Una historia de la rebelión cubana 


La historia de la agresión militar que se consumó el 10 de marzo de 1958 —golpe incruento dirigido por Fulgencio Batista—, no empieza, naturalmente, el mismo día del cuartelazo. Sus antecedentes habría que buscarlos muy atrás en la historia de Cuba; mucho más atrás que la intervención del embajador norteamericano Summer Welles, en el año 1933; más atrás aún que la Enmienda Platt, del año 1901; más atrás que el desembarco del héroe Narciso López, enviado directo de los anexionistas norteamericanos, hasta llegar a la raíz del tema en los tiempos de John Quincy Adams, quien a principios del siglo XVIII anunció la constante de la política de su país respecto a Cuba: una manzana que, desgajada de España, debía caer fatalmente en manos del Uncle Sam. Son eslabones de una larga cadena de agresiones continentales que no se ejercen solamente sobre Cuba.

Esta marea, este fluir y refluir del oleaje imperial, se marca por las caídas de gobiernos democráticos o por el surgimiento de nuevos gobiernos ante el empuje incontenible de las multitudes. La historia tiene características parecidas en toda América Latina:

los gobiernos dictatoriales representan una pequeña minoría y suben por un golpe de estado; los gobiernos democráticos de amplia base popular ascienden laboriosamente, y, muchas veces, antes de asumir el poder, ya están estigmatizados por la serie de concesiones previas que han debido hacer para mantenerse. Y, aunque la Revolución cubana marca, en este sentido, una excepción en toda América, era preciso señalar los antecedentes de todo este proceso, pues el que esto escribe, llevado y traído por las olas de los movimientos sociales que convulsionan a América, tuvo oportunidad de conocer, debido a estas causas, a otro exiliado americano: a Fidel Castro.

Lo conocí en una de esas frías noches de México, y recuerdo que nuestra primera discusión versó sobre política internacional. A las pocas horas de la misma noche —en la madrugada— era yo uno de los futuros expedicionarios. Pero me interesa aclarar cómo y por qué conocí en México al actual Jefe del Gobierno en Cuba. Fue en el reflujo de los gobiernos democráticos, en 1954, cuando la última democracia revolucionaria americana que se mantenía en pie en esta área —la de Jacobo Arbenz Guzmán— sucumbía ante la agresión meditada, fría, llevada a cabo por los Estados Unidos de Norteamérica tras la cortina de humo de su propaganda continental. Su cabeza visible era el Secretario de Estado, Foster Dulles, que por rara coincidencia también era abogado y accionista de la United Fruit Company, la principal empresa imperialista existente en Guatemala.

De allí regresaba uno en derrota, unido por el dolor a todos los guatemaltecos, esperando, buscando la forma de rehacer un porvenir para aquella patria angustiada. Y Fidel venía a México a buscar un terreno neutral donde preparar a sus hombres para el gran impulso. Ya se había producido una escisión interna, luego del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, separándose todos los de ánimo flojo, todos los que por uno u otro motivo se incorporaron a partidos políticos o grupos revolucionarios que exigían menos sacrificio. Ya las nuevas promociones ingresaban en las flamantes filas del llamado "Movimiento 26 de Julio", fecha que marcaba el ataque al cuartel Moncada, en 1953. Empezaba una tarea durísima para los encargados de adiestrar a esa gente, en medio de la clandestinidad imprescindible en México, luchando contra el gobierno mexicano, contra los agentes del FBI norteamericano y los de Batista, contra estas tres combinaciones que se conjugaban de una u otra manera, y donde mucho intervenía el dinero y la venta personal. Además había que luchar contra los espías de Trujillo, contra la mala selección hecha del material humano —sobre todo en Miami— y, después de vencer todas estas dificultades, debíamos lograr algo importantísimo: salir ... y, luego ... llegar, y lo demás que, en ese momento, nos parecía fácil. Hoy aquilatamos lo que aquello costó en esfuerzos, en sacrificios y en vidas.

Fidel Castro, auxiliado por un pequeño grupo de íntimos, se dio con toda su vocación y su extraordinario espíritu de trabajo a la tarea de organizar las huestes armadas que saldrían hacia Cuba. Casi nunca dio clases de táctica militar, porque el tiempo le resultaba corto para ello. Los demás pudimos aprender bastante con el general Alberto Bayo. Mi impresión casi instantánea, al escuchar las primeras clases, fue la posibilidad de triunfo que veía muy dudosa al enrolarme con el comandante rebelde, al cual me ligaba, desde el principio, un lazo de romántica simpatía aventurera y la consideración de que valía la pena morir en una playa extranjera por un ideal tan puro.

Así fueron pasando varios meses. Nuestra puntería empezó a perfilarse y salieron los maestros tiradores. Hallamos un rancho en México, donde bajo la dirección del general Bayo —estando yo como ¿efe de personal— se hizo el último apronte, para salir en marzo de 1956. Sin embargo, en esos días dos cuerpos policíacos mexicanos, ambos pagados por Batista, estaban a la caza de Fidel Castro, y uno de ellos tuvo la buena ventura económica de detenerle, cometiendo el absurdo error —también económico— de no matarlo, después de hacerlo prisionero. Muchos de sus seguidores cayeron en pocos días más; también cayó en poder de la policía nuestro rancho, situado en las afueras de la ciudad de México, y fuimos todos a la cárcel.

Aquello demoró el inicio de la última parte de la primera etapa. Hubo quienes estuvieron en prisión cincuenta y siete días, contados uno a uno, con la amenaza perenne de la extradición sobre nuestras cabezas (somos testigos el comandante Calixto García y yo). Pero, en ningún momento, perdimos nuestra confianza personal en Fidel Castro. Y es que Fidel tuvo algunos gestos que, casi podríamos decir, comprometían su actitud revolucionaria en pro de la amistad. Recuerdo que le expuse específicamente mi caso: un extranjero, ilegal en México, con toda una serie de cargos encima. Le dije que no debía de manera alguna pararse por mí la Revolución, y que podía dejarme; que yo comprendía la situación y que trataría de ir a pelear desde donde me lo mandaran y que el único esfuerzo debía hacerse para que me enviaran a un país cercano y no a la Argentina. También recuerdo la respuesta tajante de Fidel: "Yo no te abandono". Y así fue, porque hubo que distraer tiempo y dinero preciosos para sacarnos de la cárcel mexicana. Estas actitudes personales de Fidel con la gente que aprecia, son la clave del fanatismo que crea en su alrededor, donde se suma a una adhesión de principios, una adhesión personal, que hace de este Ejército Rebelde un bloque indivisible.

