La historia vista desde los ojos de su compañero de ruta

Por Pedro Irigoyen. 

Carlos “Calica” Ferrer vive en Gualeguaychú, Entre Ríos. Tuvo el honor de ser íntimo amigo del Che a lo largo de su infancia y adolescencia en Alta Gracia, Córdoba. Con él compartió su segundo viaje por Latinoamérica (el primero, con Alberto Granados, es el que relata la película de Walter Salles) y un sinfín de aventuras. Con la calidez y el cariño que sólo una fuerte amistad puede dar, Ferrer compartió sus anécdotas con Clarín.com. 

Calica cuenta que conoció a quién luego fuera uno de los máximos íconos de la historia de la revolución cubana siendo muy pequeño, con tan sólo cuatro años. Para aquel entonces, la familia Guevara, siguiendo los consejos del Dr. O’Donell (padre de Pacho, el periodista), había decidido trasladarse a Alta Gracia para que el pequeño Ernesto pudiera llevar adelante un tratamiento contra el asma que lo tuvo a mal traer hasta sus últimos días. 

Ferrer guarda un cercano y cálido recuerdo de Guevara en su adolescencia. Nos cuenta que el Che era un joven como cualquier otro, a quien su forma de ser, sumada a las limitaciones que el asma provocó en su infancia, convirtió en un apasionado por la lectura. A la hora de describirlo una lluvia de adjetivos describen la admiración que, aún hoy, Calica siente por él: curioso, aventurero, compañero, simpático, inteligente, polémico, líder, e incluso, afortunado con las chicas. “Era un auténtico aventurero en el buen sentido de la palabra. Le gustaba conocer. Y como no gozábamos de una situación económica muy acomodada, Ernesto se la pasaba inventando viajes de una u otra forma. Recuerdo que una vez se fue con una bicicletita con motor y recorrió catorce provincias”, comenta. 

- ¿Cómo era el Che como amigo?

Un gran amigo. Hay una pequeña anécdota que lo pinta. Cuando habíamos llegado a Cuzco, hacía una “punta” de días que no nos bañábamos, nos quedaba poca plata y la racionábamos. “¿Vos qué vas a hacer?”, me preguntó. Yo le dije que me iba a dar un baño en un baño público y que me iba a hacer lavar la ropa para quedarme cómodo. “Vamos a comer que es más importante”, me reprochó. Pero no le hice caso. Salí limpito pero con un hambre que no daba más y me lo encontré en un bolichón rodeado por toda la comida que se había pedido. Cuando me vio entrar, me dijo “vení, boludo, sentate conmigo y compartamos”. Eso es una muestra de cómo era Ernesto.

- En aquel entonces, ¿se podía prever el camino que seguiría?

Sinceramente, no. Pero lo creía lo suficientemente capaz y valiente como para que si se le presentaba una oportunidad como la que se le presentó, se metiera en lo que fue una gesta que pasó a la historia, donde ochenta y dos tipos fueron capaces de voltear a una dictadura. Una de las grandes virtudes que siempre admiré de Ernesto fue su habilidad para adptarse a las cirscunstancias. 

- ¿Qué piensa de Fidel hoy? 

Yo soy un admirador de la Revolución Cubana. Pienso que Fidel es un gran hombre. Pienso que tiene, como todo político, cosas que se le pueden criticar. Y sé, por el padre de Ernesto y por el petiso Granados, que Fidel lo quería mucho y lo consideraba una pieza fundamental para la Revolución. Pero un día Ernesto decidió empezar a recorrer su camino y así lo hizo. 

- ¿Cómo fue su hoja de ruta?

Arrancamos por La Paz, cruzamos por el lago Titicaca, que Ernesto no lo conocía, y de ahí a Puno, Cuzco, Lima y toda la costa del Pacífico hasta la frontera con Ecuador. Cruzamos en pleno período de guerra hasta llegar a Guayaquil. Todo esto nos llevó tres meses porque viajábamos a dedo, como podíamos. Si teníamos que trabajar como changarines lo hacíamos sin problemas. 

- ¿Cómo fue la despedida? 

No fue despedida porque teníamos la idea de volver a vernos enseguida. Fue en Guayaquil. Como no conseguíamos cómo llegar a Guatemala, por un problema con un barco que no llegaba, yo me fui a Quito donde me habían invitado a jugar al fútbol. Entonces recibí un telegrama donde Ernesto me decía que lo esperara para seguir viajando juntos. Me puse muy contento, pero al día siguiente recibí otro donde me decía que había llegado el barco y que se iba para Panamá. Cuando nos estábamos despidiendo, tuvimos una discusión para ver quién se llevaba las fotos, que aún no estaban reveladas, y yo logré convencerlo de que se las llevara. Ahora me arrepiento. Sé que esas fotos las dejó en algún hotel del cual tuvo que irse apurado y que ahora están en algún lugar de Cuba. Y yo, lamentablemente, me quedé sin fotos del viaje. 

- ¿Cómo lo recuerda?

Con un gran cariño. Lo admiro. Estoy muy orgulloso de haber sido su amigo y de que me haya propuesto viajar con él. Y me pongo muy mal cuando veo la famosa foto de su cadáver en La Higuera. Me indigno al ver el estado en que estaba y cómo lo habían matado. Como lo habían asesinado. Pero por otro lado, me consuelo pensando que su nombre ha pasado a la eternidad, y que es admirado por los jóvenes, que son las mentes más puras. 
Extraído de:
http://www.clarin.com/diario/2004/05/21/um/m-763489.htm