Consejos al combatiente


Moral y disciplina de los combatientes revolucionarios
(Verde Olivo, 17 de marzo de 1960.)
Todos conocen lo que fue nuestro Ejército Rebelde. Por familiar, casi se desprecia la gesta de nuestra emancipación, lograda sobre la sangre de veinte mil mártires y el empuje multitudinario del pueblo. Hay, sin embargo, razones profundas que hicieron realidad este triunfo. La dictadura creó los fermentos necesarios con su política de opresión de las masas populares para mantener el régimen de privilegios. Privilegios de paniaguados, privilegios de latifundistas y empresarios parásitos, privilegios de los monopolios extranjeros iniciada la contienda, la represión y brutalidad del régimen aumentaron la resistencia popular lejos de disminuirla; la desmoralización y desvergüenza de la casta militar facilitó la tarea; las agrestes montañas de Oriente y la impericia táctica de nuestros enemigos, hicieron lo suyo. Pero esta guerra la ganó el pueblo por la acción de su vanguardia armada combatiente, el Ejército Rebelde; y las armas fundamentales de este Ejército eran su moral y disciplina.
Disciplina y moral son las bases sobre las que se asienta la fuerza de un ejército, cualquiera que sea su composición. Examinemos ambos términos: la moral de un ejército tiene dos fases que se complementan mutuamente; hay una moral en cuanto al sentido ético de la palabra y otra en su sentido heroico; toda agrupación armada, para ser perfecta, tiene que reunir ambas.
La moral en cuanto a ética ha cambiado en el transcurso de los tiempos y de acuerdo con las predominantes en una sociedad dada. Saquear las casas y llevarse todos los objetos de valor era lo correcto en la sociedad feudal, pero quien les llevara las mujeres como prenda, habría faltado a sus deberes morales, y un ejército que lo hiciera como norma, estaría viviendo al margen de la época. Sin embargo, tiempo antes de esto era lo correcto y las mujeres de los vencidos pasaban a formar parte del patrimonio del vencedor.
Todos los ejércitos deben cuidar celosamente su moral ética, como parte sustancial de su estructura, así como factor de lucha, como factor de endurecimiento del soldado.
  La moral en un sentido heroico es esa fuerza combativa, esa fe en el triunfo final y en la justicia de la causa que lleva a los soldados a efectuar los más extraordinarios hechos de valor.
  Moral de lucha tenían los «maquis» franceses que emprendieron la lucha en condiciones difíciles, aparentemente sin esperanzas, abrumadoramente adversas y, sin embargo, por la convicción de que peleaban por una causa justa, por la indignación que provocaban en ellos los crímenes y las bestialidades de los nazis, supieron mantener la acción hasta vencer.
  Moral de lucha tenían los guerrilleros yugoslavos que con el país ocupado por una potencia cincuenta veces superior se lanzan a la lucha y la mantienen, sin desmayo, hasta vencer.
  Moral de lucha tienen los defensores de Stalingrado que con fuerzas varias veces inferiores, con el río a la espalda, resisten la abrumadora y larga ofensiva, defienden cada colina y cada zanja, cada casa y cada cuarto de las casas, cada calle y cada acera de su ciudad hasta que el ejército soviético puede montar la contraofensiva, tender el gigantesco cerco y destruir, rendir y tomar prisioneros a los atacantes.
  Moral de lucha, si se quiere un ejemplo distante, es la de los defensores de Verdún, que rechazan una ofensiva tras otra y detienen a un ejército muchas veces superior en número y armamentos.
Moral de combate la que tuvo el Ejército Rebelde en las sierras y llanos de nuestros campos de batalla. Y eso mismo es lo que le faltó al ejército mercenario para poder hacer frente al aluvión guerrillero. Nosotros sentíamos el verso vigoroso de nuestro himno nacional: «Morir por la patria es vivir»; ellos lo conocían por cantarlo, pero no lo sentían en su interior. El sentimiento de justicia en una causa y el sentimiento de no saber por qué se pelea en la otra, establecían las grandes diferencias entre ambos soldados.
  Entre los dos tipos de moral, la moral ética y la moral de lucha, hay un nexo de unión que las convierte en un todo armónico: la disciplina. Hay distintas formas de disciplina pero fundamentalmente, hay una disciplina exterior al individuo y otra interior a él. Los regímenes militaristas trabajan constantemente sobre la exterior. También aquí se notaba la enorme diferencia entre dos tipos de ejércitos; el de la dictadura, practicando su moral, su disciplina cuartelaria, exterior, mecánica y fría y el guerrillero, con su notable disciplina exterior grande y una interior grande; esto rebaja automáticamente su moral de lucha. ¿Lucha por qué y para qué? ¿Luchar por mantener ciertas prebendas de nivel íntimo en el soldado? ¿El derecho a expoliar, a cobrar por la bolita, a tener algunas participaciones en la valla, el derecho a hacer el ratero uniformado? pero por ese derecho la gente no pelea sino hasta un momento determinado; hasta que se le exige el sacrificio de la vida...
Del otro lado un ejército con una enorme moral ética, una disciplina exterior inexistente y una rígida disciplina interior, nacida del convencimiento. El soldado rebelde no bebía, no porque su superior lo fuera a castigar, sino porque no debía beber, porque su moral le imponía el no beber y su disciplina interior reafirmaba la imposición de la moral de ese ejército, que iba sencillamente a luchar porque entendía que era su deber entregar la vida por una causa.
Fue puliéndose la moral y cimentándose la disciplina hasta hacerse nuestro ejército invencible, pero vino la paz, producto del triunfo, y se inició el gran choque entre dos conceptos y dos organizaciones: la antigua, de disciplina exterior, mecánica, sujeta a moldes rígidos y la nueva, de disciplina interior, sin moldes pre-establecidos. De ese choque surgieron las dificultades de todos conocidas en cuanto a la estructuración final de nuestro Ejército. Hoy se ha superado el problema, después de analizado y comprendido. Estamos tratando de dar a nuestras fuerzas armadas rebeldes, el mínimo de disciplina mecánica necesaria para el funcionamiento armónico de grandes unidades con el máximo de disciplina interior, proveniente del estudio y la comprensión de nuestros deberes revolucionarios. Hoy como ayer, aunque exista un aparato que se dedique específicamente a castigar las faltas, la disciplina no puede ser dada de modo completo por un mecanismo exterior, sino lograda por el afán interior de superación de todos los errores cometidos. ¿Cómo lograr esto? Es tarea paciente de los adoctrinadores revolucionarios que vayan sembrando en la masa de nuestro Ejército las grandes consignas nacionales.
Como todos los ejércitos del mundo debe éste, nuestro Ejército, respetar a sus superiores, obedecer las órdenes inmediatamente, servir infatigablemente en el lugar donde se lo sitúe -pero debe además ser un juez y un investigador de la sociedad. Investigador en cuanto a que mediante su contacto con el pueblo pueda averiguar todos los sentimientos de éste, para comunicarlo a la superioridad con un sentido constructivo, juez en cuanto a que tiene la obligación de denunciar toda clase de abusos cometidos fuera o dentro del ejército, para tratar de eliminarlos. En esta tarea diferente del Ejército Rebelde es donde se prueban las virtudes de la disciplina interior que tiene como meta el perfeccionamiento total del individuo. Igual que en la Sierra, no debe beber el Rebelde, no por el castigo que pueda aplicarle el organismo encargado de hacerlo, sino simplemente porque la causa que defendemos, que es la causa de los humildes y del pueblo nos exige no beber, para mantener despierta la mente, rápido el músculo y en alto la moral de cada soldado, y debe recordarse que hoy, como ayer, el Rebelde es el centro de las miradas de la población y constituye un ejemplo para ella. No hay ni puede haber un gran Ejército, si no está convencido el grueso de la población de las virtudes inmensas del que hoy tenemos. Nuestra agrupación armada no acaba en los límites precisos en que un hombre deja el uniforme; tenemos al pueblo entero con nosotros y debemos disponer de él, debemos hacer que para ese pueblo, obrero, campesino, estudiante, profesional, sea un honor empuñar el arma que le permita luchar en algún caso al lado de los que están uniformados en las Fuerzas Armadas. Debemos ser, pues, guía de la población civil. Mucho más difícil que pelear, mucho más difícil aún que trabajar en las áreas pacíficas de construcción del país, es mantener la línea necesaria sin desviarse un centímetro de ella durante todas las horas de cada uno de los días. Cuando se logre en todas nuestras Fuerzas Armadas la cohesión suficiente y a nuestra moral de lucha se agreguen una alta moral ética con el complemento necesario de las disciplinas interior y exterior, se habrá logrado la base firme y duradera del gran ejército del futuro, que es el pueblo entero de Cuba.