Pasaron los días, trabajando en la clandestinidad, escondiéndonos donde podíamos, rehuyendo en lo posible toda presencia pública casi sin salir a la calle.

Pasados unos meses, nos enteramos de que había un traidor en nuestras filas, cuyo nombre no conocíamos, y que había vendido un cargamento de armas. Sabíamos también que había vendido el yate y un transmisor, aunque todavía no estaba hecho el "contrato legal" de la venta. Esta primera entrega sirvió para demostrar a las autoridades cubanas que, efectivamente, el traidor conocía nuestras interioridades. Fue también lo que nos salvó, al demostrarnos lo mismo. Una actividad febril hubo de ser desarrollada a partir de ese momento: el "Granma" fue acondicionado a una velocidad extraordinaria; se amontonaron cuantas vituallas conseguimos, bien pocas por cierto, y uniformes, rifles, equipos, dos fusiles antitanques casi sin balas. En fin, el 25 de noviembre de 1956, a las dos de la madrugada, empezaban a hacerse realidad las frases de Fidel que habían servido de mofa en la prensa oficialista:

"En el año de 1956 seremos libres o seremos mártires".

Salimos, con las luces apagadas, del puerto de Tuxpan, en medio de un hacinamiento infernal de materiales de toda clase y de hombres. Teníamos muy mal tiempo y, aunque la navegación estaba prohibida, el estuario del río se mantenía tranquilo. Cruzamos la boca del puerto yucateco, y a poco más, se encendieron las luces. Empezamos la búsqueda frenética de los antihistamínicos contra el mareo, que no aparecían; se cantaron los himnos nacional cubano y del "26 de Julio", quizá durante cinco minutos en total, y después el barco entero presentaba un aspecto ridículamente trágico: hombres con la angustia reflejada en el rostro, agarrándose el estómago. Unos con la cabeza metida dentro de un cubo, y otros tumbados en las más extrañas posiciones, inmóviles y con las ropas sucias por el vómito. Salvo dos o tres marinos y cuatro o cinco personas más, el resto de los ochenta y tres tripulantes se marearon. Pero al cuarto o quinto día el panorama general se alivió un poco. Descubrimos que la vía de agua que tenía el barco no era tal, sino una llave de los servicios sanitarios, abierta. Ya habíamos botado todo lo innecesario, para aligerar el lastre.

La ruta elegida comprendía una vuelta grande por el sur de Cuba, bordeando Jamaica, las islas del Gran Caimán, hasta el desembarco en algún lugar cercano al pueblo de Niquero, en la provincia de Oriente. Los planes se cumplían con bastante lentitud: el día 30 oímos por radio la noticia de los motines en Santiago de Cuba que había provocado nuestro gran Frank País, considerando sincronizarlos con el arribo de la expedición. Al día siguiente, primero de diciembre, en la noche, poníamos la proa en línea recta hacia Cuba, buscando desesperadamente el faro de Cabo Cruz, carentes de agua, petróleo y comida. A las dos de la madrugada, con una noche negra, de temporal, la situación era inquietante. Iban y venían los vigías buscando la estela de luz que no aparecía en el horizonte. Roque, ex-teniente de la Marina de Guerra, subió una vez más al pequeño puente superior, para atisbar la luz del cabo, y perdió pie, cayendo al agua. Al rato de reiniciada la marcha, ya veíamos la luz, pero el asmático caminar de nuestra lancha hizo interminables las últimas horas del viaje. Ya de día, arribamos a Cuba por el lugar conocido por Belic, en la playa de las Coloradas.

Un barco de cabotaje nos vio, comunicando telegráficamente el hallazgo al ejército de Batista. Apenas bajamos, con toda premura y llevando lo imprescindible, nos introducíamos en la ciénaga, cuando fuimos atacados por la aviación enemiga. Naturalmente, caminando por los pantanos cubiertos de manglares no éramos vistos ni hostilizados por la aviación, pero ya el ejército de la dictadura andaba sobre nuestros pasos.

Tardamos varias horas en salir de la ciénaga, adonde la impericia e irresponsabilidad de un compañero que se dijo conocedor, nos arrojara. Quedamos en tierra firme, a la deriva, dando traspiés, constituyendo un ejército de sombras, de fantasmas, que caminaban como siguiendo el impulso de algún oscuro mecanismo psíquico. Habían sido siete días de hambre y de mareo continuos durante la travesía, sumados a tres días más, terribles, en tierra. A los diez días exactos de la salida de México, el 5 de diciembre de madrugada, después de una marcha nocturna interrumpida por los desmayos y las fatigas y los descansos de la tropa, alcanzamos un punto conocido paradójicamente por el nombre de Alegría de Pío. Era un pequeño cayo de monte, ladeando un cañaveral por un costado y por otros abierto a unas abras, iniciándose más lejos el bosque cerrado. El lugar era mal elegido para campamento, pero hicimos un alto para pasar el día y reiniciar la marcha en la noche inmediata.

