Testimonios de otros combatientes

 

El Che que conozco:

Testimonio de Juan Almeida Bosque
Por (AIN)|


Luego de mi arribo a México D.F., en febrero de 1956, mi primer encuentro con el Che fue en el gimnasio, en Bucareli No. 118 entre General Prim y Lucerna, donde asistíamos como parte de nuestro entretenimiento y preparación para la expedición del yate Granma. Él, médico argentino, exiliado también, venía de Guatemala. Asmático fuerte, con su inhalador en el bolsillo. Siempre vestido de traje color carmelita, afable, compartía con nosotros los ejercicios y los juegos. Después se marchaba para el hospital donde trabajaba.
Posteriormente lo encuentro en el rancho Santa Rosa, en Chalco, donde pasamos un entrenamiento más riguroso en contacto directo con un territorio agreste, donde él tenía las funciones de jefe de personal, sin que por ello fuera excluido de sus deberes de entrenamiento, las marchas, las guardias y la atención a los enfermos.

Volvemos a compartir, presos, en la cárcel Miguel Schultz No. 27,
acusados de violar las leyes migratorias de México y él amenazado con ser deportado a Argentina.

Hacemos juntos la travesía rumbo a Cuba en el Granma, donde lo veo
atender a los afectados por el mareo cuando se lo permite el asma que lo ha atacado con fuerza.

A partir del desembarco en Las Coloradas, el 2 de diciembre, nuestra vida en común de guerrillero queda marcada por tres hechos trascendentales: cuando nos sorprenden en Alegría de Pío lo encuentro herido en el cuello y lo llevo conmigo hasta el reencuentro con Fidel en Cinco Palmas; en la emboscada a los soldados de la tiranía en Llanos del Infierno, el 22 de enero de 1957, dio prueba de arrojo, valor y osadía al salir de la trinchera para ocupar el fusil y la canana de un soldado enemigo derribado, arma que después, previa consulta con Fidel, me entrega en gesto de delicadeza que a todos nos emocionó. Finalmente, cuando, como médico, queda a cargo del cuidado de los que resultamos heridos en el combate de Uvero, el 28 de mayo de ese mismo año.

A estas vivencias pudiéramos añadir la emoción que sentimos cuando lo hicieron Jefe de la Columna Cuatro y Fidel lo nombró Comandante, los graves e importantes momentos compartidos en el enfrentamiento a la ofensiva de la tiranía en julio y agosto de 1958 y la alegría al encontrarnos en Camagüey, el 5 de enero de 1959, derrotada ya la tiranía, cuando vengo con Fidel hacia La Habana.

Vinieron después los días, semanas y meses convulsos de la Revolución, organizando el nuevo Estado socialista, donde el Che desempeñó importantes misiones, hasta su salida definitiva hacia otras tierras del mundo, primero a África y después a Bolivia.

Junto a la admiración que siento ante sus cualidades como revolucionario, guerrero, dirigente y como persona, se ganó también mi más profundo sentimiento de amistad, compañerismo, hermandad, cariño más sincero y respeto. Este es el Che que conozco, porque, como dijera Fidel, de Ernesto Guevara nunca se podrá hablar en pasado.

Pombo, el escolta del Che

Testimonio de Harry Villegas Tamayo. La vida de este hombre sencillo junto al Guerrillero Heroico desde la Sierra Maestra hasta Bolivia.

Soy coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y uno de los sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia, conocido por Pombo, seudónimo que me puso el Che cuando llegué al Congo.

Me llamó Pombo Pojo, que significa en lengua nativa "néctar verde". Con los demás compañeros hizo lo mismo, recuerdo que a Emilio Aragonés, por gordo y grande, le puso Tembo, que significa "elefante", a Víctor Dreke, Moya, que es "uno" y así a todos los compañeros. El se nombró Tatu, que es "tres" y fue como lo conocieron en aquellas selvas.

Yo tenía 16 años de edad cuando en noviembre de 1957 conocí al Che en Canabacoa, un pueblito en las estribaciones de la Sierra Maestra. El caserío era muy pequeño, con una panadería, unas pocas casas y un arroyito, se caminaba unos metros y se llegaba a unas zona de vegetación muy boscosa y junto a ella las lomas de la Sierra.

A este lugar llegué después de algunas experiencias guerrilleras como escopetero en los llanos del Cauto. Éramos un grupo de muchachos muy jóvenes que nos habíamos alzado después de un combate, sufrimos una intensa persecución y llegamos a este lugar.

Mientras esperábamos a que tomara una decisión con nosotros, llegó el Che. Lo vi como la figura legendaria e invencible de la que ya se hablaba, venía montado en un mulo y acompañado por Guille Pardo y Miguel Álvarez, para mí fue electrificante. Preguntó que quiénes éramos y qué armas traíamos. Le explicamos y le mostramos un revolvito. El nos miró y dijo: "Ustedes piensan que con esas armas pueden hacer la guerra." Lo dijo en un tono muy autoritario, atrevido, con mucha fuerza y esa forma me impactó y le cogí hasta miedo.

Estaba vestido con un uniforme de campaña un poco más fresco que los de los demás, a pesar del frío de la Sierra, lo usaba para ayudarse con el asma, porque los otros eran muy gruesos. El Che tenía una gran afinidad con los jóvenes, le gustaba tenerlos a su alrededor, por eso creo que nos aceptó a nosotros y nos llevó con él.

En la medida en que avanzábamos hacia el campamento de La Mesa el camino era más complejo y difícil, los ríos más caudalosos, yo era un muchacho muy débil y flaquito y mi mamá me había dicho que cuando se presentaran las primeras penurias, no iba a poder resistir, eso me inspiraba a seguir adelante y demostrarme que sí podía; para lograrlo tuve que hacer grandes esfuerzos y así nos fuimos desplazando hasta llegar.

Un tiempo después me fui con el Che para Minas del Frío, me advirtió que además de las clases militares, tenía que incorporarme a la escuela y a las actividades culturales. Recuerdo que estaban estudiando a Mao Tse Tung en los aspectos de la guerra de guerrilla, también Historia de Cuba, Matemáticas y otras materias.

A él le gusta que los jóvenes nos superáramos, esa fue una constante, decía que quienes estaban luchando por la libertad y la independencia definitiva de Cuba, una vez que terminara la guerra, tenían que dirigirla y para ello había que estar preparado lo mejor posible. La guerrilla para el Che era una escuela no solo militar, sino cultural y educacional, se preocupaba por formar a los futuros cuadros de la Revolución.

Un día se produjo un incidente fuerte, cometí un grave error, en Minas del Frío se organizó la famosa huelga de hambre en la participé como uno de los principales cabecillas, aunque el máximo responsable fue un compañero de Niquero.

Cuando el Che se enteró amenazó con fusilar al instigador y dejar sin comer durante varios días a los principales organizadores, al resto de los participantes los amenazó con ponerlos de castigo durante un día completo, en un polígono que teníamos en las Minas, eso era terrible, porque le teníamos mucho miedo a los aviones y en esos días eran frecuentes los bombardeos, el terror era tal, que en el campamento había un compañero que se apellidaba Carrión y un día lo llamaron en voz alta y la gente oyó "avión" y por poco hay muertos y heridos del tropelaje que se armó, varios chocaron, unos con otros, buscando los refugios.