[Verde Olivo, 17 de marzo de 1960.]
 
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 233-239)
La disciplina de fuego en el combate
[Verde Olivo, 8 de mayo de 1960.]
Las armas modernas de infantería, como: la pistola ametralladora, el fusil automático, las ametralladoras, los fusiles lanzagranadas, los morteros, &c., poseyendo gran rapidez y volumen de fuego, constituyen el armamento básico de las unidades y, por lo tanto, de su empleo dependerá en resumidas cuentas, el resultado del combate.
Para poder sacar el máximo rendimiento de cualquiera de las armas por separado y en su conjunto, no basta con que todos los combatientes conozcan su funcionamiento y sepan dispararlas con precisión. En el combate adquiere importancia capital lo que se llama «disciplina de fuego». No basta con saber tirar. Se requiere saber cuando, con qué armas, con qué rapidez y contra qué blanco nuestro fuego resultará más eficaz.
Por otra parte, las armas automáticas y semiautomáticas «tragan» tanta munición que sin una férrea disciplina de fuego corremos el peligro de encontrarnos sin munición y desarmados al llegar el momento culminante del combate. Bastará recordar, que una escuadra de 7 hombres armados con 6 fusiles automáticos y 1 lanzagranadas es capaz de disparar en un minuto 2400 balas y unas 10 granadas, o sea, cerca de 70 kilogramos de munición, mucho más de lo que hace falta, en circunstancias normales, para sostener todo un día de combate.
Por todo esto, durante el combate (sea éste defensivo u ofensivo) la tarea principal de los jefes de escuadra y pelotón reside en la dirección y control del fuego. El jefe de la escuadra dirige y controla el fuego de sus hombres, el del pelotón el fuego de sus escuadras.
Todos los combatientes (salvo los centinelas) deben de abstenerse de hacer fuego con sus armas sin orden expreso de su jefe inmediato.
En el combate ofensivo, el jefe del pelotón al fijar las misiones a las escuadras determina la dirección de progresión de las mismas, los objetivos enemigos a batir con el fuego de cada una de ellas, el orden con que una escuadra protege el avance de la otra indica también la cadencia del fuego a efectuar y el gasto de municiones que se autoriza para cada etapa del combate. El jefe de la escuadra por su parte hace lo mismo con cada uno de sus hombres y progresando con ellos cuida de que en ningún momento la disciplina de fuego se altere.
Más importancia adquiere aún, si cabe, la disciplina de fuego en el combate defensivo cuando es imposible determinar de antemano la duración del mismo. El jefe del pelotón, al fijar las posiciones a ocupar por las escuadras y los sectores de tiro de las mismas, parte del principio de no dejar lugares sin batir con mínimo gasto de municiones. Indica también las distancias a que se autoriza a abrir el fuego con las diferentes armas (como regla: no mas lejos de 1000 metros para las ametralladoras, de 500 metros para los fusiles automáticos y de 200 para las pistolas ametralladoras). A excepción de los casos en que se hallen aisladas, las escuadras abren el fuego sólo con la autorización del jefe del pelotón. El jefe de la escuadra controla el fuego de sus hombres prestando especial atención a la concentración del mismo sobre el enemigo más peligroso, sin permitir con todo esto, que exijan de las armas cadencias de fuego demasiado elevadas. (La mayor efectividad de las armas automáticas, al mismo tiempo que una vida más larga de las mismas, se consigue con las siguientes cadencias de fuego: fusil automático en ráfagas de 2-3 balas; ametralladora ligera 4-5 balas por ráfaga; ametralladora pesada 7-8. Las pausas entre ráfaga y ráfaga dependerán de la situación concreta, pero nunca serán más cortas que el tiempo necesario para afinar de nuevo la puntería.)
Combatiente: Recuerda que el arma que está en tus manos y las municiones para ella, han sido pagadas con los sudores del pueblo para defender la Patria. Cuida del arma como de la niña de tus ojos y que cada una de tus balas cueste la vida a un invasor, a un enemigo de la Patria.
[Verde Olivo, 8 de mayo de 1960.]
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 241-243)
Solidaridad en el combate
[Verde Olivo, 15 de mayo de 1960.]
La solidaridad en el combate es una de las formas más simples y elementales de la cooperación, base del combate moderno.
Cuando todos los combatientes iban armados del mismo modo, con palos o mazas de combate, la cooperación se reducía a atacar simultáneamente varios a un mismo enemigo al objeto de asegurar la superioridad necesaria para ponerlo rápidamente fuera de combate y concentrar luego los golpes contra otro adversario. Así se lograba ir batiendo al enemigo por partes mediante la concentración sucesiva de los esfuerzos conjuntos. Esta táctica primitiva ha seguido manifestándose en formas cada vez más complejas a lo largo de la larga y sangrienta historia de las guerras, conforme se iban diferenciando los armamentos, hasta llegar a la enorme complicación del combate en la tierra y en el aire con ametralladoras, morteros, cañones, obuses, tanques, aviones de caza, asalto, bombardeo, &c.
En el fondo, el problema táctico sigue planteado en aquellos términos: concentrar el esfuerzo del conjunto en un lugar y en un tiempo dado para lograr allí la victoria parcial que se convierte luego en un triunfo definitivo mediante acciones enérgicas ininterrumpidas, persiguiendo al enemigo sin dejarle reorganizarse y volver en sí.
Tanto en la escala grande de los ejércitos de cientos de miles de hombres como en la escala mínima del combatiente dentro de la escuadra, la base de la cooperación es la solidaridad del el combate. ¿Qué exigencias plantea la solidaridad? Exige la concentración de los esfuerzos de varios combatientes sobre un objetivo común, que es el determinado por el jefe inmediato, en la escuadra por el cabo. En el campo de batalla hay varios objetivos, no uno solo y si la escuadra dispersa sus esfuerzos en varios objetivos, cada soldado en el que mejor le parezca, la escuadra consumirá sus balas sin haber alcanzado ningún objetivo, su combate habrá sido estéril, no habrá podido avanzar apenas y eso con muchas bajas, porque a fin de cuentas: ¿Cómo es posible avanzar en el campo de batalla bajo el fuego enemigo? Unica y exclusivamente gracias a la cooperación: mientras un combatiente avanza corriendo arrastrándose, otros dos por lo menos, deben cubrirlo con sus fuegos. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir, sencillamente, que deben impedir que el enemigo asome la cabeza para ver a su compañero que avanza y apuntarle con precisión. ¿Cómo impedirlo? No apartando la vista del lugar desde donde hace fuego el enemigo y disparando contra él en cuanto asome la cabeza, en cuanto haga fuego. Para asegurar mejor el avance del compañero, mientras éste salta a toda carrera desde un lugar a otro del terreno (piedra, árbol, matorral, &c.), debe dispararse contra el lugar donde está emplazado el enemigo. Si en el frente por donde avanza la escuadra hay dos emplazamientos del enemigo desde donde éste dirige su fuego, el cabo señalará a cada dos o tres combatientes el mismo objetivo. Si apareciesen nuevos objetivos en el curso del combate, él los asignará a quienes corresponda o pedirá al jefe del pelotón que los tome a su cargo.
Así, en el ataque, la base del avance es la solidaridad; el que salta de un emplazamiento a otro sabe perfectamente que otros compañeros aseguran su avance con el fuego, están pendientes de su seguridad. El, en cuanto llega al nuevo lugar elegido, busca una posición favorable que le permita disparar con eficacia sobre el enemigo para proteger el avance de sus compañeros. Y todo esto ahorrando bien las balas, sin disparar por meter ruido, apunta siempre con toda precisión y dispara sólo cuando el enemigo asome o en dirección a los fogonazos del arma enemiga.