A las cuatro de aquella tarde, sin aviso previo, sin siquiera sospecharlo, sonó el primer disparo seguido de una sinfonía de plomo que se cernió sobre nuestras cabezas, todavía no acostumbradas a ese viril deporte. Algún compañero cayó y, personalmente, tuve la desagradable impresión de recibir en mis carnes el bautizo simultáneo de fuego y sangre. Salimos de allí como pudimos, cada uno por su cuenta, o en grupos, y era inútil la voz del Jefe, sin contacto con los capitanes y mezcladas las patrullas. Recuerdo que el comandante Almeida me dio un empujón, por causa de mi poca disposición para caminar, y gra cias a su voz imperativa, me levanté y seguí la marcha, creyendo estar en los últimos momentos de mi vida. Como en una imagen caleidoscópica, pasaban hombres gritando, heridos pidiendo ayuda, combatientes escondiendo los cuerpos detrás de las delgadas cañas de azúcar como si fueran troncos, otros atemorizados pidiendo silencio con un dedo sobre la boca en medio del fragor de la metralla, y, de pronto, el grito tétrico: "Fuego al cañaveral". Con Almeida a la cabeza salvamos una guardarraya, caminando, caminando hasta llegar al monte espeso. Marchamos hasta que la oscuridad de la noche y los árboles —que nos impedían ver las estrellas— nos detuvieron, sin estar muy lejos del lugar del encuentro. Dormimos amontonados. Todo estaba perdido, menos las armas y dos cantimploras que traíamos Almeida y yo. En estas condiciones marchamos durante nueve días interminables de sufrimiento, sin probar bocado alguno cocinado, masticando hierbas o algo de maíz crudo y hasta cangrejos vivos que ingirieron los más valientes, como Camilo Cienfuegos. En esos nueve días la moral se desmoronó totalmente y, despreciando los peligros, fuimos a comer a un bohío. Allí se produjo el desplome de algunos. Las noticias eran malas por un lado, pero alentadoras por otro: a la cantidad de crímenes que nos asociaban, agregaban la nota de esperanza: Fidel estaba vivo Los espeluznantes cuentos de los campesinos nos impulsaron a dejar las armas largas bien guardadas y tratar de cruzar, con las pistolas solamente, una carretera muy controlada. El resultado fue que todas las armas dejadas en custodia se perdieron, mientras nosotros nos encaminábamos hacia el lugar de la Sierra Maestra, donde estaba Fidel.

Aproximadamente a los quince días del desastre nos unimos los sobrevivientes en pie de lucha de aquellos ochenta y dos "náufragos" del "Granma", como nos definiera el compañero Juan Manuel Márquez. Éramos unos diecisiete hombres. El recuento de las víctimas era doloroso y extenso: el propio Juan Manuel Márquez;

"ñico" López —gran compañero obrero—; Juan Smith, capitán de la vanguardia; Cándido González, ayudante de Fidel y revolucionario sin tacha. En fin, la lista era amplia y casi constantemente se le agregaba un nuevo nombre que había cumplido cabalmente la sentencia de Fidel: "En el año 1956 seremos libres o seremos mártires". Quedaba ahora a la responsabilidad nuestra —una quincena de hombres comandados por Fidel Castro— el levantar la bandera de la insurrección y hacer válida la primera parte de aquella sentencia —"Seremos libres"—, en honor a los mártires; a los que allí cayeron y a los que fueran cayendo día a día en toda Cuba, en holocausto increíble de sangre, sufriendo torturas o asesinados sin piedad alguna. Tan increíble como que en este pequeño grupo que aún no se conocía bien entre sí, se hablara ya de triunfo, se hablara de atacar.

Todos habíamos palpado el cariño sin reticencia de los campesinos de la zona; nos habían atendido y llevado por medio de una larga cadena clandestina, desde los lugares donde nos rescataran, hasta el punto de reunión, en la casa del hermano de Crescendo Pérez. Pero quien tenía más fe en el pueblo, quien demostró en todo momento su enjundia extraordinaria de conductor, fue Fidel. Ya en aquellas noches, aquellas dilatadas noches —porque nuestra inactividad comenzaba al caer el sol— bajo las matas de cualquier bosque comenzábamos a trazar planes y más planes; para ahora, para un poco más tarde, para el triunfo. Eran horas felices donde saboreaba los primeros tabacos (que aprendí a fumar para espantar algunos mosquitos demasiado agresivos, hasta que entró en mí la fragancia de la hoja cubana) mientras las proyecciones hacia el futuro se sucedían vertiginosamente.

Fueron pasando los días y, poco a poco, reclutándose gente. Los primeros campesinos llegaban, a veces desarmados, a veces trayendo armas que nuestros compañeros habían abandonado en casas amigas o en los cañaverales, al huir. La pequeña tropa contaba con veintidós fusiles en el momento en que se atacó La Plata, el 17 de enero de 1957, un mes y quince días después del desembarco. Aquel ataque dio a Cuba una esperanza de renacimiento, al oír de nuevas luchas en plena Sierra Maestra, aunque fue una insignificante acción de patrulla. Sorprendimos un puesto del ejército de 12 a 15 hombres, los que se rindieron al cabo de una hora de lucha. (En aquellos momentos, una hora de lucha era una hora de tremendos sufrimientos). Fidel y yo, expertos tiradores de mirilla, teníamos 70 balas cada uno, 25 los fusiles automáticos, 15 los fusiles de cerrojo y 20 ó 30 algunas ametralladoras. Con ese arsenal tomamos el pequeño cuartel de La Plata. Cinco días más tarde, pertrechados con una docena de nuevas armas, logradas en aquel asalto, derrotamos a la punta de vanguardia de un destacamento destinado a nuestra persecución, al mando del entonces teniente Sánchez Mosquera, figura de siniestra recordación. Se sucedió luego un impase provocado por un traidor que, desde nuestras filas daba la posición al enemigo y que por tres veces estuvo a punto de liquidarnos. (Es interesante destacar que este sujeto tenía la misión personal de matar a Fidel. Envuelto en la misma manta, una noche durmió junto a él, con una pistola montada a la cintura, y no se animo a hacerlo, prefiriendo el sistema más fácil de abandonar el campamento, con cualquier pretexto, y llevar las tropas hasta donde estábamos. Fue descubierto en su cuarta intentona y ajusticiado. Pero ya era mucho el daño realizado).

Por aquellos días vino a vernos el comentarista Herbert Matthews de New York Times, y se informó al mundo —sobre todo a Cuba— con exacta noción de nuestra permanencia en la Sierra Maestra y la seguridad de que Fidel vivía. Sin embargo, de ninguna manera acabaron nuestros afanes, y continuó una peligrosa vida en la punta de los montes inaccesibles, rodeados completamente de soldados de la dictadura y sin aún contar con el apoyo unánime del pueblo. Todavía muchos campesinos huían atemorizados ante nuestra presencia, por miedo a las represalias que tomaba el gobierno cuando sabía de algún contacto, por fútil que fuera, entre los habitantes de la zona y nuestro grupo.

Un mes después, mediando marzo, ya estaba con nosotros un puñado de hombres enviados desde Santiago de Cuba por Frank País, que vinieron a dar una nueva característica a la Revolución.

Las armas traídas por los nuevos incorporados no eran, de manera alguna, extraordinarias, pero constituyeron un refuerzo considerable para la columna. Iniciamos entonces la marcha por regiones nuevas, subimos por primera vez al Turquino, la montaña más alta de Cuba, dejando allí señales de nuestro paso, y continuamos, caminando en duras jornadas, hasta situarnos en las inmediaciones de los "aserríos" de Pino del Agua y Babún.

