El gaucho y sus costumbres

 

 

su caballo

el pingo

Así llama el criollo a su caballo de estimación, ya le destine a las carreras o a su uso personal. El pingo tiene que ser, en consecuencia, un animal de buena estampa, tusado con primor y rasqueteado” con esmero, a fin de que su pelaje se mantenga reluciente y limpio. Bien nutrido y cuidado, el pingo se torna naturalmente brioso y ágil, escarcea al andar, y sus movimientos adquieren una llamativa elegancia, en la que finca el orgullo de su dueño. La diferencia entre el matungo o mancarrón y el pingo - al que los paisanos gustan también llamar flete, consiste en que aquél es desgarbado y abúlico - sin perjuicio de las buenas condiciones que pueda poseer para el trabajo -, y  éste en cambio anda erguido y “bebiéndose los vientos”, según el acertado decir del hombre de nuestro campo.

el apero

Conjunto de las piezas que integran el recado o silla de montar, y que se coloca sobre el lomo del caballo en este orden: jergas, carona, lomillo o basto, cincha, cojinillos, sobrepuesto o badana, y sobrecincha. Los estribos y sus respectivas estriberas van sujetos al basto. El freno, con sus correspondientes cabezadas y riendas, pretal y fiador, y a veces bozal y cabestro, como asimismo el maneador y el rebenque, el lazo y la manea, pueden considerarse también como piezas integrantes del apero. Entre éstos los hay muy lujosos, con abundancia de oro y plata en la cabezada del basto, en los pasadores de las estriberas y en las copas del freno.   Antiguamente se adornaban con dichos metales los grandes estribos de campana, llamados así por su forma. También se adornaban con piel de yaguareté los extremos de la carona y se realzaba el aspecto de la badana con vistosos bordados.

 

el maneador

Consiste en una larga tira de cuero pacientemente sobada y engrasada, a fin de darle la suavidad y blandura necesarias. Sus dimensiones oscilan por lo general entre los doce y los quince metros y su ancho no excede casi nunca de tres centímetros. En uno de sus extremos lleva una presilla provista de un botón y del ojal respectivo. Se le usa por lo común para atar caballos a soga en espacios abiertos, donde los animales dispongan de un radio de acción relativamente extenso en que poder pastar y desplazarse, y donde a su vez el paisano pueda tenerlos a su disposición siempre que los necesite. También se le usa para sujetar los potros al palenque en las etapas preliminares de la doma, y para otros muchos menesteres pecuarios.

el freno y el bocado

Aunque uno y otro se colocan en la boca del caballo y van provistos de las correspondientes riendas, destinadas a gobernar el animal, difieren en su construcción y en el hecho de que el primero se aplica al equino ya domado y el segundo a los potros. El freno consta de un puente de metal, coscoja, barbada, pontezuela, copas y argollas para las riendas. A veces lleva también una traba de cuero, que une la barbada a las argollas, a fin de evitar que el caballo lo muerda y se lastime al hacerlo, lo cual puede encabritarlo. El bocado, en cambio, se construye con un tiento liso, que se soba previamente para quitarle toda aspereza, o con una trenza suave, que se introduce en la boca del potro, por debajo de la lengua y por detrás de los colmillos, y se ata luego con firmeza en torno a la mandíbula inferior. Lleva también argollas o presillas donde se fijan las riendas.

 

sus armas

 

el lazo 

Elemento de trabajo imprescindible en todas las faenas pecuarias que se realizan a campo abierto. Se construye con tientos de cuero crudo trenzados entre si. Esta trenza suele constar de tres a ocho tientos, según la consistencia y el espesor que quiera darse al lazo. En un extremo de éste va colocada una gruesa argolla metálica, y el otro lleva una presilla con el botón y ojal correspondientes, destinada a sujetarlo de la asidera del recado. Las dimensiones del lazo oscilan entre las ocho y las catorce brazas. Para usarlo se le recoge en varios rollos y se revolea por sobre la cabeza, con la ‘armada’ bien abierta, a fin de que adquiera impulso antes de ser lanzado sobre el pescuezo del potro o los cuernos del vacuno. El lazo de pialar, mucho más corto, se arroja hacia los remos delanteros del animal, para trabárselos y obligarlo a caer por medio de un tirón suave y oportuno, evitando lastimarlo. Existen en nuestro campo enlazadores y pialadores notables por la precisión y elegancia con que ejecutan sus ‘tiros’.  

el puñal

Ha sido y sigue siendo un compañero inseparable del criollo, que se vale de él no solamente como arma, en caso de peligro, sino también como herramienta utilísima e indispensable para toda clase de tareas rurales, desde el corte de un tiento hasta la castración de un potrillo o de un ternero. Cuando el puñal excede las dimensiones comunes se le llama facón. Si se le destina a instrumento de trabajo, prefiérase el que tiene mango liso, especialmente de madera o de guampa, y a veces el paisano recubre dicho mango con un trozo de cuero bien sobado y prolijamente cosido, para hacerlo más blando y más manuable. En cambio el puñal de lujo se distingue por sus incrustaciones de oro y plata, que tanto gustan al hombre de campo, y luce generalmente, en relieve y en sitio bien visible, las iniciales del dueño.  