El se indignó conmigo, pueden imaginarse, yo, miembro de su escolta, organizando una huelga de hambre, me recriminó fuertemente y amenazó con fusilarme. Dijo que el problema era que por un plato de comida alguna gente se comportaba de esa forma, que esas mismas gentes en los combates, aunque existe la posibilidad de la muerte, ansía luchar, combatir al enemigo, pero que de igual forma debe ser con las cosas cotidianas.

Esas gentes dispuestas a morir en el combate, cuando les falta conciencia luchan por la subsistencia, y la comida. Dijo que se requiere de gran conciencia colectiva y de ejemplo personal de los que piden sacrificio. Me recriminó fuertemente, porque dijo que si los que teníamos que dar el ejemplo no lo hacíamos, entonces el problema era más grave y que yo había violado ese ejemplo personal.

En verdad él estaba muy disgustado y quería sancionar severamente a los que estábamos metidos en aquel asunto, pero vino Fidel, se reunieron y decidieron no fusilar a nadie, sino castigarlos con no darles comida durante algunos días a los culpables.

Luchaba con nosotros, como si fuéramos sus hijos, tratando de formarnos en todos los sentidos, de criticarnos y sancionarnos cuando era necesario.

Un día me mandó a buscar miel a una casa en los llanos de Manzanillo, cinco o seis días de camino, al regreso un campesino nos brindó café, pero no tenía azúcar para endulzarlo, le di un poco de miel y le regalé el resto de una de las botellas, alguien me acusó ante el Che de que le había regalado la botella completa y me llamó a contar, después de criticarme fuerte me dijo: "Usted cree que es el dueño de la Revolución para andar regalando lo que no es suyo, cómo se atrevió a coger lo que es propiedad social de toda la guerrilla." El era severo con los que usaban indebidamente los recursos y me castigó a tres días sin comer, esa era una forma de educarnos.

Antes de salir en la Invasión, se organizó el cerco de Las Mercedes y en esos días, íbamos con él, dos compañeros y yo, el resto de la Columna se colocó a lo largo del camino. Frente a una casa nos dieron el alto, y cuando nos dimos cuenta allí estaba el ejército, que comenzó a disparar, nosotros a correr, ellos a tirarnos y nosotros a correr más rápido, hasta que logramos salir. Yo creo que esa fue la vez que más corrió el Che en su vida, porque aquello parecía una competencia de campo y pista. Cuando nos alejamos, preparó la columna y organizó la defensa.

Cuando la entrevista entre Fidel y Cantillo, a este lo acompañaron varios pilotos, que se dedicaron a observar bien nuestras posiciones en Las Mercedes, varios días después comenzaron los bombardeos y una de las bombas cayó a unos 10 metros de nuestro refugio; el Che calculó que tenían el lugar exacto donde estábamos porque no era posible tanta precisión, en la segunda vuelta los aviones bombardearon a unos tres metros y el Che dio la orden de salir rápido, y efectivamente al tercer bombardeo impactaron y destruyeron los túneles de nuestros refugios. El tenía una gran habilidad militar, una profunda suspicacia guerrera.

La Invasión se organizó bajo el principio de voluntariedad, el Che planteó que habíamos recibido una misión, la de salir a cumplir una tarea muy difícil y compleja en donde no menos del 50 por ciento podríamos morir, el que no quisiera ir, se podía quedar, no era obligatorio. Todos levantaron la mano, excepto dos compañeros, que no querían abandonar la Sierra.

Nosotros teníamos allí 10 puercos y estábamos pasando un hambre tremenda, pero el Che dentro de su concepción de futuro decía que no se podían matar porque eran los primeros pie de cría para cuando triunfara la Revolución. Nosotros no teníamos esa visión tan larga y lo que queríamos era comernos algunos de aquellos animales.

En esa coyuntura llegó la aviación a bombardear y aprovechamos esas circunstancias para matar cuatro puercos y culpar a la aviación del hecho. Cuando llegó le dijimos: "Comandante, tenemos una pena con usted tremenda, los aviones mataron cuatro puercos". El dijo: "¿Cómo es eso posible?, ¡cómo mataron cuatro puercos y ninguno de ustedes resultó herido?" Le dijimos: "Imagínese, Comandante, nosotros somos personas y nos refugiamos y los culpables fueron los pilotos que los ametrallaron". Preguntó: "¡Con qué calibre los mataron?" Le respondimos que no sabíamos y entonces dijo: "Vamos a ver a los puercos". Y respondimos: "No puede verlos porque ya los estamos asando". De esa forma no pudo comprobar lo que seguramente estaba sospechando.

Con él hice la Invasión, la llegada al Escambray y la toma de la ciudad de Santa Clara. Fue en este período que conoció y se enamoró de Aleida March. Ese amor no surgió superficialmente como algunos piensan, no fue que se vieron y se enamoraron enseguida, no fue amor platónico o a primera vista, sino que surgió en el desarrollo de la lucha, en el quehacer revolucionario se fueron identificando. Yo lo veo así.

El amor comenzó a surgir poco a poco y culminó después del triunfo de la Revolución, cuando se casaron en casa de Alberto Castellanos. Yo los llevé al lugar donde pasaron la luna de miel. Les quiero decir que Aleida es una mujer muy valiente, una mujer de criterios, por sus actividades revolucionarias ayudó mucho al Che en sus análisis y en la interpretación de varios fenómenos; nos ayudó mucho a nosotros, a los escoltas del Che, Alberto, Hermes, Argudín y a mí, podríamos decir que fue como nuestra madrina, porque éramos traviesos y el Che a veces nos criticaba duro y ella era la intermediaria en muchas oportunidades en que evaluaba la situación de manera distinta y le hacía ver que era muy fuerte con nosotros. Especialmente contra Alberto y conmigo, que como teníamos mayor nivel cultural que los otros dos nos llevaba más recio.


El Che nos conocía como conocen los padres a los hijos, sabía cuándo hacíamos una maldad, cuándo le ocultábamos algo, cuando cometíamos un error por ignorancia o por travesura. Hermes fue un compañero excepcionalmente valiente y humano, muy noble, y es el primero que sale a cumplir una misión internacionalista enviado por el Che, después Alberto y más tarde yo. En el conocimiento del Che de uno de nosotros y de los cubanos en general, Aleida desempeñó un importante papel. El amor de ellos dos se fraguó en la lucha. Recuerdo que cuando entramos a Santa Clara, el pueblo decía que el Che venía con tres mujeres, una rubia que era Aleida, una negra, que era yo, y una jabá que era Parrita, porque como él y yo teníamos un pajonal por pelo y no teníamos barba, nos confundieron con mujeres.

Desde la época del Escambray, Aleida siempre estuvo a su lado, debe haber aprendido mucho de él, porque nosotros no estábamos acostumbrados al fragor del sacrificio, al esfuerzo permanente como el Che. Y las primeras normas qué él impuso fueron de convivencia, normas estrictas que al principio no las comprendíamos cabalmente, por ejemplo, exigía que la comida fuera la que nos tocaba y nada más, el hecho de que nadie tuviera una participación excepcional por nada, ningún privilegio. Cuando él veía algo extra de comida, me llamaba para ver de dónde la había sacado e indagaba por qué vino, por qué la acepté, y llamaba a Aleida y la hacía responsable de que eso no podía pasar. Aleida velaba por eso y no permitía que entrara nada que no estuviera establecido.