Esperamos pacientemente la oportunidad propicia, que se presentó el 28 de mayo de 1957, cuando logramos tomar el destacamento militar de Uvero, situado en la costa, hasta donde baja casi vertical la Sierra Maestra. Esta pelea por Uvero, fue la más enconada de cuantas se han realizado en el curso de la guerra: de los 120 a 140 hombres que participaron, 40 quedaron fuera de combate; es decir, aproximadamente los muertos y heridos hacían un treinta por ciento del total de los combatientes. Y el resultado político de la batalla fue extraordinario, por haberse celebrado en uno de los pocos momentos que vivió la Isla —después de la invasión del "Granma"— en que no había censura de prensa. Toda Cuba habló de Uvero. Y a pesar de todas las nuevas armas tomadas al enemigo —cincuenta fusiles y parque— tuvimos que soportar serias contingencias. Como médico, fui depositario de siete heridos que quedaron a mi cargo y con los cuales estuvimos escondidos en unos bohíos, a cierta distancia del lugar del combate.

La columna siguió su marcha hacia los campamentos de costumbre, y nosotros nos incorporamos al mes siguiente con los heridos ya repuestos. Luego de la reincorporación se me nombró comandante de otra agrupación a la que nombramos, por razones tácticas, Cuarta Columna. La Cuarta Columna —que en realidad era la Segunda— pasó a ocupar un lugar contiguo a la Primera, dirigida por Fidel Castro. A partir de esa época, nosotros mucho menos hostilizados, por nuestra menor importancia política, pudimos asentar las bases de las primeras fábricas y de los campamentos estables y acabar con la vida nómada. Realizamos algunas acciones de pequeña importancia, pero lo fundamental fue precisamente esa sedentarización realizada con grandes dificultades, trayendo a hombro los materiales desde regiones muy distantes.

Pudimos instalar así una fábrica de zapatos y una talabartería, una armería con su torno eléctrico, una hojalatería y herrería encargada entre otras cosas, de rellenar pequeñas granadas de latón, invento nuestro para lanzar con fusil. Se disparaba con una bala de salva y se la bautizó como M-26. También hicimos hornos de pan, escuelas, auditorías. Posteriormente se instaló la planta de "Radio Rebelde" y se editaba el primer periódico de la manigua, con el mismo nombre del periódico mambí de las guerras de 1868 y 1895: "El Cubano Libre".

Todas estas realizaciones estuvieron en peligro varias veces frente al impacto de las tropas enemigas; pero el lugar elegido en el valle "La Mesa" nunca fue vulnerado por el avance de las tropas, y pudimos mantener incólume la posición hasta el término de la guerra.

El incremento de nuestras fuerzas era continuo. Conseguimos fusiles en batallas victoriosas libradas en uno y otro frente; se dio el segundo combate de Pino del Agua, triunfo rotundo para nuestras armas y que, efectuado también en un lapso sin censura de prensa, tuvo gran resonancia política. Ese crecimiento nos permitió ir a la formación del Segundo Frente Oriental, y así fue como el comandante Raúl Castro se hizo cargo de la Columna Seis "Frank País", en honor al viejo militante caído en Santiago de Cuba, en marzo de 1958, y cruzando la Carretera Central se internó en las lomas de Mayarí, al norte de la provincia de Oriente. Este Segundo Frente Oriental tendría después enorme importancia en el desarrollo de la contienda y fue el mejor organizado en todos los sentidos, contando con siete departamentos que hacían las veces de verdaderos Ministerios, donde se administraba justicia, organizaban obras públicas, establecían leyes revolucionarias del ejército, del transporte. Había grandes adelantos con respecto a nuestras realizaciones más modestas de la Sierra Maestra. Nació con pujanza y todas las fábricas suyas se realizaron con un sentido casi industrial, con más materiales a mano —todo se hacía con más dinero, producto de impuestos cobrados a grandes compañías y a centrales azucareros.

También el comandante Almeida se trasladaba de la vieja guardia, llegando a las cercanías de Santiago de Cuba, y creando allí otro frente con la Columna Tres. Existían ya cuatro columnas en la Sierra Maestra y se combatía en uno y otro frente con más o menos intensidad, pero toda la provincia de Oriente estaba en llamas. Se iniciaban, entonces, pequeños encuentros en la región del Escambray, en el centro de la Isla, que nunca preocuparon al régimen hasta nuestra llegada, y en la provincia de Camagüey surgían algunos brotes, como en la de Pinar del Río.

Todo el Movimiento del llano se preparaba intensamente para la realización de una huelga general revolucionaria. Se había constituido el organismo "Frente Obrero Nacional" (FON), dirigido y capitaneado por el "26 de Julio", que adoleció desde su inicio del pecado de sectarismo y los obreros demostraron cierta tibieza frente a esa organización que salía a la vida, teñida completamente con los colores del "26 de Julio" y con planteamientos demasiado radicales para la realidad del momento. Fidel Castro, pocos días antes del 9 de abril, había lanzado un manifiesto final en el cual amenazaba seriamente a todos los que no tomaron el camino de la Revolución. Poco después, lanzaba otro manifiesto a los obreros, llamándoles a la unidad, dentro o fuera del FON, pues ya se había visto que no era este solo organismo el que podía capitalizar una huelga.

Nuestras tropas se lanzaron a luchar, y Camilo Cienfuegos, capitán de la Columna Cuatro por ese tiempo, bajó a los llanos de Oriente en la región de Bayamo, donde pronto sembraba la muerte y la confusión entre el enemigo. Sin embargo, llegó el 9 de abril y toda nuestra lucha fue vana: la Dirección Nacional del Movimiento, equivocando completamente los principios de la lucha de masas, trató de iniciar la huelga sin anuncio previo, por sorpresa, a tiros, lo que provocó una contracción total del aporte obrero a la misma, y la muerte de muchos grandes compañeros en todo lo largo del país. El 9 de abril fue un sonado fracaso que en ningún momento puso en peligro la estabilidad del régimen. No tan sólo eso: después de esta fecha trágica, el gobierno pudo sacar tropas e ir poniéndolas gradualmente en Oriente y llevando a la Sierra Maestra la destrucción. Nuestra defensa tuvo que hacerse cada vez más dentro de la Sierra Maestra, y el gobierno seguía aumentando el número de regimientos que colocaba frente a posiciones nuestras, hasta llegar al número de diez mil hombres, con los que inició la ofensiva del 25 de mayo, en el pueblo de Las Mercedes, que era nuestra posición avanzada.

