Juana de Ibarbourou

 

 

 

 

LA INQUIETUD FUGAZ

 

He mordido manzanas y he besado tus labios.

Me he abrazado a los pinos olorosos y negros.

Hundí, inquieta, mis manos en el agua que corre.

He huroneado en la selva milenaria de cedros

que cruza la pradera como una serpie grave,

y he corrido por todos los pedrosos caminos

que ciñen como fajas la ventruda montaña.

 

¡Oh amado, no te irrites por mi inquietud sin tregua!

¡Oh amado, no me riñas porque cante y me ría!

Ha de llegar un día en que he de estarme quieta,

¡ay, por siempre, por siempre!

con las manos cruzadas y apagados los ojos;

con los oídos sordos y con la boca muda,

y los pies andariegos en reposo perpetuo

sobre la tierra negra.

¡Y estará roto el vaso de cristal de mi risa

En la grieta obstinada de mis labios cerrados!

 

Entonces, aunque digas: -¡Anda!, ya no andaré.

Y aunque me digas: -¡Canta!, no volveré a cantar.

Me iré desmenuzando en quietud y en silencio

bajo la tierra negra,

mientras encima mío se oirá zumbar la vida

como una abeja ebria.

 

¡Oh, déjame que guste el dulzor del momento

fugitivo e inquieto!

 

¡Oh, deja que la rosa desnuda de mi boca

se te oprima a los labios!

 

Después será ceniza sobre la tierra negra.