Todo esto le daba una autoridad moral extraordinaria, una de las grandes virtudes por la que el Che ha podido pasar a nuestra historia revolucionaria con tanta fuerza, con tanto respeto, eso que nadie puede señalarle nada porque fue estricto en todos sus actos y misiones. No se otorgaba ningún derecho o privilegio que no tuvieran los demás. El decía que como ciudadano cubano era de la Sierra Maestra, que era oriental porque fue donde aprendió a hablar cubano, a identificarse con la gente, adquirió algunos dejos orientales. En el contexto humano, creo que Aleida influyó mucho en él y, a su vez, él sobre ella. Un amor ejemplar de revolucionarios, muy abierto. Actuaban de acuerdo con nuestras realidades y principios.

De Santa Clara lo acompañé a La Habana, pero eso es historia bastante conocida. Al triunfar la Revolución, fui jefe de su escolta; estuve con él en La Cabaña, Tarará, Santiago de las Vegas, Ciudad Libertad, Calle 18 y Nuevo Vedado. De ahí para el Congo y después Bolivia. Siempre a su lado.

El nos puso a Alberto Castellanos y a mí a estudiar, pero en vez de hacerlo, nos pusimos a querer aprender a pilotear aviones e incumplimos la tarea que nos dio. El nos había puesto un maestro de apellido Abad, y cuando le informó que no estábamos estudiando, nos llamó para conocer los resultados de las clases. A todos los que tuvieron buena conducta los ascendió, menos a Castellanos y a mí, y nos sancionó a arar y sembrar un terreno de un solar yermo muy grande que había cerca de la casa. Nos dijo: "Ustedes son bueyes y quieren seguir siendo bueyes, no quieren superarse."
 

Enseguida nos buscamos un tractor y cuando lo vio, nos dijo: "No, no, no, con tractores no."

Entonces conseguimos una yunta de bueyes y también nos la quitó, y tuvimos que ararlo así, peor que los bueyes. Al pasar el tiempo recogimos una buena cosecha de col, tomate y ají. El nos preguntó: "No sienten ahora el fruto de ese esfuerzo" y agregó: "Igual debieron sentir al estudiar."

Dentro del Ministerio de Industrias me hizo pasar la escuela de administradores y la de directores de empresa y allí se produjo un incidente y una discusión, donde el director de la escuela criticó a un compañero como de bajo nivel político porque hizo una reclamación de un descuento salarial. La crítica no era justa y dos o tres compañeros salimos en su defensa. Le viramos la reunión al director. Eso no se quedó allí, sino que se hinchó. Fui y me acosté en la casa, cuando me levanté por la mañana, la posta me dijo: "Dice el Comandante que no te vayas, que lo esperes." Yo me dije: ¿Qué habrá pasado?

Le habían dicho que yo como jefe de la escolta y su ayudante, haciendo abuso de esas relaciones, le había virado la reunión al director. Cuando él me vio expresó: "Así que haciéndote el prepotente, quién cree que es usted, se piensa que es el dueño de la Revolución, no se da cuenta de que no ha hecho nada por ella." Yo le dije: "No sé de qué usted me está hablando", y respondió, "De la actitud que tuvo ayer en la reunión." Le expliqué la forma en que actué y por qué. Pero me ordenó: "Estas expulsado de la escuela, no se puede presentar otra vez allí hasta que investigue y le avise." Le dije: "Averigüe bien, porque no es como le han dicho."
Averiguó y me mandó a buscar. Me ofreció disculpas, me afirmó que era verdad lo que le había dicho, que tenía razón y que lo había podido comprobar, que me reintegrara al curso. A mí a cada rato me acusaban de algo diferente.

Su aspecto humano era muy importante. En África retomó otra vez la medicina, era una preocupación constante cuidar al hombre, no escatimó el más mínimo esfuerzo, sin temores ante la miseria, las enfermedades, la insalubridad de aquellas zonas, todo lo cual se convirtió en una leyenda en África. De igual forma profundizó su sensibilidad humana con los nativos, a pesar de las limitaciones del idioma, aunque él hablaba francés y eso a veces era suficiente, pero llegaba a la gente con su mensaje humano, de preocupación. Ahí vimos que la concepción humanista del Che no era de forma religiosa sino revolucionaria, luchaba por la gente, contra las adversidades, por el hombre.

Para el Congo fui como parte de su seguridad personal. Fidel se reunió con nosotros y quería que cuidáramos mucho al Che, que nada le fuera a pasar, ese fue el motivo fundamental de mi misión, protegerlo y cuidarlo por órdenes de Fidel.

Su internacionalismo era una latente, en el viaje por África y Asia llegó a la conclusión de que había condiciones y que era necesario darle una batida al imperialismo norteamericano, eso fue siempre una constante en él. El internacionalismo era la vía de materializar sus ideas, ya había estado en Guatemala, vino a nuestro país, a prestarle ayuda a nuestro pueblo, fue al Congo y a Bolivia, y aspiraba a materializarlo en su propia Patria. El señalaba que el concepto de imperialismo tenía un carácter internacional, de igual forma la lucha revolucionaria tenía que ser internacional.



El Che educaba con el ejemplo

Testimonio de Ricardo Martínez Víctores, quien tuvo la fortuna de compartir con el Guerrillero Heroico.

Tenía 21 años de edad cuando me fui para la Sierra Maestra; soy habanero y trabajaba en la emisora Radio Mambí, que estaba ubicada en el mismo corazón de la zona joven de La Habana. Fui para la Sierra con concepciones políticas contrarias al comunismo, luchaba contra la tiranía de Batista porque estaba oprimiendo el pueblo. No soportaba las barbaridades y las brutalidades que se cometían contra los jóvenes y la población en general. Todos los días aparecían muertos en las calles y personas torturadas y asesinadas en diferentes lugares.

Mi ideal era luchar junto a Fidel. Salí de la Habana en julio de 1957, con Luis Orlando Rodríguez, director del periódico La Calle, y cinco compañeros más. Salimos para alzarnos, aunque viajamos por diferentes vías.

Llegué a la Sierra Maestra impactado por la propaganda enemiga, que era terrible, especialmente contra el Che. Las emisoras de radio del gobierno y la prensa de derecha lo acusaban de comunista internacional, de asesino profesional, que mataba con crueldad a los soldados prisioneros y repetían constantemente esas calumnias. Aquello influyó en mi y en otros compañeros que llegamos a creer que era cierto. Esa fue la causa principal por la que no nos quedamos con él, Le dijimos que sencillamente queríamos estar con Fidel.

El encuentro con el Che se produjo de noche, estaba de pie, recostado a un bohío, a la luz de un candil o mechón, con el pelo revuelto, sudoroso, con la cara grasienta y la forma de mirar tan especial con los rasgos acentuados por las sombras y los contrastes de la luz, que no dudé por un solo momento que era tal como la propaganda decía. El nos brindó tostones, pero ni ese gesto me hizo borrar la imagen.