Allí se demostró la poca efectividad combatiente del ejército batistiano y también nuestra escasez de recursos: 200 fusiles hábiles, para luchar contra 10 000 armas de todo tipo, era una enorme desventaja. Nuestros muchachos se batieron valientemente durante dos días, en una proporción de 1 contra 10 ó 15; luchando, además, contra morteros, tanques y aviación, hasta que el pequeño grupo debió abandonar el poblado. Era comandado por el capitán Ángel Verdecía, que un mes más tarde moriría valerosamente en combate.

Ya por esta época, Fidel Castro había recibido una carta del traidor Eulogio Cantillo, quien, fiel a su actitud politiquera de saltimbanqui, como Jefe de Operaciones del enemigo, le escribía al Jefe Rebelde diciéndole que la ofensiva se realizaría de todas maneras, pero que cuidara "El Hombre" (Fidel) para esperar el resultado final. La ofensiva, efectivamente, siguió su curso y en dos meses y medio de duro batallar, el enemigo perdió más de mil hombres entre muertos, heridos, prisioneros y desertores. Dejó en nuestras manos seiscientas armas, entre las que contaban un tanque, doce morteros, doce ametralladoras de trípode, veintitantos fusiles-ametralladoras y un sinnúmero de armas automáticas; además, enorme cantidad de parque y equipo de toda clase, y cuatrocientos cincuenta prisioneros, que fueron entregados a la Cruz Roja al finalizar la campaña.

El ejército batistiano salió con su espina dorsal rota, de esta postrera ofensiva sobre la Sierra Maestra, pero aún no estaba vencido. La lucha debía continuar. Se estableció entonces la estrategia final, atacando por tres puntos: Santiago de Cuba, sometido a un cerco elástico; Las Villas, adonde debía marchar yo, y Pinar del Río en el otro extremo de la Isla, adonde debía marchar Camilo Cienfuegos, ahora comandante de la Columna Dos, llamada "Antonio Maceo", para rememorar la histórica Invasión del gran caudillo del 95, que cruzara en épicas jornadas todo el territorio de Cuba, hasta culminar en Mantua. Camilo Cienfuegos no pudo cumplir la segunda parte de su programa, pues los imperativos de la guerra le obligaron a permanecer en Las Villas.

Liquidados los regimientos que asaltaron la Sierra Maestra; vuelto el frente a su nivel natural y aumentadas nuestras tropas en efectivos y en moral, se decidió iniciar la marcha sobre Las Villas, provincia céntrica. En la orden militar dictada se me indicaba como principal labor estratégica, la de cortar sistemáticamente las comunicaciones entre ambos extremos de la Isla; se me ordenaba, además, establecer relaciones con todos los grupos políticos que hubiera en los macizos montañosos de esa región, y amplias facultades para gobernar militarmente la zona a mi cargo. Con esas instrucciones y pensando llegar en cuatro días, íbamos a iniciar la marcha, en camiones, el 30 de agosto de 1958, cuando un accidente fortuito interrumpió nuestros planes: esa noche llegaba una camioneta portando uniforme y la gasolina necesaria para los vehículos que ya estaban preparados, cuando también llegó por vía aérea un cargamento de armas a un aeropuerto cercano al camino. El avión fue localizado en el momento de aterrizar, a pesar de ser de noche y el aeropuerto fue sistemáticamente bombardeado desde las veinte hasta las cinco de la mañana, hora en que quemamos el avión para evitar que" cayera en poder del enemigo o siguiera el bombardeo diurno, con peores resultados. Las tropas enemigas avanzaron sobre el aeropuerto; interceptaron la camioneta con la gasolina, dejándonos a pie. Así fue como iniciamos la marcha el 31 de agosto, sin camiones ni caballos, esperando encontrarlos luego de cruzar la carretera de Manzanillo a Bayamo. Efectivamente, cruzándola encontramos los camiones, pero también —el día 1" de setiembre— un feroz ciclón que inutilizó todas las vías de comunicación, salvo la Carretera Central, única pavimentada en esta región de Cuba, obligándonos a desechar el transporte en vehículos. Había que utilizar, desde ese momento, el caballo, o ir a pie.

Andábamos cargados con bastante parque, una bazooka con cuarenta proyectiles y todo lo necesario para una larga jornada y el establecimiento rápido de un campamento.

Se fueron sucediendo días que ya se tornaban difíciles a pesar de estar en el territorio amigo de Oriente: cruzando ríos desbordados, canales y arroyuelos convertidos en ríos, luchando fatigosamente para impedir que se nos mojaran el parque, las armas, los obuses; buscando caballos y dejando los caballos cansados detrás; huyendo a las zonas pobladas a medida que nos alejábamos de la provincia oriental.

Caminábamos por difíciles terrenos anegados, sufriendo el ataque de plagas de mosquitos que hacían insoportables las horas de descanso; comiendo poco y mal, bebiendo agua de ríos pantanosos o simplemente de pantanos. Nuestras jornadas empezaron a dilatarse y a hacerse verdaderamente horribles. Ya a la semana de haber salido del campamento, cruzando el río Jobabo, que limita las provincias de Camagüey y Oriente, las fuerzas estaban bastante debilitadas. Este río, como todos los anteriores y como los que pasaríamos después, estaba crecido. También se hacía sentir la falta de calzado en nuestra tropa, muchos de cuyos hombres iban descalzos y a pie por los fangales del sur de Camagüey.

La noche del 9 de setiembre, entrando en el lugar conocido por "La Federal", nuestra vanguardia cayó en una emboscada enemiga, muriendo dos valiosos compañeros; pero el resultado más lamentable fue el ser localizados por las fuerzas enemigas, que de allí en adelante no nos dieron tregua. Tras un corto combate se redujo a la pequeña guarnición que allí había, llevándonos cuatro prisioneros. Ahora debíamos marchar con mucho cuidado, debido a que la aviación conocía nuestra ruta aproximada. Así llegamos, uno o dos días después, a un lugar conocido por "Laguna Grande", ¿unto a la fuerza de Camilo, mucho mejor montada que la nuestra. Esta zona es digna de recuerdo por la cantidad extraordinaria de mosquitos que había, imposibilitando en absoluto descansar sin mosquitero, y no todos lo teníamos.