La solidaridad, basada como decíamos antes en la cooperación, no excluye en modo alguno la iniciativa. Si tú ves en el curso del combate que tu vecino atraviesa una situación difícil, debes ayudarle, pero hazlo con buen juicio, ten presente que la mejor ayuda que puedes prestar a tu vecino en el combate es cumplir la misión que te ha sido impuesta, esto quiere decir que no debes abandonar, por tu cuenta y riesgo, el cumplimiento de tu misión. Si ves que una ametralladora enemiga, pongamos por ejemplo, abre fuego sobre la escuadra que avanza a tu derecha y tú ves a los sirvientes de esa ametralladora, debes de disparar sobre ellos sin vacilar ni un instante, sin pedir autorización a tu cabo.
Pero lo que no debes hacer es avanzar tú solo hacia esa ametralladora separándote de tu escuadra y abandonando a tus compañeros. Dispara sobre esa ametralladora que está impidiendo el avance a la escuadra vecina, advierte pronto a tu cabo de la aparición de ese nuevo objetivo y sigue cumpliendo tu misión hasta que se te encomiende otra. Ten en cuenta que con el avance de la escuadra tuya es como mejor se ayuda a la escuadra vecina que atraviesa una situación difícil, porque con su avance tu escuadra ocupará una posición del terreno que domine a esa ametralladora y haga más fácil y segura su destrucción, en el ejemplo que hemos expuesto. De aquí ves claramente cómo hay que entender la solidaridad en el combate, en el marco de la necesaria cooperación, siguiendo la maniobra trazada por el mando con absoluta disciplina consciente, sin actuar cada uno «por la libre». Porque la fuerza, no lo olvides nunca, reside en la unidad, tanto en la escala de lo grande como en la escala de lo pequeño, y si rompes esa unidad pierdes la fuerza por grande que sea tu entusiasmo y mucha tu valentía personal.
Hay otros muchísimos casos en que se requiere la solidaridad; por ejemplo, si a tu compañero se le han terminado las balas y tú tienes aún, ¿qué debes hacer? Piensa qué es más eficaz en el combate: si diez balas disparadas por un mismo fusil o dos fusiles disparando cinco balas cada uno. Piensa en que un combatiente sin balas es en el campo de batalla un blanco pasivo al tiro del enemigo, no te podrá proteger en tu avance y tu avance no te servirá a ti para nada, ya que al llegar a la nueva posición no podrá proteger el avance tuyo con su fuego.
Si tu compañero cae herido en el combate ¿qué hacer? ¿Cómo se refleja mejor en este caso la solidaridad? Si llevado de tus sentimientos de compañerismo le tomas sobre tus hombros para evacuarle a la retaguardia resulta que el enemigo no ha puesto a un hombre fuera de combate, sino a dos y el resto de la escuadra se ve privada de dos combatientes de una vez, con lo que será más difícil su avance, podrá tener más bajas ya que se rompe la base de la cooperación: dos tiran mientras uno avanza. Ya el avance de cada uno de los combatientes no podrá ser cubierto por el fuego de los compañeros, sino por el de uno sólo, eso significa que la protección será más débil, el avance más lento, mayores las posibilidades de sufrir nuevas bajas sin poder cumplir la misión. Resulta así que por sacar del peligro a un compañero herido has expuesto a que sean heridos otros más y has comprometido el éxito de la escuadra en su conjunto, el éxito de la maniobra del pelotón. Piensa bien: ¿qué has logrado al llevar unos cientos de metros atrás a tu compañero herido? Has logrado ponerle más lejos del alcance del tiro enemigo y acercarle a los camilleros de la compañía ¿verdad? Pues bien, ¿no hubieras logrado lo mismo si en lugar de ir hacia atrás con tu compañero herido a cuestas le hubieras prestado la primera ayuda allí mismo donde cayó herido, le hubieras ayudado a ocultarse en algún hoyo del terreno y sin más pérdida de tiempo hubieras seguido avanzando? Con tu avance le alejabas también del enemigo, ya que le cubrías con tu fuego y permitías que llegasen pronto a él los camilleros. Porque tú no estás solo en el combate, cuando tu avanzas traes detrás de ti a todo el dispositivo de tu pelotón, de la compañía y así avanzando, siguiendo fielmente el cumplimiento de tu misión combativa, es como mejor ayudas a tu compañero herido, es como mejor cumples con la solidaridad con todos tus compañeros. Así es como debe entenderse la solidaridad en el combate.
[Verde Olivo, 15 de mayo de 1960].
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 245-249)
El contra-ataque I
[Verde Olivo, 26 de junio de 1960.]
Detener el golpe enemigo no basta para vencer, es preciso replicar con rapidez y energía aprovechando el momento moral favorable en que el ánimo del atacante está abatido por el fracaso y el éxito multiplica las energías del defensor.
Esta gran lección comenzamos a aprenderla desde que empezamos a pelear: esquivando los golpes del adversario o deteniéndolos con los brazos no se gana la pelea. Si no fuera así, el mejor boxeador sería el saco de arena que recibe impertérrito los golpes más potentes.
Tanto en el combate individual, deportivo, como en la batalla de los ejércitos, la tenaz defensa, para reportar todo su provecho tiene que ir seguida del contra-ataque resuelto, enérgico, rápido.
En el campo de batalla, igual que en el ring de boxeo, chocan en fin de cuentas, dos voluntades que, en los campos de batalla mueven fuerzas y medios de combate sumamente poderosos y destructivos. Trabada la lucha, entran en colisión ambas voluntades: una, la del atacante, se apoya en la superioridad de número y material de que dispone; otra, la del defensor, se apoya en la ventaja de la fortificación y del terreno. Llega un momento en que, en virtud de una suma de complejos factores morales y materiales, la voluntad de uno de los combatientes cede; si es la del defensor, deja éste de oponer resistencia; si es la del atacante no avanza más, se queda pegado al terreno o retrocede hasta que supera la crisis moral o acuden refuerzos con los que reanudar el ataque.
Es decir, que la crisis moral tiene duración limitada y aprovecharla requiere rapidez, oportunidad y siempre energía para lograr que lo que comenzó siendo una crisis momentánea devenga en derrumbamiento pleno de la moral enemiga sin que pueda rehacerse el adversario, apoyado en la superioridad de su armamento.
Porque cualquiera que sea la potencia y el número del armamento enemigo, es manejado por hombres y éstos son tanto más vulnerables e indefensos cuanto más poderosa es el arma que emplean. ¿Paradoja? Paradoja es del combate moderno, pero bien instructiva y que merece examen: el artillero maneja un cañón, el fusilero sólo un rifle. El cañón es infinitamente más poderoso que el rifle; pero el artillero está más indefenso que el fusilero. En el combate es más fácil, mucho más fácil, matar un artillero que a un fusilero, el problema está en llegar hasta donde están los cañones. A distancias menores de 400 metros el artillero está indefenso ante el fusilero audaz.
Y cuanto mayor calibre tenga su cañón, tanto más indefenso está el artillero: ¿Cómo mover la pieza para tirar contra el fusilero que cambia sin cesar de posición? Para cuando el artillero dispara un cañonazo, el fusilero le ha disparado 20 y mucho más precisos... El caso es llegar hasta los 400 metros del artillero ¿verdad? Porque el emplazamiento de la batería está protegido por la infantería enemiga. Pero si ésta huye al ser rechazado su ataque, entonces, persiguiéndola se podrá llegar sin gran dificultad a los cañones y éstos no podrán hacer fuego eficaz temiendo herir a los suyos... Esta es una de las perspectivas absolutamente reales que ofrece el contra-ataque si se sabe aprovechar con energía el momento propicio. Porque si se quiere avanzar sin bajas hay que «pegarse» literalmente al enemigo que se retira en desorden, sólo así se puede penetrar hiriendo hasta llegar a tiro de fusil de los cañones y entonces ¡ay del artillero! A menos de 400 metros, el fusil, la metralleta, vencen al cañón, y lo vence con tanta mayor facilidad como mayor sea su calibre.
Una infantería enemiga es retirada en un «puente de plata» que bien aprovechado conduce a los lugares más vulnerables del dispositivo adversario, allí donde cada bala rinde un mayor provecho poniendo fuera de combate altos jefes, oficiales de los estados mayores, operadores de radio, telefonistas, tiradores de mortero y de cañón, &c., &c.
