco o seis colores a través del cielo. Sopló un viento frío, y la herida de la frente y el corte de la mejilla empezaron a pulsarme dolorosamente.
Me moví sin plan alguno, por simple inercia. Mis borceguíes marcaron profundas huellas sobre el fango viscoso. No me fijé en qué dirección me encaminaba.
—¡
Párate, cerdo!

EN MEDIO de mi espeso aletargamiento, no respingué. Los tendones del cuello jugaron perezosos y

por fin el tardo giro de mi cabeza cruzó mi campo visual con el origen del grito.
Un grupo indeciso de pliegues fue abriéndose camino a través de mi frente.
Sargento... Figg.
—¡Inmundo traidor! ¡Sucio cobarde!
No entendía. El odio y los golpes caían a la vez, como música y letra de un himno mortal, hundiéndose en el colchón de mi estupor.
—¡
Te vi dispararle al chico, maldito! ¿A qué vienes ahora? ¿A regodearte en tu obra?
Se cernía sobre mí, una colosal entelequia letal. Sus manos airadas descendían desde alturas inconmensurables para magullarme las carnes y astillarme los huesos.
—¡Te podría despedazar con las uñas, cobarde traidor! ¡No quedó uno solo vivo, allá abajo! ¿Oíste, miserable? ¡Los reventaron a todos! ¡Qué bien lo supiste hacer! ¡No quedaron testigos!...
¡¿No, eh?!
[En forma maquinal, usted se tienta con el índice la larga cicatriz que todavía se le marca en el pómulo izquierdo, hasta la nuca. ¡Cómo debió haberlo odiado, para herirlo así con las manos desnudas! ... Y aquí, ahora, en frío, usted no es capaz de devolverle odio por odio..., imaginándose lo que él debió de sentir en aquellos momentos.]

QUISE hablar, pero tenía los labios tan destrozados que no me dejaban articular ni una sílaba.

De todos modos, tampoco habría sabido qué sílabas articular, porque mis propias ideas no acertaban a adoptar una forma definida... Una furiosa bofetada me hizo saltar dos dientes. Los vi volar, dos partículas blancas manchadas de rojo, y oí cómo caían en el barro, junto a mi oreja derecha.
“¡No quedaron testigos!” —rugió, con horrible tono de burla—. ¡Eso te creíste, cerdo asqueroso! Pero a mí se me ocurrió seguirte..., ¡ja, ja, ja! —no quisiera volver a oír jamás aquel remedo de risa—, ¡ja, ja! ¡Para que no quedaras sin protección cuando salieras a campo abierto detrás de Tommy! ¡Sin protección! ¡Ja!... ¡Y entonces te vi tirarle al chico por la espalda!
Colgaba lacio de las garras del sargento. Entre una niebla roja, punteada de destellos deslumbrantes entreveía una máscara alucinada, que me quemaba la cara con su aliento de odio.
—¡Y no pude hacer nada! ¡Nada!... Los del mortero me inmovilizaron hasta que fue muy tarde... Te perdí de vista... ¡Pero ahora te vas a arrepentir de haber vuelto! ¡Rata! —Su enorme fuerza me sacudió en el aire como a un montón de trapos—. ¡Rata hedionda! ¡Los dejaste morir a todos!
Era como si alguien..., muy lejos..., curtiese un cuero o hachara leña. Golpes, golpes. Saltaba la sangre y cedían los huesos, pero todo era muy distante.
—¡No me importaría matarte a golpes, sabandija! ¡Pero sería demasiado suave! ¡Demasiado rápido! ¡Quiero que sufras! ¡Que pases por la tortura a fuego lento de un juicio por traición! ¡Vas a saber lo que es el desprecio de todo tu país..., lo vas a ver retratado en la cara de todos los que te miren!
Mis pies tocaban tierra, de algún modo. Un puño sin piedad me estiraba el espinazo, aferrándome por el pelo, de manera que me mantenía erguido como un flojo monigote.
—¡Aunque sea lo último que haga en la vida.., me voy a ocupar de que te cuelguen! ¡Te veré retorciéndote en la horca! 
...
En la horca... En la horca... En la horca...

DE NUEVO AQUÍ Y AHORA:
 

Cuartel General de las Fuerzas Norteamericanas de Ocupación. Italia, 1944.
Consejo de Guerra. Acusado: usted, Patrick Stewart. 

¿Culpable?
¿Inocente?
¡Los labios del presidente del jurado están abriéndose!...
...Y no existe miedo en usted, Patrick Stewart. Porque, una cosa sabe. Cualquiera sea el juicio de los hombres, militares o no, no ha de ser definitivo.
Deposita usted su confianza en otro tipo de justicia; una justicia tal que es capaz de abarcarlo todo en sus evaluaciones..., desde la emoción más elemental hasta la callada desesperación de un alma atormentada. De una justicia así, usted no puede sentir miedo, sino únicamente reverencia. Se abandona usted a esa Justicia. 
“Yo bien sé”, piensa usted, “que tú comprendiste, Tommy; que tú comprendes..., dondequiera que estés.”

                                                                                F I N

Posdata:
A mis queridos lectores, consumidores de estos retazos de mi inspiración, a ese puñadito de espíritus afines —que quiero creer que existe—, tan fieles y constantes como para seguirme al menos en parte de mi trayectoria, que ya va cumplir sus 45, les regalo, a modo de apéndice, el cuadrito final de la versión historietística de este relato. Dicha versión, desde luego, fue realizada mucho más cerca de los días que corren, al filo mismo del milenio, en tiempos, por consiguiente, bastante más cínicos que aquellos, tan distantes de lo contemporáneo, en que el germen primigenio de esta historia surgió como una posibilidad de creación intelectual y comunicadora. Muchas gracias por su atención.