Son días de fatigantes marchas por extensiones desoladas, en las que sólo hay agua y fango, tenemos hambre, tenemos sed y apenas si se puede avanzar porque las piernas pesan como plomo y las armas pesan descomunalmente. Seguimos avanzando con mejores caballos, que Camilo nos deja al tomar camiones, pero tenemos que abandonarlos en las inmediaciones del central "Macareno". Los prácticos que debían enviarnos no llegaron y nos lanzamos sin más, a la aventura. Nuestra vanguardia choca con una posta enemiga en el lugar llamado Cuatro Compañeros, y empieza la agotadora batalla. Era al amanecer, y logramos reunir, con mucho trabajo, una gran parte de la tropa, en el mayor cayo de monte que había en la zona, pero el ejército avanzaba por los lados y tuvimos que pelear duramente para hacer factible el paso de algunos rezagados nuestros por una línea férrea, rumbo al monte. La aviación nos localizó entonces, iniciando un bombardeo los B-26, los C-47, los grandes C-3 de observación y las avionetas, sobre un área no mayor de doscientos metros de flanco. Después de todo, nos retiramos dejando un muerto por una bomba y llevando varios heridos, entre ellos al capitán Silva, que hizo todo el resto de la invasión con un hombro fracturado.

El panorama, al día siguiente, era menos desolador, pues aparecieron varios de los rezagados y logramos reunir a toda la tropa, menos 10 hombres que seguirían a incorporarse con la columna de Camilo y con éste llegarían hasta el frente norte de la provincia de Las Villas, en Yaguajay.

Nunca nos faltó, a pesar de las dificultades, el aliento campesino. Siempre encontrábamos alguno que nos sirviera de guía, de práctico, o que nos diera el alimento imprescindible para seguir. No era, naturalmente, el apoyo unánime de todo el pueblo que teníamos en Oriente; pero siempre hubo quien nos ayudara. En oportunidades se nos delató, apenas cruzábamos una finca, pero eso no se debía a una acción directa del campesinado contra nosotros, sino a que las condiciones de vida de esta gente las convierte en esclavos del dueño de la finca y, temerosos de perder su sustento diario, comunicaban al amo nuestro paso por esa región y éste se encargaba de avisarlo graciosamente a las autoridades militares.

Una tarde escuchamos por nuestra radio de campaña un parte dado por el general Francisco Tabernilla Dolz, por esa época, con toda su prepotencia de matón, anunciando la destrucción de las hordas dirigidas por "Che" Guevara y dando una serie de datos de muertos, de heridos, de nombres de todas clases, que eran el producto del botín recogido en nuestras mochilas al sostener ese encuentro desastroso con el enemigo unos días antes, todo eso mezclado con datos falsos de la cosecha del Estado Mayor del ejército. La noticia de nuestra falsa muerte provocó en la tropa una reacción de alegría; sin embargo, el pesimismo iba ganándola poco a poco: el hambre y la sed, el cansancio, la sensación de impotencia frente a las fuerzas enemigas que cada vez nos cercaban más y, sobre todo, la terrible enfermedad de los pies conocida por los campesinos con el nombre de "mazamorra" —que convertía en un martirio intolerable cada paso dado por nuestros soldados—, habían hecho de éste un ejército de sombras. Era difícil adelantar; muy difícil. Día a día empeoraban las condiciones físicas de nuestra tropa y las comidas, un día sí, otro no, otro tal vez, en nada contribuían a mejorar ese nivel de miseria, que estábamos soportando. Pasamos los días más duros cercados en las inmediaciones del central Baraguá, en pantanos pestilentes, sin una gota de agua potable, atacados continuamente por la aviación, sin un solo caballo que pudiera llevar por ciénagas inhóspitas a los más débiles, con los zapatos totalmente destrozados por el agua fangosa de mar, con plantas que lastimaban los pies descalzos, nuestra situación era realmente desastrosa al salir trabajosamente del cerco de Baraguá y llegar a la famosa Trocha de Júcaro a Morón, lugar de evocación histórica por haber sido escenario de cruentas luchas entre patriotas y españoles en la guerra de la Independencia. No teníamos tiempo de recuperarnos ni siquiera un poco, cuando un nuevo aguacero, inclemencias del clima, además de los ataques del enemigo o las noticias de su presencia, volvían a imponernos la marcha. La tropa estaba cada vez más cansada y descorazonada. Sin embargo, cuando la situación era más tensa, cuando ya solamente al imperio del insulto, de ruegos, de exabruptos de todo tipo, podía hacer caminar a la gente exhausta, una sola visión en lontananza animó sus rostros e infundió nuevo espíritu a la guerrilla. Esa visión fue una mancha azul hacia Occidente, la mancha azul del macizo montañoso de Las Villas, visto por vez primera por nuestros hombres.

Desde ese momento, las mismas privaciones, o parecidas, fueron encontradas mucho más clementes, y todo se antojaba más fácil. Eludimos el último cerco, cruzando a nado el río Júcaro, que divídelas provincias del Camagüey y Las Villas, y ya pareció que algo nuevo nos alumbraba.

Dos días después estábamos en el corazón de la cordillera Trinidad-Sancti Spíritus, a salvo, listos para imciar la otra etapa de la guerra. El descanso fue de otros dos días, porque inmediatamente debimos proseguir nuestro camino y ponernos en disposición de impedir las elecciones que iban a efectuarse el 3 de noviembre. Habíamos llegado a la región de montañas de Las Villas el 16 de octubre. El tiempo era corto y la tarea enorme. Camilo cumplía su parte en el Norte, sembrando el temor entre los hombres de la dictadura.

Nuestra tarea, al llegar por primera vez a la Sierra del Escambray, estaba precisamente definida: había que hostilizar al aparato militar de la dictadura, sobre todo en cuanto a sus comunicaciones. Y como objetivo inmediato, impedir la realización de las elecciones. Pero el trabajo se dificultaba por el escaso tiempo restante y por las desuniones entre los factores revolucionarios, que se habían traducido en reyertas intestinas que muy caro costaron, inclusive en vidas humanas.