la lanza

Fue arma indispensable y decisiva en la época de las heroicas montoneras gauchas que forjaron la patria. Aunque de origen indio, el criollo la modificó y perfeccionó, sustituyendo su primitiva punta de piedra o de dura madera aguzada por una media luna de acero o una hoja de tijera de esquilar, firmemente sujeta al extremo de una larga caña tacuara o de una recta vara de urunday. Los caudillos de mayor ascendiente y prestigio entre el gauchaje durante la gesta emancipatoria, y también en el período posterior de las contiendas civiles, fueron aquellos que con más destreza y eficacia supieron manejar la lanza. Porque para ser buen lancero era preciso poseer un gran coraje, y el coraje era uno de los atributos primordiales que exigían los gauchos a sus conductores bélicos.

el rebenque

Se construye de variadas maneras, pero el más común es el que se hace de cuero crudo. Es de cortas dimensiones y se destina exclusivamente al uso del jinete. El mango lleva en su extremo una argolla de metal, a la que va enlazada una manija hecha de un solo tiento grueso, o trenzada con varios tientos finos. La azotera, cuya extensión regula con la del mango (unos veinticinco centímetros, aproximadamente), consiste en una tira de lonja bastante ancha, redondeada en la punta. Cuando el paisano anda a pie, acostumbra a colgar el rebenque del cabo de su cuchillo. Enrollando la azotera en la mano, lo emplea también como arma en caso necesario, aplicando golpes con el mango, que por lo general es pesado. Entre los muchos tipos de rebenque que se usan en el campo - desde el lujoso, revestido de oro y plata, hasta el que se reduce a un tosco trozo de madera forrado en cuero de potro - cabe mencionar el que se denomina talero, de mango más pesado y azotera más ancha que el común, y que es el preferido por los domadores.

las boleadoras

Las boleadoras fueron herencia que el aborigen dejó a nuestro gaucho, y que éste adaptó a las necesidades de su existencia ruda y azarosa. Se construyen con tres piedras redondas, dos de ellas del tamaño de una bola de billar, aproximadamente, y la tercera un poco más pequeña, que luego de retobadas con cuero se sujetan por medio de sogas lisas o trenzadas, las cuales van unidas entre si. La bola más pequeña, denominada manija, lleva una soga más corta que las restantes, y es la que el hombre empuña en el acto de revolear y arrojar las boleadoras. Entre éstas las hay livianas, destinadas a bolear ñandúes, y de mayor peso y tamaño para animales vacunos o yeguarizos. Antiguamente el criollo no salía al campo sin llevar consigo ‘las Tres Marías’, como gustaba llamar a las boleadoras, que manejaba con notable destreza, lanzándolas en plena carrera sobre el animal perseguido para trabar con ellas sus patas - si eran cuadrúpedos las delanteras - y así poder apresarlo.

sus costumbres

el mate

Compañero inseparable del paisano oriental, el mate no ha faltado ni falta nunca en ningún rancho de la campaña nuestra, por más pobres que sean sus moradores. Desde el amanecer hasta la noche, cualquier fracción de tiempo que dejen libre las tareas rurales es llenada por los hombres con el mate amargo, también denominado cimarrón, y por las mujeres con el mate dulce. El recipiente donde se coloca la yerba es una calabaza de corteza muy dura y compacta, que una vez sazonada resiste durante muchísimo tiempo la acción del agua caliente. Por lo general dicha calabaza tiene una forma circular y chata, siendo éste el tipo preferido, y al que nuestros criollos acostumbran a llamar “galleta”, aunque también se emplean el porongo y la cuya, redondo el uno y semejante a una pera la otra. El complemento del mate es la bombilla, que suele ser de plata, casi siempre emboquillada en oro y con alguna virola del mismo metal, y que permite saborear a lentos sorbos la infusión, sin que las partículas de la yerba se filtren a través de su paleta, cribada de agujeros pequeñísimos.

la taba

Hueso que se extrae de las patas de los animales vacunos, y que luego de bien descarnado y seco, si no presenta defectos en su estructura, sirve para uno de los juegos más populares de la campaña uruguaya.

Este juego se realiza en un terreno limpio y bien plano. Se colocan los contendores uno frente a otro, mediando entre ambos un espacio previamente delimitado que se podría denominar tierra de nadie, y cada uno a su turno lanza el hueso hacia el campo del otro, luego de las apuestas de rigor.