Pasados unos días nos envió a Orestes y a mí para la tropa de Fidel. Haroldo Cantalló se quedó con él, porque confió desde los primeros momentos. En una etapa estuvieron unidas las columnas No. 4, del Che, y la No. 1, de Fidel. Recuerdo que pasé mucho trabajo, no estaba acostumbrado y realmente me costó adaptarme a la vida de la guerrilla, que era muy fuerte, muy dura, además del hambre, lo que tienes que cargar, lo que tienes que caminar, que no hay agua a veces, en ocasiones había que acostarse sin comer, muchísimas veces tienes que caminar toda la noche sin una luz, no puedes encender un cigarro. Yo nunca había salido de la ciudad para nada, no había estado en una finca ni había subido lomas.

Un día me quedé rezagado, ya no daba más, la Columna se había ido bien adelante, venía muy mal, muy cansado y en eso ve venir al Che con un ataque de asma muy fuerte, venía cargado, porque cargaba más que nadie, dentro de su gente era ejemplar. Había una cosa que nadie quería cargar que era la lata de la cocina, una lata de esas de guardar manteca, que se dividía entre la escuadra para que cada uno la llevara un día distinto, pues no podía sonar ni en el caso de que te metieras en un desfiladero, era una desgracia y un estorbo.

Tenías que llevar la mochila, y en ella tus pertenencias, las viandas que pudieras, el fusil, las balas y la lata cuando te tocara, la única mano libre, prácticamente, tenías que ocuparla en ella y no te podías aguantar, era un verdadero problema y el Che, aparte de la mochila normal, su fusil, la mochila de las medicinas que siempre llevaba adelante, la canana, la cantimplora y todas esas cosas, cuando le tocaba la lata, la llevaba, siendo Comandante y con el ataque de asma tan fuerte de aquel día, eso me impresionó muchísimo.

Llegó donde yo estaba, se apoyó en mí, me puso la mano en el hombro y me dijo: "Vamos, que ya nos falta poco para llegar al final", o sea poniéndose al nivel mío, con el mismo problema los dos. Comienzo a caminar pensando: mira este argentino que está peor que yo dándome ánimo a mí, que estoy hecho una basura ya, que no doy más, o sea, solo la fuerza del ejemplo del Che es lo que me hace seguir, es el deber de seguir, seguimos juntos caminando, ayudándonos uno al otro, y llegamos. Esa es la primera impresión que tengo del Che verdadero.

Cuando se presentó la posibilidad de instalar la emisora de Radio Rebelde, Fidel el Che, Almeida, Ramiro Valdés y Luis Orlando Rodríguez se reunieron en el bohío de la Comandancia de la Mesa y se planteó que la planta de radio ya estaba en camino. Salió a relucir que había dos compañeros que sabían de radio, Orestes Varela y yo, y nos propusieron que nos fuéramos con el Che. Desde ese momento pasé bajo sus órdenes directas, tanto en la emisora como en el periódico El Cubano Libre. Aquí fue cuando nosotros de verdad comenzamos a conocerlo.

Lo veíamos más de cerca, nos visitaba a menudo, conversaba con nosotros, se interesaba por todo lo que estábamos haciendo, escribiendo, y, en especial, por la programación. Allí apreciamos la amistad entre el Che y Camilo, este último tenía vocación de locutor de radio, le gustaba ser locutor e iba mucho a la emisora. El y el Che comenzaban a bromear y fuimos viendo al Che de otra manera, incluso "jodedera" por momentos, no al estilo cubano, sino como yo creo que deben ser los "jodedores" argentinos.

Allí también apreciamos el trato con los campesinos, con los soldados, era siempre el último a la hora de comer. Un día dijo que en la emisora hacía falta una voz de mujer, entonces envió a una compañera, Olguita Guevara, que la tenía de maestra de los campesinos y de los combatientes de la columna No. 4. Ella era una jovencita romántica y valiente, muy firme en sus convicciones revolucionarias y en la necesidad de luchar por la Revolución, costara lo que costara. Tocaba guitarra y le gustaba cantar, y no obstante estar en medio de la guerra, cada vez que se daba la oportunidad los compañeros organizábamos descargas en las cimas de las lomas, con canciones y poesías a la luz de la luna, y en ocasiones contábamos con la presencia del Che y hasta de Fidel.

Recuerdo las competencias de tiro entre el Che, Camilo y Fidel. Parecían unos muchachos cuando comenzaban a discutir para ver quién tiraba mejor y quién daba en el blanco más veces, se choteaban mutuamente cuando fallaba uno u otro, el Che entraba en ese juego, eran relaciones muy fraternales entre los tres.. El Che me preguntaba acerca de La Habana, cómo era la vida, las costumbres, quién era el dueño de la emisora de radio donde yo trabajaba, cómo había entrado al Movimiento 26 de Julio, cuál era el estado de opinión existente en la capital, qué era lo que estaba pasando.

El Che fue un hombre muy valiente, quiero contarles una anécdota. Cuando la entrevista de Jorge Ricardo Massetti en el Alto de Conrado: estabamos presentes varios compañeros, recuerdo que en ese momento la aviación comenzó a bombardear cerca, nosotros nos fuimos corriendo a refugiarnos, pero él se quedó con Massetti y le dijo que lo importante era que pueblo escuchara como fondo de la entrevista la verdad de lo que estaba sucediendo, cómo se bombardeaba y asesinaba a los campesinos; al ver que ellos dos se quedaron, reaccionamos, recobramos el valor, y regresamos poquito a poco. El Che era un hombre que con el ejemplo educaba, comprometía y obligaba a seguirlo hasta las últimas consecuencias.

Fue un hombre muy justo y solidario, incapaz de cometer cualquier arbitrariedad, trataba de que sus hombres fueran verdaderos revolucionarios, no le hacía nada malo a ninguno, su conducta era muy limpia, muy clara, si tenía que decirle algo a alguien se lo decía directamente; no andaba con rodeos, intrigas ni indirectas, nunca habló por detrás de nadie, decía las cosas de frente y si había que sancionar, lo sancionaba de manera directa. Después que sancionaba al hombre le daba tratamiento, lo iba a ver, le hablaba, le hacía entender sus errores o culpas, se preocupaba por conocer cómo estaba, cómo se sentía; creo que es importante ser como él, exigente y humano.

El trato con las gentes era excelente, incluso con los enemigos, y aunque era un principio en el Ejército Rebelde, cuando caían heridos eran los primeros en ser atendidos, no permitía que se abusara de los prisioneros, al contrario, teníamos que cuidarlos, si había un enfermo se quitaba las medicinas para dárselas.

Al Che no lo volví a ver hasta después del triunfo revolucionario, fue un día que visité el Ministerio de Relaciones Exteriores, cuando lo vi sentí tanta alegría que fui corriendo a saludarlo y le dije: "Coño, Che" y él me dio un fuerte abrazo. Enseguida me di cuenta de que había metido la pata, porque estaba conversando con unos señores elegantemente vestidos. Traté de disculparme, sin embargo, él, al percatarse de mi situación, me dijo: Ricardo, te presento a los embajadores de tal país, de tal y de tal. Nunca me reprochó esa falta; al contrario, me puso al mismo nivel de los embajadores.