La infantería enemiga ataca apoyada por el fuego de sus cañones, pero los cañones no lo pueden hacer todo, llega un momento en que ambas infanterías se ven frente a frente: una, hundida en su trinchera y protegida por su alambrada, más o menos intacta; la otra, ante la alambrada, cuando ya no pueden ayudarla las explosiones de sus obuses porque de estallar podrían perjudicarlos aún más que al enemigo, ya que el defensor está cubierto por sus trincheras y el atacante no y les separan una decena de metros, sólo unas decenas de metros, pero esa estrecha faja de tierra es decisiva.
Al llegar a ella se opera un cambio en la moral de ambos combatientes: el que ataca se ve privado del apoyo que le daba su artillería y sus morteros, ya no pueden seguir protegiendo su avance y tiran lejos, detrás de las trincheras que hay que conquistar... el que se defiende se ve libre ¡por fin! del machaqueo de las explosiones, la proximidad de la infantería enemiga le protege de ellas y encuentra frente a frente a su adversario. En condiciones de superioridad porque está en su trinchera, tiene por delante su alambrada, dispone de más parque para su fusil o su ametralladora, tiene a su alcance más granadas de mano. La infantería atacante ha consumido mucho parque en el camino y nadie puede acudir a reponerlo...
El combate va a hacer crisis, los nervios de alguien van a fallar en el instante supremo. Si el defensor se mantiene tenazmente aferrado a sus trincheras y emplea bien sus armas, tiene todas las probabilidades de salir vencedor en la contienda decisiva. El enemigo se lanzará al asalto, pero las ametralladoras de la defensa le segarán, las explosiones de las granadas de mano harán estragos en sus filas... quedarse allí en el suelo no puede, las granadas de mano le siguen destrozando... instintivamente retrocederá para pedir a su artillería y a sus morteros que vuelvan a machacar a las trincheras que no pudo tomar aún.
Ese es el momento crítico: el defensor, victorioso, debe perseguir a la infantería enemiga en retirada para consolidar de este modo su victoria y llegar a los puestos de mando, a los emplazamientos de artillería y morteros «a caballo sobre los hombros del enemigo en retirada».
La idea es muy gráfica: no se puede romper el contacto porque si se rompe podrá volver a disparar con facilidad la artillería y los morteros del enemigo erigiendo una barrera mortífera difícil de atravesar. Y protegido por esa barrera de explosiones, el enemigo se recuperará superando la crisis moral que le puso en derrota.
Tal es uno de los aspectos del contra-ataque: el que pudiéramos llamar «espontáneo», lanzado por los mismos pelotones que defienden las trincheras atacadas. Pero hay otros tipos de contra-ataques más complejos, que requieren preparación esmerada y son planificados por la defensa. De esos contra-ataques hablaremos en los próximos «Consejos».
[Verde Olivo, 26 de junio de 1960.]
  (Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 251-254)
El contra-ataque II
[Verde Olivo, 17 de julio de 1960.]
En uno de los números anteriores de nuestra revista iniciamos un tema de importancia muy grande: el contra-ataque.
El contra-ataque proporciona a la defensa el dinamismo que necesita para cumplir con éxito su doble misión: conservar el terreno y desgastar al enemigo.
Al contemplar anteriormente el caso más sencillo del contra-ataque o sea, aquel que brota espontáneamente en las mismas trincheras ante las que acababa de estrellarse el asaltante, vimos ya que en el combate defensivo no tiene aplicación el dicho de que «a enemigo que huye, puente de plata». Por el contrario, en la guerra es necesario explotar consecuentemente y con la máxima rapidez y energía todos los éxitos, aun los más insignificantes, hasta convertirlos en graves derrotas del adversario. Y así es tanto en la escala reducida del combate como en el campo más amplio de la estrategia. Rasgo distintivo del genio militar es saber convertir, mediante una persecución implacable, la victoria táctica lograda en el campo de batalla, en un triunfo decisivo para la suerte de la guerra en su conjunto.
Si examinamos ahora las razones del éxito decisivo que para la causa de la Revolución tuvo la marcha victoriosa de las columnas invasoras de Camilo y el Che por Camagüey y Las Villas, ¿no fue, acaso, resultado del acierto genial con que Fidel aprovechó a fondo el fracaso de la ofensiva de los generales de Batista?
Estas razones determinantes del éxito militar tienen, como decíamos al tratar del contra-ataque espontáneo, aplicación eficaz también en el combate defensivo de las pequeñas unidades con tal de que se proceda oportunamente y con toda energía.
Decíamos en nuestro «consejo» precedente al tratar del contra-ataque, que sirve al defensor para coronar el éxito de su esfuerzo: al rechazar al enemigo mantuvo su posición y le causó muchas bajas; luego, al perseguir al atacante en su retirada, culminó su obra aumentando el número de sus bajas. ¿Cómo? El atacante, al ser rechazado, huye a ocultarse del fuego de la defensa. Pero el defensor, victorioso, le persigue sin dejarle que se rehaga a cubierto de cualquier accidente del terreno. Y le persigue con el fuego de su artillería, con el de sus morteros y físicamente también, saliendo de las trincheras para batirle con tiros de fusil y granadas de mano en el obstáculo que se buscó para tratar de rehacerse. Todo esto es rápido, ocurre como un reflejo condicionado por el buen entrenamiento en una tropa aguerrida.
Pero, ¿qué hacer si el atacante logró apoderarse de la posición o de alguna de sus partes?
Hay que contra-atacar también para recuperar lo perdido, pero este contra-ataque requiere el empleo de nuevas fuerzas y debe ser preparado minuciosamente de antemano.
El jefe que defiende un sector debe prever con tiempo lo que ha de hacer para recuperar las posiciones perdidas en las incidencias del combate. Reserva a este fin una parte de sus fuerzas, bien provistas de armas automáticas ligeras. Las sitúa debidamente con vistas a su empleo más probable. Las entrena día y noche en el cumplimiento de sus misiones previsibles. Deben ser fuerzas selectas y bien armadas, no se requiere que sean demasiado numerosas, un contra-ataque de cien hombres bien armados y audazmente dirigidos a las seis horas de perdida una posición, es más eficaz y cuesta menos sangre que ese mismo contra-ataque realizado por mil hombres dos días después.
Lo principal es la rapidez con que se prepara y la energía con que se lance.
Para el éxito del contra-ataque tiene especial importancia aprovechar las sombras de la noche. Esta gran verdad, demostrada en la experiencia, resalta al contemplar la influencia de factor tan importante como es el del terreno y preguntarse: ¿quién conoce mejor el terreno: el atacante que acaba de conquistarlo y no ha tenido tiempo de hacerse de él, o el defensor que sabe de memoria todos sus vericuetos?
No cabe duda alguna de que esta importantísima ventaja (que bien aprovechada puede resultar decisiva) está de parte del defensor, pero no por mucho tiempo, porque el atacante estudiará rápidamente las nuevas posiciones conquistadas y se perderá pronto aquella ventaja; no durará arriba de uno o dos días. En ese margen de tiempo hay que lanzar el contra-ataque y lo mejor es en la noche siguiente al día en que fueron perdidas las posiciones que se trata de recuperar contra-atacando. Al caer la noche pierde el atacante la enorme ventaja que le proporcionó el apoyo artillero, sus tanques quedan ciegos y en gran parte inútiles, en lugar de proteger a la infantería atacante, necesitan protección de ésta para no ser víctima de los bazookas o de los granaderos enemigos; tampoco puede actuar eficazmente la aviación, ya que esa primera noche resulta muy difícil precisar dónde están unos y dónde están los otros, la línea del frente cambió dibujando complicados entrantes y salientes que los Estados Mayores se afanan febrilmente por situar en los planos, pero sólo podrán hacerlo al cabo de varias horas, cuando amanezca. Antes, todo es confusión en las primeras líneas y la infantería queda abandonada a sus propias fuerzas.