Debíamos atacar a las poblaciones vecinas, para impedir la realización de los comicios, y se establecieron los planes para hacerlo simultáneamente en las ciudades do Cabaiguán, Fomento y Sancti Spíritus, en los ricos llanos del centro de la Isla, mientras se sometía el pequeño cuartel de Guinía de Miranda —en las montañas— y, posteriormente, se atacaba el de Banao, con escasos resultados. Los días anteriores al 3 de noviembre, fecha de las elecciones, fueron de extraordinaria actividad: nuestras columnas se movilizaron en todas direcciones, impidiendo casi totalmente la afluencia a las urnas, de los votantes de esas zonas. Las tropas de Camilo Cienfuegos, en la parte norte de la provincia, paralizaron la farsa electoral. En general, desde el transporte de los soldados de Batista hasta el tráfico de mercancías, quedaron detenidos.

En Oriente, prácticamente, no hubo votación; en Camagüey, el porcentaje fue un poquito más elevado, y en la zona occidental, a pesar de todo se notaba un retraimiento popular evidente. Este retraimiento se logró en Las Villas en forma espontánea, ya que no hubo tiempo de organizar sincronizadamente la resistencia pasiva de las masas y la actividad de las guerrillas.

Se sucedían en Oriente sucesivas batallas en los frentes primero y segundo, aunque también en el tercero —con la Columna "Antonio Guiteras" que presionaba insistente sobre Santiago de Cuba, la capital provincial. Salvo las cabeceras de los municipios, nada conservaba el gobierno en Oriente.

Muy grave se estaba haciendo, además, la situación en Las Villas, por la acentuación de los ataques a las vías de comunicación. Al llegar, cambiamos en total el sistema de lucha en las ciudades, puesto que a toda marcha trasladamos los mejores milicianos de las ciudades al campo de entrenamiento, para recibir instrucción de sabotaje que resultó efectivo en las áreas suburbanas. 

Durante los meses de noviembre y diciembre de 1958 fuimos cerrando gradualmente las carreteras. El capitán Silva bloqueó totalmente la carretera de Trinidad a Sancti Spíritus y la carretera central de la Isla fue seriamente dañada cuando se interrumpió el puente sobre el río Tuinicú, sin llegarse a derrumbar; el ferrocarril central fue cortado en varios puntos, agregando que el circuito sur estaba interrumpido por el Segundo Frente y el circuito norte cerrado por las tropas de Camilo Cienfuegos, por lo que la Isla quedó dividida en dos partes. La zona más convulsionada, Oriente, solamente recibía ayuda del gobierno por aire y mar, en una forma cada vez más precaria. Los síntomas de descomposición del enemigo aumentaban.

Hubo que hacer en el Escam-bray una intensísima labor en favor de la unidad revolucionaria, ya que existía un grupo dirigido por el comandante Gutiérrez Menoyo (Segundo Frente Nacional del Escambray), otro del Directorio Revolucionario (capitaneado por los comandantes Faure Chaumont y Rolando Cúbelas), otro pequeño de la Organización Auténtica (OA), otro del Partido Socialista Popular (comandado por Torres), y nosotros; es decir, cinco organizaciones diferentes actuando con mandos también diferentes y en una misma provincia. Tras laboriosas conversaciones que hube de tener con sus respectivos jefes, se llegó a una serie de acuerdos entre las partes y se pudo ir a la integración de un frente aproximadamente común.

A partir del 16 de diciembre las roturas sistemáticas de los puentes y todo tipo de comunicación habían colocado a la dictadura en situación difícil para defender sus puestos avanzados y aun los mismos de la carretera Central. En la madrugada de ese día fue roto el puente sobre el río Falcón, en la carretera Central, y prácticamente interrumpidas las comunicaciones entre La Habana y las ciudades al este de Santa Clara, capital de Ras Villas, así como una serie de poblados —el más meridional, Fomento— era sitiado y atacado por nuestras fuerzas. El jefe de la plaza se defendió más o menos eficazmente durante algunos días, pero, a pesar del castigo de la aviación a nuestro Ejército Rebelde, las desmoralizadas tropas de la dictadura no avanzaban por tierra en apoyo de sus compañeros. Comprobando la inutilidad de toda resistencia, se rindieron, y más de cien fusiles fueron incorporados a las Fuerzas de la Libertad.

Sin darle tregua al enemigo, decidimos paralizar de inmediato la carretera Central, y el día 21 de diciembre se atacó simultáneamente a Cabaiguán y Guayo, sobre la misma. En pocas horas se rendía este último poblado y dos días después, Cabaiguán, con sus noventa soldados. (La rendición de los cuarteles se pactaba sobre la base política de dejar en libertad a la guarnición, condicionado a que saliera del Territorio Libre. De esa manera se daba la oportunidad de entregar las armas y salvarse.) En Cabaiguán se demostró de nuevo la ineficacia de la dictadura que en ningún momento reforzó con infantería a los sitiados.

Camilo Cienfuegos atacaba en la zona norte de Las Villas a una serie de poblados, a los que iba reduciendo, a la vez que establecía el cerco a Yaguajay, último reducto donde quedaban tropas de la tiranía, al mando de un capitán de ascendencia china, que resistió once días, impidiendo la movilización de las tropas revolucionarias de la región, mientras las nuestras seguían ya por la carretera Central, avanzando hacia Santa Clara, la capital.

Caído Cabaiguán, nos dedicamos a atacar a Placetas, rendido en un solo día de lucha, en colaboración activa con la gente del Directorio Revolucionario. Después de tomar Placetas, liberamos en rápida sucesión a Remedios y a Cabaiguán, en la costa norte, y puerto importante el segundo. El panorama se iba ensombreciendo para la dictadura, porque a las continuas victorias obtenidas en Oriente, el Segundo Frente del Escambray derrotaba pequeñas guarniciones y Camilo Cienfuegos controlaba el Norte.

Al retirarse el enemigo de Camajuaní, sin ofrecer resistencia, quedábamos listos para el asalto definitivo a la capital de la provincia de Las Villas. (Santa Clara es el eje del llano central de la Isla, con 150 000 habitantes, centro ferroviario y de todas las comunicaciones del país.) Está rodeada por pequeños cerros pelados, los que estaban tomados previamente por las tropas de la dictadura.