"Teté, no traiciones"

Testimonio de Delsa Puebla Viltres (Teté), una de las capitanas del pelotón Las Marianas, formado en la Sierra Maestra.

Conocí al Che en el mes de agosto de 1957, no recuerdo el lugar exacto, tal vez fue muy cerca de Palma Mocha, en la Sierra Maestra, y creo que fue por la tarde, pero no estoy segura, tenía 16 años de edad. Me había incorporado a la tropa de Fidel en el mes de junio de ese mismo año.

Recuerdo que antes de conocerlo, ya tenía referencias de él, incluso le habían sacado una canción, que habla de su valor: de cómo el ejército de la tiranía no podía con él; de cómo bajó las lomas hasta San Pablo de Yao, y tenía un estribillo que decía: "Che Guevara olé, Che Guevara olá."

También contemplaba una crítica, parece que al principio no era muy cuidadoso con la limpieza de su arma. El narró ese hecho en los pasajes de la guerra, cuando escribió que Frank País, al ver su fusil sucio comenzó a limpiarlo y eso fue una gran enseñanza para él. Esa canción no me la sé completa, él se reía mucho cuando la escuchaba.

En el mes de noviembre de 1957, me enfermé, con fiebres muy altas y el doctor Martínez Páez decidió que debía quedarme restableciéndome en el campamento del Che en El Hombrito. Cuando él me vio se preocupó mucho por mí, me reconoció, me preguntaba cómo me sentía, si mejoraba o no, fue una atención constante. Aprecié su gran condición humana porque ese trato era igual para todos.

El Che, además de combatiente y jefe cumplía sus funciones de médico: cuando herían a un compañero, personalmente se ocupaba de curarlo. Si alguien tenía un dolor de cabeza, iba a ver qué le pasaba. Sin embargo, cuando le dolían las muelas a los combatientes disfrutaba sacándolas. Los campesinos lo venían a buscar lo mismo de día que de noche; hasta hizo partos en la Sierra Maestra. Se creó una leyenda en torno a las atenciones médicas del Che que aún perduran.

También era maestro, alfabetizó a varios compañeros y se preocupó para que todos los que no sabían leer y escribir aprendieran, no solo con los combatientes del Ejército Rebelde, sino también con los campesinos.

Estaba atento ante los problemas personales de todos, si alguien tenía alguna situación familiar trataba de ayudar a resolverla. No podía ver a nadie triste, se daba cuenta enseguida y buscaba la forma de conocer las causas y resolverlas si estaban dentro de sus posibilidades. El tenía algo en su personalidad que lo distinguía del resto de los compañeros.

Para la tropa era como un padre o un hermano mayor. Estableció relaciones de respeto y disciplina, pero a la vez de afecto y yo diría que muy fraternales. Por eso sus hombres lo admiraban y querían tanto y estaban dispuesto a cumplir cualquier misión que él les encomendara.

Mientras estuve en El Hombrito, se produjo el combate de Mar Verde, en esa ocasión murió Ciro Redondo, cuando el Che regresó se reunió con nosotros para informarnos los resultados de esa acción, cuando se refirió a los caídos le rodaron lágrimas y eso me impactó muchísimo, porque un gran guerrero era capaz de llorar de sentimiento ante un dolor semejante.

Recuerdo también que era un hombre que amaba la poesía, en los días de mucho frío y lluvias intensas durante los cuales la tropa no podía salir a explorar, leía poemas, no sé si eran suyos o de otros autores, pero lo cierto es que amaba mucho la poesía.

El me ponía la mano en el hombro y me preguntaba siempre, buscando la forma en que me sintiera bien y sanara lo más pronto posible.
En diciembre me volví a unir a la columna de Fidel, y ya no volví a verlo hasta la etapa de la ofensiva.

En esa ocasión el Che se ocupaba de los abastecimientos, las comunicaciones y los mensajeros. Una mañana, cuando aún no había amanecido, la aviación comenzó a bombardear. Teníamos varios enfermos y heridos y el Che no se metió en los refugios hasta que todos habían entrado, incluso una de las bombas nos salpicó.

Estábamos con él Irene Mompié, Miguel Alvarez, otros compañeros y yo. El Che infundía mucho valor, todos nosotros al verlo desafiando el bombardeo nos sentíamos estimulados. Esos gestos de indudable coraje nos fue formando.
Durante la batalla del Jigüe, muchos guardias cayeron como prisioneros o heridos.

El me mandó a buscar y me dijo que había que entregarlos a la Cruz Roja Internacional, que el ejército de la tiranía no quería aceptar una tregua, porque ello significaba admitir la derrota y que era necesario que llevara un mensaje a los jefes enemigos que se encontraban en Las Vegas de Jibacoa, me explicó que podían sucederme tres cosas: que me mataran, que me hicieran prisionera y me torturaran, o que aceptaran la tregua y me respetaran. Me pidió que pensara en lo más grave de las posibilidades antes de responderle.

Le manifesté que estaba dispuesta a cumplir esa misión. Me dijo: "Bueno, Teté, lava tu uniforme, plánchalo, tienes que ir bien bonita y con tu brazalete del 26 de Julio, que no puedes permitir que te lo quiten."

Al otro día por la mañanita fue a donde yo estaba durmiendo, me levantó y me dijo : "Teté, llegó la hora." Me tenía preparado té y un mulo listo para partir. Me advirtió que quizás me quisieran llevar para Bayamo, pero que no lo aceptara, me explicó lo que tenía que responder ante cada posible pregunta e interrogatorio y que si tenía oportunidad observara las trincheras, el lugar donde estaban emplazados los cañones, la cantidad de efectivos y toda la información posible. Como despedida me expresó: "Teté, no traiciones."

Esas palabras me produjeron un dolor muy grande y comencé a llorar, él me abrazó fuertemente, con mucha ternura y cariño y me dijo: "No, no, Teté, no es eso lo que he querido decirte." Ese hecho no lo olvidé y cuando cumplí la misión se lo dije a Celia Sánchez, ella se rió y me dijo que él me había dicho así para fortalecerme y darme valor. Después él mismo habló conmigo y me explicó esa situación.

La partida era a las 6:00 de la mañana y debía regresar alrededor de la 1:00 de la tarde. Me arreglé muy bien, y salí en el mulo, pero los bombardeos eran muy intensos, tuve que refugiarme en varias ocasiones y en una de ellas el mulo se soltó y del susto se perdió, por lo que tuve que continuar a pie, observando las vueltas de los aviones para poder avanzar.

Llegué al campamento enemigo después del mediodía. Me vi en la necesidad de esperar a que viniera de Bayamo Merob Sosa, que era el jefe de la zona. Los guardias me trataron con respeto, me ofrecieron almuerzo y querían llevarme para Bayamo, me preguntaban acerca de qué hacía una muchacha tan joven y bonita en la Sierra Maestra. Merob Sosa leyó la carta que envió el Che y aceptó la tregua.