Fuerzas harto débiles en aquellas horas de la primera noche, ya que no ha tenido tiempo para trazar su plan de fuegos, no ha podido establecer obstáculos protectores ni alambradas ni campos de minas. Limítase, forzosamente, a aprovechar mal que bien las propias trincheras que cavó la defensa, y esas trincheras no le sirven más que de refugio hasta que puede adaptarlas a la nueva situación táctica construyendo los correspondientes emplazamientos de fuego, en lo que estará trabajando intensamente, pero todavía a ciegas, pues por detallados que sean los planos topográficos, el reconocimiento visual del terreno que se pisa es indispensable condición para montar eficazmente su defensa.
Antes de ocupar los emplazamientos señalados en el plan de fuegos debidamente estudiado, las armas de la defensa ladran mucho más que muerden en el combate nocturno y es fácil burlar sus tiros, cuando se conoce bien el terreno. Esta ventaja formidable está íntegramente al lado del que contra-ataca, con tal de que lo haga protegido por las sombras de la primera noche. Veinticuatro horas después sería tarde, tropezaría con alambradas y campos de minas, cuya presencia ignora, habría de atravesar las barreras de fuego de los morteros y de las ametralladoras, encontraría a un enemigo mucho mejor preparado para rechazarle.
La noche que sigue inmediatamente al día del ataque, es el tiempo ideal para lanzar con éxito el contra-ataque. Esta realidad debe ser muy bien considerada por el jefe que se defiende al estudiar sus planes de defensa... Para lanzar el contra-ataque dispone de unas horas, no más de seis o siete, en realidad. En ellas habrá de trasladar a la reserva desde el emplazamiento que ocupa en el dispositivo de la defensa hasta la base de partida para el contra-ataque.
En esas contadas horas habrá de desplegar esas reservas en la base de partida, habrá de señalar los objetivos, establecer la cooperación y el enlace, asegurar el necesario apoyo con tiros de morteros y de artillería, tiros que necesitará tanto en la realización del contra-ataque como después de efectuado éste, cuando haya que defender, a la mañana siguiente, las posiciones recuperadas contra los nuevos ataques del enemigo. Todo esto exige tiempo, pero en gran parte puede haber sido preparado ya de antemano, para ganarlo ahora, en el momento decisivo, cuando cada minuto tiene un valor enorme.
Por ejemplo: la marcha desde el lugar central que ocupan las reservas hasta la base de partida del contraataque. Serán mil o más metros, que cien hombres con sus armas pueden recorrer silenciosamente y sin luces en poco más de diez minutos, si conocen bien el camino, pero que si no lo conocen invierten en él su buena media hora o más todavía, si por casualidad se despistan en la oscuridad. En la base de partida tienen que desplegar silenciosamente esos hombres, cada pelotón y cada escuadra habrán de ocupar su puesto en el dispositivo de ataque. Y una vez en él habrán de comprender perfectamente la idea de la maniobra, ver en la noche el objetivo que habrán de recuperar, el itinerario que deberán seguir sin mezclarse unos con otros, sin perder la orientación, sin confundir los objetivos, sin perder el contacto a fin de apoyarse mutuamente.
Si el terreno es bien conocido, si esta operación, tan sencilla de día, ha sido ensayada a la luz del sol, en las largas jornadas de preparación de la defensa, antes de que «empezasen los tiros», entonces todo iría bien y requeriría poco tiempo, todo lo más una hora u hora y media. Es decir, que antes de que hubiesen transcurrido dos horas de la noche, el contra-ataque podría desencadenarse y, normalmente, una hora después la posición estaría recuperada y destruida o prisionera la tropa enemiga que la ocupaba.
Aún quedarían varias horas de la noche para disponerse a hacer frente a los nuevos golpes del enemigo, que no se harían esperar en cuanto despunte el nuevo día: disponer las fuerzas para la defensa colocando las ametralladoras en los emplazamientos convenientes (y esto lo podemos hacer sin esperar el alba, ya que conocemos perfectamente el terreno recuperado) situando el resto de la fuerza en abrigos y refugios a fin de eludir los efectos del intenso bombardeo enemigo en cuanto salga el sol; estableciendo el enlace con las unidades vecinas; cuidando la comunicación telefónica; abasteciendo de municiones; retirando los heridos, &c., &c.
No sobra ni un solo minuto, hay que trabajar con rapidez para que el nuevo día nos encuentre bien preparados para rechazar nuevos ataques aún más intensos. Porque los ataques reiterados son siempre más intensos y, sin embargo, la historia de las guerras demuestra que las posiciones recuperadas en los contra-ataques resultan luego más sólidas (quizás sea efecto del factor moral) y con dificultad vuelven a perderse. Acaso sea como esos huesos que no suelen nunca fracturarse dos veces por un mismo sitio.
Y como no hemos agotado aún el tema del contra-ataque, seguiremos hablando de él en nuevos números de nuestra revista. La importancia del tema así lo exige.
[Verde Olivo, 17 de julio de 1960.]
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 256-261)
El aprovechamiento del terreno I
[Verde Olivo, 22 de mayo de 1960.]
Al combatir en defensa de la soberanía popular, en defensa de las nobles conquistas de la Revolución, tu mejor aliado es el terreno que pisas, la tierra querida de la Patria que defiendes.
Por eso tienes que saber aprovechar bien el terreno en todas las situaciones del combate. El terreno, bien aprovechado, te sirve para defenderte mejor y para atacar con la máxima eficacia. El buen conocimiento del terreno es una de las mayores ventajas que tienes sobre el invasor. Por eso, aprende bien a aprovecharlo.
¿Cómo mejor aprovechar el terreno? Veámoslo por partes, empezando por la defensa. Ya sabes bien, y experiencias de la Sierra Maestra lo han vuelto a poner de manifiesto, que la defensa no implica pasividad en modo alguno. Por el contrario, el que se defiende ataca con sus balas, con sus granadas, causando gravísimo quebranto a un enemigo numéricamente superior. ¿Cómo es posible? Gracias al terreno. El defensor se parapeta en el terreno, se oculta y oculto acecha a sus enemigos para destruirles con su fuego al ponerse éstos a tiro. Gracias a la protección del terreno puede hacer frente con éxito un grupo pequeño de hombres valientes a una tropa mucho más numerosa y mejor armada. Verás por qué:
El terreno oculta a los hombres que lo ocupan, con sus ondulaciones, con sus barrancadas, con su vegetación, hasta con la diversidad de sus matices de color. Y oculta mejor a los grupos pequeños armados a la ligera que a los grupos numerosos que llevan consigo armamento pesado, de aquí que puede decirse que el terreno protege al débil contra el fuerte.
El terreno cubre de los fuegos enemigos. Las ondulaciones del relieve natural ofrecen numerosos ángulos muertos, o sea, espacios donde no pueden caer las balas de fusil y de ametralladora ni los proyectiles de cañón. El terreno ofrece multitud de pequeños accidentes, piedras, hoyos, cercas, que ponen al combatiente a cubierto de las balas enemigas, si sabe aprovecharlos bien.
El terreno impide en algunos lugares el paso a los tanques enemigos, que son el enemigo más peligroso de la defensa. Los ríos anchos y profundos, las laderas escarpadas de los montes, las cortadas del terreno, &c., obstáculos que el tanque enemigo no puede franquear.
El terreno abunda también en cuevas naturales que ofrecen eficaz refugio contra la aviación enemiga.
Como ves, el terreno brinda muchas ventajas al combatiente, pero sólo en la medida en que éste las sepa aprovechar y perfeccionar. Pasa en el aprovechamiento táctico del terreno como en el aprovechamiento industrial de las riquezas que el mismo nos ofrece: bien poco valen si no se las sabe aprovechar debidamente. ¿Cuántos siglos existió el petróleo casi inaprovechado hasta que el hombre aprendió a valerse de él? Pues algo así sucede con el terreno en el combate, hay que saberlo aprovechar, hay que saberlo perfeccionar. Y tanto lo uno como lo otro no es misión privativa del mundo superior, es labor permanente y constante de todos los combatientes.
Hemos enunciado cuatro aspectos del terreno en el combate, sería conveniente desarrollarlos con algún detenimiento y este será el tema de varios de estos consejos que brinda Verde Olivo al miliciano.
Comencemos por el valor del terreno como medio de ocultar al combatiente de la vista enemiga, tanto de la observación terrestre como de la observación aérea.
