John Argerich

"El amasijo"

 

Notas del exilio

 

CAPRICHOS DE LA MODA
(Donde se habla de ver caer las hojas mustias

como otro sueño truncado, si espicha

la minifalda que alegraba la visual)
 

                 AA                                                                                                                                                           
 “Hojas del árbol caído,
juguetes del viento son…
-dijo el poeta, al empezar octubre-
Las ilusiones perdidas,
son las hojas desprendidas
del árbol del corazón"
Llegó el invierno al hemisferio norte, señores, con frío y oscuridad. Pero analicemos sus causas, sirviendo esos versos como poesía de denuncia. Arrinconados como estamos por los fabricantes de telas. Una barra de inadaptados que, sin escrúpulo alguno, pretende hacer fortuna a costa del triste grasa de a pié. Siempre esperando que se cruce algo como la gente en su camino, cuando va sin la señora. Y si las minis de pronto dan paso a unos horrendos tubos telescópicos que llegan hasta el tobillo, imagínense la procesión. ”Sueños truncados”, dirán los más sensibles, pero eso deja mucho que agregar. Durante el verano nos habíamos acostumbrado a no tener que imaginarnos más nada. Todo a la vista, como en las buenas rotiserías. Entonces uno atropellaba con una sonrisa, seguro de sí mismo, y el corazón lleno de adrenalina, latiendo a 100. Los riesgos de levantarse un loro o una renga se habían minimizado, con esas polleritas que dejaban casi todo el objetivo al alcance del radar. Pero si se impone esta terrible moda de la mujer envuelta en kilómetros cuadrados de tela, muchos se darán cuenta de que antes de atropellar un levante, conviene ir al oculista. Así te receta gafas fuertes, para no cometer errores difíciles de corregir.
-¿Qué hacés, Zapiola? –indagó un conocido.
-Tranqui, pibe, aunque ando medio tristón.
-¿Que sapa?
-Sentáte y te viá contar.
Entonces vimos que no cuanto brilla es oro. El coso estaba tomando piola una horchata fresca en un bar camba de la Gran Vía cuando, por falta de pique, decidió meterse en un bar, buscando la dicha en el alcohol. Un sueño utópico, como se verá. Entonces chapó una silla, la puso junto al mostrador enfrentando la ventana, y se montó a caballo, los brazos cruzados en el respaldo, estilo cowboy. La pinta le había salido redonda, en un estilo bien estudiado, con influencias de Rodolfo Valentino y Humprey Bogart. Si ahora no pescaba nada, era un mal día. Mejor meter violín en bolsa, y rajar. Es decir, rajar de vuelta al bulí y ponerle otra vela a San Antonio, que poca bola le había dado este mes. Cabizbundo y meditabajo de la depre el loco, meta mirar al suelo, que con el espíritu hecho trizas por tanta malaria, no le quedaban ganas de mirar al cielo azul. Para no putearlo, seguramente. Como esos chupacirios que van a misa de doce en San Nicolás, y cuando el cura está a punto de morfarse a Jesucristo, en vez de poner facha de creyentes embargados por el santo milagro, levantan un puño, y gritan “¡Me cache en dié!” Mas sigamos razonando, como decía mi profesor de Lógica, el buen Fraboschi. ¡Hay que ser gil y medio para dejársela poner doblada con un ritual que, si lo mirás bien, es pura apología del canibalismo social!
-¡Vaya injusticia! –refunfuñó el gordo Zapiola- Ni una sola minifalda, que te haga contener la respiración, como hasta ayer. ¡A rezarse unas jaculatorias, entonces! Así vuelven las minis en todo su esplendor, porque la historia se repite. Véanlo si no al rey Canuto intercediendo con oraciones para que retrocediera el Océano Atlántico, y poder lanzarse al galope tendido contra los rivales de la fe. Unos beduínos de dientes cariados, que tenían a sus hembras tapadas desde el jopo hasta los piés.
-¡Abrí la puerta, Jehová! –dijo un caballero, dirigiéndose al padre celestial- Y seamos prácticos. Si por una velita de tres pesos le das pelota a cualquier gil, hacéme precio y te pido un milagro de los grandes, para pasar a la inmortalidad.
-Dirección de milagros, departamento VIP –repuso un contestador automático.
-¿Hablo con el señor que hace maravillas por cincuenta mangos?
-Pesos no, por favor, que para cambiarlos hay que viajar a Suiza. Nuestra tarifa empieza en cincuenta euros, según el grado de complejidad. Si tu inquietud es hacer botellas con vidrio bendito, vas tranqui desde el vamos. Pero si necesitás la intervención del obispo y que ese día se declare feriado nacional, el precio asciende por la ley de oferta y demanda. ¿Capisci?
-Vea che, yo no vengo a pedir cosas raras. Quiero solamente que me haga desaparecer las maxifaldas de la faz de la tierra, y que con el tiempo también prohiban el segundo piso de la bikini.
-¿Querés que las señoras vayan a la playa vistiendo solamente bombachitas, como en Francia?
-Preferiría verlas no vistiendo nada, como en Suecia.
Entonces hay que modificar el Código de Convivencia Ciudadana, y sale guita.
-¿Con cuánto se arregla?
-Dos longanizas por barba, para entrar al libro de acuerdos. Después hay que lograr mayoría y quórum.
-Eso parece complicado.
-Depende de cómo lo manejes. Por cien lucas te votan el proyecto hasta los curas. Con doscientas sale aprobado por aclamación, y entra en el libro de Guiness.
-Hablaré con la dirigencia, por tratarse de algo serio. Si Madrid se queda sin manolas es como que a París le sacaran la torre Eiffel.
-¡Sería el colapso cultural de la Madre Patria! Debemos indagar motivaciones. Por ejemplo, qué hay tras el turismo norteamericano.
-¿Vos creés que los yonis cruzan el Atlántico solamente para mirar las minas?
-Antes iban a Cuba, pero las cosas cambiaron cuando llegó Fidel. Resulta que una vuelta un yoni había ido al cine, y junaba desesperado tanta gamba como exhibía la concurrencia, sin ver claro en la oscuridad. Animarse y echarle mano a la más próxima fue acción y reacción. Lástima que esa tarde en vez de minas, el auditorio estaba compuesto por guerrilleros en pantalones cortos, para la fajina de verano.
-¿Ande vas, pelado? –dijo una voz ronca, oliendo a tabaco de segunda.
Ese yoni no jodió más, porque lo condenaron a cien años en estricto aislamiento. Y mientras los gobiernos yankis protestaban, el hombre envejeció. Pero la historia sigue su curso. Primero aparecieron las minis, después la longaniza, y al rato unas polleritas que eran juguete del viento, como cuenta nuestra poesía, sin más fin que alborotar al macho indefenso. Luego llegaron los trajes de bruja, y por fin el despiole exhibicionista de 2010. Entonces ocurrió lo más sorprendente de esta historia. Había que ahorrar combustible para fabricar más bombas, reduciendo todo consumo superfluo. Alguien advirtió el derroche de telas, y el gobierno dijo “stop”. Que las maxis se las pongan las gusanas de Miami. En Cuba quedó prohibido ocultar el patrimonio audiovisual. Y unos negritos batían sus compases de música feliz.
Negra, mueve la cintura.
Oye, échate pa’ trás…
Así me hice comunista. ¿A Vd. le pasó igual?

 

Copyright: John Argerich, 2011

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