Regresé a nuestro campamento como a las 6:00 de la tarde, no sé cuantos metros me cargaron mis compañeros: La alegría era mucha porque habían pensado lo peor. Le entregué al Che el mensaje, ya estaba allí Fidel y ambos analizaron la situación. El Che me llamó y me explicó que tenía que regresar con la respuesta y partí nuevamente.
Llegué a las líneas enemigas como a las 10:00 de la noche. El capitán leyó el mensaje y ordenó que me prepararan una cama. Me acosté, pero cuando los jefes dormían fui a conversar con los saldados que estaban de guardia, tratando de obtener las informaciones que me habían orientado. De esa forma conocí dónde estaban las trincheras, el mortero y otras cosas.

Cuando el Che llegó a Las Vegas de Jibacoa con nuestras tropas y los prisioneros y heridos, fue todo muy emotivo, porque incluso se encontraban hermanos y tíos en uno y otro ejércitos. El Che aceptó la invitación que los guardias le hicieron de montar en un helicóptero, comer y fumar tabaco. Después de ese episodio, se formó el pelotón de Las Marianas Grajales. Soy una de sus dos capitanas, la otra era la compañera Isabel Rielo.

Al triunfar la Revolución me dieron la responsabilidad de atender a las víctimas de la guerra de la (antigua) provincia de Oriente, tenía la orientación de darles un trato por igual a todos, sin importarnos si eran hijos de rebeldes, miembros de la dictadura o de sus órganos represivos, o de los campesinos. Atendimos a todos los niños huérfanos. El Che se preocupó por esos muchachos y a pesar de sus múltiples responsabilidades, buscaba tiempo para interesarse por ese trabajo.

Cuando visitó Yara, pueblo donde nací y vivía en aquellos momentos, fue hasta mi casa para saber cómo me sentía, qué problemas existían, le expliqué en detalle y cuando le informé que algunos sacerdotes de Oriente me estaban ayudando, se rió y me preguntó: "Teté, ¿qué hiciste para convencerlos?".

A muchos de esos niños los adopté como hijos, unos y otros me buscan, el día de mi cumpleaños, el 9 de diciembre, ya son profesionales y viven en diferentes lugares. Tengo tres hijos propios, pero los hijos de todos me dicen abuela.

Una vez que enfermé vinieron todos a verme y por poco muero de asfixia, porque no me dejaban respirar. Todos se llevan muy bien y no hay distinciones entre ellos, todos están dentro de la Revolución y esa es la mayor felicidad para mí.
Del Che todos debemos aprender, aunque sea un pedacito.

Se oponía a los privilegios, vivía y exigía que se viviera como el pueblo, defendía el criterio de que los cubanos debíamos consumir lo que produjéramos, que no debíamos depender de nadie, que nuestros productos había que fabricarlos con calidad internacional. El Che hablaba del respeto al pueblo y que debíamos ofrecerle lo mejor que tuviéramos dentro de las posibilidades.


Che: Como caído del cielo

Testimonio de Zobeida Rodríguez Ferreiro (combatiente) sobre la relación que tuvo con el Guerrillero Heroico a partir de haberse conocido en la Sierra del Escambray.

Conocí al Che en un lugar llamado Las Piñitas, en la Sierra del Escambray. Yo pertenecía a la tropa de Víctor Bordón y estaba alzada por esos montes. En aquel tiempo yo era analfabeta, y no sabía nada del Che.

El primer impacto al ver a los compañeros de la Columna No. 8 fue muy desagradable porque estaban destruidos físicamente y venían prácticamente descalzos y con las ropas deshechas.

Para mí fue doloroso verlos así. Ellos no sabían que yo era una mujer, porque me parecía a ellos, vestía las mismas ropas y botas. El Che le habló a la tropa pensando que todos éramos hombres.

En sus palabras se apreciaba la fuerza tremenda de su persona, dijo que ahora sí había llegado la guerra al Escambray, que había que fajarse de verdad, que cada quien tenía que ganarse las armas, que las condiciones eran muy duras y difíciles, y tendríamos que combatir aunque no hubiera comida.

Señaló que si alguien quería irse podía hacerlo. Hubo unos 20 que se fueron, éramos unos 200 ó 300 compañeros. Seguí con el Che hasta Gavilanes, fue allí donde se enteró que había una mujer en la tropa.

Me mandó a buscar y me explicó que no podía aceptar mujeres como combatientes y me designó para la enfermería. Lo único que yo sabía hacer era cocimiento, luego tuve que inyectar y darles caldo caliente a los heridos y enfermos.

El Che siempre estaba muy preocupado por la salud de los combatientes y ordenó que los mejores alimentos fueran para ellos. Cuando la ofensiva del Pedrero, fui con un grupo de compañeros a comprar alimentos. El Che indicó que rompiéramos todas las botellas de ron que encontráramos en la tienda.

Cuando llegamos lo primero que hicimos fue romperlas, así que, si algún rebelde quería emborracharse no podía encontrar con qué hacerlo. Fíjense que visión la del Che, porque con eso estaba evitando que el enemigo pudiera tener la oportunidad de sorprender a algunos compañeros o que estos cayeran en la grave indisciplina de tomar ron.

Después que se tomaron todos los pueblecitos cercanos a las lomas del Escambray, se preparó el combate de Fomento. Yo no había combatido nunca y me dejaron en Piedra Gorda con seis hombres cuidando las mochilas.

Desde allí veíamos a los aviones bombardeando. Yo estaba muy inquieta y les dije a mis compañeros: "¿Por qué no nos vamos para el combate?, dejamos todo bien guardado, es la única forma de ganarnos un fusil. Si nos matan, mala suerte."

Había uno que no quería ir, pero lo embullamos y salimos para allá. Me dirigí hacia una casita desde donde salían bastantes tiros, estaba cerca del cuartel. Los aviones empezaron a tirar unos paquetes, algunos caían en nuestra zona, cuando fui a ver, comprobé que no eran bombas, sino jamones enteros y rápidamente los recogía para acumularlos, para cuando terminara el combate darnos tremendo banquete. Los soldados se rindieron a los tres días.

Fui de las primeras en entrar al cuartel de Fomento, no estuve pensando en que quedaran francotiradores, llegué y agarré un fusil. En eso el Che me vio y me haló por mi pelo que en forma de un rabo de mula tenía amarrado con un arique y me dijo: "¿Qué hace usted aquí? Le respondí: "Usted dijo que había que ganarse el arma y yo vine a ganármela y me la gané, ya la tengo, es esta, mírela."

En términos muy fuertes dijo: "Usted lo que es una indisciplinada y la voy a sancionar, cómo fue que vino hasta aquí sin permiso, si la hemos dejado en el campamento cuidando con seis hombres.

"Seguidamente me preguntó: "Estos hombres dónde están." Le dije: "Si no están muertos, deben estar buscando sus fusiles"; me ordenó enérgicamente: "Ponga ahí ese fusil." Mis lagrimas comenzaron a rodar como gotas grandes, empecé a llorar y a decir que una hazaña tan buena que había hecho, cómo era posible que me fuera a pasar eso, que hasta sancionada podía salir.