¿Sabes por qué se llama tu revista Verde Olivo? Dirías que porque verde olivo es el color glorioso del uniforme de los Rebeldes. Es cierto, pero ¿por qué lo eligieron? Entre otras cosas, porque es el que menos se destaca, sobre el paisaje cubano. Un rebelde con su uniforme verde olivo es muy difícil de ver a 100 metros en el campo, si cuida de no hacer sombra, pegándose al terreno. Así, reptando ágilmente, el soldado rebelde con su uniforme verde olivo puede acercarse sin ser visto hasta la distancia en que lleva con toda seguridad al objetivo la granada lanzada por su mano. Como ves, Fidel supo aprovechar bien en la Sierra Maestra las ventajas que le ofrecía el terreno hasta en los menores detalles, que pueden pasar inadvertidos.
Aprovecha tú también esta lección y tenla muy presente en el combate. En tu uniforme no debes llevar nada que desentone con el color del paisaje, evita todo lo que brille al sol, como chapas metálicas, &c., cuida siempre de no proyectar sombras, que son delatoras sobre todo para la aviación enemiga si te observa. Cuando te muevas busca las sombras naturales del terreno, sigue las líneas de cambio de color, es decir, allí donde limitan dos campos de cultivo diferente, un sembrado y un baldío, la linde de un cañaveral, y cuida, si caminas erguido sobre todo, que tu sombra caiga en la parte más oscura del terreno.
Si llega la aviación enemiga tiéndete a tierra si estás a campo abierto, pero si hay árboles de tronco alto y copa breve mejor disimula tu presencia pegándote al tronco.
Ahora bien, ten presente que como mejor eludes el efecto del bombardeo enemigo es tendido en tierra, porque la metralla de la bomba, al explotar, suele extenderse de abajo a arriba, abriendo un cono mortífero tanto más estrecho cuanto más pegado estés al terreno. Decimos «suele», porque a veces el enemigo emplea espoletas de tiempo con objeto de que la bomba explote en el aire, antes de llegar a la tierra, y entonces la dispersión de la metralla es de arriba a abajo. Lo hace precisamente para batir mejor a la infantería desde el aire, pero, repetimos, son menos frecuentes esos tipos que los de percusión cuando la bomba o el proyectil explotan al chocar con el suelo. Por eso conviene siempre arrojarse a tierra para eludir mejor la metralla.
Si hay varios combatientes juntos, deben evitar toda formación regular, geométrica, porque destaca más claramente sobre el fondo del terreno y la divisa mejor el enemigo.
Hay que desplegarse de modo irregular, adaptándose al terreno. Por ejemplo: si varios combatientes estuvieran entre dos campos, lo mejor para no ser visto es colocarse en fila siguiendo la línea del lindero; si estuvieran en un sembrado deben buscar también el borde y situarse a lo largo de su trazado. Si se ocultaran en un cañaveral, deben tener sumo cuidado de no mover mucho las cañas, las sombras que proyectan las puntas de las cañas al moverse los denuncian. El cañaveral oculta bien, pero es muy peligroso porque arde fácilmente y porque refleja tus movimientos, si no son cautos, y el enemigo ve que el cañaveral está ocupado por alguien.
No creas que si tú no ves al enemigo, el enemigo no te ve a ti, es un error que puede costarte la vida. Por eso, debes tomar siempre las precauciones necesarias para ocultarte. Esto se refiere sobre todo a la noche. Ten presente que el fuego de un tabaco, de un cigarrillo se divisa a gran distancia; si enciendes hogueras, la llama y el humo te denuncian. No olvides tampoco que la técnica moderna ofrece a un enemigo bien armado medios con que ver más o menos claramente en la oscuridad con los rayos infrarrojos. Por eso, de noche debes ocultarte tan bien como de día y no confiarte ciegamente.
Debes tomar medidas para perfeccionar el ocultamiento que te ofrece el terreno en combate. Para ello has de esforzarte por confundirte enteramente con el paisaje. Si estás en un matorral, por ejemplo, corta ramas y cúbrete con ellas el casco, la boina, los hombros, para disimular tu figura. Si reptas por el terreno en un avance, lleva delante de tu cabeza una mata cualquiera que hayas arrancado, una piedra de las que haya en el terreno, algo que confunda a la observación enemiga y te ayude a pasar inadvertido.
Si te detienes a pasar la noche, a descansar, o por cualquier motivo, enmascara perfectamente todos tus efectos, tus armas, tu mochila, el lugar donde te tiendas a descansar. Y al enmascararlo ten en cuenta la necesidad de ocultarse de la observación terrestre y de la observación aérea. Cuida sobre todo de no proyectar sombras delatoras. Evita colores que no armonicen con el tono del paisaje. Si manejas un camión, un vehículo cualquiera, o llevas mulas con carga, enmascáralas con tanto cuidado como a ti mismo de modo que el enemigo no las pueda advertir ni desde el observatorio terrestre ni desde el aire. El terreno te ofrece siempre con qué hacerlo en nuestra rica tierra cubana.
Al caminar bajo la posible observación enemiga, piensa que no es siempre en el combate la línea recta la distancia más corta entre dos puntos. Sigue preferentemente las sinuosidades del terreno, aunque hayas de dar rodeos, camina por espacios abiertos a la vista de la observación terrestre con el oído alerta para arrojarte al suelo en cuanto oigas el motor de la aviación enemiga. Y esta norma debes seguirla, tanto si vas solo como si diriges una unidad, una escuadra, un pelotón, un grupo cualquiera de hombres en la marcha o en el combate.
Los espacios abiertos a la observación enemiga deben atravesarse de noche. Si no es posible esperar a la noche hay que diseminar a la fuerza propia, enmascararla cuidadosamente para que se confunda con el terreno y estudiar bien los mejores itinerarios. No hay terreno por abierto que sea que no ofrezca lugares desenfilados si se le estudia bien. Y con arreglo a las circunstancias debe procederse entonces. Unas veces será preferible pasar ese espacio rápidamente, a la carrera, todos de una vez en un frente desplegado para que el enemigo no tenga tiempo a reaccionar y a lo mejor, ni nos vea. Otra habrá que pasar ese espacio arrastrándose lentamente. Aquí la iniciativa tiene amplio margen de acción y siempre podría encontrar soluciones practicas si va acompañada de un buen estudio de la situación, de un buen análisis del terreno y sus posibilidades.
Piensa en esto hasta el número siguiente de Verde Olivo, en que seguiremos estudiando los demás aspectos del aprovechamiento del terreno.
[Verde Olivo, 22 de mayo de 1960.]
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 263-268)
El aprovechamiento del terreno II
[Verde Olivo, 29 de mayo de 1960.]
En el número anterior de Verde Olivo hablamos de un aspecto de aprovechamiento del terreno en el combate: «la desenfilada de las vistas», o sea, cómo ponerse a cubierto de la observación enemiga. Hoy vamos a tratar de la «desenfilada de fuegos», o sea, cómo ponerse a cubierto de las balas y de la metralla enemiga.
Ten presente que hay accidentes del terreno que te protegen de «las vistas» del enemigo, a sea, de su observación, pero no te protegen de sus fuegos. Por ejemplo: un matorral. Oculto detrás de él (o en su interior, si es grande) el enemigo no te ve, pero si por casualidad dispara o cae por allí una bomba puede herirte, las ramas y la hojarasca del matorral no son bastante sólidas como para protegerte. Un bosque de árboles corpulentos puede protegerte de las vistas y de los fuegos del enemigo.
Cuando avanzas por el terreno antes de que el enemigo haya advertido tu presencia basta con que te cubras de las vistas, o sea, de la observación enemiga; pero una vez que el enemigo ha advertido tu presencia (o las de tus compañeros de pelotón), ya no es bastante cubrirse de las vistas, es necesario cubrirse de los fuegos. Podrás preguntar ¿de qué fuegos?, porque el enemigo dispara con balas y con granadas, con minas de mortero y con obuses de artillería de calibres muy distintos. Por eso, la piedra que te protege sólidamente contra las balas de fusil o de ametralladora, no basta para protegerte del impacto de cañón. La hoyada del terreno donde no llegan las balas de fusil ni de ametralladora son fácilmente batidas por las minas del mortero. El terreno no te brinda por lo general, una protección completa y absoluta contra el fuego enemigo terrestre y aéreo. Por eso tienes que trabajar para perfeccionar esa protección que te facilite el terreno y hacerla más completa. Tal es el cometido de la fortificación.