En el momento del ataque, nuestras fuerzas habían aumentado considerablemente su fusilería, en las tomas de distintos puntos, y algunas armas pesadas que carecían de munición. Teníamos una bazooka sin proyectiles y debíamos luchar contra una docena de tanques, pero también sabíamos que, para hacerlo con efectividad, necesitábamos” llegar a los barrios poblados de la ciudad, donde el tanque disminuye en mucho su eficacia.

Mientras las tropas del Directorio Revolucionario se encargaban de tomar el cuartel No. 31 de la Guardia Rural, nosotros nos dedicábamos a sitiar casi todos los puestos fuertes de Santa Clara; aunque, fundamentalmente, establecíamos nuestra lucha contra los defensores del tren blindado situado a la entrada del camino de Camajuaní, posiciones defendidas con tenacidad por el ejército, con un equipo excelente para nuestras posibilidades.

El 29 de diciembre iniciamos la lucha. La Universidad había servido en un primer momento, de base de operaciones. Después establecimos la Comandancia más cerca del centro de la ciudad. Nuestros hombres se batían contra tropas apoyadas por unidades blindadas y las ponían en fuga, pero muchos de ellos pagaron con la vida su arrojo y los muertos y heridos empezaron a llenar los improvisados cementerios y hospitales.

Recuerdo un episodio que era demostrativo del espíritu de nuestras fuerzas en esos días finales. Yo había amonestado a un soldado, por estar durmiendo en pleno combate y me contestó que lo habían desarmado por habérsele escapado un tiro. Le respondí con mi sequedad habitual: "Gánate otro fusil yendo desarmado a la primera línea... si eres capaz de hacerlo." En Santa Clara, alentando a los heridos en el hospital de sangre un moribundo me tocó la mano y dijo: "¿Recuerda, Comandante? Me mandó a buscar el arma en Remedios... y me la gané aquí." Era el combatiente del tiro escapado, quien minutos después moría, y me lució contento de haber demostrado su valor. Así es nuestro Ejército Rebelde.

Las lomas del Capiro seguían firmes y allí estuvimos luchando durante todo el día 30, tomando gradualmente al mismo tiempo distintos puntos de la ciudad. Ya en ese momento se habían cortado las comunicaciones entre el centro de Santa Clara y el tren blindado. Sus ocupantes, viéndose rodeados en las lomas del Capiro. trataron de fugarse por la vía férrea y con todo su magnífico cargamento cayeron en el ramal destruido previamente por nosotros, descarrilándose la locomotora y algunos vagones. Se estableció entonces una lucha muy interesante en donde los hombres eran sacados con "cocteles" Molotov del tren blindado, magníficamente protegido, aunque dispuesto sólo a luchar a distancia, desde cómodas posiciones y contra un enemigo prácticamente inerme, al estilo de los colonizadores con los indios del Oeste norteamericano. Acosados por hombres que, desde puntos cercanos y vagones inmediatos lanzaban botellas de gasolina encendida, el tren se convertía —gracias a las chapas del blindaje— en un verdadero horno para los soldados. En pocas horas se rendía la dotación completa, con sus 22 vagones, sus cañones antiaéreos, sus ametralladoras del mismo tipo, sus fabulosas cantidades de munición (fabulosas para lo exiguo de nuestras dotaciones, claro está).

Se había logrado tomar la central eléctrica y toda la parte noroeste de la ciudad, dando al aire el anuncio de que Santa Clara estaba casi en poder de la Revolución. En aquel anuncio que di, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Las Villas, recuerdo que tenía el dolor de comunicar al pueblo de Cuba la muerte del capitán Roberto Rodríguez, "El Vaquerito", pequeño de estatura y de edad, jefe del "Pelotón Suicida", quien jugó con la muerte una y mil veces en lucha por la libertad. El "Pelotón Suicida" era un ejemplo de moral revolucionaria, y a ese solamente iban voluntarios escogidos. Sin embargo, cada vez que un hombre moría —y eso ocurría en cada combate— al hacerse la designación del nuevo aspirante, los desechados realizaban escenas de dolor que llegaban hasta el llanto. Era curioso ver a los curtidos y nobles guerreros, mostrando su juventud en el despecho de unas lágrimas, por no poder tener el honor de estar en el primer lugar de combate y de muerte. 

Después caía la Estación de Policía, entregando los tanques que la defendían y, en rápida sucesión, se rendían al comandante Cúbela el Cuartel No. 31, a nuestras fuerzas, la Cárcel, la Audiencia, el Palacio del Gobierno Provincial, el Gran Hotel, donde los francotiradores se mantuvieron disparando desde el décimo piso casi hasta el final de la lucha.

En ese momento sólo quedaba por rendirse el Cuartel Leoncio Vidal, la mayor fortaleza del centro de la Isla. Pero era ya el día primero de enero de 1959 y había síntomas de debilidad creciente entre las fuerzas defensoras. En la mañana de ese día mandamos a los capitanes ñúñez Jiménez y Rodríguez de la Vega a pactar la rendición del cuartel. Las noticias eran contradictorias y extraordinarias: Batista había huido ese día, desmoronándose la Jefatura de las Fuerzas Armadas. Nuestros dos delegados establecían contacto por radio con Cantillo, haciéndole conocer la oferta de rendición, pero éste estimaba que no era posible aceptarla porque constituía un ultimátum y que él había ocupado la Jefatura del Ejército siguiendo instrucciones precisas del líder Fidel Castro. Hicimos inmediato contacto con Fidel, anunciándole las nuevas, pero dándole la opinión nuestra sobre la actitud traidora de Cantillo, opinión que coincidía absolutamente con la suya. (Cantillo permitió en esos momentos decisivos que se fugaran todos los grandes responsables del gobierno de Batista, y su actitud era más triste si se considera que fue un oficial que hizo contacto con nosotros y en quien confiamos como en un militar con pundonor.)

Los resultados siguientes son por todos conocidos: la negativa de Castro a reconocerle; su orden de marchar sobre la ciudad de La Habana; la posesión por el coronel Barquín de la Jefatura del Ejército, luego de salir de la prisión de Isla de Pinos; la toma de la Ciudad Militar de Columbia por Camilo Cienfuegos y de la fortaleza de La Cabaña por nuestra Columna Ocho, y la instauración final, en cortos días, de Fidel Castro como Primer Ministro del Gobierno provisional. Todo esto pertenece a la historia política actual del país.
La escribió para la revista brasileña "O Cruzeiro", en los primeros meses del año 1959.