CARTA
A MARÍA
“No nos vemos:
Edmond Rostand
“CYRANO DE BERGERAC”

Yo, quien separó la luz de las tinieblas, quien todo lo puede y creía ser el
dueño del saber, aquí estoy dictando estas palabras, porque ya no tengo paz en
mi existencia.
Hago una pausa en el transcurrir infinito, y me doy cuenta de que el Hombre
sigue siendo mi mejor creación, la más compleja y la más bella.
Unico en sentimientos y virtudes.
Pero desde el principio reclamó atención, porque si bien estaba hecho a mi
imagen y semejanza, se mostró tan misterioso e incomprensible en su manera de
actuar, que decidí observarlo desde muy cerca. Su conducta a veces era cruel,
impredecible, con impulsos e intenciones que yo jamás había imaginado.
Pero por más que lo siguiera en sus jornadas nada lo justificaba en ese devenir
errático y cargado de fallas, y todo continuaba sin explicación.
Fue entonces por la ausencia de respuestas que decidí convertirme en uno, para
tratar de comprenderlo desde su propia dimensión.
Muchas vidas, muertes y nacimientos transcurrieron antes de encontrar el momento
adecuado para dibujar mi huella sobre la tierra. Finalmente elegí, sería al
mismo tiempo que mi Hijo, a quien le había encomendado enseñar la Nueva
Palabra.
Quise también observarlo a El durante su andar entre los seres perdidos.
Y tú, mujer, fuiste la elegida para llevarlo en el vientre, amamantarlo y verlo crecer.
Estuve con El cuando marchó al desierto.
Fui la brisa helada que atería sus miembros en las noches, y el sol abrasador
que resecó sus labios en las duras jornadas sobre las rocas. Lastimé su piel y
enceguecí su espíritu tentándolo con lo inalcanzable hasta hacerlo sentir el
más abandonado de los hombres.
Y así continué hasta el momento en que comprendió finalmente, cuál era su
misión. Solo entonces permití que regresara.
Así como tú tienes el aceite en un ánfora y el vino en una jarra, las metas
de su existencia ocuparon el lugar correcto en su mirada.
Al comienzo estuvo solo, andaba entre los que nada tenían para perder. Dobló
su espalda junto al labrador en la lucha por arrancarle vida a los terrones áridos,
golpeó piedras en las canteras y durmió al costado de los caminos.
Nada pedía a cambio de su palabra. No se imponía, vivía entre iguales
comiendo el mismo pan duro a la luz de un candil.
Así, de a poco fue siendo comprendido y su voz atravesó muros, valles y montañas.
Llegaban de muy lejos para escucharlo, para acompañarlo en ese andar sin metas,
sin rumbos y sin descanso.
Yo lo observaba en silencio.
Estuve entre la multitud que iba a lapidar a la adúltera y entre los que
lloraban a Lázaro.
El tiempo fue pasando y algo comenzó a cambiar en el espíritu de quienes lo
seguían: su palabra estaba adquiriendo importancia.
Inicié entonces una conjura en su contra para desprestigiarlo, para que hasta
El mismo dudara.
Pero de alguna manera extraña, quizás siguiendo designios ajenos a los míos,
sucedió lo contrario.
Con la persecución, su figura más se engrandecía. Y además el que jamás
separara sus labios cuando le preguntaban si era mi Hijo alentó suposiciones,
fortaleciendo la Fe.
Entonces descubrí que Yo estaba dejando de ser el Unico. Estos desposeídos que
lo miraban como nunca nadie lo había hecho conmigo estaban olvidando quién, en
verdad, lo había enviado.
Ante esto me uní en silencio a sus filas. Me hice visible frente a sus ojos
como uno más, con las mismas dudas y los mismos deseos de creer.
El nada notó, salvo cuando nuestras miradas se cruzaban; entonces callaba un
momento y parecía sumergirse en su memoria en busca de algo; pero sacudía la
cabeza y desistía del intento.
A su lado marché, dormí, hablé y escuché. En sus labios mis principios más
complejos se simplificaban, y los secretos ocultos eran ahora comprendidos por
el más oscuro sujeto que cruzara nuestro camino.
Día tras día fui sintiendo cómo, en cierta manera, El valía mucho más,
porque en pocos años estaba logrando lo que Yo nunca: entrar sin dificultad en
el espíritu humano y arraigar allí como una simiente, sabiendo que tarde o
temprano germinaría dando frutos.
Se nombraba a sí mismo como uno más, igual en las fallas y errores, virtudes y
defectos... Y Yo estaba cada vez más solo en mi perfección absurda; era el
impoluto entre los sucios y por ello quien menos sabía, quien menos entendía.
Pero mientras Yo me sentía más disminuido, curiosamente El no crecía,
continuaba siendo igual a quienes lo rodeaban.
Una tarde llegué hasta su lado preguntándole si los hombres éramos más
importantes que Dios mismo por ser su creación, o en cambio El lo era por
habernos hecho.
Ayudábamos a unos pescadores con sus redes.
Los otros callaron esperando sus palabras.
Sin dejar de trabajar me indicó que mirara hacia el agua.
“¿Qué ves allí?” preguntó.
“Agua”.
“¿Qué más?” preguntó de nuevo.
“Redes”.
“Bueno, muy bien. Y ahora que recogemos las redes vacías, dime otra cosa:
¿Qué hay dentro de ellas?”