Al pensar en la fortificación no te hagas la idea de que se trata de obras difíciles y complicadas de ingeniería. La fortificación empieza en el hoyo que abre el soldado en el terreno para que no le alcancen las balas ni la metralla del enemigo, continúa en la zanja con que une su hoyo con el del compañero para poderse ayudar mutuamente, sigue con la zanja que va abriendo hacia atrás con el fin de que puedan llevarle comida y municiones, con el fin de que pueda llegarle el relevo, y va ampliándose, si el tiempo lo permite, hasta convertir el terreno en un sólido campo atrincherado, una auténtica fortaleza moderna.
Porque las fortalezas de hoy no tienen murallas ni bastiones, tienen trincheras, muchas trincheras, unidades con zanjas de comunicación y salpicadas de refugios soterrados. Y esas trincheras, por regla general, no las encuentra preparadas ya el combatiente, sino que son como el traje que va haciendo a la medida del terreno en la situación táctica. Por eso nos parecen tan caprichosas las trincheras de las pasadas guerras cuando visitamos como turistas los campos de batalla. Fuera de la realidad en que surgieron, carecen muchas veces de sentido. Porque se trata, repetimos, de «trajes hechos a la medida», a la medida del terreno dentro del marco de la situación táctica. Muchas de las «fortalezas» preparadas de antemano, en posiciones idealmente buscadas, no han servido en la batalla, porque no se ajustaban a esa realidad del combate en el momento en que se libró éste. ¿Quién no ha oído hablar de la «Línea Maginot», de la «Línea Sifrid», de la «Muralla del Atlántico», &c., &c.? Y sin embargo, los principales combates se libraron por lo general en campo abierto, en posiciones improvisadas, cavadas por los propios combatientes allí donde fue necesario hacerlo.
Y la trinchera improvisada por el combatiente anónimo en un campo insignificante resultó más eficaz en la marcha de la guerra que el reducto blindado de hierro y concreto con metros de espesor, erigido desde tiempo de paz en una altura dominante.
¿Por qué te decimos esto, miliciano? Lo decimos para que comprendas bien que tan necesario como saber tirar con buena puntería es saber abrir trincheras, tan necesario como el fusil y la ametralladora son la pala y el pico. Porque el combatiente ha de fortificarse siempre, tanto en el ataque como en la defensa.
Volvamos al obstáculo (piedra, elevación del terreno, &c.), que te protege del fuego enemigo en el campo de batalla. Vimos ya que esa protección es muy relativa, lo que te protege del impacto de la bala no te defiende del impacto del cañón, ni de la mina de mortero que cae casi vertical buscando todas las contrapendientes y barrancadas. Por eso tienes que completar con tu trabajo la obra de la Naturaleza y el modo mejor de hacerlo es «enterrarte». Una buena infantería debe «enterrarse» a las pocas horas de estar en un lugar cualquiera, esté o no al alcance de la ametralladora o del cañón enemigo, porque siempre estará abajo la amenaza del ataque aéreo.
La mejor protección es «enterrarse» y para enterrarse basta abrir una zanja. Primero bastará con una zanja que cubra al hombre tendido, es decir, una zanja de unos dos metros de largo por medio metro de profundidad; pero esta zanja es incómoda y no le permite al combatiente cambiar de posición, por eso debe seguir profundizándose hasta que pueda moverse libremente en ella. Con la tierra que se saca va elevando el parapeto que le ayuda a cubrirse mejor del tiro de fusil y ametralladora y forma así una trinchera cubriendo con yerba y hojarasca la tierra fresca.
Luego va cavando en una de las paredes de la trinchera un nicho como la madriguera de una fiera, y ya tiene donde guarecerse del fuego de cañón y mortero, ya tiene un refugio excelente contra el bombardeo de la aviación. Si la bomba no cae precisamente en su madriguera, no le hace nada por potente que sea. Esta seguridad le da al combatiente mucha fuerza en la pelea. Desde esa posición así preparada puede afrontar con las mayores garantías de éxito el ataque de fuerzas enemigas muy superiores en número y armamento, porque desde su agujero en el terreno, él puede herir al enemigo y éste no puede alcanzarle con sus disparos.
Protegido así por el terreno, un hombre armado de fusil automático puede hacer frente a una escuadra mientras no le falten balas ni serenidad. Su único peligro es verse envuelto por la maniobra enemiga y para ello necesita el apoyo, la cooperación de sus vecinos, a los que apoya a su vez. De este modo se teje la impenetrable trama de una buena cooperación en el combate defensivo.
Cuando saltas de un emplazamiento a otro en el ataque debes también fortificarte, perfeccionando el obstáculo elegido para el salto, aumentando la protección que te ofrece.
Cuando conquistes el objetivo señalado por tu jefe, debes también fortificarte sin pérdida de tiempo, para rechazar el probable contra-ataque del enemigo.
Cuando haces un alto en la marcha y te dispones a descansar, debes perfeccionar el abrigo que te ofrece el terreno para que no pueda herirte la metralla de las bombas de la aviación enemiga si te descubre, ni te alcancen las balas de la ametralladora de los aviones de caza.
Una zanja estrecha es magnífica protección contra las bombas y las balas de la aviación enemiga. Esta zanja puedes cavarla a cielo abierto o bajo techado, en el campo o en el bosque, ten sólo muy en cuenta que debes evitar la cercanía de materias inflamables.
No se concibe el combate moderno sin la fortificación del combatiente en todas las posibles situaciones. La fortificación ahorra vidas propias y multiplica las bajas del enemigo. La fortificación permite hacer frente, con éxito, a cualquier invasor por bien armado que venga.
Se fortifican los emplazamientos de los tiradores, los observatorios, los puestos de mando, los depósitos, los campamentos, las ciudades, los cruces de caminos, los centrales azucareros... se fortifica todo el territorio de la Patria para rechazar resueltamente al agresor. De este modo se asegura que cada pulgada de la tierra cubana será una fortaleza defendida por un héroe decidido a poner en práctica el lema victorioso de PATRIA O MUERTE.
[Verde Olivo, 29 de mayo de 1960.]
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 269-273)
Las ametralladoras en el combate defensivo
[Verde Olivo, 24 de julio de 1960.]
Por la rapidez de tiro y la precisión las ametralladoras constituyen el armazón de toda defensa bien organizada. ¿Cuántas veces en el transcurso de las últimas guerras, una ametralladora, bien emplazada y con sirvientes serenos y abnegados, han hecho fracasar el ataque de batallones enteros causándoles además enorme cantidad de bajas...?
Por esto, todo miliciano o soldado cubano en su preparación para la defensa de la Patria, debe aprender el manejo de la ametralladora (su funcionamiento, mecanismo y el tiro con ella) y, además, lo que no es menos importante, el empleo de la misma en el combate y en particular en el combate defensivo.
Es ésta una cuestión de tanta importancia, que no podía ser pasada por alto en estos consejos al combatiente y a ella se va a dedicar una serie de los mismos.
Pero antes de entrar a explicar los principios del empleo de las ametralladoras en el combate defensivo, vamos a recordar las características principales que distinguen esta arma y las reglas elementales de su tiro como cuestiones estrechamente ligadas a la aplicación de dichos principios.
La primera característica de la ametralladora, para facilitar la exposición generalizada, en cierto modo, refiriéndonos a la ametralladora de ajuste rígido con trípode o ruedas, independientemente de su marca, ya que los distintos tipos no se distinguen tanto que requieran un empleo diferente, es la velocidad de tiro.
En los momentos críticos del combate la ametralladora durante varios minutos puede disparar con cadencias prácticas de hasta 250 disparos por minuto, que permite formar barras de fuego de una densidad tal que sean completamente insalvables para la infantería atacante.