La taba tiene un lado cóncavo y otro convexo, que son los válidos para el juego. Si cae con el lado cóncavo hacia arriba, el jugador ha echado “suerte” y gana la apuesta. Si ocurre a la inversa, gana su contrincante. Los otros dos lados del hueso - los más anchos - no se toman en cuenta. El jugador avezado sabe “clavar” la taba, lanzándola generalmente “de vuelta y media” y haciéndola girar lentamente sobre si mientras se desplaza por el aire, describiendo una parábola.

 

la guitarra

 

Es el instrumento popular por excelencia entre los habitantes de nuestro campo. Traído a estas tierras por los españoles en la época del coloniaje, el hombre nativo lo adoptó de inmediato, convirtiéndolo en su preferido. Los primitivos payadores gauchescos cantaban sus versos espontáneos acompañándose con la guitarra (o “vigüela”, como ellos solían llamarla, en una deformación de la palabra vihuela, utilizada por los conquistadores para denominar ese instrumento), y durante los continuos viajes que realizaban a caballo por los desiertos campos, o cuando marchaban incorporados a las huestes revolucionarias, llevábanla atravesada a la espalda, en bandolera, como si fuera un fusil. Desde entonces hasta nuestros días, la guitarra, con su son quedo y nostálgico, tan propicio a las manifestaciones del sentimiento, ha servido para expresar en estilos y cielitos, pericones y milongas, las alegrías, congojas y esperanzas del paisano oriental.

sus prendas

  

 

 

el poncho

Prenda de abrigo o de paseo consistente en una pieza de tela o paño, de forma rectangular, con una abertura al centro por donde pasa la cabeza, y que se lleva encima de la demás vestimenta. Generalmente va adornado por flecos que penden de sus extremos delantero y trasero. Enrollado al brazo izquierdo, solía servir de escudo al gaucho en las peleas a facón, parando las puñaladas del adversario. Se le utilizaba de igual forma para neutralizar los zarpazos del yaguareté o del puma, mientras que con la diestra se empuñaba el cuchillo que daba muerte a la fiera.

El poncho de verano es por lo común de dos colores - predominando el marrón claro o el blanco, que se alternan en franjas verticales y rectas. El poncho “patria”, de grueso paño azul y con el interior revestido de bayeta roja, hace también las veces de frazada insuperable para los troperos, u otros trabajadores rurales que duermen a la intemperie, improvisando cama con las prendas del apero.

 

el culero

 

Prenda de trabajo, utilizada sobre todo por los enlazadores y pialadores durante las faenas de la hierra u otras similares. Se construye con una pieza de cuero enteriza, preferentemente monda y bien sobada, a fin de evitar toda aspereza, ya que la misión del culero es atenuar los efectos del roce que ocasiona el lazo contra las ropas y el cuerpo del paisano, cuando éste procede a sujetar el animal apresado. De forma rectangular o cuadrada, según el gusto de quien lo emplea, el culero se ata a la cintura, quedando la parte abierta hacia el flanco izquierdo del cuerpo, ya que el derecho es el que ayuda a amortiguar las consecuencias del “tirón” cuando el hombre, virando hacia ese lado, afirma el lazo contra la cadera para resistirlo mejor.

 

las espuelas

 

Colocadas en la parte posterior de la bota de potro, y a veces sobre el talón desnudo, usáronlas los antiguos gauchos para acicatear a sus caballos, pinchándoles los ijares, y aunque sus formas y dimensiones han variado mucho, siguen siendo un auxiliar valiosísimo del jinete en nuestros días. Constan de un grueso tiento o cadenilla metálica llamada alzaprima o rodete, que circunda el empeine del pie, otra pieza también de metal llamada pihuelo, y unido a éste el arco o aro donde va colocada la rodaja, cuyos agudos pinchos de hierro sirven para azuzar a la cabalgadura. A la de rodaja grande y largos pinchos triangulares se les llama nazarenas, y son las preferidas por los domadores. Sin duda a causa del sonido chirriante que producen las espuelas al caminar con ellas puestas, nuestros criollos acostumbran a denominarlas “lloronas”.

la vincha

Fueron los indios los primeros en usarla, y más tarde la emplearon también los gauchos. Se trata de una simple tira o faja de tela, que se coloca sobre la parte superior de la frente, rodeando la cabeza, y se ata en la nuca con firme nudo, a fin de evitar que el cabello caiga hacia los ojos, obstruyendo la visual. Antiguamente, como todos los gauchos usaban larga melena, su empleo era imprescindible en las diversas tareas del campo. Hoy se utiliza muy raramente esta prenda típica de la vestimenta gauchesca, y quienes más se sirven de ella son los domadores y los corredores de caballos en las pencas criollas. El uso de la vincha no excluía el del sombrero, que solía llevarse sobre ésta, volcado hacia la nuca y sujeto por el barbijo debajo del mentón.