JULIO CESAR PARISSI
cuentos cortos
| Ese color |
El pintor dejó el pincel sobre una mesa y miró la tela. Su amigo apoyó el mate en la banqueta que tenía al costado y se acercó.
-¿Qué le ves, que no te gusta? -preguntó.
-No sé -dijo el pintor-. Me gusta, sí, pero hay algo, no sé -repitió. El otro lo miró, y miró el cuadro. El pintor continuó-: Es ese gris de la fuente.
El amigo miró el gris de la fuente.
-¿Qué tiene?
-No es el gris que quiero. No puedo lograr el gris que imagino -respondió. Luego se tocó la frente con un dedo, con suavidad-: No es el gris que tengo acá.
-¿Probaste con un toque de azul? ¿O blanco?
-Nunca logro ese gris que imagino. Nunca aparece en las mezclas que hago. Mientras tanto pinto y pinto y pinto, sin hallarlo.
- Ya llegará un día en el que vas a encontrar ese gris que tanto buscás.
El pintor hizo un silencio. Giró su cabeza y miró a su amigo de frente.
-No.
El otro se desconcertó.
-Ojalá que no -dijo al final-. El asunto es buscarlo, no encontrarlo.
| Un laburito |
Llega el 105 a la parada y sube el primero que está en la cola. Es un gordo que lleva el saco prendido y un diario enrollado en su mano izquierda. Se estaciona entre los escalones y la máquina de boletos. Haciendo gala de amabilidad, deja pasar a una jovencita en jean, a una cuarentona que lleva una enorme cartera y a un flaco con una carpeta. El chofer marca, con visible enojo, los boletos que le piden. Luego de que pasan todos, el gordo saca una moneda y, antes de ponerla en la máquina, pregunta:
-¿Va al Correo Central?
-No. Bajate -le responde el chofer, sin mirarlo.
-¿No va al Correo Central? -vuelve a preguntar.
-La parada es enfrente. Bajate.
-Está bien, macho -dice el gordo mientras se baja. Se tira antes de que pare, gira, trota hacia atrás y se pierde en la esquina.
El chofer mira por el espejo al flaco de la carpeta.
-Es un punga -dice.
Enseguida, la cuarentona grita que le robaron el monedero.
| Ella se siente sola |
Volvió a sentir tristeza. De nuevo, ella supo que la habían abandonado. Otra vez, como si la desgracia de quedarse sola fuera circular, sinfín, y retornara, igual que las cuatro estaciones, a instalarse en su casa. Abrió el guardarropa; allí, en la quietud del interior del mueble aún continuaban estando varias perchas vacías mezcladas con las otras, las que sostenían la ropa de ella. Caminó hacia la biblioteca, y en los estantes notó espacios sin libros; en el baúl de pino no se hallaban los enormes zapatos de él. Tampoco su impermeable en el perchero, ni la gorra escocesa sobre la mesita de las revistas, ni en los ceniceros quedaba colillas de cigarrillos negros. En la casa nada lo recordaba ya. ¿Habría estado en ella alguna vez? Quiso llorar. No pudo; tuvo la suerte de despertarse. Se dio cuenta que la pesadilla del abandono había vuelto, pertinaz y recurrente. Giró la cabeza con la ilusión de verlo durmiendo a su lado, y no lo vio. No estaba. Hacía más de un mes que la había abandonado.
| De poetas |
Nicola vende en los bares. Si me preguntan ahora qué es lo que vende, no sabría decirlo. Creo que, en el fondo, Nicola hace que vende. Más bien, se pasea por los bares y circula entre las mesas esperando que alguien diga algo para engancharse a charlar. Lo extraño de todo esto es que el tema de conversación de Nicola es la poesía. No sé si vende sacapuntas, pañuelos, lapiceras de Taiwán o relojes; sé que su afán es tocar el tema de la poesía. Sus pupilas azules, movedizas, hurgadoras, están pendientes de encontrar un interlocutor. Cuando logra dar con uno, habla sin detenerse ni para tomar aliento.
-Yo dije ayer, en una reunión de poetas -comenta Nicola. Y, enseguida, dice dos o tres versos propios escritos con aires lorquianos, de ritmo contundente y parejo. Luego recuerda a sus amigos poetas, tan admirados por él. En algún momento extrae de su memoria una cita hecha por un clásico como manera de reafirmar algo que ha dicho. Va y viene entre versos y poetas en todo el tiempo que sus ocasionales interlocutores le permiten, antes de volver a las charlas que mantenían cuando se les acercó este extraño vendedor.
Nicola vive en poesía. Intenta que los demás también lo hagan.
Hoy me regaló un libro