“Pues nada” respondí.
“Mira mejor”.
“Además del agua, nada”.
“Pues sí,” dijo “hay agua dentro de la red, agua que se escapa y vuelve a
entrar mientras las movemos”.
Calló un momento.
“¿Dime dónde está metida la red?” continuó enseguida.
“En el agua” y proseguí su razonamiento. “El agua está dentro de la red,
y la red dentro del agua. Una se mueve, transcurre y se desplaza a través de la
otra”.
“Tienes razón,” dijo. “Y ahora que has comprendido,
dime: ¿Cuál de las dos tiene mayor importancia?”
“Pues el agua, por supuesto, porque sin ella no habría peces..., pero...”
me interrumpí.
“¿Pero qué?” interrogó con una sonrisa.
“Pero..., sin la red nos sería imposible pescarlos y no importaría que
estuviesen allí o no”.
“Eso mismo” dijo. “Cada parte existe en razón de la otra. No vale una más
y otra menos, sino que se necesitan. La red sin agua es un manojo de hilos y
nudos, y el agua sin red no tiene sentido. El agua envuelve, rodea, dirige y
atraviesa a la red, complementándola de una manera indivisible”.
Callé un momento, y por fin dije: “¿Qué son entonces los peces?”
Levantó la mirada de sus manos y sonriendo de nuevo, me respondió: “El
Conocimiento te dará esa respuesta”.
Volví a quedarme en silencio.
Había definido perfectamente el secreto de la relación entre el Universo y Yo.
A partir de ese día lo respeté y comencé a temerle.
Más tarde entramos a Jerusalén.
Las ramas de palma y olivo que ondulaban a su paso eran peores que mil látigos
en mi espalda cansada.
Lo había logrado.
Aquellos que nada tenían eran ahora los poseedores de la mayor riqueza.
Y todo era su obra, no la mía.
Me sentí el más insignificante de los seres, sin valor, sin importancia, y con
la certeza de que si Yo desaparecía para siempre en ese momento, solamente
quedaría de mí el recuerdo..., o quizás ni eso.
No
podía permitir que mi propio Hijo me hiciera a un lado de aquella manera
Fui entonces donde Caifás y los otros, y susurré en sus oídos dormidos que
aquel hombre venido de Nazareth los quería desplazar del poder para siempre;
que era imprescindible hacer algo para evitarlo.
Les sugerí que intrigaran frente a Roma, que lo detuvieran.
Aparecí también ante ellos, a la luz del día, como un renegado ofreciendo
entregárselos esa noche de Pascua en el huerto donde descansábamos.
Me preguntaron por qué lo hacía. Les dije que no podía permitir que quienes
merecían el reconocimiento del pueblo fueran opacados por un pescador, un
caminante, un hombre con sandalias.
Rieron y me aclararon que su pregunta se refería al precio de mi villanía.
Callé. No supe que decir.
Uno de ellos me ofreció treinta denarios.
Yo bajé la cabeza.
Tan poco valía su vida.
Me fui en silencio con la mirada hacia mis pies descalzos.
En la puerta escuché un grito entre las risas, querían saber como lo reconocerían.
Sin volverme les dije que lo besaría en la mejilla.
¿El resto? Fue un precipitarse de todo.
Llegó la noche y El se comportaba como si ya supiera lo que iba a suceder. En
un momento cruzamos nuestras miradas y me sonrió con una pena antigua que iba más
allá de la vida y la muerte. No pude sostener aquello y bajé mi cabeza
avergonzado.
En la cena anunció que uno de nosotros lo negaría tres veces antes de que el
gallo cantara.
Hubo sorpresa.
Luego agregó que otro lo traicionaría.
Mayor fue el asombro para todos, menos para mí, que en la penumbra lloraba.
Quizás fui el único a quien aquel trozo de pan le supo a su cuerpo, y el sorbo
de vino a su sangre.
Cuanto decía era para mi, el Padre oculto entre los demás, su Creador, su
Mentor, su Guía, y quien lo entregaría con un beso.
Cuando llegó el momento, en el huerto, me acerqué lentamente a su lado.
El, sin abrir los ojos susurró: “Hazlo ahora... Tu deseo es el mío...”
Nada dije y apoyé mis labios en su mejilla.
Entonces levantó la cabeza, me miró a los ojos y dijo, casi sin sorpresa: “¿Tú?
¿Eras tú, entonces?”
Enseguida lo apresaron y se lo llevaron.
Yo huí, horrorizado por la culpa. Fui donde Caifás a rogarle que lo liberara,
pero no me recibió, simplemente un criado puso en mis manos la bolsa con los
denarios.
Cuando estas palabras sean leídas en tu presencia, yo habré quebrado el mayor
de mis principios al segar mi vida de hombre.
Y estaré de regreso en mi lugar más solo que nunca..., sin haber comprendido
nada.
He sido derrotado para siempre por el único que podía hacerlo: Yo mismo.
He destruido al fruto de tu vientre..., he matado a mi Hijo, y eso no tiene
justificación.
Si puedes perdonarme, por favor hazlo, porque yo no lo logro.
Nada más tengo para agregar.
Bendita seas por siempre María, entre todas las mujeres.
JUDAS
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Autor: Guzmán Bañales Copyright 1998 |