Entonces los compañeros le dijeron al Che: "Comandante, mire a Mimí como llora." El vino, me agarró por el moño y me dijo: "Usted es una indisciplinada, pero es una cojonuda de verdad, esa arma es suya, se la ganó." Me quedé con ella hasta el combate de Santo Domingo, donde la cambié por otra que pesaba menos.

Desde la liberación de Fomento pasé a la línea de combate permanentemente y formé parte del pelotón de mi marido, Israel Chávez, manejando una 30. Combatí en Guayos y Placetas, y cuando hirieron a mi esposo yo mantuve el combate con esa arma. No participé en la zona de Santa Clara, porque a las tropas de Víctor Bordón se les ordenó que debían evitar que llegaran los refuerzos enemigos de La Habana y continuar tomando otros pueblos.

Después del triunfo de la Revolución estuve con el che en la Cabaña, trabajé en prisiones y comencé a estudiar. Yo era de un pueblo que se llama Manacas, en la provincia de Las Villas; trabajé de empleada domestica desde los 11 años. Cuando tenía 16 conocí a mi esposo, que trataba de ganarse la vida como boxeador.

Lo veía muy fuerte con un pelo negro muy lindo, pero si lo ven ahora, está calvo completo. Una noche me "robó" de mi casa, así se hacían los matrimonios en el campo y salí de una situación mala para entrar en otra peor, porque tuve que lavar y planchar mucho para la calle. Nos incorporamos al Movimiento 26 de Julio y nos persiguieron y tuvimos que alzarnos para el Escambray.

Vivimos felices con nuestros dos hijos y nietos. Para que ustedes vean cómo es la vida, las dificultades y la lucha revolucionaria nos han unido mucho. Les contaré otra anécdota sobre el Che para que valoren lo humano que era. En enero de 1959 yo estaba muy triste, porque quería ir a ver a mis hijos, pero no tenía dinero.

Al Che se lo informaron, le decían y se enteraba de todo. Me mandó a buscar, lo vi con un fuerte ataque de asma, esa asma que siempre lo afectó, le pregunté: "¿Tiene asma, Comandante?" Me respondió: "Mimí, supe que estás triste porque quieres ir a ver a los muchachos y seguro quieres llevarles juguetes y no tienes dinero." Llamó a Aleida y le dijo: "Dale a Mimí 250 pesos." Yo me asusté porque para que el Che diera esa cantidad de dinero en aquella época era un fenómeno.

Cuando me lo entregó me dijo: "Compra juguetes, pero no solamente para tus hijos, sino también para los otros muchachos del barrio donde vives, que seguro son tan pobrecitos como los tuyos." Me advirtió que no aceptara bajo ningún concepto que el tendero me diera regalos, porque no podíamos comprometernos con nada ni con nadie.

Enseguida me fui para una tienda y me volví loca de ver los juguetes, hasta compré un traje mexicano y me fui para mi pueblo. No olvido esa sensibilidad del Che que no solo pensó en mis hijos, sino en todos los demás niños pobres del barrio.

Cuando regresé para La Habana ya mi familia estaba reunida, recuerdo que por aquellos días el Che piloteaba una avioneta, muchos oficiales cuando lo veían salir rumbo a ella se escondían, tenían miedo de subirse a ese aparato y el Che acostumbraba a llamarlos para que los acompañara.

Yo iba con mis dos hijos y ellos empezaron a decir: "Mira a Che, mira a Che." Los mandé para que lo saludaran. El me llamó y me dijo: "Mimí, ¿quieres dar una vueltecita?" Los muchachos empezaron a decir: "Sí, sí, sí, vamos", y no lo pensé mucho y les respondí: "Vamos."

Yo siempre tuve gran confianza en él y una gran seguridad, junto a él no pensaba en el peligro ni en nada. Estaba segura de que todo iba a salir bien. Nos montamos en ese aparato y los muchachos estaban locos de contento, viendo todo muy bonito, aquello era una maravilla. Desde arriba todo era lindo. Cuando aterrizamos él fue adonde estaba mi marido y le dijo: "Todos ustedes son unos pendejos (cobardes), pero ella se montó."

Para mí el Che tenía algo que desde que lo vi en el Escambray y le habló a la tropa, pensé que era un hombre como si hubiera caído del cielo, lo vi distinto, con esa confianza, ese carácter, esa disciplina que lograba imponer, esa lucha constante por la unidad de todas las fuerzas, si no hubiera sido por él, no se logra tan rápido el triunfo de la Revolución en Las Villas.

La última vez que lo vi fue en 1964, yo iba caminando por la calle Línea, me vio y paró su automóvil, me saludó y me preguntó qué estaba haciendo. Le dije: "Sigo en prisiones, Comandante". Respondió: "Hay que trabajar, Mimí." Después estudié y seguí en el Ministerio del Interior. Cada vez que veo una cosa mal hecha, pienso en cómo actuaría él.


Ernesto Che Guevara: un hombre extraordinario

Testimonio de Zoila Rodríguez García, la novia que Ernesto Che Guevara tuvo en la Sierra Maestra, en el oriente cubano.

Tenía 18 años cuando conocí al Comandante Ernesto Guevara, fue en las Vegas de Jibacoa, aquí mismo en la Sierra maestra; eran como las cuatro de la tarde de un día que no recuerdo. Yo estaba encerrando un ganado cuando llegó. Venía montado en un mulo y otro compañero en un caballo. Estaba vestido de un verde raro, con una boina negra.

Después de saludar me preguntó que si allí vivía El Cabo. Así le decían a mi papá Higinio Rodríguez, no porque fuera cabo de nada, sino de cariño. Le respondí que no se encontraba en esos momentos y Guevara exclamó: "¡Qué fastidio!" Cuando le pregunté por qué, manifestó: "Lo estaba buscando para que me herrara este mulo". Le expliqué que no tenía ningún problema porque yo podía hacerlo, pues mi padre me había enseñado.

Encerré el ganado y comencé a herrar el mulo; en ningún momento me dijo que era el Comandante Ernesto Guevara. Yo no lo conocía, ni sabía quién era; ni tenía referencias, tampoco sabía que era argentino, nada, nada sobre él sabía.

Mientras herraba el mulo, lo miré de costado y me di cuenta de que me estaba observando, pero me miraba de la forma en que miran los jóvenes a las muchachas y me puse sumamente nerviosa. Cuando fui a la caja de los hierros para escoger una escofina, me preguntó qué iba a hacer y le expliqué que ya había cortado los cascos y tenía que emparejarlos para poder montar las herraduras. Guevara dijo que si era tan imprescindible dejarlos tan bonitos. Le respondí que así era. El me siguió mirando de esa forma que les dije, era una mirada un poco pícara que parecía que me quería regañar por algo que yo no había hecho. Cuando terminé le ofrecí café y me expresó que le gustaba amargo, y así lo hice.

Se interesó por mí, qué hacía, dónde había aprendido a herrar mulos, si era casada o soltera; le dije que soltera, aunque tenía una hija. Cuando se despidió, señaló: "Dígale al Cabo que aquí estuvo Guevara".

Lo recuerdo como a un joven gracioso, sumamente bello, que me impresionó mucho, la verdad es que no lo puedo negar, como mujer me gustó muchísimo, sobre todo la mirada, tenía unos ojos tan bellos, una sonrisa tan tranquila que movía cualquier corazón, conmovía a cualquier mujer.

