Querida Mariquita,
Desde aquel día en que te arrancaron de mi lado, nunca dejé de recordarte. Estás en todas mis mañanas, con tu sonrisa dulce, vestida de blanco. Con un pañuelo al cuello, tan rojo como el sueño que vivimos. Llena de ilusiones, con el pelo suelto echado hacia atrás. Siempre con la palabra justa para expresar tu amor por los que carecían de todo, hasta de algo tan elemental como es el amor.
Recuerdo cómo me impresionaste cuando te conocí. Eras un ideal, y por eso al perderte me mordí los labios, pero no te he llorado. Por los ideales se lucha, no se llora. Y dejaste un vacío que, a pesar del tiempo transcurrido, nada logró llenar. Pero dejaste también un grito de rabia, pidiendo justicia contra los culpables de tu martirio.
Hoy peino canas, y la vida me ha llevado muy lejos de la tierra que tanto amamos, pero aún te busco entre mis sueños. Ese fue el mundo que compartimos. Un mundo de ilusión, donde triunfaba el hombre nuevo, sin miseria ni desamparo. La patria socialista, que soñábamos.
Pagamos un alto precio por esa ilusión, pero no me arrepiento, porque hacerlo fue un privilegio, cuyo mérito no es mío. Ese era el único camino posible, con vos a mi lado.
¡Vaya contradicción! Se que tu vida acabó en el mar, de donde proviene la vida. Arrojada desde lo alto por las manos de algún canalla. Quizás atada, drogada, o amordazada, no lo quiero imaginar. Pero en mis fantasías siempre te veré volando como un pájaro dorado, contra el marco de un cielo azul. De algo estoy seguro: Que al recibir tu cuerpo entre las olas, el mar lo acogió con el murmullo de unos viejos versos:
“¡El que cayó peleando, vive en cada compañero!”
¡Hasta la victoria siempre, María Dolores! No te vamos a olvidar.
    Malmö, Suecia.
     24 de marzo de 2010
                                     
                                                        

 

 

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