POEMAS

 

 

 

 

 

 

El hombre que aprendió a ladrar

Lo cierto es que fueron años de arduo
y pragmático aprendizaje,
con lapsos de desalineamiento en los que
estuvo a punto de desistir.
Pero al fin triunfó la perseverancia
y Raimundo aprendió a ladrar.
No a imitar ladridos, como suelen hacer
algunos chistosos o que se creen tales,
sino verdaderamente a ladrar.
¿Qué lo había impulsado a ese
adiestramiento?
Ante sus amigos se auto flagelaba con humor:
"La verdades que ladro por no llorar".
Sin embargo, la razón más valedera era su
amor casi franciscano hacia sus hermanos perros.
Amor es comunicación.
¿Cómo amar entonces sin comunicarse?
Para Raimundo representó un día
de gloria cuando
su ladrido fue por fin comprendido por Leo,
su hermano perro, y (algo más extraordinario aún)
él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día
Raimundo y Leo se tendían, por
lo general en los atardeceres,
bajo la glorieta y dialogaban
sobre temas generales.
A pesar de su amor por los hermanos perros,
Raimundo nunca había imaginado que
Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle,
en varios sobrios ladridos:
"Dime, Leo, con toda franqueza:
¿qué opinas de mi forma de ladrar?".
La respuesta de Leo fue bastante
escueta y sincera:
"Yo diría que lo haces bastante bien,
pero tendrás que mejorar.
Cuando ladras, todavía se te
nota el acento humano."