La segunda característica es la precisión en el tiro que lo da la rigidez del ajuste. En este sentido la ametralladora está muy por encima del fusil ametralladora (llamado también ametralladora ligera) y más aún del fusil automático o FAL. Disparando con puntería fija, la ametralladora a 200 metros da un haz de proyectiles de sólo 0,40 metros de anchura; a 600 metros dicho haz tiene 1,4 metros de anchura; 2,70 a 800 metros de distancia; 11,7 metros a 1.800 metros y unos quince metros de anchura al llegar a los 2.000 metros. A estas mismas distancias el fusil ametralladora -y aún más el FAL- da dispersiones varias veces superior.
La tercera característica es la potencia o poder perforante de la bala de la ametralladora, que si bien no se toma en consideración cuando se trata de obstáculos materiales puede batir y poner fuera de combate a cualquier combatiente al descubierto hasta distancias de 3.000 metros.
Por último, la característica más importante de la ametralladora es la tensión de la trayectoria de sus balas o, dicho con otras palabras, de la rasancia de la misma. Esta es la condición que da la mayor eficacia al fuego de la ametralladora. La rasancia de la trayectoria de las ametralladoras es tal que a distancia hasta los 500 metros en un terreno llano, en ningún punto del recorrido de la bala alcanza una altura superior a 1,50 metros, o sea, que la bala en todo su recorrido es capaz de batir a un hombre que esté de pie.
Esta característica permite, hasta una profundidad de 500 metros, formar barreras continuas de fuego que impidan el acceso del atacante bajo pena de ser puesto fuera de combate por uno o varios proyectiles. A partir de 500 metros, la rasancia de la trayectoria de la ametralladora disminuye rápidamente; tirando a más de esta distancia, la bala en su recorrido se eleva hasta varios metros del suelo y deja amplias zonas sin batir. Como veremos más adelante, la rasancia de las trayectorias de las ametralladoras son el factor predominante en la organización del plan de fuegos de la defensa.
De las reglas elementales de tiro se destaca por su importancia la rápida corrección del mismo.
Para que la ametralladora pueda ser verdaderamente eficaz, el tiro debe ser preparado partiendo de la medición más exacta posible de la distancia y además el tirador debe ser capaz de corregir los pequeños errores de apreciación de distancias o la influencia de factores como viento, lluvia, &c. Si el tirador tarda en la corrección del tiro dará tiempo al enemigo a ponerse a cubierto sin sufrir bajas. Para la corrección del tiro suelen emplearse balas trazadoras que intercaladas por series entre las normales permiten a intervalos regulares efectuar las debidas correcciones. Pero las balas trazadoras tienen un grave inconveniente: desenmascaran el emplazamiento de la ametralladora. Por esto su empleo se autoriza solamente cuando el enemigo no puede observar la trayectoria de tiro desde un flanco. Si no se tiene en cuenta esta condición, el empleo inoportuno de las balas trazadoras traería como consecuencia la rápida localización de la ametralladora que las usa y su destrucción por el fuego de la artillería o morteros enemigos.
Por los efectos que persigue el fuego de la ametralladora pueden ser de destrucción y de neutralización. El fuego de destrucción se efectúa sobre las formaciones enemigas que están al descubierto. Sólo en casos excepcionales se permite el fuego de ametralladora sobre combatientes aislados. El fuego de destrucción es el más empleado por el defensor y generalmente se efectúa a las cadencias máximas, ya que las formaciones atacantes, que sufran sus efectos, intentarán ponerse a cubierto con la mayor rapidez. Por esto y para poder causar el mayor número de bajas en el mínimo tiempo, además de la cadencia acelerada hasta lo posible, se requiere la más minuciosa preparación del tiro.
Para esta clase de fuego el conseguir el efecto de la sorpresa es decisivo. Con el fin de conseguir la sorpresa las ametralladoras de la defensa que deben efectuar el tiro de la destrucción no cumplen ninguna otra misión y abren el fuego solamente al aparecer el atacante en la dirección asignada y a las distancias fijadas en el plan de fuego.
El fuego de neutralización es el que se efectúa contra un enemigo atrincherado o que está a cubierto por algún obstáculo natural con el fin de impedir que use sus armas o pueda moverse. Se realiza a cadencias normales, pero para su efectividad, requiere también una meticulosa preparación. En la defensa esta clase de fuego se emplea generalmente para dificultar la maniobra del enemigo, que tratando de aprovechar los accidentes del terreno, procurará evitar las zonas más peligrosas batidas de flanco por las ametralladoras que efectúan el fuego de destrucción.
Desde el punto de vista táctico los tiros de ametralladoras se pueden clasificar en tiros de barrera, de concentración y de hostigamiento. En la defensa el fuego de ametralladora más empleado es el de barrera. Es una modalidad del tiro de destrucción que tiene por objeto, como su nombre lo indica, hacer infranqueable una faja de terreno determinada. Para ello, las ametralladoras que deben formar la barrera delante de la posición principal estarán ocultas a la vista del enemigo y cubiertas de los fuegos (aprovechando los accidentes del terreno y sobre todo la fortificación y el enmascaramiento de la misma), (el problema del emplazamiento de las ametralladoras de la defensa es tan importante que le dedicamos, a él solo, uno de estos artículos). El tiro de barrera se efectúa siempre de flanco y a distancias no mayores de 500 metros para poder aprovechar la rasancia de la trayectoria de las balas de la ametralladora. Delante de la posición principal de resistencia la barrera de fuego de ametralladoras debe ser por lo menos el doble (en los lugares más peligrosos puede ser triple o cuádruple). Esto quiere decir que serán no una, sino varias ametralladoras las que tendrán la misión de formar la barrera sobre la misma faja de terreno desde emplazamientos distintos. De este modo, aún en el caso de que algunas de las ametralladoras sean puestas fuera de combate por el fuego enemigo o a causa de desperfectos mecánicos, quedará asegurada la continuidad de la barrera delante de la posición. Dentro de la posición principal se organizarán por el mismo principio (fuego de flanco a distancias no mayores de 500 metros) barreras sucesivas y distancias variables según el terreno. Las ametralladoras que las forman pueden apoyar desde emplazamientos provisionales (no desde los que tienen asignados para el fuego de barrera), el combate de las fuerzas que defienden las trincheras con los emplazamientos de las ametralladoras que forman la barrera anterior.
Tanto en el caso de la barrera delante de posición principal de resistencia como en el de las barreras interiores, el fuego de unas ametralladoras debe cruzarse con el de otras a distancias no mayores de 250 metros, o sea, a la mitad del trozo de barrera asignada a cada una de ellas. Así se consigue también una mejor continuidad de la barrera cuando por cualquier motivo algunas de las ametralladoras empleadas en ella dejen de tirar.
Cuando el enemigo avanza el fuego de barrera se efectúa a cadencia acelerada al máximo, para causar el mayor número posible de bajas al atacante en el mínimo tiempo. Alcanzado el efecto y detenido el ataque, algunas de las ametralladoras mantienen la barrera disparando con tiro intermitente.
El tiro de concentración es un tiro de barrera aplicado sobre un punto que por las características del terreno sabemos el enemigo intentará forzosamente atravesar u ocupar. Se efectúa reuniendo sobre dicho punto los haces de proyectiles de varias ametralladoras que disparan simultáneamente a tiro rápido.
La defensa organiza tiros de concentración para batir objetivos a distancias superiores a alas que se efectúa la barrera (normalmente a distancias de 600 a 2.000 metros). Los tiros de concentración lo efectúan las ametralladoras que no están designadas para efectuar el tiro de barrera.
El tiro de hostigamiento se realiza a intervalos sobre zonas de terreno difícilmente observables y a grandes distancias (de 2.000 a 3.000 metros). Con esta clase de tiro, que requiere una preparación especial y se lleva a cabo con baterías de ametralladoras (de 6 y más máquinas), la defensa hostiliza los segundos escalones del atacante, los emplazamientos de artillería de apoyo, las reservas enemigas.
En algunos casos una misma ametralladora podrá cumplir varias misiones en el combate defensivo, particularmente en la barrera, en las concentraciones y en el hostigamiento. Pero en todos los casos estas ametralladoras dispararán desde emplazamientos distintos para que el enemigo no las pueda localizar y destruir.
(Verde Olivo, 24 de julio de 1960.)
(Tomado de Escritos y discursos, tomo 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1972, páginas 275-280)