Por la noche llegó mi papá, enseguida le pregunté quién era Guevara. Todavía estaba impresionada, me respondió: "Es un hombre extraordinario". Esa fue la palabra que utilizó. Le conté la visita y el recado que le había dejado, luego le pedí que me explicara por qué era tan extraordinario y me dijo: "Viene a quitarnos de encima las desgracias, el hambre, el churre y la miseria."

Mi padre fue colaborador de Fidel y de Celia Sánchez; terminó la guerra con los grados de Primer Teniente del Ejército Rebelde. El visitaba con frecuencia el campamento de Minas del Frío y un día me preguntó si estaba dispuesta a cumplir una misión en Manzanillo; de esa forma comencé a colaborar con el Ejército Rebelde. Cuando regresé me entrevisté con el Comandante Guevara, pero ya sí sabía quién era. Se interesó por el viaje y me dio otras misiones.

Un día decidió que me quedara definitivamente en el campamento de Minas del Frío, ayudaba en todo, en la cocina y el hospital y trabajaba duro, lo hacía porque tenía fuerzas para hacerlo y tenía lo que tenía que tener: voluntad y deseos de hacer las cosas. El me dijo que me admiraba por eso y que admiraba a los campesinos por los trabajos difíciles que realizábamos.

El tenía una casita en Minas del Frío, que era de techo de vetiver, una planta que está formada por tallos largos que se hacen paquetes y se amarran. Me preguntaba muchas cosas de la Sierra Maestra, cómo se llamaban las plantas, para qué servían, especialmente las medicinales, se interesó mucho por dos, una que la conocemos por pito, que tiene unas hojas muy verdes que cortan como navajas y sirven para trancar la sangre y la yamagua, que también sirve para las hemorragias. El quería conocer acerca de los animales y las aves del monte.

En mí surgió un amor muy grande y muy lindo, me comprometí con él, no solo como combatiente, sino como mujer. Un día me pidió que le trajera un libro de su mochila; tenía las letras doradas, le pregunté si eran de oro. Le dio gracia la pregunta, se rió y me respondió: "Este libro es de comunismo". Me dio pena preguntarle qué quería decir Comunismo, porque esa palabra nunca la había escuchado.

Un día que estaba con el Comandante Guevara en la casita de Minas del Frío, lo aviones de la dictadura tiraron una bomba grande, vi los techos destrozados, fue lo más grande que había visto en mi vida, las planchas de zinc se hicieron caracoles, fue una cosa ordinaria. El avión pasó, dio la vuelta y cuando regresó tiró la bomba. Salí corriendo para refugiarme en un túnel, porque el techo de la casita de derribó, la tierra se hundió y hasta los árboles volaron. Fue una cosa terrible.

El estaba completamente sereno, no perdió la calma, ni su condición de guerrillero, era un guerrero de verdad. El dijo que el ejército de la dictadura había descubierto el campamento de Minas del Frío, porque tiraron una con mucha puntería. El era un hombre muy valiente, no recuerdo haberlo visto nervioso.

Desde Minas del Frío cumplí varias misiones, en una ocasión, me envió para que guiara a dos personas que llegaron desde La Habana para entrevistarse con Fidel; los llevé hasta Mompié, donde se los entregué a Celia.

El Comandante Guevara, otros rebledes y yo, fuimos a cumplir una misión, en esa ocasión murió Alberto Pesant. Cuando escuché una explosión, observé que el mulo de Guevara, llamado Armando, resultó herido y lo había lanzado por los aires, corrí a su lado, pero ya se estaba levantando. Miré para Pesant y le faltaba un brazo, tenía la cabeza destrozada y el pecho abierto. Como le decíamos cariñosamente Beto, empecé a gritar: "Beto, no te mueras, no te mueras." Rápidamente lo atendieron.

El Comandante me dijo: "Zoila, está muerto." El con esa preocupación que tenía por nosotros, le escribió una carta a la madre de ese valioso compañero y ordenó que le avisaran a su esposa, que vivía en Manzanillo. Cuando ella vino, se puso a llorar en la tumba, todos lloramos y cuando miré a Guevara tenía los ojos con lágrimas.

¡Hay tantas cosas que recuerdo! En el combate de El Jigüe los prisioneros y heridos fueron enviados para las Vegas de Jibacoa. Guevara recibió a los representantes de la Cruz Roja y nos advirtió que no dijéramos que él era el jefe. Unos guardias comenzaron a preguntarme que cómo era el jefe y lo único que les dije fue que era un hombre extraordinario, recordé las palabras que me había dicho mi padre.

Me pidió que llevara café y así lo hice, pero el de la Cruz Roja estaba muy nervioso, "el líquido se le botaba". Recuerdo que Guevara le dijo: "No tienen que temer nada, porque nada malo les vamos a hacer". Yo no quería salir de allí, no quería dejarlo solo, quería protegerlo para que nada malo le pudiera pasar, pero él me ordenó: "Zoila, sal y ve para donde está el secadero de café.

Cuando fue a entrevistarse con Fidel al campamento de La Plata, lo acompañé hasta ese lugar. Fue una conversación larga y por esa razón tuvimos que dormir allá. Eran los momentos en que se estaba preparando la Invasión. Regresamos de La Plata y después lo acompañé hasta El Jíbaro, que fue el lugar desde donde partió la Columna No. Ocho Ciro Redondo. Guardo muchos recuerdos hermosos a su lado, no olvido mi amor por él, pero esas son cosas que pertenecen a la intimidad y a la vida privada de las personas. Yo quería acompañarlo en la Invasión, pero no lo permitió. Me encargó que cuidara a su mulo Armando. Lo atendí como si fuera una persona.

Después del triunfo de la Revolución, fui para La Habana, luego regresé a las lomas de la Sierra Maestra a seguir cultivando la tierra y criando animales. En una ocasión que vino a Las mercedes estuvimos conversando, fue unos meses antes de marcharse de Cuba. Me casé y sigo luchando por la Revolución. Fui delegada del Poder Popular y Heroína del Trabajo en los cortes de caña, de la zafra 1976-1977.

A los jóvenes les puedo decir que tengan el valor necesario para enfrentar la vida como la supo enfrentar él. Si lo hacen así no habrá dificultades. Otra cosa es que no sean interesados en la riqueza, que luchen para que todos seamos iguales, que quieran a los niños, que traten con caballerosidad y cariño a sus compañeras, que vivan con honradez. Se los pide Zoila Rodríguez García o Zoila García, como era mi nombre en la Sierra, o La Tenienta como todos me conocen por estas lomas, yo vivo aquí en San Antonio de Baja, en el municipio de Bartolomé Masó, de la provincia Granma.

Nosotros no nos vamos a rendir nunca. Que no se vayan a imaginar nuestros enemigos que una cosa así puede pasar en Cuba, porque mientras existan cubanos verdaderos eso no pasará. Los Comandantes Fidel y Guevara nos dieron su ejemplo de resistir y vencer, y nos enseñaron a los campesinos a pensar así.

(Extraido de del libro Che entre nosotros, de los autores Adys Cupull y Froilán González)